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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES

El arte de juzgar. Madres con todas las de la ley (IV)

Sala de Togas n.º 93, , página 77–80

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EL ARTE DE JUZGAR. MADRES CON TODAS LAS DE LA LEY (IV) “Dios no podía estar en todas partes. Por eso, creó a las madres”

Rudyard Kipling

“protesto, señoría, de cara a una eventual segunda instancia”. “Tenéis que respetar las ventanas de sueño del pequeño” es una frase que se ha convertido en una especie de mantra que repiten, descarnadamente, todos aquellos gurús de la paternidad y la maternidad que han obtenido el título váyase usted a saber dónde. “Óigame, ¡duérmalo usted si tiene el valor necesario!” Es lo único que puedo replicarles. Lo único que estoy seguro de saber después de estas semanas, es que no sé nada. Pensamiento socrático aplicado a la paternidad. Les cuento esto como un preámbulo necesario para introducir las reflexiones que, en esta ocasión, quiero exponerles. El hecho de que este artículo haya tardado en escribirse (más bien, en poder empezarse) más de dos semanas, cuando antes habría sido solventado en una tarde, me ha permitido darles vueltas a algunas cuestiones que, hasta este momento, había pasado por alto.

La primera es lo importante que son las madres, ¿no creen? Tanto mi pareja como yo hemos intentado implicarnos en el cuidado de nuestro hijo de una forma similar. Coparentalidad en estado puro. Y, sin embargo, ella (ELLA) tiene muchas cosas de las que yo carezco, y siempre careceré. Una paciencia innata para con su hijo, una comprensión que sobrepasa los límites de lo racional, y una delicadeza que choca, frontalmente, con mis momentáneas frustraciones (¿¡por qué demonios llora el niño!?). Asisto al ejercicio de la maternidad como aquellas personas que se sientan en Cabo Cañaveral sobre el capó de sus vehículos, observando el despegue de un cohete que no saben cómo se impulsa, ni hacia dónde se dirige. Simplemente, alucinan (que no alunizan).

No creo que se trate simplemente de una cuestión de características personales de uno u otro. Se trata, en esencia, de que una madre es una madre (natural, sentimental y biológicamente). Y lo será siempre. De hecho,en momentos de agobio que se han vuelto cotidianos en los últimos tiempos, yo no puedo evitar echar de menos a la mía, que se encuentra a unos seiscientos kilómetrosde estas maravillosas costas. En muchas ocasiones, elconsejo de una madre es el mejor bálsamo. Ahora, cada vez que alguien me pregunta cómo lo llevo, suelo derivar la conversación hacia mi admiración hacia las progenitoras de antes. Esas que contaban con el apoyo paterno durante, apenas, un par de días. Esas que, sin

Estimados lectores y lectoras (fantaseo con la idea de empezar a dirigirme a ustedes como lectrados y lectradas, tal vez en próximas ocasiones): Desde nuestro último encuentro (ya el tercero), mi vida ha dado un giro de 180 grados hasta puntos que, difícilmente, me podían resultar imaginables. Y miren ustedes que me lo advirtieron. Hice poco caso. Siempre he pecado de una cierta osadía que me lleva a darme de bruces con la realidad. ¡Y qué realidad!

Una pequeña personita, cargada de energía (en ocasiones, demasiada), y con muchas cosas que decir, se ha apoderado de todas y cada una de las estancias de mi casa. Mi salón ha pasado a convertirse en un auténtico campo de batalla. Y, donde antes se situaban piezas de decoración con mayor o menor gusto, ahora, simplemente, se buscan huecos vacíos para la colocación de pelotas de pilates, máquinas de ruido blanco, canastos, carros, etc. He optado por mantener cerrada la puerta de mi despacho, en un intento (probablemente infructuoso) de evitar que también se vea colonizado por las nuevas necesidades que nos acucian.

Sé que están preocupados. No es para menos. Pero no deben temer por la integridad de mi derecho a la inviolabilidad domiciliaria, sacrosantamente preservado por el art. 18 de nuestra Carta Magna (y por una alarma y unas cuantas cerraduras). Afortunadamente, no he sido víctima de ningún tipo de allanamiento o usurpación. Aunque, por lo que dicen los que saben, puede que desalojar la vivienda me lleve treinta años o más.

Vayamos al motivo de mi verborreico discurso: he sido padre por primera vez.

Tal vez crean que mis palabras resultas exageradas. Pero nada más lejos de la realidad. Mientras escribo estas líneas, el reloj marca las 16:23 de un caluroso sábado de finales de mayo. La madre de la criatura y un servidor llevan, aproximadamente, seis horas intentando que el mismo concilie un mínimo sueño reparador. Algo que se ha convertido, a lo largo de este último mes, en una suerte de obsesión enfermiza. El niño se ha mostrado obstinado y contestón. De hecho, en alguna ocasión me ha parecido que ha pedido la palabra para intervenir y llevarnos la contraria. Le ha faltado formular un 77 embargo, sacaban adelante hogares en los que los hijos se acumulaban por tramos de edad. No se trataba solo de dar el pecho al pequeño. También había que atender al que tenía dos años, llevar al colegio al de seis, y ayudar con las tareas al de once. ¿De qué estaban (estabais) hechas? ¿Cómo lo hicisteis? Pero, si ser madre es, per se, un deporte de riesgo, serlo en nuestro mundo, el de las leyes y las togas, resulta una práctica heroicidad.

Yo, que soy un hombre (y, por lo tanto, carezco de una serie de condiciones biológicas que podrían vincularme aún más, desde el punto de vista alimenticio, a mi hijo), temo la llegada del día en el que tenga que reincorporarme al trabajo. ¿Cómo voy a poner las sentencias? ¿Cómo voy a organizar el Juzgado? ¿Voy a poder realizar actividades adicionales? ¿Cómo voy a dejarla sola? Esta última pregunta evidencia un cierto egocentrismo por mi parte. En muchas ocasiones, y permítanme el macabro símil, equiparo mi paternidad a la labor del Juez durante el levantamiento de cadáver. Tengo que estar ahí, pero, lo cierto, es que suelo tener una constante sensación de estorbar más que de ayudar. Señores, la realidad es que, ahora mismo, no tengo tiempo para absolutamente nada. Pónganse ustedes, lectores del sexo masculino, en la posición de esa Jueza, Abogada, Fiscal o Procuradora. Algunas de ellas madres, autónomas, empresarias y técnicas. Profesionales 360, que dirían algunos. ¡Vaya! El niño ha vuelto a despertarse mientras escribía. Ha durado unos treinta minutos. Intentaré continuar.

Como les decía. Pónganse en el lugar de sus compañeras. El Derecho, entendido en su conjunto, es un mundo ordenadamente caótico. Bien saben ustedes que, frente al orden de los plazos y de los actos procesales, la realidad personal de cada uno de los profesionales de este sector es la de “ir a matacaballo”, tratando de cumplir con las exigencias legales. También los Jueces/zas, no se crean. Una tarea que se antoja, en muchas ocasiones, prácticamente imposible. A esa dificultad, añádanle las que derivan de la maternidad, y del hecho de ser, en muchas ocasiones (especialmente en las primeras etapas de los niños), la única persona capaz de interpretar qué necesita, qué le molesta o qué le calmará. No quiero con esto poner en cuestionamiento el compromiso de los hombres con la crianza de los hijos. De hecho, mi carrera me ha permitido comprobar que existen muchas parejas con malas madres y buenos padres. La generalización es, por lo general (¡vaya!), indeseable, especialmente en una cuestión como esta. Las últimas semanas, sin embargo, me han permitido experimentar en primera persona aquello que llaman la imposibilidad de conciliación. Resulta ciertamente agobiante pensar que tienes tareas pendientes (por ejemplo, escribir un artículo para una reputada revista del Colegio de la Abogacía de Almería) y sentir que eres incapaz de abrir el ordenador porque un ser, absolutamente dependiente de ti, requiere comida, sueño o consuelo. Estoy seguro de que muchos de ustedes han experimentado esta misma sensación. La de que su vida se ha paralizado por completo temporalmente, sin saber exactamente cuándo volverá a retomarse. Resulta una realidad innegable que, en el caso de las mujeres, este panorama resulta mucho más acusado. Esto no es demagogia barata, sino una realidad únicamente discutible por parte de aquellos que están demasiado ciegos.

¿Cuál es la solución? No lo sé. ¿Acaso me han visto ustedes a mi cara de legislador? Dios me libre. Personalmente, no creo que la cuestión dependa de conceder permisos de mayor o menor duración. El mundo de la abogacía (y el de la judicatura, aunque pueda parecer lo contrario) son ámbitos extremadamente competitivos, de manera que parece que, si alguien se baja del vagón temporalmente, el tren pasará para él o ella de manera irrevocable y definitiva. Quiero pensar que no es así. Sin embargo, no puedo evitar asumir que las dentelladas y los codazos hacen jirones las togas.

Suele decirse que la paternidad te cambia la vida. ¡Y vaya si es verdad!

Pero ese cambio comienza por el del pensamiento. Como seguramente muchos de ustedes, durante mucho tiempo yo he sido uno de esos hombres ligeramente escépticos con términos tan manidos como techo de cristal, conciliación, imposibilidad de ascenso profesional, etc. Pensaba que, simplemente, nos encontrábamos en un punto de la historia en el que las mujeres todavía no habían conseguido alcanzar numerosos puestos de responsabilidad por el mero hecho de que no había transcurrido el tiempo suficiente desde su incorporación al mercado laboral. Estaba equivocado. Las Abogadas, Juezas, Fiscales y Procuradoras se ven en la tesitura, en muchas ocasiones, de elegir entre sucarrera profesional y su vida personal. Entre ascender y cuidar de su familia. Mientras yo escribo estas palabras, con un notable esfuerzo por mantener la concentración(al menos, un minipunto para mí), Mamá mece a un niñoque mantiene un llanto inconsolable, porque hoy, simplemente, no le apetece nada. Si ella no cuidase, yo no podría escribir. Y así con tantas otras cosas. Y es habitual que yo intente hacer lo mismo por ella. Pero, para “la personita”, en estos momentos, Mamá es Mamá. Yo 78 tengo mucho menos pelo y mucha menos paciencia. Tal vez, nosotros no podamos hacer nada de calado para solucionar este tipo de situaciones. Sin embargo, sí creo que los pequeños gestos juegan un papel fundamental y significativo. No resolveremos el problema de la conciliación, pero, tal vez, como Jueces y Juezas, podamos ser comprensivos con aquella Abogada que justifica que llega cinco minutos tarde porque ha tenido que llevar a su hijo al médico. O, como compañeros de la Abogacía, tal vez se pueda intentar evitar aprovechar ese tipo de circunstancias con ánimo de obtener algún tipo de ventaja procesal. No lo sé. A fin de cuentas, soy un neófito en estos lares.

En España, aproximadamente el 60 % de la Carrera Judicial está integrada por mujeres, frente al 40 % de hombres, según datos del Consejo General del Poder Judicial. En el caso de la Abogacía, sin embargo, la carrera se divide en términos paritarios. ¿Es casualidad? No, señores míos. Como les he señalado con anterioridad, muchas Abogadas son, a su vez, autónomas y empresarias. Ello supone un sacrificio personal mucho mayor que el que se podría encontrar en ámbitos del funcionariado público. Y ello, sin ignorar que también entre las Juezas el deseo de formar una familia constituye un potencial elemento limitativo de la carrera profesional. La combinación resultante de ser madre y ser profesional del Derecho dibuja un sendero sinuoso. No solo es necesario cumplir con las exigencias de los procesos y de los Tribunales. También es preceptivo estar actualizado constantemente, manteniéndose al tanto de las últimas modificaciones legales y jurisprudenciales. Y, además, en el caso de las Abogadas, no podemos pasar por alto una necesidad de cierto proselitismo imprescindible para mantener e incrementar las oportunas carteras de clientes. Cuando los hijos van creciendo, la distribución de responsabilidades con la pareja resulta mucho más factible. ¿Pero qué ocurre durante los primeros años de los pequeños? Algunas (y algunos) desearían que los días tuviesen setenta y dos horas. Solo de esa forma sería posible llegar a todo. Deben perdonarme si, en esta ocasión, mi verbo no ha sido tan fluido como en otras ocasiones. La sangre y la circulación han abandonado el cerebro y los dedos para instalarse en las ojeras. Únicamente, espero que estas breves líneas hayan servido para reconocer la labor que las madres profesionales del Derecho desarrollan en el día a día. Tal vez, esta sea, también, una forma encubierta de reconocer a la persona que me acompaña en esta nueva aventura. Una excelente Jueza y, por lo que se está revelando, una igualmente excelente madre. Para mi hijo, solo deseo que, el día de mañana, sepa valorar todo lo que su madre está haciendo por él. Vuelve el llanto. Vamos a la campana extractora. Truquillos de padre primerizo …

RETAZOS DE LA HISTORIA

RETAZOS DE LA HISTORIA

ANTONIO JOSÉ LÓPEZ CRUCES Investigador

LOS PRIMEROS PASOS DEL ABOGADO, ESCRITOR Y POLÍTICO CONSERVADOR DAVID ESTEVAN GÓMEZ (1871-1936) to, inspirado por el amor y la gratitud./ Soy almeriense. En Almería vivo, desde que esto es vivir, desde que pienso, desde que soy hombre. En Almería he recibido noble y generosa hospitalidad; le debo, como he dicho, amor y gratitud, despierta en mi espíritu ilusiones y esperanzas y es, por todo esto, mi verdadera patria. Sobre la tierra almeriense han dado mis hijos los primeros pasos; en las entrañas de la tierra almeriense, piadosamente abiertas para recoger sus despojos, duermen el eterno sueño seres predilectos de mi corazón. Éstos sí son vínculos poderosos y perdurables.”

Introducción

Como certifica el 1 de febrero de 1874 Bonifacio Barrera y García, secretario del Juzgado Municipal de Sepúlveda, en el Registro Civil de la villa2 consta que David nació en Sepúlveda a las 12 de la mañana del 21 de noviembre de 1871. Su padre, Inocencio Estevan Roldán, natural de Santa María de Nieva (Segovia), Promotor Fiscal del Juzgado de primera instancia de la villa y domiciliado en la calle San Justo 2, compareció ante el juez municipal Victoriano del Barrio Sastre para solicitar la inscripción de su hijo. Su madre, Leonor de Gómez Gil Pérez, era natural de Melque de Cercos (Segovia).3

David Estevan (Diccionario Biográfico de Almería).

David supera el examen de Ingreso en el Instituto de Toledo el 23 de septiembre de 1882 con un Aprobado. Se examina de las asignaturas de los primeros cursos del Bachillerato en Talavera, obteniendo siempre buenas notas.4

En su artículo “Yo, mi vida y milagros”, aparecido el 9 de abril de 1909 en la sección “Cabezas parlantes” de El Radical, Estevan1 afirmaba: “Por razón de nacimiento, soy segoviano. Nací en Sepúlveda, una modesta villa castellana, cuya pobre historia no tiene otra nota de celebridad que el famoso Fuero, otorgado por Alfonso VI en1076. Mi nacimiento, meramente circunstancial, al que siguió una residencia, que no se extiende más allá de los primeros meses de mi vida, no constituye ciertamente vínculo poderoso que ligue aquella noble tierra a mi modesto nombre./ En realidad, soy almeriense, un almeriense más. No lo digo con la huera y efímera cortesía con que lo he oído decir en brindis y discursos a los políticos de fuera que buscaron aquí un acta o varias actas. Lo digo con la misma honrada sinceridad que si fuera realmente un castellano viejo. Lo digo porque así lo sien-

Don Inocencio Estevan ingresa en el Colegio de Abogados de Granada el 17 de julio de 1885. Su familia, que reside en Albuñol, población de la costa granadina limítrofe con Adra, decide que David acabe el Bachillerato en Granada, la ciudad en la que trabaja su padre. Durante el curso 1886-1887 supera las asignaturas de Física y Química (Sobresaliente), Fisiología e Higiene (Notable) y Agricultura elemental (Bueno). El 20 y el 21 de junio de

1887, con 15 años, verifica los ejercicios del Grado de Bachiller en el Instituto de Granada, obteniendo un Aprobado en ambos. 80

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Cómo citar

«El arte de juzgar. Madres con todas las de la ley (IV)», Sala de Togas, n.º 93, julio 2026, pp. 77-80.

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