El horrendo crimen de Juan “Perdío” por 50 pesetas
Sala de Togas n.º 86, , página 111–114
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EL HORRENDO CRIMEN DE JUAN “PERDÍO” POR 50 PESETAS
Hace noventa años, en 1932, los 272 habitantes de la costera y nijareña barriada de Las Negras vivían de la agricultura, la pesca, los coletazos de las últimas explotaciones mineras y del poco esparto que ya embarcaba en su bahía.
En aquellos entonces estaba termi- nándose de construir el camino de acceso a Níjar, por Fernán Pérez; un proyecto ideado en 1918 y que se demoró en el tiempo, como siempre ha ocurrido con todas las infraestructuras de la provincia. por cortijos, fincas, eras empedradas y pequeños aljibes y norias. La prosperidad de sus residentes consistía en poder comer todos los días y las expectativas de ocio para los muchachos se limitaban a empinar el codo.
Las casas de Las Negras eran de piedra y barro y el paraje estaba salpicado
Uno de estos zagales era Juan Hernández Úbeda. Un tío chuleta con una san-
Varios recortes aparecidos en la prensa de la época citados en el texto. (Fuente: Hemeroteca Provincial Sofía Moreno). gre fría bestial, al que apodaban “Perdío”. Tuvo el honor de ver su nombre en el periódico varias veces por haber sido detenido por la Guardia Civil. Siendo casi un adolescente fue capturado por la Benemérita cuando, en compañía de su hermano José, de sus primos y de varios rateros más, robó esparto en el paraje “Majada Redonda”. También estaba imputado en varias causas por cometer delitos contra la propiedad, organizar broncas y por pegarle un palizón a José García Robles, un vecino de Las Negras al que le dejó el brazo izquierdo medio lisiado. A pesar de su carácter violento y su mala catadura, “Perdío” estaba casado con una hija del agricultor nijareño Manuel Puertas Hernández, que vivía en un cortijillo de Las Negras. En varias ocasiones, Juan le había exigido a su suegro dinero para saldar algunas deudas que mantenía y fundir el resto en su ajetreada mala vida. Manuel siempre le había negado el préstamo, instándole a que trabajara la tierra y se dedicara a labores honradas y productivas. Cuestión a la que siempre hacía caso omiso.
El malvado Juan, presa de la ira por no disponer de los cuartos, diseñó un macabro plan para sacarle a su padre político el dinero que necesitaba. Y si no se lo daba, matarlo. Así, en la madrugada del 25 de julio de 1932, festividad de Santiago Apóstol, se acercó provisto de un hocino y de un cuchillo de degollar cerdos a la casa de Manuel, sabiendo que estaría acostado en el interior. La puerta del cortijo estaba entreabierta porque el calor nocturno apretaba, pero Juan tocó suavemente con los nudillos para no despertar al chiquillo que dormía en la casa del abuelo. Efectivamente, Manuel salió a la entrada y se topó con su yerno. Juan le instó, de malas formas, a que le diera los diez duros que necesitaba y, una vez más, recibió un no por respuesta. Con la más absoluta frialdad, Juan sacó, de improviso y de entre sus ropas, las armas blancas que portaba y se abalanzó loco de ira sobre su suegro. La primera puñalada fue letal, por lo que el pobre anciano se desplomó sin apenas exhalar un grito de dolor. Pero Juan estaba enloquecido y la sangre que salpicó su 112 rostro no hizo sino aumentar la cólera.
Una vez en tierra, exánime, siguió ensañándose con la víctima. Una vez tras otra, el débil cuerpo del viejo fue acuchillado otras siete veces con furia y desprecio. Hasta cinco de esas puñaladas habrían sido mortales de necesidad. Y las recibió cuando ya estaba muerto, tirado en el suelo. Prueba irrefutable del encono, de la ira del malvado agresor. El monstruo se ensañó de tal forma que, con el cuchillo de degollar a los chiros, separó la cabeza del tronco, dejándola rodar unos centímetros. Luego, tapó los restos con una manta y con la más absoluta sangre fría entró en la casa y revolvió arcas, muebles y rincones para buscar dinero. Como no lo halló se marchó tranquilamente, medio limpiando de sangre la hoja de las armas homicidas; en un descampado alejado del escenario del macabro crimen las enterró. Como ufano por su fechoría, Juan se marchó a su casa y se tumbó en su camastro a dormir.
Manuel tenía por costumbre salir muy temprano a las faenas del campo. Iba con un hijo suyo, con el que compartía un huerto de patatas, tomates y pimientos. Éste, viendo que había amanecido hacía rato y que su padre no aparecía decidió ir a su casa a buscarlo, preocupado por si algo malo le había pasado. Y tanto. Cuando llegó, comprobó horrorizado la inconcebible carnicería cometida por su cuñado. El cadáver decapitado del pobre Manuel presentaba un aspecto desgarrador: dos heridas de nueve y seis centímetros en la región parietal derecha que le afectaron hasta el hueso; otra en la región mastoidea izquierda interesando los tejidos superficiales; otra en la región supra hioidea, otra en la región infra hioidea, una herida de tres centímetros en el brazo izquierdo, otra inciso punzante de quince centímetros de profundidad con fractura de la séptima costilla y otra en la región abdominal, de cuatro centímetros, con salida del paquete intestinal. Horroroso. Espantoso. La voz de alarma despertó a la criatura que dormitaba dentro y alertó a la barriada. Todos, desde el principio, comprendieron que aquella carnicería solo podía haber sido ideada por una mente diabólica, por un ser maligno tentado por la codicia y el odio; por un belcebú. Y desde el principio, los dedos acusadores del pueblo señalaron en la dirección correcta: Juan “Perdío”. No obstante, éste mostró una frialdad absoluta e incluso se compadeció de la mala suerte de su suegro por acabar sus días de forma tan cruel. No había testigos; solo sospechas. El juez Adolfo Antón Macabich procedió al levantamiento del cadáver, auxiliado por agentes de la Guardia Civil de los puestos de Viator y de Sorbas, que se hicieron cargo de la investigación. En el lugar de los hechos efectuó una inspección ocular, tomó huellas de los muebles, ropas de cama y paredes y recabó el testimonio de cuantos conocían a Manuel. Dada la escasez de equipos técnicos para cotejar las pruebas, el magistrado requirió el auxilio de la Dirección General de Seguridad, organismo que envió desde Madrid dos agentes y diverso material para analizar lo obtenido en el escenario del crimen. Finalmente, las sospechas se convirtieron en pruebas acusatorias: Juan Hernández Úbeda, fue capturado y detenido por el asesinato de su suegro. En un principio, consiguió zafarse de los agentes y salir corriendo, pero fue de nuevo apresado.
1934 bajo la presidencia de Alfredo Aguirre Guerrero.
“Perdío” era un malvado, pero también un tipo frío como el témpano, hermético, con un aplomo y una seguridad en sus respuestas que hasta levantaba dudas sobre las cuestiones más evidentes. En sus primeras declaraciones culpó del crimen a Juan Roca, un vecino de Las Negras, y luego aseguró que su suegro se había suicidado, cuestión del todo imposible por el número y la gravedad de las cuchilladas.
Solo la habilidad en el interrogatorio del juez de instrucción de Sorbas hizo que Juan terminara desplomándose y confesando. Con las pruebas en la mano, la autopsia y el testimonio de los testigos del acoso e insultos a los que sometía a su suegro, el magistrado consiguió que Juan se viniera abajo y se inculpara del horrendo crimen cometido por unas míseras 50 pesetas. Es más, el juez de Sorbas efectuó una segunda toma de declaración en el lugar de los hechos y “Perdío” relató con asombrosa frialdad, pero con pelos y señales, lo que sucedió aquella aciaga madrugada. También el lugar donde había sepultado las armas homicidas, que fueron recuperadas con restos de piel, sangre y cabellos. El periódico “La Independencia”, en su edición del 2 de agosto, ensalzó así el trabajo del magistrado: “La habilidad desplegada por el señor Antón para arrancarle la confesión del crimen, primero, y después el lugar donde había ocultado las armas, revela en este joven y culto funcionario de la Justicia, una rara destreza y un gran poder de sugestión, pues ha logrado por medio de la persuasión y del método un triunfo importantísimo dadas las condiciones excepcionales del criminal”.
Juan Hernández Úbeda fue conducido a la prisión de Almería, aunque más tarde un auto determinó que debía ingresar en el centro psiquiátrico provincial porque su estado mental así lo aconsejaba. Allí estaba recluido cuando se fijó en la Audiencia Provincial la fecha de su juicio por homicidio. Era la causa 35 del año 1932 del Juzgado de Sorbas. Su abogado defensor fue Joaquín López Pérez y el procurador el señor Contreras, pero “Perdío” no se sentó en el banquillo de los acusados por su condición de “loco”. La vista con jurado se celebró el 17 de mayo de
El fiscal, Joaquín Ruiz de Luna Díez, expuso con numerosos detalles cómo el procesado mató a su suegro. Aportó los informes forenses que evidenciaban el ensañamiento de Úbeda y tipificó el delito de parricidio. El abogado defensor, Joaquín López Pérez, argumentó la deficiencia mental de “Perdío” como motivo del suceso. El tribunal popular se retiró a deliberar y terminó con veredicto de culpabilidad, condenando a Juan Hernández Úbeda a 19 años de prisión menor y al pago de una indemnización de 10.000 pesetas a los herederos de Manuel.
Por lo que fuera, Juan siguió ingresado en el Manicomio, dirigido por el doctor José Luis Arigo Jiménez (1906-1986), y no en la cárcel. Y escapar del psiquiátrico era mucho más fácil que huir del presidio, sobre todo para un tipo habilidoso y sagaz como él. El 17 de marzo de 1935, “Perdío” aprovechó un descuido de sus cuidadores, saltó la tapia del sanatorio y escapó. Pero a Juan le perdieron sus raíces nijareñas. En lugar de refugiarse en un pueblo lejano o en otra provincia se escondió en una casa semi abandonada en el barranco de Las Águilas –escenario famoso en la resolución del triste caso del niño Gabriel Cruz-. La Guardia Civil dio con él y lo capturó un mes y medio después de su evasión. La Benemérita lo puso a disposición del juzgado que lo había reclamado, ordenando éste su ingreso en la cárcel a la espera de juicio por quebrantamiento de condena. Así se hizo constar en el oficio recibido por el director de la prisión provincial, Francisco Leganés Hernández. Era mayo de 1935 y hasta la primavera del año siguiente no se fijó la vista. Viciana como letrado y Rosales como procurador participaron en la sesión celebrada en la sala primera del juzgado del distrito de San Sebastián. El procesado fue condenado a la pena de dos meses y un día de arresto mayor por un delito de quebrantamiento de condena. Con la Guerra Civil se difuminó el rastro de “Perdío” pero no de su víctima que, llorado aun por sus familiares, descansa para siempre en el cementerio de Fernán Pérez. Y todo por unas malditas 50 pesetas.
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MARTA ORTIZ ELEGIDA VOCAL DEL COLEGIO DE ADMINISTRADORES DE FINCAS DE ALMERÍA
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INAUGURACIÓN DEL CURSO
EN LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UAL Mediante Resolución de 8 de noviembre de 1989 de la Universidad de Granada, se implantan en su Campus de Almería los estudios de la Licenciatura de Derecho. Tal Licenciatura se incardinó, desde el punto de vista orgánico, en la Facultad de Humanidades. Al curso siguiente pasaría a estarlo (junto con la Diplomatura de Ciencias Empresariales) en la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas, creada ex novo.
Durante los años 1989 a 1992 desempeñó el cargo de Decano en funciones el profesor Bonachela Mesas. La efectiva impartición de los estudios de la Licenciatura de Derecho se inició en octubre de 1989. En ese mes dieron comienzo las clases correspondientes a las asignaturas de Primer Curso conforme al Plan de 1953.En los cursos académicos siguientes, se fueron implantando, gradualmente, las enseñanzas correspondientes a los cursos de la Licenciatura. Fue a través de la Ley 3/1993 de 1 de julio, por la que la Junta de Andalucía creó la Universidad de Almería. En su artículo 3, la Facultad, que durante los años anteriores venía denominándose de Ciencias Sociales y Jurídicas, pasó a denominarse, ya en el curso 1993-1994, de Ciencias Económicas y Jurídicas. Fue en este curso cuando finalizaron sus estudios de Licenciatura los alumnos de la primera promoción de Derecho. Por Resolución del Rector de la Universidad de Almería, de 18 de octubre de 1996 la, hasta entonces, Facultad de Ciencias Económicas y
Claustro de la facultad de derecho con su decano profesor Luis Gómez Amigo al frente junto a nuestro Decano Juan Luis de Aynat Bañón que asistió al acto académico. (Foto: Archivo SdT)
Jurídicas, quedó dividida en dos nuevos centros: la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y la Facultad de Derecho. De ésta pasaron a depender la Licenciatura de Derecho y la Diplomatura de Gestión y Administración Pública. Constituida la nueva Junta de Facultad, se procedió a la elección del que habría de ser el primer Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Almería: el Profesor Herrera Campos, al que le sucedieron, por este orden, el Profesor Vázquez García-Peñuela, el Profesor Sáinz-Cantero Caparrós, el Profesor Fernández Marín, el profesor Mellado Ruiz, y quien actualmente ostenta el cargo de Decano, el profesor Luis Gómez Amigo. (Fuente: Pag WWW de la UAL)
ENTREGA DE PREMIOS DE LA ASOCIACIÓN DE JÓVENES EMPRESARIOS CON ASISTENCIA DE AJA-ALMERÍA Rafael Gil Garcia y Sergio Martínez Compán, componentes de la Junta Ejecutiva de AJA Almería, asistieron a la entrega de premio de AJE Andalucía (Asociación de Jóvenes Empresarios) en representación del Ilustre Colegio Provincial de Abogados de Almería, que se realizó en el Teatro Cervantes de Almería el 6/10/2022, con compañeros de toda la comunidad andaluza, y muchos empresarios de la región almeriense. Rafael Gil García y Sergio Martínez Compán, componentes de la Junta Ejecutiva de AJA Almería.
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«El horrendo crimen de Juan “Perdío” por 50 pesetas», Sala de Togas, n.º 86, enero 2023, pp. 111-114.
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