FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES
Prostitución, un debate necesario
Antonia Segura Lores · Sala de Togas n.º 90, , página 63–68
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PROSTITUCIÓN: UN DEBATE NECESARIO
La prostitución no es el oficio más antiguo del mundo, sino la actividad que responde a la demanda más antigua del mundo: la de un hombre que quiere acceder al cuerpo de una mujer y lo logra a cambio de dinero(1); personalmente es una de las grandes barbaries que aún permanece en el Siglo XXI; una forma extrema de desigualdad y explotación; un tránsito involuntaria de opresión y dominio de mujeres y niñas que terminan en clubs, pisos, macroburdeles, calles, polígonos industriales o zonas acotadas en la otra punta del mundo, preparadas para la comercialización de sus cuerpos; relaciones de poder de usar y tirar; todo un compendio de atentados a los Derechos Humanos, bajo el rasero de la doble moral “mi mujer, en casa; la puta, en la calle”; paternalismo subyugado por la iglesia con su María Magdalena a la que hay que redimir como pecadora en ese proceso de domesticación desde la caridad; cómplices por doquier que no quieren soltar su presa: “mujeres prostituidas” como “víctimas útiles”, “cosificadas” de las que sacar provecho económico. Esto es lo que veo a mi alrededor si me pongo las “gafas violeta”.
Sin embargo, escucho voces pidiendo su regulación y que se ponga el tema en manos del Ministerio de Empleo y del Ministerio de Salud sobre todo, denominándolas “trabajadoras del sexo” que tienen que estar “sanas”, pasar unas revisiones médicas y que no padezcan de sida ni de enfermedades venéreas de ningún tipo. Lo que no me han dejado claro si, también, le van a exigir una determinada forma y tamaño del clítoris, un determinado tamaño de labios mayores o menores en su vulva, o con reconstrucción de himen en los primeros meses de contrato para aparentar seguir siendo “virgen” por su plusvalía en el mercado pasando por las clínicas de estética que lo hacen y salir, a la vez, con más volumen de pecho, con menos arrugas y grasa. Bajo este prisma, el Sindicato rebajará la lucha contra la explotación del/a obrero/a y junto al sector de la metalurgia o de la construcción, estará el sector de la prostitución para que enarbolen la bandera el 1 de Mayo; el cuadro de enfermedades profesionales se ampliará con el sida, sífilis, desgarros vaginales y traumatismos varios, y por las Medidas de Seguridad e Higiene en el trabajo no se preocupen, en la esquina, el “chulo-marido o no-”; en el burdel, el “proxeneta-persona física o jurídica”; en el club, “el proxeneta-persona jurídica”; en el pisito, -cita on line-; en el polígono industrial, un “agente de seguridad patrullando más un/a gerente de sala”, y en la zona roja cuando supere tales dimensiones, además le añadimos “un/a coordinador/a”. En el convenio laboral se recogerá el plus por la nocturnidad, kilometraje por desplazamientos, accidentes in intíneri, los complementos salariales de virginidad, número de penetraciones y según que vía se use, de contorno de pecho, de número de copas que consuman y/o droga por poner algunos ejemplos, previa constitución de la Comisión Negociadora y reunión de los representantes de las trabajadoras y empresarios. Se determinará si los cursos de formación serán de 63
F.P. o enseñanza no reglada. Y, lo principal: explicarle a las niñas que, el príncipe azul no existe, pero el proxeneta sí. Como el sector mayoritario de la sociedad sigue sin querer que en la Escuela se hable de relaciones afectivo-sexual, seguirá quedando para el entorno familiar o de amigos, y cuando el progenitor se cruce con el empresario de la industria del sexo, éste le puede preguntar cuantos años tiene su hija porque su pechito ya está incipiente y las curvas de su cuerpo ya apuntan maneras y si la niña, además, es virgen, la contrata con un sobresueldo tan pronto cumpla los dieciséis. ¡vaya suerte!, y después ya veremos si precisa adaptar su cuerpo, a las exigencias del mercado como se hace con el envasado de los productos tropicales o del tomate raf. Y ojo con la promoción y la antigüedad con valor inverso puesto que a más edad menos valor en el mercado, y como el mismo producto cansa al consumidor, irán cambiando de centro de trabajo según las circunstancias del mercado. Tampoco podemos olvidar que, si se niega a una felación, “un francés” o a sufrir “una lluvia dorada”, será despido procedente. No olviden las campañas para “promocionar” a esas mujeres prostituidas y normalizar su estatus en la Asocia-ción de Madres y Padres del Colegio, en la Asamblea de la Comunidad de Propietarios, etc; nos pararíamos asaludarla por la mañana mientrasllevamos a nuestra prole al colegio porque ellas también pueden ser madres y su prole acudir al mismo colegio. En las charlas de la Escuela se hablaría de las profesiones y del futuro de esas niñas, que pueden ser “putas”, arqueólogas o astronautas. Para que no me llamen exagerada o irónica vuelvo a ponerme las gafas violetas para gritar a los cuatro vientos, Señores “ninguna mujer nace para puta”(2). El debate está en cuestionar a la sociedad que sustenta la prostitución y analizar sus factores sin omitir a los sujetos (puta, putero, prostituyente, proxeneta, y a la no-puta); desde las organizaciones (estado, partidos políticos, sindicatos, iglesia, Ong-s) y desde el análisis de la condena o normalización, con perspectiva de género y bajo el prisma de los derechos humanos. Tener presente de dónde venimos y hacia dónde vamos, sin olvidar el imaginario masculino patriarcal. Por tanto, hay que cuestionar los poderes, los sujetos, las identidades, los privilegios, los juegos de dominación y las formas de economía financiera ilícita que se quiere camuflar.
El mundo masculino debe interpelarse a sí mismo en su conexión con el consumo de los cuerpos de las mujeres, con los procesos de humillación y cosificación, que ha naturalizado partiendo de la dicotomía de mujer prostituida y mujer decente; aquellas venían a proteger que a éstas no se les violase ni agrediese sexualmente, de los impulsos irreprensibles de los varones. “Esta práctica social ocupa un lugar sólidamente arraigado en el imaginario masculino”(3) y nos quiere hacer creer que la prostitución se inscribe en el orden de la sexualidad humana y alude a que la sexualidad masculina es incontrolable y, por ello, la femenina debe estar al servicio de ese deseo masculino irrefrenable bien a través del matrimonio o de la prostitución. Esta creencia se ha fabricado en función de los intereses y necesidades de las élites y grupos dominantes, cuyo poder recaía solamente en los varones y anclada en el patriarcado que asignó roles y espacios diferentes para hombres y mujeres: la mujer decente, en casa, para uso de un solo hombre y madre de su descendencia garantizando su linaje; la mujer puta, en la calle, para uso de todos los hombres que quieran satisfacer los deseos, reproduciendo y sustentando las funciones básicas de la estructura patriarcal de que las mujeres son para otros y no para sí mismas. Con esta disyuntiva de mujer objeto o no sujeto, se inicia la lucha de las políticas públicas de igualdad que tanto reivindicaban las primeras feministas, reaccionando el patriarcado para que los cambios sociales en las relaciones de poder entre hombres y mujeres no transformen ni la masculinidad dominante ni la feminidad normativa. Y no cuestionar la hegemonía masculina es no modificar los derechos sexuales masculinos. Por tanto los varones, ante las nuevas exigencias de igualdad, se sienten obligados a abdicar del dominio y la indiferencia emocional en sus hogares y en entornos más cercano, pero pueden seguir dando rienda suelta a sus anhelos de poder mediante el consumo de prostitución, por lo que el patriarcado se alía con el capitalismo neoliberal y mantiene y reafirma la sexualidad masculina hegemónica con una hipersexualización de las mujeres que tiene efectos socializantes para chicos y chicas a través de todas las instancias que configuran la industria del sexo, particularmente por la pornografía.
Las mujeres lucharon para entrar en el mundo laboral y contaban con la independencia que les proporcionaba un salario, lo que obligó al patriarcado a buscar vías alternativas que asegurasen la hegemonía masculina. Lo primero que hizo, según palabras de Celia Amoros(4) es “no aceptar el papel de las mujeres como proveedoras en el mismo grado que el de los varones”, de ahí su salario exiguo, labores más precarias que ha continuado a través de los tiempos hasta nuestros días, aunque se tenga más formación y preparación nos encontramos con la brecha salarial, el techo de cristal, el suelo pegajoso, etc. “Cuando el salario familiar es el femenino tiene penalización patriarcal: exiguo y deficitario, hace que las mujeres se perciban como “proveedoras frustradas” y “cuidadoras culpabilizadas”, encon64 trando sentido la magnitud que ha adquirido la sobrecarga de sexualidad asignada a las mujeres y el gigantesco aumento de la industria del sexo”(5).
Desde un pensamiento crítico, como hace Saskia Sassen(6) a “las mujeres prostituidas hay que inscribirlas en contextos sociales, económicos y familiares, no presentarlas ahistóricamente”. Así nos damos cuenta que no son mujeres libres ni empoderadas, sino objeto de la explotación sexual sobre la que se articula una opresión y una desigualdad como la expresión y consecuencia de esas estructuras de las relaciones de poder patriarcales, capitalistas y raciales/culturales. Chandra Talpade Montanty(7) argumenta que es fundamental el lugar desde el que se mira en la construcción de una visión de la justicia, por eso afirma que hay que mirar hacia arriba: “los colonizados deben conocerse a sí mismos y al colonizador”. De los cuerpos de las mujeres prostituidas se extrae tanta plusvalía sexual como plusvalía económica hasta el punto de convertirse en plusvalías centrales en la reproducción del capitalismo y del patriarcado. Desde los prostíbulos más pequeños hasta los macroburdeles se puede observar no sólo las lógicas del capitalismo global, sino las altas tasas de pobreza y economías débiles que, con el crecimiento de las economías ilícitas se enganchan a la economía global recolonizando los cuerpos y el trabajo de las mujeres expoliadas de sus lugares de origen y haciéndolas recorrer grandes distancias hasta llegar al lugar de destino, desarraigadas y endeudadas con sus explotadores (tráfico de seres humanos y especialmente trata de mujeres y niñas”). El funcionamiento del capita-lismo neoliberal y la reacción del patriarcado, en cuanto a la prostitución, se puede entender como dossistemas de dominio que han esta-blecido una sólida alianza con el objetivo de preservar la masculinidad hegemónica y correlativamente mantener el control sobre la sexualidad de las mujeres.
Para la Ilustración (siglo XVIII) los varones eran sujetos racionales frente a las mujeres, que se representaban como seres sentimentales y reproductivos. Rousseau define a los varones como seres racionales y, consecuentemente, como sujetos políticos, mientras que las mujeres son conceptualizadas como seres reproductivos, domésticos y sentimentales(8). Centra la sexualidad como reproducción, la sentimentalidad como fundamento de la exaltación de la maternidad y de los cuidados y la domesticidad como espacio privado, asignado a lo femenino. Así, las mujeres fueron definidas como naturaleza y los varones como cultura; las mujeres como inmanencia y los varones como trascendencia; las mujeres como sexualidad y sentimiento y los varones como razón. Por esta división sexual del trabajo, en la que la naturaleza, la biología, la sexualidad y los sentimientos están en el ámbito privado-doméstico y la razón y la cultura son asignados al público-político, pasan a ser términos funcionales a la estructura social. Esta devaluación de las mujeres opera para que no salgan de los límites asignados en el contrato sexual: matrimonio y prostitución. La antropóloga María Luz Esteban lo explica bien: “Los objetivos principales del aprendizaje corporal de las mujeres son la reproducción y la seducción”(9). La cultura patriarcal en Occidente oscila entre la reproducción y la prostitución, entre la maternidad y la seducción, destacando que la hipersexualización de lo femenino es lo que posibilita la cultura de la pornografía y de la prostitución.
La revolución sexual, el movimiento “hippy” y la revolución de Mayo del 68 fue inconformista y crítica con el orden establecido, pero tuvo un significado distinto para hombres y mujeres. A los varones les permitió ensanchar los límites de la libertad que le fue asignada en el contrato sexual, pues, además de usar a la “mujer propia” en el matrimonio, podía usar sexualmente a las mujeres prostituidas y así se le abría la posibilidad de acceder con total legitimidad a los cuerpos de mujeres sin la mediación del dinero o del compromiso emocional. La medida de la sexualidad estaba centrada en la genitalidad y en la penetración por lo que el patrón del varón era la sexualidad que se demandaba, de tal modo que la masculinidad significa dominio sexual(10). La sexualidad tiene como efecto la reafirmación del varón en la idea de que el placer erótico es un derecho masculino, que culminará con la pornografía y la prostitución. Esta sobrecarga de sexualidad que se asigna a las mujeres es la condición de la formación de una cultura de la prostitución y para la construcción de una industria del sexo que tiene como eje central la mercantilización de los cuerpos de las mujeres. El sistema de dominación patriarcal, como lo explica Kate Millett, funciona a partir de un conjunto de pactos masculinos con el objetivo de crear y recrear mecanismos simbólicos y materiales a fin de subordinar a las mujeres. Estos pactos son un conjunto de medidas sociales, políticas, económicas y culturales que aparentemente no tienen relación con la subordinación de las mujeres porque no relaciona estas medidas con la libertad de las mujeres. Una de las ideas más recurrentes es contraponer el mito de la infelicidad de la mujer emancipada a la imagen de mujeres felices en el contexto de la familia tradicional de después de la Segunda Guerra Mundial. La soledad, el desamor y la amargura acompañan a la mujer emancipada; y la familia, el amor y la felicidad marca la vida de las mujeres tradicionales. La publicidad, el cine, la literatura y la televisión se encargaron de difundir esta idealización de la vida doméstica y familiar con un varón protector y proveedor de la familia. La restauración de estos viejos códigos fueron criticados por Betty Friedan en “La mística de la feminidad” ya que restablecía a las mujeres como objeto y neutralizaba sus derechos como sujetos. De nuevo el patriarcado acoge con más fuerza que el cuerpo femenino está al servicio del deseo masculino. A partir de los ochenta, las mujeres deber ser hogareñas, pero también sexualmente atractivas para sus compañeros. La ideología de la libertad sexual fue absorbida selectivamente por el pensamiento patriarcal con el objetivo de ampliar el marco de derechos masculinos; sobrecarga simbólicamente y realmente de sexualidad a las mujeres, erosionan su autonomía, limitan los espacios de poder a los que acceden, exaltan la maternidad y el amor romántico como si fuesen vocaciones naturales para las mujeres, pero envuelto en la ideología de la libre elección, por lo que la sexualización deja de parecer una exigencia patriarcal para convertirse en una elección emancipadora de las propias mujeres. Se impone un canon de belleza a través de la cirugía plástica, el sometimiento a la moda y al calzado. El cine, la televisión y sobre todo, la publicidad envían continuas prescripciones socializadoras del modelo de feminidad centrado en el atractivo físico y sexual, enseñan a las mujeres que tienen el derecho de seducir, de preocuparse de su imagen y que su valor depende directamente de esa imagen, dirigida a la erotización del cuerpo de las mujeres. El atractivo sexual se ha convertido en parte fundamental del nuevo modelo normativo que se exige a adolescentes y mujeres adultas. Para Natasha Walter(11) “las imágenes sexualizadas de las mujeres jóvenes amenazan con borrar de la cultura popular cualquier tipo de representación femenina”. Las mujeres reciben el mandato de que sus cuerpos deben crearse en función de la mirada masculina, y precisamente, por ello, la sexualidad debe ocupar un lugar central de lo femenino: “los hombres miran, y las mujeres existen como cuerpos objeto de la mirada”(12). Los medios de comunicación reproducen estas imágenes de mu-jeres hipersexualizadas, muestran a las mujeres como cuerpos, definiendo la nueva cultura del éxito femeni-no dentro del reducido marco delatractivo. Esta presión se pone de manifiesto tanto en la cultura del sexo como en la pornografía y en la prostitución. Así la identidad se construye como identidad-sujeto para los varones y como identidad-objeto para las mujeres. Se va repitiendo siempre de forma similar: la subordinación social es eficaz si se naturaliza y se hace creer que forma parte de un orden natural de las cosas imposible de alterar. Los objetivos del dominio patriarcal es disciplinar los cuerpos de las mujeres, tanto para la reproducción (vientres de alquiler) como para la disponibilidad sexual de los varones, con la exigencia del canon de belleza, la moda, la industria de la cirugía plástica, las nuevas tecnologías reproductivas, la pornografía o la prostitución. Los nuevos mercados, sin regulación estatal ni control social, están aplicando una lógica económica depredadora que mercantiliza todo lo que toca, la naturaleza, el dinero, el trabajo, y los cuerpos y la sexualidad de las mujeres y las niñas.
El dominio masculino y el capitalismo neoliberal han puesto en el mercado también los cuerpos de las niñas, creando una cultura sexualizada de las niñas, marcado por la apariencia física, el consumo de moda, y acceso sin control en las redes sociales a la pornografía desde los ocho años, normalizando esas conductas. El contrato social que se pactó tras la Segunda Guerra Mundial dio lugar a un nuevo modelo de organización social, denominado “estado del bienestar” con un crecimiento económico que ha generado un turismo sexual. Se configura un contrato sexual moderno sobre el reparto de las mujeres entre el matrimonio y la prostitución, reclutándose en éstas para la explotación sexual a mujeres más jóvenes cada vez, por lo que se va hacia una pedofilización de la prostitución(13) con una industria internacional del sexo que incluye una gran variedad de negocios (macroburdeles, locales de striptease, casas de masaje, agencias de acompañantes, hoteles, wisquerías, clubs) aceptados socialmente por un cambio en la ideología que lo envuelve. El crecimiento de la industria del sexo va unida a la expansión de la globalización y está modificando una vez más el viejo imaginario que existía sobre la prostitución con una nueva ideología y práctica económica de estos tiempos neoliberales en los que la tolerancia de la “libertad sexual” converge con la ideología del libre mercado para reconstruir a la prostitución como ”trabajo” legítimo que funciona como base de la industria del sexo, tanto a nivel nacional como internacional(14). La prostitución de mujeres jóvenes y adolescentes es presentada como un acto de libertad y como un negocio próximo al mundo del espectáculo y rodeado de glamour. Muchas chicas jóvenes se ven seducidas con la idea de que ese mundo puede ser un pasaporte para la moda, el cine o la televisión. El hecho de que la prostitución se haya convertido en un negocio global y en una fuente inagotable de beneficios explica que se enmascare su realidad con un nuevo lenguaje: la prostitución es “trabajo sexual” o “venta de servicios sexuales”; los proxenetas son “empresarios”; la industria o el mercado del sexo es un “sector del entretenimiento y ocio”; los prostituidores son “clientes o consumidores”; las mujeres prostituidas son “trabajadoras sexuales por cuenta ajena” o bien “trabajadoras por cuenta propia”, y la fuerza de trabajo con la que cuentan es su cuerpo o “el cuerpo es su propio capital” Tras este conjunto de eufemismos se esconden la lucha de los proxenetas por transformar la economía criminal en economía legal. Para la industria del sexo es fundamental la legalización de la prostitución, porque eso convertiría a los proxenetas en empresarios. Se pone en marcha una operación para blanquear ideológicamente la prostitución y presentarla ante la opinión pública como una transacción entre dos individuos en igualdad de condiciones, en el que uno tiene el dinero y el otro tiene un producto que vender.
La ideología del capitalismo global está creando nuevos discursos y representaciones a fin de ocultar la explotación sexual sobre la cual ha creado el sistema prostitucional. El uso de un lenguaje económico oculta la explotación económica y sexual de las mujeres prostituidas y contribuye 66 a legitimar la industria del sexo. De este modo: le sustrae la dimensión moral y política y la envuelve en la técnica terminológica de la economía. El lenguaje no es una realidad neutra y ajena a las relaciones sociales sino un poderoso agente de socialización; a través del lenguaje se emiten mensajes que refuerzan los entramados materiales de las sociedades patriarcales. Por eso el lenguaje es sexista y es un instrumento de lucha entre quienes defienden la desigualdad y quienes apuestan por la emancipación. Los derechos vinculados al mercado enmascaran la prostitución; el argumento de que el ejercicio de la prostitución es un derecho que se apoya en la libertad y la autonomía de las mujeres para elegir libremente su modo de vida, ha sido apropiado por los partidarios de la legalización de la prostitución. El argumento es que el cuerpo es una propiedad de la persona y por ello se puede vender libremente. La idea del consentimiento y de la libre elección es uno de los argumentos centrales que se utiliza desde las posiciones que consideran la prostitución como un trabajo cualquiera. La filosofía política neoliberal que subyace es la idea del libre consentimiento sin límites en el establecimiento de contrato. No tiene en cuenta que ese consentimiento no es emancipador. A la libertad del individuo consumidor no le corresponde la libertad de las vendedoras de su sexualidad. Ellos eligen y ellas son elegidas. Ellos tienen socialmente una posición de hegemonía, mientras ellas ocupan una posición de subalternidad. Mientras ellos ejercen el derecho patriarcal a acceder sexualmente al cuerpo de las mujeres, ellas son reducidas a ser cuerpos intercambiables sin atisbo de indivi-dualización. Son las “idénticas” en expresión de Celia Amorós. La libertad, como tal, es un atributomasculino; y la identidad es unaasignación femenina, pues, la libertad y la identidad definen a hombres y mujeres en la industria del sexo. Las mujeres en la prostitución y en la trata son sexualizadas y sociali- zadas en la idea de la disponibilidad sexual para los varones. El mandato socializador que emite la cultura de la prostitución es que las mujeres prostituidas incorporen la idea de disponibilidad sexual como eje de su subjetividad. Las relaciones contractuales no tienen el mismo significado político para todos los individuos, pues mientras que para los varones el contrato es libertad, para las mujeres es sujeción (15). Aunque para los antiguos filósofos como Kant o Rousseau “si un individuo decreta libremente su propia esclavitud no solo pierde su libertad, sino también su condición de humanidad”; es Pateman quien explica que el contrato social sobre el que tanto escribieron Locke, Hobbes y Rousseau está precedido de un contrato sexual en el que los varones pactan la propiedad de las mujeres y en ese momento en que los varones firman la sujeción de las mujeres, ellos quedan constituidos como categoría social dominante y ellas como genérico subordinado, con lo cual volvemos a encontrarnos con los cimientos del patriarcado. En el imaginario de la modernidad patriarcal el contrato sexual tiene dos fases; en la primera los varones pactan entre ellos la propiedad de las mujeres, hecho que les convierte en el género dominante (se articula la distribución de las mujeres entre las que podrá elegir los varones); la segunda fase de este contrato tiene lugar entre los varones que ya se han constituido como grupo dominante y las mujeres que ya han sido convertidas en género subordinado, por lo que consagra la negación de las mujeres como sujetos políticos, y confluyen por tanto, la desigualdad, no dándose el consentimiento en un plano de igualdad y de connotaciones democráticas. Por tanto, como explica Mary Wollstonecraft(16) “la prostitución, por un lado, no es susceptible de un contrato legítimo, y de otra, niega la individualidad de las mujeres”.
Las propuestas de regulación legal de la prostitución o de los úteros de alquiler encuentran en el capitalismo neoliberal y en la concepción de individuo propietario una fuente inagotable de legitimación, porque utiliza el concepto libertad desvinculándolo del de la igualdad. No pude haber libertad de contrato absoluto en sistemas sociales edificados sobre dominaciones patriarcales, raciales o de clase. La igualdad es el eje sobre el que se debe articular las vindicaciones políticas. El contrato real y objetivable es el que nace de la relación prostituyente y proxeneta; el primero paga, y el segundo se lleva el beneficio; la puta solo es el medio, el cauce, el circuito, de ahí la cosificación del cuerpo de las mujeres. La puta no tiene margen de decisión respecto al cliente. Es una situación que expropia el cuerpo y la vida misma. La situación de puta no cesa en el momento en que ha acabado el “consumo”, ni se inicia en el momento en que te contratan, sino que se prolonga sin límite y que se transfiere de hombre a hombre.
No es una relación directa prostituyente-prostituta, sino que es un contrato prostituyente-proxeneta, igual que todos los contratos sexuales en la sociedad patriarcal son contratos entre hombres sobre el intercambio de los cuerpos, la fuerza de trabajo y la vida de las mujeres.
Y termino con el mito de que “a ellas les gusta”: eso no necesita regulación alguna, que practiquen cuanto sexo quieran de forma libre y con quién quiera siempre que la otra persona consienta libremente. Para ese viaje no se necesitan alforjas.
Bibliografía
(1) Fernández Oliver, Blanca, “La prostitución a debate en España”, Documentación Social, nº. 144, 2007, pp. 75-89
(2) Sánchez Sonia, Galindo, María, “Ninguna mujer nace para puta”, ISBN: 97897-219235-4-7
(3) Cobo Bedia, Rosa, “La prostitución en el corazón del capitalismo”, Editorial Los Libros de la Catarata, 2017, pag. 16 (4) Amorós, Celia, “Mujeres e imaginarios de la globalización, Reflexiones para una agenda teórica global del feminismo”, Homo Sapiens, Rosario (Argentina<9, 2008, pag. 43 bal”, Katz, Buenos Aires, 2015, pag. 249
Madrid, 2010, pag. 91
(7) Mohanty, Chandra Talpade, “De vuelta a “Bajo los ojos de Occidente”, la solidaridad feminista a través de las luchas anticapitalistas”, Cátedra, Col. Feminismos, Madrid, 2008, pag. 425
(12) Claramonte, Vidal y África, M. Carmen, “El cuerpo colonizado”, Asparkia Inveestigacio feminista, Universitat Jaume I, nº. 12, 2002, pag. 103.
(8) Cobo Bedia, Rosa, “Fundamentos del patriarcado moderno. Jean.Jaxques Rousseau”, Cátedra, Madrid, 1995. (9) Esteban, María Luz, “Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio”, Bellaterra, Barcelona, 2004, pag. 73.
(5) Cobo Bedia, Rosa, op, cit, pag. 30
(10) Paterman, Carole, “El contrato sexual”, Anthropos, Madrid, 1885, pag. 255.
(6) Sassen, Saskia, “Expulsiones, brutalidad y complejidad en la economía glo-
(11) Walter, Natasha, “Muñecas vivientes. El regreso del sexismo”, Turner,
(13) Poulin, Richard, entrevista: “vamos hacia una pedofilización de la trata” (14) Poulin, Richard, “Cahiers de recherche sociologique” nº. 45, Editions Liber, Montreal, 2008, pago 135-154. (15) Pateman, Carole, “El contrato sexual”, Anthropos, Madrid, 1995, pag. 58 a 60.
(16) Wollstonecraft, Mary, “vindicación de los derechos de la mujer”, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 1994, pag. 206.
RAFAEL SORNÍ BUSTINDUY Col. 5.092 ICA Almería
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Antonia Segura Lores, «Prostitución, un debate necesario», Sala de Togas, n.º 90, diciembre 2024, pp. 63-68.
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