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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES

El sonido y su análisis lingüístico en el mundo jurídico

Sala de Togas n.º 84, , página 51–53

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EL SONIDO Y SU ANÁLISIS LINGÜÍSTICO EN EL MUNDO JURÍDICO

La lingüística, como ciencia autónoma liberada de la filología, siempre ha mantenido un vínculo relativamente firme con las tecnologías. Es cierto que ha sido más intenso en algunos de sus componentes que en otros. Entre los usuarios más habituales —incluso históricos— de la tecnología dentro de la lingüística, ha destacado la fonética, con una tradición ciertamente acendrada. Es cierto que, como decía Francisco Salvador, un respetado dialectólogo de la Universidad de Granada, el oído humano es el más afinado instrumento para analizar los sonidos lingüísticos. Pero, de inmediato, advertía que también era el más peligroso, por subjetivo. En sus clases bromeaba acerca de la finura auditiva de sus maestros, capaces de distinguir más de 20 tipos de s, extraordinaria capacidad que, según mi querido profesor, los hacía dignos del museo de la ciencia. Ironías al margen, para evitar las sospechas en las audiciones de los dialectólogos, la fonética disponía de medios que permitían hacer más objetivos sus diagnósticos. Ante la evidencia física de un resultado instrumental no cabían tantos recelos.

Entre los primeros instrumentos que contribuyeron al análisis del sonido lingüístico pronto destacaron los palatogramas, ya presentes en los laboratorios de fonética desde el primer tercio del siglo XX. Su uso y desarrollo se compartía, por descontado, con otras disciplinas, en especial con la odontología forense. En lingüística permitían conocer la zona exacta del paladar que entra en contacto con la lengua al producir un sonido. Para ello se podía proceder de dos maneras. Una opción consistía en pintar con color el interior de la boca, de manera que se quedasen marcados los puntos de contacto de la lengua durante la articulación de los sonidos. En la otra posibilidad se recurría a un paladar artificial, por lo general recubierto con cacao o talco. En esta ocasión el polvo desaparecía al contacto con la lengua. Mediante un sistema de espejos, se obtenía la fotografía de la huella resultante. El aparato encargado de dar cuenta de todo ello era el palatógrafo, del que todavía se conserva una reconstrucción que hizo el CSIC en los años 60. En la actualidad, naturalmente, esa técnica ha evolucionado y se realiza por medios eléctricos. En cualquiera de sus versiones ha servido para conocer con más precisión los mecanismos articulatorios de las lenguas y, en todo caso, ha formado parte de un conjunto más vasto de instrumentos que han medido otros aspectos de la articulación de los sonidos lingüísticos. La pneumatografía se ha encargado de la presión en la zona subglotal; la manomatría del volumen del aire en esa misma zona, la nasometría hace lo propio con la cavidad nasal, mientras que para el funcionamiento de la laringe se emplean técni- cas más incómodas como la videoendoscopia o la fibroscopia, según se introduzca el equipo de visión por la boca o por la nariz. Hay que reconocer, en todo caso, que estas últimas son aplicaciones potenciales, no tan habituales ni incluso en la fonética experimental.

Sí que ha sido muy habitual la espectrografía, entre otros motivos, porque tenía un alcance distinto, al precisar y delimitar los sonidos del lenguaje. La lingüística recurrió, de nuevo, a instrumental empleado por otros disciplinas. El espectrómetro registra un movimiento ondulatorio y lo transcribe en un papel. Es apto para mediciones físicas, ópticas o, en el caso del sonido, también lingüísticas. Gracias a ese procedimiento, los lingüistas dispusieron de registros explícitos de los sonidos, en los que era posible discriminar los armónicos que lo componen, su duración, su altura y su longitud. España fue una auténtica pionera de esas investigaciones gracias a la impecable labor de Tomás Navarro Tomás. Extraordinario fonetista, hombre muy atento a todo lo que sucedía en la sociedad científica internacional, a partir de 1916 empieza a publicar estudios fonéticos experimentales que fueron decisivos a la hora de estudiar la configuración sonora del español. Entre sus innovaciones figura también la utilización de espectrógrafos para caracterizar la caída de la /s/ en andaluz. Ese rasgo tan frecuente en muchos puntos

FONDO JURÍDICO Y COLABORACIONES del Mundo Hispánico hace que las s finales desaparezcan. En lugar de “muchos hijos” los hablantes pronuncian “muchoh hijoh”. Ese trabajo es tan extraordinariamente precursor que habrá de transcurrir medio siglo para que, a finales de los 80, desde la universidad alemana de Kiel Fred Boller se atreva a emplear el mismo recurso técnico para solventar la complejidad del vocalismo dialectal español. Las técnicas espectrográficas se asentaron, a pesar de que resultaban ostensiblemente costosas, en disponibilidad y en dinero. Requerían de un aparato muy voluminoso, el émbolo que recogía las vibraciones, giraba conforme a ellas y hacía reaccionar los líquidos de su interior, hasta que finalmente ofrecía la huella de los sonidos en papel. Ese proceso, como cabe figurar, además era extraordinariamente prolijo. En todo caso, sus resultados eran determinantes, sobre todo en condiciones de laboratorio. La espectrografía permitía discriminar con perfección absoluta, no solo los sonidos, sino también sus componentes, además de los tonos empleados por los hablantes. Ese último aspecto abría posibilidad de aplicación evidentes, aunque tardaran décadas en aparecer y desarrollarse, entre otras cosas porque la lingüística aplicada no empezó a tener perfil propio y nítido dentro de la lingüística hasta finales de los 70. Los tonemas son idiosincrásicos y `únicos, como huellas dactilares sonoras propias de cada persona. De manera que la posibilidad de identificar hablantes mediante sus sonidos no era ciencia ficción, sino una de las posibilidades que permitía un instrumento ya conocido por la fonética. Cada persona estaba fonéticamente caracterizada por un tono privativo, por una forma de articular sonidos de la que quedaba huella impresa. En la década inmediatamente siguiente aparece otro elemento que va a ser decisivo para el desarrollo de estas aplicaciones. La evolución de la informática permite que se alcance un tratamiento automático del sonido. Mediante un conversor analógico-digital, la señal sonora (el sonido de una grabación) se transforma en señal digital (una secuencia numérica). A partir de ese momento, podía ser informatizada sin mayor inconveniente.

Naturalmente, eso abría una nueva dimensión de aplicaciones, lingüísticas y no lingüísticas. Entre estas últimas, a modo meramente ilustrativo, se desarrollaron sistemas de seguridad a partir de registros automáticos de voz humana. Un hablante mantiene siempre su tonema identificador, en cualquier condición.

Se produjo también una considerable evolución operativa. Los aparatosos laboratorios de fonética se han condensado gracias a la aparición de programas como Praat que hacen las mismas funciones, pero desde un pequeño microprocesador, sin necesidades de líquidos y émbolos girando, con varias posibilidades de impresión. Excuso decir que resulta ostensiblemente más cómodo trabajar en esas condiciones que en el viejas salas de espctrografía. Además, ese programa en concreto está en abierto, es gratuito y lo puede usar cualquiera (que sepa como funcionan estas cosas, naturalmente). Ese magnífico panorama, en teoría, a efectos de peritaje forense permite una perfecta identificación de un mismo locutor en grabaciones física y cronológicamente distintas. De hecho, ese es un de los reclamos publicitarios de los laboratorios de fonética que están empezando a proliferar en los últimos tiempos. Por supuesto, la Guardia Civil ha incorporado a sus correspondientes expertos.

Sin embargo, no todo es tan fácil e inmediato, sobre todo dentro de un proceso judicial. En las salas de justicia se ven casos reales, personas grabadas en sus interacciones habituales, naturalmente, fuera de un laboratorio de fonética experimental. Y, claro, la realidad está más contaminada, es más mestiza y compleja, menos exquisitamente preparada. En ella los sonidos humanos conviven con múltiples ruidos, que no siempre pueden ser filtrados y limpiados. Ello distorsiona los resultados y disminuye en grado diverso, la capacidad de reconocimiento efectivo de locutores, al menos desde una perspectiva lingüística seria. Como acaba de señalarse, por supuesto que nada impide tratar de limpiar las grabaciones, aunque esa operación puede tener éxito variable. Nunca hay garantía completa de que ese procedimiento termine con todos los contaminantes de una grabación. De hecho, lo más habitual es que esa limpieza no sea completa, lo que de inmediato conlleva un descenso variable de los niveles de fiabilidad de los resultados. Así surge el mayor inconveniente para el empleo de estas pruebas en el mundo judicial. Una identificación con un 70% de fiabilidad en esas condiciones para un lingüística es suficiente y exitosa. Pero para quienes se encargan de acusar, defender o juzgar a otras personas, es posible que se trate de un margen intranquilizador, cuando no insuficiente. Es perfectamente comprensible. Llevo años insistiendo en que este no es un problema irresoluble. Hay muchas opciones de análisis lingüístico, además de la espectrografía. Además, en mi opinión tampoco son excluyentes entre sí. Existen sonidos exclusivos de una determinada zona, incluso de un grupo social en particular, que los emplean solo sus hablantes. Si nos encontramos con un yeísmo rehilado extremo, con una y que suena “cho” y no “yo”, entonces estamos inequívocamente ante un hablante rioplatense, con poca formación y adscrito a los grupos sociales más bajos. Seguro. Ese es un indicio que funciona al 100%. Lo mismo sucede con la gramática y el vocabulario que acuñan unidades absolutamente adscritas a un determinado grupo social De ese modo, puede procederse con fundamento a la elaboración de un retrato-robot idiomático de una persona. Ese retrato-robot será el resultado combinado y ponderado de todos los indicios anterior, desde los espectrográficos, a los dialectales y a los medidores del habla individual, el idiolecto.

Por supuesto, queda saber si esto es suficiente para el funcionamiento de la justicia. Si no es así, pues la lingüística ha llegado a los límites que puede ofrecer. En todo caso, antes de decidir en una u otra dirección, convendrá recordar algunas experiencias que ya hoy son históricas. Uno de los fundadores de la lingüística aplicada, D. Crystal mencionaba el caso de un acusado en Gran Bretaña que siempre negó el crimen que se le atribuía. Los lingüistas se ocuparon de su testimonio, siguiendo una metodología holística, con indicios de varios niveles, como la que seacaba de comentar más arriba. Sus resultados fueron concluyentes: no podía haber sido el autor material de los he-chos. El problema, no desdeñable, eraque ya había sido ejecutado. Años después Scotland Yard descubrió al auténtico asesino. Al profesor Crystal nunca se le han conocidos veleidades literarias.

TOMÁS COBO OLVERA Magistrado de lo Contencioso-Administrativo

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«El sonido y su análisis lingüístico en el mundo jurídico», Sala de Togas, n.º 84, diciembre 2021, pp. 51-53.

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