FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES
El arte de juzgar y el abogado malinche (III)
Sala de Togas n.º 92, , página 70–73
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EL ARTE DE JUZGAR Y EL ABOGADO MALINCHE (III)
Se quería impedir la defensa y se pretendía que todo recayese sobre el acusado. No era un mal criterio, pero sería un error deducir que en esa justicia los abogados no servían para nada. Todo lo contrario, en ningún lugar eran tan necesarios. El procedimiento no sólo no era público, sino que también permanecía secreto para el acusado. Naturalmente, todo lo secreto que era posible, pero era posible en su mayor parte. El acusado tampoco tenía acceso a los escritos judiciales y deducir de los interrogatorios el contenido de ellos era muy difícil, sobre todo para el acusado, confuso y lleno de preocupaciones. Aquí es cuando debía actuar la defensa. (El proceso, Franz Kafka)
Dudarán ustedes, entonces, de que sea posible recibir tantas llamadas de teléfono de manera tan continuada. Es posible. Se lo prometo. Jamás el botón mute les resultará tan deseable. Comenzarán a preguntarse qué tipo de desquiciados pueden desarrollar su labor en ese lugar, buscando a su alrededor alguna suerte de pintura en la pared pidiendo auxilio o alguna cámara oculta que revele lo irreal de ese contexto. Empezarán entonces a recordar ustedes, si son algo leídos, aquellas palabras que Dante escribió a la entrada del Infierno: “Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis”. Ustedes no la habrán abandonado aún, pero empezarán a abandonarla. Como en el comer y el rascar, todo es empezar.
Pónganse en situación, por favor. Imaginen que ustedes, profanos en una materia que les resulta inabarcable y, por qué no decirlo, tediosa, comparecen por primera vez ante una INSTITUCIÓN (con mayúsculas). Ajenos a su funcionamiento, su idiosincrasia, su vocabulario y su proceder. Accediendo a un establecimiento que no confía en ustedes, donde lo primero que ocurrirá es que se les obligará a mostrar sus pertenencias. Primer sentimiento de hostilidad (no digo que no asumible). Una hostilidad que no se mitigará cuando comiencen a caminar por pasillos interminables, laberínticos, como un alambique administrativo perverso. De un gris plomizo que solo se equipara cromáticamente a la perspectiva de futuro que creen que se les avecina. Lo que parecía que tenía que ser el camino de su solución les acabará pareciendo una trampa enmarcada con cartelería confusa y desgastada e indicaciones rutilantes. Entonces, ubicados ya tras un cierto esfuerzo interpretativo y de orientación, se situarán ustedes frente a unos empleados públicos que, si tienen suerte, serán solícitos y amigables, mientras que, en el caso contrario, desarrollarán su tarea con una cierta irascibilidad que se filtra en cada palabra y en cada gesto. Profesionales en la mayoría de ocasiones, pero imbuidos en un automatismo lógico y propio de su función que les aleja del problema en concreto. No hay un tiempo particular para usted, porque la casuística no existe. Como usted hay muchos. Como usted hay demasiados. Como usted hay decenas, cientos, miles. ¿Esperan silencio y sosiego? Ilusos. Estarán ustedes rodeados de un bullicio que les es ciertamente incomprensible, desagradable y rechazable, en el que la gente se mueve con celeridad y nerviosismo entre llamadas de teléfonos y voces de mayor o menor decibelio.
Papeles. Papeles blancos. Papeles rosas. Papeles verdes. Papeles azules. Papeles ordenados. Papeles apilados. Papeles por el suelo. Papeles por las paredes. Papeles de advertencia. Papeles de petición. Papeles de indicación. Papeles con membrete. Papeles escritos a mano. Papeles de vida. Papeles de muerte. Papeles de unión. Papeles de separación. Papeles de problemas. Papeles de peticiones. Papeles de soluciones. Papeles. Si el ecologismo existe, pensarán, debe haberse olvidado de este rincón del mundo.
Todo esto, claro está, tendrá lugar en un contexto de tensión propia. El de la persona investigada, embargada o demandada. El de la persona denunciante, embargante o demandante. El de la persona que a veces sabe el por qué y, en otras ocasiones, se pregunta el por qué. Tensión con tensión, tensión al cuadrado, tensión superlativa (que diría Quevedo), tensión incontrolable, tensión insoportable. LA tensión. Esperando no abusar de su confianza, imaginen, también, que su destino depende de una figura casi etérea, de nombre particular irrelevante, de manto negro y puñeta blanca, indumentaria casi vampiresca, que decidirá tomando en consideración hechos que ustedes no deci-dirán cómo presentarle y aplicando textos que ustedes no alcanzarán a comprender. Una figura que tiene días buenos y días malos, con gestos y expresiones inheren-tes a los anteriores. Difícil que la figura sea de cera e im-pertérrita, pues es humana. Y menos mal. Bastará con que goce de la virtud del autocontrol, tan deseable y, en ocasiones, tan lejana. Una figura a la que debemos respetar. Nos lo han dicho siempre. Así lo hemos aprendido. Así nos lo han inculcado. Porque sabemos que represen70 ta algo que, colectivamente, se entiende como bueno. Algo sin lo que, presuntamente, nuestra vida sería muy distinta y, teóricamente y por lo que dicen, peor. Si tienen suerte (ojalá sea así) el respeto asumido se traducirá en respeto recibido. Esto, aunque mínimo, es de agradecer. Y sabiendo que lo que decida esa figura, en la mayoría de los casos, ES. No hay más. Lo dicho es y se ejecuta. Y en caso de ser y no ejecutarse, las consecuencias pueden ser, para ustedes, peores aún. Y a veces no entenderán el por qué de esa decisión. De hecho, en muchas ocasiones. Porque, a fin de cuentas, ustedes tendrán SU verdad. Aquella con la que han cubierto sus expectativas en una mezcolanza de autoconfianza y, tal vez, cierta falta de autocrítica y realidad. SU verdad, en teoría, debe ser la única verdad. ¿Es que podría ser de otra forma? No lo creen. No puede ser así. Pero lo cierto es que lo es. En ocasiones, este contexto de hostilidad les dará su abrigo, pero, en otras, les dejará a la intemperie. Entonces descubren que SU verdad, no es LA verdad. Al menos, no es la que se dice. No es la que interesa. Y ustedes no lo comprenderán. Y todo esto ocurrirá en un contexto en el que lo primero que les pidieron fue que mostraran sus pertenencias. zo por aproximar la labor de los Juzgados y Tribunales a la generalidad de la ciudadanía ha avanzado a pasos agigantados, lo que no significa que el camino por delante no resulte aún sinuoso y extenuante. Nada tiene que ver la realidad actual, con un refuerzo notable de los derechos procesales y de información para el justiciable, con la existente en siglos pasados, con predominancia de los procedimientos inquisitoriales y limitaciones evidentes de la defensa.
Sin embargo, se preguntarán el por qué de mi reflexión para esta ocasión. Mantuve recientemente una conversación con un alumno que se cuestionaba acerca de cuál era la mejor opción de dedicación dentro del sector público. En su planteamiento, se dibujaban diversas opciones: el sistema educativo, el sistema sanitario, la Administración territorial, etc. Resultaba sumamente curioso que una de sus mayores preocupaciones era el trato directo con la ciudadanía. Y digo curioso porque, a fin de cuentas, todos sus planteamientos de futuro oscilaban dentro del ámbito de lo público. No obstante, escuchándole con detenimiento, no puedo menos que coincidir con muchas de sus conclusiones. La progresiva falta de respeto que la ciudadanía ha experimentado hacia los servidores públicos y hacia determinadas profesiones (entre las cuales debo incluir, necesariamente, a la abogacía y a la procura) no solo resulta preocupante, sino que, además, demuestra una actitud absolutamente comprometedora para el mantenimiento del orden social, la vida en colectivo y el Estado tal y como lo comprendemos. Si nos ajustásemos a las teorías rousseaunianas del contrato social, es evidente que muchos estarían deseando acudir a lo que dispone el art. 1124 de nuestro CC.
No nos debe extrañar que muchos ciudadanos, ante la acción de la Administración de
Justicia, se sientan como una suerte de Josef K en la obra de Franz Kafka, El proceso, el cual comenzaba su texto reflexionando en la mente de su protagonista acerca de que alguien debía haberle calumniado. Y es que le habían detenido sin haber hecho nada malo. Ese hombre, normal y hasta anodino, acababa de comenzar un auténtico peregrinaje perverso enfrentándose a un proceso que le era extraño, a una acusación que desconocía y a un sistema que ignoraba. No sabía que pasaba, pero era evidente que algo debía pasar, porque si no, lo que estaba pasando no estaría pasando.
Más allá de lo anterior, me atreví a responder su reflexión con otra: ¿cuál es la única Administración pública en la que, en la mayoría de ocasiones, se está obligado a intervenir con un profesional interpuesto? No es necesa-rio que yo les dé la respuesta, porque ya la saben. La Administración de Justicia. Permítanme excusarme diciendo que tal conclusión no pretendía descargar en los pro-fesionales colaboradores de esta Administración la obli-gación de aguantar improperios, malas caras e, incluso, amenazas, por parte de sus clientes, como una suerte de “que se lo coman ellos”. En absoluto. Lo que pretendía era hacerle reflexionar sobre la importante labor que la figura de estos profesionales desempeña para acercar la
Como es lógico, amigos lectores, deben permitirme que haya empleado determinadas hipérboles narrativas hasta este punto. Una licencia que ya me han concedido en mis anteriores textos y a la que debo acogerme nuevamente. Las mismas únicamente han tenido como objetivo evidenciar, de forma notablemente palmaria, la sensación que muchas personas pueden experimentar cuando acuden ante los órganos judiciales para acometer diferentes tareas o cuestiones. Esta narración podría ser la historia de un hombre o mujer cualquiera, en cualquier pueblo de cualquier punto de nuestra geografía. Es evidente que, durante las últimas décadas, el esfuer71
Justicia al justiciable, y cómo esa labor, si se ha realizado correctamente, supone un elemento catalizador y facilitador fundamental para el trabajo funcionarial. espejo, razonando con él o ella que, hasta aquí, sí; más allá de aquí, no. Implica rebajar sus pretensiones olímpicas, propias del profano en derecho, hasta las cotas mortales de la realidad. Conlleva hacerles comprender que SU verdad, no es LA verdad. Y supone, ante todo, no comprometer la deontología del profesional por el comportamiento cerril de un justiciable basado en cuestiones que, como ya he insistido, no son personales del abogado. En conclusión, debemos promover la figura del abogado profesional e implicado frente a las del abogado autómata y la de aquel que ha mutado en su cliente.
Los abogados y abogadas (y, por qué no decirlo, también el colectivo de procuradores) realizan una tarea fundamental como elemento interpuesto entre la Administración de Justicia y la ciudadanía. No formulo esta conclusión como una especie de halago vacío carente de contenido concreto, sino más bien como una tarea a cumplimentar por todos aquellos jóvenes profesionales que comienzan su tarea y por aquellos viejos que, tras años de dedicación, la han olvidado progresivamente (afortunadamente, los menos, aunque siempre ha habido repetidores). El abogado (emplearé aquí, con su permiso, el masculino genérico) no es un autómata administrativo imbuido en el papel, sino un portal de conexión entre dos universos paralelos, como si de una novela de Stephen King se tratase. Del justiciable a los Tribunales, es la voz de aquél, así como sus ojos y sus oídos. Es su escudo y es su espada. Es su interés y su conveniencia. De los Tribunales al justiciable, es el traductor para éste. Es la explicación, la razón, la lógica y el por qué. El abogado es, a fin de cuentas, el principal elemento de humanidad de la Administración de Justicia. No porque sea mejor persona que el Juez, el Fiscal o el funcionario (en todas las casas cuecen habas), sino porque es el punto de cercanía directa de los Tribunales con la ciudadanía. En otras palabras, es la confianza y el entendimiento en un entorno sumamente hostil.
He utilizado el concepto de abogado Malinche para encabezar mi breve intervención en esta ocasión. Y es posible que algunos de ustedes hayan arqueado la ceja, comenzando a leer estas líneas con cierto escepticismo. Es probable, incluso, que esperasen algún tipo de crítica directa a la labor de la abogacía, lo que, a su vez, habría constituido la excusa perfecta para atacar mis palabras.
Reconozco que, en este foro, atacar al Juez es más sencillo y tienen ustedes las de ganar. Tal vez ello se deba a la tradicional e histórica asociación de la figura de la Malinche con la de una traidora a su civilización y a su patria (si es que pudiese hablarse, en ese momento, de este concepto). Para aquellos que no lo sepan, la Malinche, o
Marina, fue una mujer indígena (probablemente totacana) que colaboró con Hernán Cortés en su llegada a México. Como ya he mencionado, para muchas personas su figura es sumamente controvertida, por reflejar un colaboracionismo indeseable con el imperialismo español. Sin embargo, si profundizamos un poco más en su historia, comprobaremos que la principal tarea de Malintzin fue la de facilitar, junto a Gerónimo de Aguilar, el entendimiento entre dos mundos completamente diferentes y que se resultaban mutuamente ajenos (e, incluso, inexistentes). Así, Marina hablaba náhuatl (el principal idioma méxica) y maya, mientras que Gerónimo dominaba el maya y el español. De esta manera, la interacción de ambos personajes permitió el entendimiento entre dos culturas y, en cierta manera, un paso fundamental en la historia de la globalización.
Es por ello que les invito (aunque asumo, y así lo quiero creer, que la mayoría de ustedes ya desempeñan su labor con estas máximas) a ver a sus clientes, frente al concepto de justiciables, no como un número o un expediente, sino como la persona que se encuentra detrás de un problema, y para la que ustedes constituyen el único punto de conexión con la realidad judicial. ¡Y lo digo sabiendo que mis compañeros me someterán a lapidación profesional por rogarles esto! A fin de cuentas, un abogado que vela y se preocupa por los intereses de su cliente es un profesional (el uso de este sustantivo en primer lugar no es caprichoso) contestatario e incómodo para la tarea judicial, la cual navega más sosegada en el remanso del automatismo administrativo y jurisdiccional al que nos hemos referido con anterioridad.
Hablar del abogado Malinche, por lo tanto, es hablar de un profesional que acerca el mundo de una persona parada y sin estudios a la que le han embargado el sueldo, de un agricultor dedicado de por vida al campo que ha perdido una cosecha y de un ama de casa que lucha por la custodia de sus hijos, al mundo de los autos, los decretos, las sentencias, los otrosíes, las reposiciones, las revisiones y los fallos. El Otro mundo, podríamos decir. Y, también, es hablar de un profesional que puede no ser comprendido ni por los que se encuentran a un lado ni al otro. Es hablar de una tarea fundamental y, en ocasiones, sumamente desagradecida.
¡OJO! No obstante lo anterior, no puedo dejar de recordarles que la labor del abogado es la de un funambulista que recorre una delgada cuerda, la cual divide dos realidades. La del indeseado y referido automatismo y la de una hiperasunción de las causas como propias hasta el punto de la distorsión de la lógica y del ajuste al Derecho. Defender los intereses de un cliente no quiere decir que sus problemas personales muten en los del profesional y, por consiguiente, la defensa de su posición no debe convertirse en una suerte de batalla de las Termópilas judicial pese a saber que, por razón, ley y Derecho, los persas acabarán ganando. Mantener el equilibrio en esa delgada cuerda consiste en colocar al cliente frente al
Para terminar, no puedo evitar volver a pensar en el pobre y anodino señor Josef K. Y les invito a una última reflexión: ¿se imaginan lo que habría ocurrido si hubiera tenido un buen abogado? Tal vez Kafka todavía seguiría escribiendo.
Andrés Luis Bermejo Notario de Nombelda
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«El arte de juzgar y el abogado malinche (III)», Sala de Togas, n.º 92, diciembre 2025, pp. 70-73.
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