FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES
El arte de juzgar y la toga verde (I)
Sala de Togas n.º 90, , página 85–87
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EL ARTE DE JUZGAR Y LA TOGA VERDE (I)
- Bien parece – respondió el quijotesco operario de la Justicia – que no estás cursado en esto de la balanza y la espada: eso es la Justicia; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar por ella en fiera y desigual batalla.
Les descubriré, estimados lectores, un secreto. Ese abogado, procurador, juez, letrado, fiscal, etc., acaba en muchas ocasiones volteado por las aspas de la realidad. Y, sin embargo, al día siguiente, volverá a vestir su toga (¿verde, quizás?) y acometerá nuevamente la embestida. Debo aclarar que la cuestión no permite diferenciar, a
- Mira, Scout, por la misma índole de su trabajo, todo abogado topa durante su vida con un caso que lo afecta personalmente. Éste es el mío, me figuro. Es posible que oigas cosas feas en la escuela, pero haz una cosa por mí, si quieres: levanta la cabeza y mantén bajos los puños. Te digan lo que te digan, no permitas que te hagan perder los nervios. Procura lucha con el cerebro, para variar… Es un cambio muy positivo, aunque al parecer tu cerebro se resista a aprender.
- ¿Ganaremos el juicio, Atticus?
- No, cariño.
- Entonces, ¿cómo…?
- Simplemente, el que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer- respondió Atticus. Matar a un ruiseñor, Harper Lee.
La Justicia tiene algo de bello. No solo como concepto ideal, pues eso es evidente. Todos coincidiremos en la belleza de los valores supremos. Ya sea la Justicia, la Igualdad, la Diversidad, …etc. No me refiero en este caso a eso. Para comprender mi reflexión, deviene necesario puntualizar todos estos valores gozan de dos vertientes evidentes. Una vertiente ideal, cuya divinidad incurre en el ámbito de lo indiscutible. Y una vertiente material, a pesar de la cual la Justicia sigue siendo bella. Thomas de Quincey, en su polémico ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes, llegaba a una conclusión curiosa pero que, sin embargo, resulta sumamente ilustrativa a los efectos que pretendo desarrollar: la actuación más cuestionable y caótica puede albergar una cierta hermosura si se observa con el prisma adecuado. Cierto es que el periodista británico conjugó su reflexión tomando como punto de partida un acto tan execrable como la causación de la muerte intencionada de otro ser humano. No pretendo (¡que Themis me libre!) alcanzar tales cotas de atrevimiento en este texto. Carezco del ingenio y de la fina prosa necesarios para ello. Sin embargo, sí pretendo compartir con los lectores una pequeña reflexión que abra paso a la esperanza, como si yo mismo fuese un preso tratando de socavar el vigor de un muro de hormigón con una cuchara, ilusionado con la posibilidad de observar un pequeño rayo de luz cegador, sinónimo de libertad.
Que la Administración de Justicia es caótica es una evidencia. No descubro nada novedoso a los lectores de este texto, todos ellos profesionales consagrados en sus 85 este respecto, entre los diferentes operadores jurídicos. El amor a la Justicia y la intención de batallar día a día por ella es transversal y alcanza tanto al juez como al abogado. En cierta forma, es el elemento más democratizador de este maremágnum de profesiones. Si Carnelutti defendía el uso de la toga como señal de respeto a la profesión (afirmación con la que no puedo estar más de acuerdo), yo defiendo el amor a la Justicia como señal de respeto a la sociedad.
Un lector ajeno a estos lares profesionales podría preguntarse de forma legítima si esta utopía de togas verdes y molinos justicieros en la que muchos de nosotros vivimos día a día no resulta agotadora. Extenuante, no podemos negarlo. Extenuante para el abogado que llega al juzgado a preguntar por un pleito y observa que la sobrecarga de trabajo existente impide una cierta celeridad. Agotadora para el juez que observa que los procedimientos no avanzan por la falta medios personales y la ausencia de intención administrativa y política. Desesperanzadora para el letrado que se ve privado de la posibilidad de adoptar medidas efectivas para atajar los posibles problemas que surgen en el órgano judicial. Pero precisamente en todo eso reside la belleza de la Justicia. Debe haber algo bello en el hecho de que algo tan caótico y desalentador inspire a tantas personas a seguir adelante. Llegados a este punto, les confesaré algo. La mayoría de nosotros no estamos aquí por dinero, así que ese no puede ser un motivo para continuar. Si bien no podemos incurrir en el atrevimiento de señalar que nuestros empleos no estén bien remunerados, lo cierto es que nuestros estudios abren las puertas a obtener puestos de trabajo no tan estresantes y mucho mejor recompensados. Empleando el método deductivo, si esto no se hace por dinero, existen solo tres motivos adicionales para asumir tan ingrata tarea.
El primero es la gloria y la vanidad. Y siendo cierto que algunos de nuestros correligionarios alcanzan ciertas cotas de poder y notoriedad como consecuencia de su labor, no lo es menos que no ocurre así en la mayoría de ocasiones, donde el trabajo de la toga se realiza desde el silencio de los pequeños rincones y la intrascendencia (general, que no para el particular) de los casos sencillos. El segundo es la simple locura o el gusto por lo imposible. No negaré que muchos de nosotros podríamos ser casos interesantes de diagnosis en materia de parafilias. Nuestros comportamientos en relación al mundo del derecho vacilan en muchas ocasiones entre el apasionamiento y la simple paranoia obsesiva. Sin embargo, romperé una lanza a favor de ustedes (¡y de mi mismo!) afirmando que la clave no se encuentra en un comportamiento psiquiátricamente errático. Y surge así el tercer posible motivo. El más probable y, desde luego, el más noble. Nuestra propia concepción de la tarea que asumimos. El creer y pensar que lo que hacemos sirve de algo. El estimar que existe algo llamado JUSTICIA que es algo más que una idea. Es algo que se puede conseguir a pesar de los pesares.
Imagino que la mayoría de ustedes habrán visto ese clásico navideño titulado ¡Qué bello es vivir!, en el que un colosal James Stewart interpreta a un honrado banquero que, superado por las circunstancias, decide acabar con su vida. Convencido de su decisión, se dirige a un puente para arrojarse al vacío, pero, justo antes de hacerlo, un suceso extraordinario, que no revelaré aquí para no incurrir en el terreno de los temidos spoilers (lo que toda la vida se ha llamado en castellano, chafar la película), le recuerda que existen motivos para no hacerlo y personas que le aprecian desinteresadamente. En diferentes ocasiones he pensado que, para mí, la imagen actual de la Justicia se parece mucho a eso. Esa dama de ojos cubiertos, balanza y espada ha pasado por encima de la valla que separa el firme del espacio vacío y se dispone a saltar cuando recuerda hay mucha gente que la aprecia y por la que merece la pena aguantar un poco más. Gente que, incluso, la agarra de los brazos para que no pueda dar el paso adelante que la precipitaría. Estimados lectores, ¿hay o no belleza en la Justicia? Espero en este punto haberles convencido, aunque sea solo un poco. Pero continuaré.
Deben permitirme, en este punto, acudir a la manida táctica del silogismo jurídico para continuar mi argumentación. Si la Justicia es algo esencialmente bello, que muchos de nosotros intentamos conseguir, por una u otra vía, hacer Justicia debe ser algo muy parecido a lo artístico. Y, por lo tanto, todos aquellos que día a día contribuyen a esa concepción deben ser, en cierta manera, artistas (con mayor o menor virtuosismo).
Pensémoslo de la siguiente manera. Un pintor mezcla y maneja elementos burdos como son los pigmentos para crear algo que es moralmente superior, revelador de una concepción interior de la belleza. Un músico manipula los más diversos instrumentos (algunos de ellos verdaderamente bastos, sencillos y antiestéticos) con la finalidad de obtener una melodía que eleva el espíritu. Un escultor toma un trozo de mármol virgen y, con tesón, trata de obtener y sacar de ahí algo bello. ¿No hay algunasimilitud con lo que todos nosotros intentamos hacertodos los días? Nos servimos de algo caótico, desordenado y tosco con la finalidad de alcanzar una meta superior, moralmente elevada e inspiradora. Nosotros no tenemos pincel, cincel o guitarra, pero tenemos la palabra (escrita y hablada), la ley y nuestra cabeza.
Cierto es que la obra que conseguimos finalmente no siempre es satisfactoria. ¿Existe algo más cruel que esforzarse y no conseguir lo anhelado? Sin embargo, esa belleza intrínseca, inspiradora, nos motiva a todos para poner nuestra atención en el próximo caso, el próximo problema y el próximo contratiempo. parte de su vida personal y familiar con el único objetivo de seguir dictando resoluciones y tramitando papeles con el fin de aliviar someramente la carga de trabajo del juzgado (¡qué iluso soñador!). Tal vez la belleza de la Justicia resida en mirar la vocación de las personas que se encuentran detrás de esas montañas de expedientes y debajo de esas togas.
¿Hay motivo para seguir creyendo en la Justicia? ¡Por supuesto! Si Atticus Finch seguía creyendo, en un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos de mitad del siglo XX, que había motivos para seguir luchando por la inocencia de su cliente negro, pese a saberlo condenado ¿cómo podemos nosotros pensar que no hay motivos para creer en la Justicia que desde luego ahora es más justa que entonces? Pero, para ello, debemos dejar de visualizarla como una amalgama de papeles, escritorios, funcionarios (mejores y peores), plazos y retrasos. Eso solo son medios, no fines. Tal vez debamos pensar en ese letrado del turno de oficio que recorre decenas de kilómetros para atender a un detenido que carece de medios económicos. O en el juez que renuncia a gran
Finalmente, solo me queda disculparme con ustedes por haber aprovechado esta tribuna que se me ha concedido, no para efectuar un sesudo análisis jurídico sobre cuestiones de trascendencia más o menos práctica, sino para realizar una pequeña loa a nuestra labor. La de todos. Reconozco que, en este sentido, he sido ladino. Pero no podía dejar pasar la oportunidad de dirigirme directamente a todos aquellos operadores jurídicos que realizan día a día su labor sin excesivas pretensiones para recordarles lo bello de la misma. Yo, por mi parte, seguiré en mi juzgado, vistiendo la toga verde con mayor o menor acierto. Y con el firme convencimiento de que la mejor obra de arte es el resultado de muchos trazos discretos.
Andrés Lois Bermejo Notario en Novelda
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«El arte de juzgar y la toga verde (I)», Sala de Togas, n.º 90, diciembre 2024, pp. 85-87.
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