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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Sobre la Ley del Solo sí es sí. Un llamamiento al debate

Sala de Togas n.º 90, , página 12–14

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man ser metabolizadas en la vida presente, quizá para la superación de cierto malditismo personal, pues la experiencia paterna, adquirida como primer mapa para la vida, nunca se transmite automáticamente, condenados a madurar a base de errores y fracasos. A este acto de autoescrutinio del narrador podríamos achacarle cierta visión patriarcal, según la cual nunca alcanza un hombre mayor altura que cuando va sobre los hombros de su padre, intentando dejar la vida limpia para quien viene detrás, y su reverso: cuando uno es joven puede permitirse cierta arrogancia autodestructiva, creyéndose inmortal, pero en los adultos que van para viejos, las ínfulas van resultando ridículas y propias de temperamentos más fácilmente impresionables. horror, con ojo incisivo al tiempo que lírico y punzante: “A los que eran enviados directamente a las cámaras de gas no se les registraba por lo que, en realidad, fue una suerte que la almeriense resulta tatuada(…)fue compelida a una interminable cola de mujeres que comenzó a caminar sobre la nieve sin que ninguna conociera su destino. Tras ser marcadas en su piel y registradas impúdicamente, pasaron a un barracón, dotado de maquinillas de rapar animales, en el que se perdió su ensortijada melena morena, arrojada y confundida en una montaña de cabellos de todos los colores y texturas.”

Y es que la fotografía registra una percepción subjetiva, intransferiblemente singular, sin que importe la apariencia, radicando lo fundamental en las conjeturas interiores, donde la verdad en sí no existe porque la vida es un conjunto de posibilidades y no de realidades. La imagen captada no prueba nada, sencillamente ocurre en la clave precisa, sin que pueda cuestionarse ni analizarse, pues su resultado explica la parte más completa e inaccesible de la dimensión humana, en ese caldo virulento de los padecimientos de una vida pasada ya transcurrida, donde la distinción entre recordar y olvidar se transforma en una interpretación de la justicia: la aprobación se aproxima a ser recordado y el castigo al destino del olvido. Y así , en las instalaciones de Auschiwtz Desideria es recibida con la ducha de agua fría mezclada con unos polvos cuyo olor le recuerda al zotal con el que desinfectaban el almacén, regentado por su padre , de uva de embarque exportada a toda Europa, mientras el esposo Elías Falac, detenido y volatilizado por la Gestapo, habría tenido un próspero negocio minero de hierro, que paradójicamente llegó a su máxima expansión internacional teniendo como mejor cliente al Estado alemán en su fatal rearme.

La memorialística en primera persona (“exordio” y “encargo”) del relato se transmuta en omnisciente para ir al encuentro de Desideria Cervantes como su primer “caso real”: “Todo estaba listo para que se cruzara en mi bisoña carrera profesional el Asunto Desideria Cervantes”, trama que va jalonando los hitos cronológicos en secuencias que marcan la trayectoria del personaje central, “en francés Desirée, de apellido Falac, de soltera Cervantes (..)”, desde su nacimiento en Almería el 13 de Noviembre de 1897, donde encuentra del amor en la España de entreguerras con un heredero de la alta burguesía francesa de origen sefardí, pasando por la vida familiar en París durante los felices años veinte cuando todo parecía augurar un futuro de paz y prosperidad, arrebatado por el hitlerismo y condenado al infierno en vida de Auschwitz, hasta su regreso errabunda a Almería donde fallecería en 1.968 a la edad de 71 años, recordada por muchos ”paseando por la playa del Zapillo, en la que se bañaba agarrada a las rejas de la Térmica”, luciendo sin disimulo un número “tatuado en su antebrado derecho”, cuestión que resolvía ante los curiosos que le preguntaban como “un capricho de juventud”.

De ahí que el encargo profesional termine por convertirse en “asunto”, interiorizado y trascendido hacia el plano personal, atraído por el misterio de la figura y personalidad de Desideria, porque el reto de rescatar del olvido a una persona o su personaje, cuando de ella no queda testimonio alguno más allá del que obtuviera de viva voz el narrador, quien parece que llegó a conocer a la protagonista en sus compases últimos, requiere implicaciones éticas: ¿quién tiene la legitimidad para narrar la experiencia de otro y dotarlo de voz cuando no se ha vivido? Sobre cómo se pudo sentir Desideria, percusionista en el campo de concentración de mujeres de Auschwitz-Birkenau, tenemos algunas aproximaciones recogidas por Primo Levi en su libro ”Trilogía de Auschwitz”: “Por un lado del convoy bajaban en selección rápida y sumaria los niños, por la determinación exterminadora de la reproducción judía y los viejos, por inútiles e improductivos, que iban directamente a las cámaras de gas, todo estaba silencioso como en un acuario y como en algunas escenas de los sueños, la noche se los tragó pura y simplemente, ningunos estarían vivos dos días más tarde. Entonces por primera vez nos damos cuenta de que

Como buen cazador de imágenes, dada la conocida afición del narrador por la fotografía, Desideria se cruza en su vida en forma de postal antigua: “donde se podía observar un grupo de mujeres afanadas en la tarea uvera, posando en el patio de un almacén de Almería, en cuyo borde derecho, marcados con un círculo rojo, destacaban dos figuras que han resultado ser la única imagen conocida del señor Cervantes con su niña”, despertando la instantánea “un irrefrenable interés en transitar por su biografía”, sintiendo el impulso, si es que no la responsabilidad, de ejercer de cronista o biógrafo parcial para revelar sus hechos.

El relato se dispone así como una secuencia cinematográfica, con sutiles movimientos de cámara que cambian el punto de vista drásticamente, desde una estampa impresionista en la típica merienda del coso taurino almeriense a principios del siglo XX, con “Desi” doblando las palmas, tocando las castañuelas y esforzándose en aprender a tocar la guitarra, afición musical que será determinante en su vida, hacia el daguerrotipo del 12 nuestra lengua no tiene palabras para expresar la destrucción del ser humano. Más bajo no puede llegarse, no tenemos nada nuestro, nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán y si nos escuchasen no nos entenderían (...) (…) Una banda empieza a tocar junto a la puerta del campo: toca Rosamunda, la famosa canción sentimental, y nos parece tan extraño que nos miramos sonriendo burlonamente, surge en nosotros un amago de alivio, puede que todas estas ceremonias no sean más que una payasada colosal al gusto germánico. Desde el Ka-Be se oye bien la música: llega asiduo y monótono el martilleo del bombo y los platillos, pero sobre su trama las frases musicales se dibujan tan sólo a intervalos, a capricho del viento. Nosotros nos miramos unos a otros porque todos sentimos que esta música es infernal, marchas y canciones populares que les gustan a los alemanes, grabadas en nuestras mentes, serán lo último del Lager que olvidemos: son la voz del Lager, la expresión sensible de su locura geométrica, de la decisión de anularlos primero como personas para después matarnos lentamente (...) todavía hoy, cuando la memoria restituye alguna de aquellas inocentes canciones, se nos hiela la sangre en la venas y nos damos cuenta de que haber vuelto de Auschwitz no ha sido suerte pequeña(…) el barracón de madera, cargado de humanidad doliente, está lleno de palabras, de recuerdos y de otro dolor, Heimweh se llama en alemán esete dolor, una bella palabra que quiere decir “dolor de hogar”. Sabemos de dónde venimos: los recuerdos del mundo exterior pueblan nuestros sueños y nuestra vigilia (...)”

Decía Borges que “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes”, lo que equivale a decir que lo recordado no es una réplica exacta de nuestras experiencias, sino una construcción subjetiva: cada vez que traemos un recuerdo al plano consciente de alguna manera lo reinventamos. Por eso, la incursión imaginativa en aquellos territorios, difíciles de comprender o aceptar, se vuelve la única manera de afrontar el reto de la verdad, en ese espacio de aquello que nunca tuvo que ocurrir ¿cómo contar historias y suscitar la imaginación de lo inimaginable si no es reelaborando la realidad y poniéndola en perspectiva? Con ese objetivo el relato intenta sacar del olvido al personaje de Desideria, que obtiene el rescate que por calidad, atractivo o sufrimiento merece, no como arquetipo que representa una vida para que el narrador se convierta en un hagiógrafo, sino como investigador que reivindica o tasa su excepcionalidad, invitando al lector a que acierte a calibrar sobre cuánto de soñado imaginado o cuánto de real hay en la aleación de ficción y realidad del “asunto Desideria”, para lo cual hay que manejar con habilidad los silencios y las elisiones, los fueras de cámara que a la vez pueden ser una declara- ción de principios, porque una cosa es la memoria de los hechos y otra la memoria del ser, aquella que se atiene a la exploración de los recuerdos. En el epílogo final, el narrador se exhorta a desempolvar notas procrastinadas sobre el “asunto” y avanzar en la peripecia vital de Desideria “un personaje poco tratado por la historiografía almeriense”, quizá ampliando el dibujo del personaje y su introspección, preguntándose por algunos de sus ángulos ciegos, claroscuros y pasadizos vitales mas espinosos, como el extrañamiento familiar o el estado de pena coagulada en que pareció instaurarse, emprendiendo una suerte de exilio doméstico, de vida amalgamada de sueño y memoria como único lenitivo de las heridas del pasado. Podríamos afirmar que de su historia conocemos el principio y el final, pero de momento no el medio, y las preguntas sin responder podrían ser la semilla de un futuro libro, pero ¿y si Desideria Cervantes sólo fuera un pretexto para indagar sobre el lugar dónde nace la escritura? Volviendo a los romanos, el autor nos diría: “quod non est simulo dissimuloque quod est”, “niego la existencia de eso que existe”. Porque pasarse la vida dando vueltas a las frases, entretenido en la precisión y ambigüedad del lenguaje, abstraído en millares de observaciones, maniático en las exploraciones mentales, entregado a algo que a fin de cuentas no existe y que sin embargo para el que escribe es lo más real de todo, sólo puede entenderse desde el imán del enigma que invita al narrador a volver una y otra vez a la visión de aquella postal de Desideria con su padre, que les une para toda la vida y convierte el encargo de una herencia en asunto sagrativo, tomando posesión así del misterio, algo que en nuestra propia vida no nos permitimos o no podemos permitirnos. Para que la escritura no resulte inversamente proporcional al sentido práctico de ponerla al servicio de la propia obsesión, debe representarse a sí mismo como una intuición, un aroma, o como máximo una nostalgia poderosa en un proceso de localizar un camino hacia alguna pequeña luz interna parpadeante y seguirlo como un centinela o archivero siempre en estado de gestación. A fin de cuentas, vivimos en el siglo XXI cuántico, del observador que provoca cambios en lo que observa y de partículas que pueden estar en dos lugares al mismo tiempo, y si lo material ya no es el único fundamento de la realidad entonces la escritura sólo puede alcanzar a ser una forma razonable de militar en la existencia, debatiéndose entre la fe y el escepticismo, indagando en las cosas que no se pueden explicar y viéndotelas con tus demonios, momento comparable con el nadar de un pato que se desliza serenamente sobre la superficie mientras por debajo estás pataleando como un condenado.

Ana María Castaño Martínez Colegiada 1.876

Asesora jurídica en Almería del programa de asistencia jurídica y psicológica a mujeres mayores de 16 años, víctimas de agresiones sexuales, del Instituto Andaluz de la Mujer

QUE LA VERGÜENZA CAMBIE DE BANDO

El pasado día 24 de octubre, salió en varios medios de comunicación la noticia de la dimisión y apartamiento de la vida política de Iñigo Errejón.

En el caso de las niñas menores de 16 años, el porcentaje es del 3,4%, lo que se traduce en unas 703.925 niñas víctimas de violencias sexuales.

Poco después se conocían los motivos de fondo que le han llevado a tomar dicha decisión: La presunta violencia sexual ejercida sobre varias mujeres.

Además, el 12,4% de las mujeres que han sufrido violencia sexual fuera de la pareja dice que en alguna de las agresiones sexuales participó más de una persona.

No voy a negar que la noticia me haya sorprendido. Pese a mi bagaje profesional, tener conocimiento que un hombre joven, culto, de izquierdas y autoproclamado feminista, pudiera haber cometido actos de semejante naturaleza actos, reconocidos pública e implícitamente por el propio implicado en un comunicado emitido por él mismo, salvaguardando siempre el Principio de Presunción de Inocencia, no deja de asombrarme. Para bien y para mal, no he perdido la capacidad de que tales noticias sigan impactándome y a la vez, que me reafirmen (y ahí están los datos), como siempre he sostenido, en que la violencia sexual ejercida sobre las mujeres por parte de los hombres no distingue de ideología, edad, nivel cultural o profesional o clase social del agresor. Cualquiera puede ser un agresor sexual en potencia.

Finalmente, casi en el 50% (40,6%) de los casos, la violencia se repitió más de una vez. Otro dato muy relevante: Los delitos sexuales múltiples se incrementaron un 56% entre 2016 y 2021 (han pasado de 371 a 573), según datos del Ministerio del Interior y se estima que una de cada cuatro agresiones sexuales de este tipo las ha cometido un menor de edad, según el Observatorio “Feminicios.net”, portal de referencia sobre violencia contra las mujeres. Trasladando estos datos a nivel europeo, no parece que la situación mejore.

Hace poco, ha salido a la luz pública que el propietario de los famosos almacenes londinenses “Harrods”, el señor Mohamed Al-Fayed, violó y agredió sexualmente durante años a numerosas empleadas, que era sabido en la empresa, que lo encubrió y que nadie hizo nada por ellas.

Todavía sigue existiendo en nuestra sociedad, el estereotipo extendido de que las agresiones sexuales que sufren las mujeres y niñas en España, como también sucede a nivel mundial, son cometidas por varones extranjeros y en situaciones marginales o de vulnerabilidad social y que son ajenas a nuestro entorno más próximo.

El caso de Gisèle Pélicot, la mujer francesa de 72 años, cuyo juicio, se está celebrando en audiencia pública en un Tribunal de Aviñón, estremece. Violada cerca de una década, por su esposo y por más de 50 hombres, de todos los estamentos y clases sociales franceses, que contactaron con éste a través de internet, nos confirma esta misma realidad sobre el perfil del agresor sexual, esto es, que se encuentra entre nosotros, como un ciudadano medio más.

Pero la realidad se torna más cruda y evidente cuando consultamos los datos contrastados:

La Macroencuesta sobre Violencia Contra la Mujer del año 2019:

El porcentaje de mujeres de 16 o más años residentes en España que han sufrido violencia sexual fuera del ámbito de la pareja a lo largo de la vida es del 6,5%. Es decir, 1.322.052 mujeres han sufrido este tipo de violencia y el 0,5% (103.487) en esos últimos 12 meses.

Según leo en la prensa escrita, Gisèle Pélicot, no ha ocultado su identidad, mostrando su rostro al mundo y permitiendo que el juicio se celebre en audiencia pública. Durante el transcurso de las sesiones del juicio que se está celebrando en un Tribunal de Aviñón, ha dicho de forma tajante: “Es hora de que la vergüenza cambie de bando”. “Lo hago en nombre de todas esas mujeres que quizás nunca serán reconocidas como víctimas”.

Un 2,2% (453.371 mujeres) del total de mujeres de 16 o más años residentes en España han sido violadas alguna vez en su vida. 14

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Cómo citar

«Sobre la Ley del Solo sí es sí. Un llamamiento al debate», Sala de Togas, n.º 90, diciembre 2024, pp. 12-14.

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