FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES
Los peritajes lingüísticos
Sala de Togas n.º 89, , página 47–53
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LOS PERITAJES LINGÜÍSTICOS
1. A modo de ilustración. El caso de Timothy Evans
La convergencia más conocida entre lenguaje y derecho es la que desarrolla peritajes lingüísticos; esto es, la intervención de los lingüistas como expertos en distintas fases de los procesos judiciales, evaluando distintas clases de actuaciones lingüísticas. Hay que decir que esa creencia está avalada por un hecho doblemente lamentable. El 9 de marzo de 1950, Albert Pierrepoint, asistido por Syd Dernley, ajustaron el cadalso en la prisión británica de Pentonville. Unos instantes después Timothy John Evans (1924 -1950) fue ejecutado en la horca. Evans, un galés residente en Notting Hills, había sido acusado de lo que hoy sería violencia machista y vicaria: el asesinato por estrangulamiento de su esposa Beryl y de su hija Geraldine. Había sido él quien el 30 de noviembre del año anterior había denunciado la desaparición de su esposa e hija. Lo contradictorio de sus declaraciones lo llevaron al banquillo con funestas consecuencias. Aunque durante toda la vista insistió en acusar a su vecino, John Christie, quien paradójicamente era el principal testigo de la acusación. El caso es que, mientras
Evans carecía de antecedentes, Christie sí tenía una estimable hoja de servicios delictivos, sobre todo relacionados con el empleo de la violencia física. No obstante, el testimonio de Christie fue aceptado sin mayores objeciones, lo que abrió las puertas del cadalso para Evans. Tres años después se descubrió finalmente que Christie era una asesino en serie, responsable de una lista estimable de crímenes, entre los que figuraban los de sus vecinas Beryl y Geraldine. Evans había sido acusado y ejecutado en falso.
El Reino Unido reconoció su error fatal de manera oficial. Probablemente ahí habría terminado el recorrido del asunto Evans. Solo que en 1987 David Crystal volvió sobre el caso y los entresijos de las declaraciones manejadas en él. David Crystal es el padre de la lingüística aplicada británica, un referente indiscutible a nivel internacional. Las declaraciones de Evans estaban repletas de contradicciones entre sí. Ponían de manifiesto un desconcierto absoluto por parte del interrogado, lo que debería haber hecho dudar de su completa veracidad. En términos lingüísticos actuales, probablemente no habría resistido un mínimo análisis pragmalin47 güístico. Pero, de todas formas, se habría desprendido de una lectura ecuánime de esos documentos, sin necesidad de acudir al juicio especializado de ningún lingüista. Simplemente, era un evidencia que el testigo había sido presionado, que se había desorientado y sentido intimidado y que, por lo demás, había respondido lo primero que se le había pasado por la cabeza. Se trataba de un desafortunado malentendido, o no. Crystal se entretuvo en reconstruir la biografía lingüística del infortunado Evans. Natural de Merthyr, Gales, había pasado parte de su vida fluctuando entre su zona natal y Londres, hasta que en1946 conoció en la capital británica a Beryl Thorley, con la que se casó un año después y tuvo una hija. Esa cambiante identidad idiomática le hacía fluctuar entre el acento galés y el cockney, una variedad coloquial del inglés británico. Por lo tanto, no comunicaba en RP, la pronunciación ejemplar y estándar que, por lo demás, fue la empleada, tanto en los interrogatorios, como durante la vista judicial. Esa caracterización lingüística, por cierto, se ha mantenido en las ocasiones en que la ficción se ha ocupado del caso, tanto en cine como en series de la
BBC. Crystal demuestra que el acento de procedencia de Evans condicionó fatalmente todo el proceso. Al mismo tiempo insiste en que debería haberse tomado en consideración durante todo el proceso de instrucción del caso. Las consecuencias de esa desatención fueron, como ya se ha comentado, en verdad fatales. El caso Evans terminó teniendo dos consecuencias, una positiva, la otra algo más cuestionable. La primera de ellas, la positiva, consistió en la supresión de la pena de muerte del ordenamiento jurídico británico. La conmoción que causó en la opinión pública británica el descubrimiento del rol asesino de Christie, ya ejecutado Evans, fue de tal magnitud que el paso siguiente consistió en evitar errores de esa envergadura en lo sucesivo. La segunda, sobre todo tras la intervención de Crystal, supuso una fe casi mesiánica en la intervención de los lingüistas en calidad de peritos en los procesos judiciales. Es cierto que si hubiesen intervenido de buen principio, si hubiese existido un peritaje lingüístico apropiado, probablemente Timothy Evans no habría sido ejecutado. Pero conviene advertir desde el principio que esas expectativas tan optimistas también tenían sus limitaciones y reparos, serios e insalvables en ocasiones, como de hecho se tratará de comentar a lo largo de este trabajo.
2. Niveles y tipos de peritaje lingüístico
Crystal tampoco estaba solo. De hecho, tenía sus antecesores en Alemania y, más en concreto, en la activísima figura de Hannes Kniffka (1981) que muy pronto delimita lo que denomina lingüística forense. Todas estas nuevas aproximaciones a los vínculos entre lingüística y derecho compartían la búsqueda de soluciones y utilidades concretas, más allá de las discusiones acerca de la naturaleza del lenguaje jurídico, su transmisión social o su despliegue en la sala de justicia. Esos eran otros campos de la lingüística jurídica, probablemente referentes teóricos indispensables, pero lo que proponía Kniffka era realizar intervenciones concretas, dirigidas hacia el asesoramiento especializado de aspectos relacionados con las lenguas. De esa manera, a partir de esa década, los años 80 de la centuria pasada, se fueron incorporando de manera paulatina diferentes peritajes lingüísticos en la escena judicial. Tanto es así que en la actualidad conforman un ámbito abierto, con incorporaciones relativamente recientes, siempre de acuerdo con las propias demandas sociales y jurídicas que se han ido produciendo. Por lo tanto, la nómina de posibles peritajes lingüísticos que va a exponerse de inmediato no deja de ser, en cierta medida, provisional, estando como está sujeta a posibles nuevos inquilinatos, al menos potencialmente.
2.1 La lengua escrita
El primer, y más inmediato, ámbito de peritaje lejanamente vinculado con el lenguaje estuvo en la escritura y, más concretamente, en la grafología. Esta se ocupa de analizar los trazos de escritura para, en el más optimista de los supuestos, establecer correlaciones de personalidad e incluso de lenguaje corporal habitual en una persona. Aunque tiene una genealogía que se remonta al Examen de ingenios para las ciencias (1975) de Juan Huarte de San Juan, su estatus entre las ramas del saber ha sido altamente cuestionado. Es cierto que Huarte tuvo sus continuadores, como Camilo Baldi (s. XVII) o Jean-Hypolite Michon (s. XIX). Este último fundó la Société Graphologique en 1871. Su réplica norteamericana, The American Grapho Analysis Society tuvo que esperar hasta 1929, aunque a cambio testimonió el alto interés desarrollado al otro lado del Atlántico. Nada de ello ha impedido que la Sociedad Británica de Psicología terminará asignándole una “validez científica cero”, exactamente equivalente a la reservada para la astrología.
La lingüística, desde luego, no puede prestar ninguna clase de ayuda para aclarar el estatus de la grafología. Le han interesado, por supuesto, los sistemas de escritura, pero en tanto que transcriptores de los sonidos de 48 las lenguas. Además, mantienen vínculos muy relevantes con las culturas entre las que se desenvuelven como instrumentos de comunicación. A partir de ahí se infieren ciertas clases de relaciones entre las lenguas, su escritura y las sociedades, temáticas sin duda de interés para la lingüística más ocupada del uso real de los idiomas. Pero, como es obvio, nada de ello guarda la más mínima relación con la grafología. En consecuencia, su posible uso en el ámbito jurídico parece algo más que cuestionable, dado que carece de parámetros objetivos en los que fundar una intervención pericial. Como mucho, está en condiciones de reconocer la originalidad de las firmas en los documentos escritos, no sin cuotas significativas de duda. Nadie firma siempre exactamente igual. Por lo demás, la escritura ha sufrido modificaciones más que sustanciales durante las últimas décadas en cuanto a sus canales de distribución. La escritura manual que ocupó a los grafólogos ha dejado su lugar en la cotidianidad a la comunicación electrónica, en número diverso y disperso de posibles opciones terminales. Paradójicamente, esa escritura sí puede ser analizada con cierto fundamento. La estilística es una de las disciplinas clásicas de la cultura occidental. Ya se ocupó de ella Aristóteles, tanto en la Retórica como en la Poética. Por descontado, a partir de esa referencia se ha mantenido vigente durante milenios, encargada de dar cuenta de los rasgos lingüísticos que caracterizan una determinada producción literaria. Hay que entender esos “rasgos” con evidente magnanimidad, pues abarcan desde un léxico o una sintaxis característicamente particulares hasta una determinada selección de personajes o ambientes. En la Edad Media, hacia el 1230 se documenta en la Poetria de Juan de Garlandia lo que se conocerá como Rotta Vergilii, tres grandes matrices estilísticas que seleccionan todos los elementos de una composición literaria. Así, por mencionar un ejemplo ilustrativo, en el estilo humilde debían aparecer pastores, con cayado, en una dehesa y rodeados de ovejas (entre otras cosas). Pero al sublime le correspondían soldados, con sus correspondientes armas y caballos, en un campamento. En siglos posteriores la estilística se concentró, sobre todo, en los rasgos lingüísticos propios de un autor que lo singularizaban respecto de los demás.
Esa última vertiente ha resultado de utilidad en el ámbito jurídico, dado que permitía caracterizar la producción de un individuo (García Marcos, 2023). De esa manera podía establecer con relativa certeza si, dados dos textos distintos, procedían del mismo autor, o no, con las consecuencias que de ello pudieran derivarse (confirmando o desechando sospechas). Como es natural, la identificación estilística carece de restricciones de canal. Puede tratar de llevarse a cabo tanto en la escritura manual, como en cualquiera de la versiones electrónicas. Esto último abre posibilidad muy sugerentes, dado que permiten identificar a personas que se enmascaran en el anonimato de las redes, que falsifican identidades, que las suplantan, etc.(Crespo, 2017) 2.2 La lengua hablada
Con todo, el reconocimiento de voz ha sido el terreno que ha propiciado los mayores éxitos de estas aplicaciones lingüísticas. Tanto es así que en ocasiones se ha identificado toda la lingüística forense, o incluso toda la lingüística jurídica, con estos peritajes. Se trata, evidentemente, de una extralimitación que, por lo demás, levanta sospechas fundadas acerca de la competencia de quien la formula.
Los reconocimientos de voces están asentados en conocimientos y metodologías desarrolladas por la fonética y la fonología, la rama de la lingüística encargada del análisis de los sonidos que componen las lenguas. Tienen, por consiguiente, contrastado pedigrí lingüístico, lo que no garantiza que sean útiles en el aparato judicial, al menos sin matizaciones, como se verá más adelante.
El reconocimiento del habla se basa en procedimientos espectrográficos; esto es, en la huella gráfica que dejan los sonidos al ser tratados a través de un espectrógrafo. Gracias a este, cse apta el mayor número posible de componentes de un sonido, su duración a través del tiempo y la intensidad empleada para poder emitirlo. El resultado es una mancha en el papel, característica no solo de un determinado sonido, sino también de una forma concreta de pronunciación. Esto es determinante para sus cometidos forenses como se verá de inmediato.
Ejemplo de espectrograma Fuente: Nuria Gavaldà. https://nuriagavalda.com/espectrograma/
Pero antes de pasar a ello, conviene aclarar que la evolución tecnológica ha intervenido en favor de estas técnicas de análisis del sonido que, por lo demás, es susceptible de ser ampliada a otros campos, caso de la música. Tradicionalmente se empleaba un generador de la producción de sonidos, como el que recoge la figura 2. El sonido se desplazaba desde ahí hasta el interior de un cilindro giratorio, cuyos ácidos eran los responsables de imprimir las ondas que daban vueltas en su interior y, por lo tanto, de generar el espectrograma correspondiente.
Modernamente el proceso se ha agilizado de manera ostensible gracias a la informática. Los conversores analógico-digitales permiten pasar la señal analógica (el sonido) a señal discreta (una combinatoria numérica). A partir de ahí la información está disponible para ser tratada computacionalmnte. Ese procedimiento analógico-digital, en ambas direcciones, está en la base de las técnicas de reconocimiento y producción automática de voces, lo que quiere decir que está suficientemente contrastado, por una parte, y, por otra, en continua evolución. La opción informática ha puesto a disposición de los usuarios espectrógrafos automáticos que realizan la misma función que los tradicionales, solo que a través del ordenador. Introducida dentro de él una secuencia de sonido, este se somete a análisis del programa correspondiente, para la obtención de la correspondiente espectrografía. Hay varios programas capaces de cumplir con ese cometido, si bien es Praat, diseñado desde la Universidad de Ámsterdam por Paul Boersma and David Weenink, el más generalizado. De acceso abierto, la eficiencia y fiabilidad del programa son tan grandes que suele ser empleado como herramienta especializada en investigaciones de referencia. Los resultados son por completo equivalentes a los proporcionados desde la espectrografía tradicional, como puede observarse en la figura 3.
Resultados de la aplicación de Praat
Espectrógrafo tradicional.
La espectrografía, por tanto, ofrecela posibilidad de identificar sonidoscon cuotas estimables de objetividad y, lo que es más importante, susceptibles de ser demostrados sin ambages: aporta diagnóstico tangibles, que se pueden ver y comprobar. A ello se agrega un segundo factor, característico esta vez del lenguaje humano. Cada hablante tiene un tonema propio e identificador. Los tonemas son las inflexiones que se registran en la pronunciación a partir de la última sílaba acentuada de una palabra. Conviene aclarar que en lingüística se entiende por “acentuada” la sílaba que recibe el golpe de voz principal de una palabra; otra cosa es que, en función de la ortografía lleve, o no, tilde. En español, por ejemplo, la palabra “perro” está acentuada en “pe” (aunque no lleve tilde), de la misma forma que en “tránsfuga” el acento recae en “trans” (que sí lleva tilde). El caso es que esa singularidad en la tonalidad hace que los tonemas se conviertan en huellas dactilares sonoras de los individuos. Cada uno de nosotros tiene un tonema que es irrepetible y que, en consecuencia, permite discriminarlo respecto de los demás. La aplicabilidad jurídica de esa característica es inmediata. Eso permitiría reconocer e identificar voces de un mismo locutor. La grabaciones anónimas siempre pueden ser referidas a una persona localizada y concreta en otra grabación. De hecho, esa fue mi primera misión pericial, como ayudante de Juan Alfredo Bellón, cuando todavía era un doctorando en la Universidad de Granada. No obstante, a pesar de todo lo dicho, ese campo tiene sus limitaciones, también sus complementos. En relación con las primeras, la bibliografía ha señalado desde antiguo algunas advertencias que no son desdeñables. Brückner (1992) estimaba que el perito lingüístico se convertía en una especie de detective, lo que podía acarrearle sufrir presiones externas durante el desarrollo de su tarea. También puedo dar fe de ello, sobre todo cuando los casos trascienden a los medios y tiene entreverados otros intereses políticos y/o sociales. Por ello, Kniffka (1989) reclamaba un secreto profesional que consideraba indispensable para acometer esta tarea de manera eficiente. Otra limitación de envergadura pro- cede de las cuotas de fiabilidad del análisis espectrográfico. Se garantiza un 100% de fiabilidad en condiciones ideales de grabación; esto es, en cabinas de fonética experimental, completamente acolchadas y con micrófonos de máxima fiabilidad. El material que llega al juzgado difícilmente cumple con esas características. No es de extrañar encontrar grabaciones efectuadas en la calle, en lugares públicos, con superposiciones de otros ruidos, realizadas a través de medios menos sofisticados y, en general, palpablemente alejadas de esas condiciones ideales que acaban de comentarse. Ello repercute inmediatamente en el porcentaje de fiabilidad. Es cierto que las grabaciones pueden filtrarse, que hasta cierto punto se pueden eliminar sonidos supletorios y que la calidad se incrementa relativamente. Pero, en todo caso, nunca se alcanza la condición ideal del laboratorio de fonética experimental. Aquí se plantea un dilema de difícil resolución, con un poso deontológico de fondo. Existe una palpable asimetría en cuanto al valor de los porcentajes de fiabilidad en la lingüística y el mundo jurídico. Desde un punto de vista científico una fiabilidad del 70-80% es más que aceptable y para el lingüista garantiza un diagnóstico. Sin embargo, el derecho requiere de fiabilidad plena, o prácticamente completa. Ante esa disyuntiva el lingüista debe decidir si soslayar ese hiato (y proceder a la identificación) o, por el contrario, subrayarlo (y proceder a la no identificación). Cómo digo, no deja de ser una decisión con trasfondo ético. En mi caso, ante un diagnóstico con fiabilidad del 76%, sobrada en cualquiera de mis investigaciones empíricas que, sin embargo, se consideró insuficiente. Estuve de acuerdo con la decisión adoptada. Lo fundamental, al menos en mi opinión, radica en ser consciente del rol que se está desempeñando, como perito en sede judicial, no como investigador en sede académica. Quedaba un 24% demasiado intranquilizador para el mundo del derecho.
En todo caso, como se ha avanzado, también existen sus compensacio50 nes complementarias. El análisis espectrográfico del sonido no es el único acceso a la identidad mediante la lengua hablada. Los hablantes pueden emplear palabras o construcciones características de una determinada zona dialectal, que coincidan con elecciones fonéticas igualmente marcadas en ese sentido. Asimismo, existen selecciones lingüísticas que denotan adscripción a grupos sociales claramente identificables. Por otra parte, también se dispone de patrones particulares en la elaboración de sus frases y en la organización de su léxico. En lingüística aplicada se emplean dos medidas para dar cuenta de ello, los índices de madures sintáctica, en el primer caso, y los de riqueza léxica en el segundo. La madurez sintáctica opera en dos dimensiones. A través de la cuantitativa establece los promedios cruzados de palabras, cláusulas y frases que se registran en la producción de un hablante. La cualitativa se hace cargo del tipo de estructuras subordinantes. En cuanto a la riqueza léxica establece la proporción que existe entre las palabras (total de unidades léxicas) y los vocablos (solo aquellas que son diferentes). En la siguiente lista de animales,
“perro”
“gato”
“lobo”
“perro”
“canario”
“perro” hay 6 palabras, pero solo 4 vocablos, porque “perro” se repite tres veces. Esos índices lingüísticos son tendencialmente individuales. Cabe la remota posibilidad teórica de que coincidan en algún caso los de dos hablantes, pero es prácticamente imposible que lo hagan en los tres ma-nejados, o en los cuatro contemplados, de agregarse los dialectales y sociolingüísticos. Ello permite reali-zar una identificación bastante sol-vente de los rasgos particulares que caracterizan la producción de un hablante concreto, lo que facilita su identificación, aunque sea por acumulación sistemática de indicios.
2.3 Plagio
La principal demanda actual, con todo, parece estar situada en el plagio, preocupación crucial, no solo de la vida judicial, sino de la sociedad contemporánea en general. El desarrollo de la Inteligencia Artificial ha multiplicado exponencialmente la prevención hacia ese fenómeno, hasta el punto de contar con un elenco variado de recursos para, en teoría, proceder a su detección. Unos son gratuitos, otros de pago, unos son públicos, otros privados, pero todo ellos se concitan en esta moderna cruzada. Es necesario aclarar, sobre todo pensando en el entorno jurídico, que la inmensa mayoría de esos supuestos detectores de plagio carecen de crédito. Por mencionar un caso ilustrativo, el famosísimo Turnitin tiene una fiabilidad algo más que menguada. Puede realizar identificaciones masivas e injustificadas. A uno de mis doctorandos le “detectó” más de un 90% de plagio, lo que yo sabía que era completamente incierto, porque había seguido la minuciosa elaboración de esa tesis doctoral paso a paso. El problema radicaba en que había trabajado sobre refranes y estos tienen una masiva presencia en Internet. De manera que cada vez que examinaba uno de ellos Turnitin indicaba un caso de plagio. Para ello el programa cuenta con la opción de desactivar determinadas búsquedas, con lo que se abre la puerta a que el porcentaje final dependa de la voluntad de la persona que está empleando (o manipulando) el programa.
La solución más tranquilizadora y fiable, por tanto, pasa por recurrir al peritaje humano, no sin ciertas precauciones. El plagio supone la apropiación de una producción ajena, en su totalidad o en parte de ella. La teoría, nítida y sin ambigüedades, sin embargo, no tiene una aplicación tan directa e inmediata. Si hubiera iniciado este trabajo diciendo que “en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, hubo lingüistas dedicados a los peritajes lingüísticos”, el plagio seria flagrante, por más que lo haya intentado camu- flar con la conclusión de la frase. Pero no siempre es tan sencillo, sobre todo en lo tocante al plagio de textos científicos. De hecho, se producen acusaciones de plagio que no deberían ni tan siguiera haber sido admitidas a trámite. En primer lugar, el autoplagio no existe. Siempre se plagia a otro, u otros, con lo que, por definición, uno no se apropia de lo producido por uno mismo. Esto es extensivo a los casos de co-autoría que, como su propio nombre indica, implica a dos, o más, autores. Reutilizar textos, o fragmentos, anteriores, no deja de ser una praxis bastante habitual en el dominio científico actual, obligados como están los jóvenes académicos a producir de manera incesante. La ciencia de nuestros días ha sido secuestrada por la productividad industrial: hay que producir cuanto más, mejor, lo que se resuelve republicando varias veces un mismo trabajo con ligeras modificaciones. Por más obligada que sea, no deja de parecerme una práctica indecorosa, aunque nunca un plagio. En segundo lugar, los textos científicos están obligados a reproducir las referencias de conocimiento que les sirven de base teórica y metodológica, pertinentemente citadas y referidas. Algunas de esas referencias son tan fundamentales que se convierten en postulados disciplinares, un saber aceptado y asumido por el conjunto de los científicos que operan en ella. Si en un trabajo de lingüística empleo la distinción entre “lengua” y “habla”, sin mayores puntualizaciones, no estaría cometiendo plagio alguno. Ser lingüista conlleva forzosamente conocer las diadas saussurianas, son un postulado disciplinar. En tercer lugar, cada disciplina acuña un determinado género, una forma estandarizada de escritura que ejerce de patrón implícito de redacción. Por consiguiente, se despliega una forma común de escribir entre todos los participantes en un mismo campo disciplinar. Inevitablemente, sus producciones escritas serán más que próximas.
El plagio de textos literarios se adentra en otros dominios sensiblemente 51 diferentes. No existen factores análogos a los anteriores, por lo que la producción de cada autor posee una estilística propia y característica. La identificación del plagio, por lo demás, es posible efectuarla de manera directa, por lo que en la práctica se eliminar todas las dificultades anteriores. 2.4 Otras propuestas de peritaje La lingüística aplicada cuenta en nómina con otros intentos de peritajes. Aunque sin la continuidad que los anteriores, no dejan de testimoniar una actividad pericial siempre activa, al tiempo que siguen señalando vías de intervención lingüística no clausuradas de cara al futuro. En la década de los 80 se intentó proporcionar parámetros para calibrar la mentira (Bathia, 1983; Crystal, 1987). No mucho después, Alonso-Quecuty (1991) recordaba que “pocas cosas, a parte de una pistola humeante, tienen tanto en el peso de un juez que la declaración de un testigo”. Detectar la veracidad de los testimonios, o de las declaraciones, por tanto, tiene un peso muy significativo en todo el proceso judicial. Los psicólogos se aprestaron a proceder al estudio de un área que terminó por ser conocida como el peritaje forense de la credibilidad. Tratando de acotar la metodología adecuada para ello, se establecieron tres grandes índices de cuestiones: 1. Los cambios fisiológicos que acompañan a la mentira, a menudo casi imperceptibles, pero fehacientes en un análisis detallado.
2. Los cambios conductuales, en esta ocasión asociados a movimientos, expresiones faciales o tonos de voz.
3. Los cambios semánticos y estilís-ticos del lenguaje empleado. A la lingüística, en principio, le co-rrespondería el tercero de esos epí-grafes. Pero el arranque de esa contribución lingüística al peritaje de los testimonios judiciales no fue demasiado esperanzador. En la práctica se limitó a confrontar enunciados ver- daderos y falsos en virtud de su longitud, sin llegar a una conclusión determinante. Al parece la longitud varía, aunque no se ha establecido con rotundidad en qué dirección. Mientras que para algunos autores los testimonios verdaderos abarcan mayor extensión, para otros sucedería exactamente lo contrario (Alonso-Quecuty, 1991). Por más sugerente que pudiera ser esa línea, y por más determinante que pudiera resultar en declaraciones sobre determinados delitos (Alonso-Quecuty, 1999), esa opción se ha desatendido a efectos prácticos, al menos desde la vertiente estrictamente lingüística. Otras propuestas que han tenido recorrido limitado han estado relacionadas con distintos aspectos de conductas verbales susceptibles de ser consideradas delictivas, como el chantaje (Hehn, 1992) o el insulto (Fuentes González, 1996). Como en el caso anterior, esas prácticas periciales no superaron el estrato de
Bibliografía
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Alonso-Quecuty, M. L. (1999). “Evaluación de la credibilidad de las declaraciones de menores víctimas de delitos contra la libertad sexual”. Papeles del Psicólogo, (73), 7. (https://www.papelesdelpsicologo.es/resumen?pii=829). propuestas iniciales que, en todo caso, han tenido mayor recorrido entre los psicólogos forenses.
3. Futuro de los peritajes lingüísticos
Los intentos consignados en el apartado anterior, por más que no hayan terminado de desarrollarse por completo, son consecuencia de la vitalidad intrínseca de los peritajes forenses, como por lo demás se ha señalado en varias ocasiones. Sobre todo, las propuestas relacionadas con el chantaje y el insulto bordean, si no inciden, en lo que podría ser un epígrafe más amplio sobre violencia verbal. La lingüística moderna sí dispone de criterios contrastados para catalogar un determinado comportamiento verbal como violento y, además, para discriminar diferentes grados dentro de este. Ello está en condiciones de poner a disposición del mundo judicial, y de la sociedad en general, una herramienta capaz de detectar ese componente de la violencia, habitual preámbulo de otras formas menos reparables de comportamiento violento. Para llevar todo ello a cabo, en todo caso, es necesario avanzar en la dirección formativa y profesional adecuada. Existe un cierto intrusismo profesional y, sobre todo, falta preparación específica. Cualquier propuesta de peritaje no resuelve las demandas del mundo judicial. Sería más que conveniente delimitar un perfil profesional reconocible y sancionado que hiciese frente a una intervención cada vez más demandada. Por otra parte, hay que darle credibilidad y coherencia a la intervención del peritaje lingüístico. No tiene demasiado sentido solicitar la intervención de un lingüista para evaluar un posible plagio, para fallar después que el autoplagio existe, contra la bibliografía especializada, e incluso la Real Academia Española. Y hablo de un caso real del que tengo conocimiento directísimo. kritik der forensischen Textvergleich". En Grewendorf (ed.), 230-271. rensischen Funktion der Sprachanalyse. Frankfurt am Main, Suhrkamp.
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ANTONIA SEGURA LORES Cda. 1.072
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«Los peritajes lingüísticos», Sala de Togas, n.º 89, agosto 2024, pp. 47-53.
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