Meditaciones de un enfermero rural
Sala de Togas n.º 90, , página 22–25
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MEDITACIONES DE UN ENFERMERO RURAL
María
El camino que conduce a la casa de María serpentea como una culebra sobre la tierra calentada por el sol. Vive sola en una aldea de no más de veinte habitantes. Es el prototipo de la despoblación rural de la “España vaciada”. Su casa de adobe y madera está en la falda de una montaña, cuya cima casi siempre cosquillea a las nubes. Como el sendero impide correr aprovecho para deleitarme con los esplendorosos robles y castaños que muestran, orgullosos, su corteza decorada con musgo amarillento.
El viento suave acaricia sus ramas y las doradas hojas más débiles caen despacio, con un vaivén que recuerda los barquitos de madera en la orilla del mar. Y la tierra ocre se convierte en alfombra vegetal. María lleva toda su vida paseando por el bosque. Sale a caminar cuando despunta la mañana. Ahora, en otoño, aprovecha para recoger níscalos, boletus y setas, justo antes de que rompan su velo. La cosecha la deposita ordenadamente en el cesto de mimbre que mimosamente porta bajo su brazo. Cuando sus vecinos la ven regresar, abren pausadamente las puertas de sus casas y, sin más saludo que una mirada cómplice, preguntan con la curiosidad del bien compartido.
- “¿Qué, has cogido hoy muchas?”
Hace varios días, María se quemó en un brazo. Una mala jugada del destino hizo que tropezara con la butaquilla que tiene al lado del fuego, para estar calentita por las noches, y cayera sobre las ascuas de la chimenea. No tardaron en acudir sus vecinos que, con unas tijeras, le rajaron la blusa y le aplicaron en la quemadura una buena refriega del aloe vera recién cortado de la maceta de la puerta. Mientras, Andrés, el único habitante que conduce, arrancó su viejo Jeep “Ebro Comando”, abrió la compuerta trasera y trasladó a María al lejano pueblo del valle. Hasta tocó el claxon insistentemente y sacó un pañuelo blanco por la ventanilla para saltarse los tres “stops” de los cruces. Había que llegar rápido al ambulatorio. Hoy, vuelvo a esa aldea de gentes modestas, ancianas y cariñosas para curar a María. Seguro que cuando los perros empiecen a ladrar, al escuchar el motor de mi coche, sus amigos saldrán a recibirme. Como si fuera un ídolo. Como si fuera el benefactor de su vecina. No. Solo soy un modesto enfermero rural. Me encanta mi vocación, aunque esté mal vista entre mis colegas. Ellos prefieren largos e interminables turnos bajo lámparas de luz blanca y paredes de pladur. Yo, en cambio, soy feliz con mis pacientes del campo. 22
OPINIÓN
Regalo
Ya me marchaba cuando Ismael me ha llamado por mi nombre. Su vozarrón es potente, grave; duro. Impone respeto. Bregar tantos lustros en una escuela rural con alumnos de varias edades debe alterar para siempre el timbre de voz. Ha pasado del guirigay del colegio, del ruido de los chiquillos, al silencio de la soledad elegida.
El primer día que vine a limpiarle la herida que se había hecho en una pierna con su hoz oxidada me lo confesó: vivir solo en el campo rodeado de libros y de bosque es compartir la existencia. Con los árboles, los pájaros, las nubes y los personajes de las novelas. Salía ya por la salita que posee llena de libros y al oír mi nombre me he quedado paralizado; seco. Tenía guardado todo el instrumental en el maletín e, incluso, me había despedido. Pero ese tono impositivo casi me hace temblar.
- “¿Ocurre algo, don Ismael?”
- “En la mesita de la entrada tiene un libro para usted. Léalo y ya me dice”.
Estoy acostumbrado a que mis pacientes quieran regalarme manojos de cerezas, tomates, cebollas tan grandes como sandías, huevos recién puestos o pimientos gigantes. No siempre los acepto, por eso del código deontológico. Pero ¿libros? Libros, no. Ese invento de adquirir ropa, música o novelas por internet sí que ha revolucionado al mundo rural, disminuyendo su brecha histórica con la ciudad.
Con la curiosidad de un chiquillo que destapa sus regalos de Reyes Magos me aproximé a la mesilla donde, perfectamente colocado, me esperaba “Historia de una enfermera”, de Lola Montalvo. Un relato cruel del “Desastre de Annual” de 1921, en la guerra de África, visto a través de dos enfermeras españolas. Pero lo más emocionante fue cuando, ya dentro del coche, abrí la primera página y encontré una dedicatoria escrita con pluma estilográfica de tinta negra y una caligrafía perfecta. “Gracias. Ismael”. Regresé feliz a mi casa.
Jabalí
En varias ocasiones me había cruzado con esa destartalada furgoneta por los polvorientos senderos de la sierra. Jamás intercambié palabra con su conductor, pero cuando los dos vehículos se ponían en paralelo nos mirábamos y esbozábamos una sonrisa amistosa. No puedo despistarme porque es habitual que zorros, lobos, ciervos o ardillas crucen a toda prisa la pista forestal, asustados por el ruido del automóvil. Es peligroso e indispensable tener mucha precaución. La vieja furgoneta C-15 llena de pegatinas de la ITV nutría de barras de pan, dulces, rosquitos de vino y tortas de hojaldre a los pensionistas de los alrededores. Ellos ya no hornean los bollos en las antiguas tahonas de leña. Demasiado esfuerzo y horas de trabajo para unos cuerpos encorvados por los años. Ahora, esperan que la furgoneta de suministros aparezca por la vereda haciendo sonar su estridente claxon. Hoy, en un recodo, me he topado con la C-15 parada en mitad del sendero y con una puerta entreabierta. De su motor delantero salía un humo gris y denso que me alarmó. Fue un instante, porque el conductor estaba de pie, junto al vehículo, haciéndome aspavientos. Paré y lo miré sorprendido. Un hilillo rojo y denso bajaba desde su ceja hasta la mejilla.
- “Un jabalí. Ha sido un jabalí”.
Abrí mi maletín y limpié con cuidado la sangre que manaba de la ceja del panadero. Un par de puntos y listo.
Al rato, entramos los dos en la aldea cargados de pan, rosquillas, tortas y bollos y tocando la bocina de mi coche como si no hubiera un mañana. Los ancianos salieron a aplaudirnos. IV
Soledad
Las huellas de los pasos perdidos en pedanías, aldeas y cabañas pasiegas son las más dolorosas. La ausencia reciente, el silencio del que marchó no llena el calor del hogar del solitario. En muchos parajes rurales la familia es uno mismo y el recuerdo se convierte, a la vez, en un regalo endiablado y dulce. Cuando cae la noche sobre el bosque regresan las pesadillas de los tiempos. Es la hipervulnerabilidad. Y el alba trae nuevas esperanzas que se funden con el ocaso. Lo sé porque la inmensa mayoría de mis pacientes han perdido al amor de su vida, a su pareja, a su otro yo. Vagan solos. Evocar el ímpetu juvenil de los nietos ausentes se ha convertido en un anhelo incumplido; en el reflejo de un espejo opaco. Una ilusión que se desvanece conforme se arrancan las hojas del almanaque. Existen caseríos llenos de viudos. De viudas. De hombres y mujeres de raza que sobreviven con los recursos que les aporta el corral, la huerta, el río. Pero el dolor de esa ausencia inmerecida, inaceptable, postra sus días. Las familias de ciudad depositan y olvidan a sus antepasados en las viejas casitas de adobe, madera y piedra. Sin respeto. Sin consideración. Mientras, esos ancianos dignos y admirables se consumen en un paraíso natural sin que a nadie se le rasgue el alma. Son tiempos oscuros para los honestos.
Sanidad
Tengo que recorrer una treintena de pueblos en pocos días. Como todos los trabajos, existen picos de saturación y valles de tranquilidad laboral. Pero mi profesión no permite retrasos ni demoras. Las vacunas de la gri23
OPINIÓN
Amalia
Desplazarme a la casa de Amalia es un verdadero placer. También un sufrimiento. Sus limitaciones y achaques obligan a seguir un tratamiento cada treinta días. Voy con gusto, pero con el corazón encogido. En invierno, el trayecto me recibe con su blanco manto de nieve; a veces graniza y en más de una ocasión he tenido que colocar cadenas a los neumáticos. En primavera, el verdor me inspira y pienso que trabajo en un despacho móvil con vistas a los árboles, a las flores y a las mariposas. En otoño, el camino dorado de las hojas caídas me recuerda el poema de Federico García Lorca que aprendí en sexto de EGB: “Tan, tan/ ¿quién es? /el otoño otra vez/ ¿qué quiere el otoño? / el frescor de tu sien/”. Pero en verano, el camino a la casa de Amalia es otra cosa. Siempre detengo un ratico el coche junto a un suave salto de agua que hay a dos kilómetros de donde vive. Me encanta el sonido del chapoteo del caño, es maravilloso que las leves gotitas me salpiquen en la cara, como dándome la bienvenida. Incluso una vez me atreví a mojar los pies. El agua cae a un pilón y desciende por el desfiladero para formar un pequeño torrente cuyos leves meandros se pierden por el horizonte. Una vez, Amalia me invitó a un gazpachuelo en un sencillo lebrillo. Y me confesó su secreto de amor de juventud relacionado con ese lugar. Ese chorro, antes de la sequía, era una inmensa cascada que caía con fuerza desde lo más alto del desfiladero. El agua, limpia, fresca y abundante, bajaba como una avalancha hacia el valle, nutriendo un río lleno de peces y de vida. Allí, con el sol de julio solapado en el horizonte, su Manolo le declaró amor eterno. Y ambos, presos del fulgor ardiente del deseo, se besaron alocadamente; tanto, que, abrazados, terminaron cayendo dentro de la pileta. Ropas empapadas, risas, besos, apretujones… la pasión.
Poco después, cuando Manuel marchó al frente de Sidi Ifni, a una guerra absurda y lejana, ella paseaba todos los días cerca de la cascada. Recordar aquella maravillosa tarde le inyectaba paciencia en la espera del ansiado regreso. Hasta que, un día, un todo terreno del Ejército se detuvo junto al salto de agua. Un sargento chusquero se bajó del vehículo, preguntó si era Amalia, la saludó como si fuera su coronel y le entregó una cajita. Con la más absoluta frialdad, arrancó el Land Rover y se marchó. Desde entonces, mi admirada Amalia no ha vuelto al paraje. Ni ha contemplado el reflejo del arco iris cuando el sol acaricia la catarata. En su lugar, yo, todos los meses me detengo. Respiro profundamente y pido por el desdichado soldado Manuel, muerto en combate. Por eso, desplazarme a la casa de la anciana Amalia es un verdadero placer. También un sufrimiento. pe para los ancianos hay que inyectarlas en su momento. Ni antes ni después. Como la siembra el maíz, que debe efectuarse entre San Expedito y San Isidro. Hemos olvidado que la gripe mata. Desde tiempo inmemorial. También lo hace en las vaguadas y en las cumbres de las montañas donde residen mis pacientes, casi todos vulnerables por la edad. Casi todos, octogenarios y dependientes, sin hijos o nietos dispuestos a llevarlos en sus coches al ambulatorio más próximo. Sin líneas regulares de autobuses que permitan un desplazamiento cómodo y –en definitiva- sin poder caminar más allá de cuatro pasos. La dependencia. Por eso, cuando aparezco por los villorrios, pueblecitos y caseríos en los tiempos de las campañas de vacunación me reciben como a un héroe. Como si fuera el ministro de Sanidad. Me aguardan jubilosos y esperanzados. Quienes residen en el campo saben esperar y aguantar su turno con modestia e ilusión. Los ancianos del mundo rural manejan el tiempo de otra forma. Es el talento sénior. Viven las horas con un tic tac diferente. Sin bullas, sin prisas. Sin agobios. Porque cada segundo que pasa lo saborean como el manjar de una victoria en la guerra de la vida. Y la vacuna, ayuda. VI
Robo
Existe un pueblito al otro lado de la cordillera al que ya no voy. Un día arribaron allí expertos forestales, técnicos de la madera y mercaderes de lo público. Hicieron fotos, volaron un dron, clavaron estacas metálicas para medir no se sabe qué y se marcharon. Semanas después, ante el asombro de todos y con la complicidad de los altos mandatarios de la ciudad, llegaron máquinas monstruosas, camiones de catorce ruedas, excavadoras con brazos articulados y un sinfín de artilugios mecánicos.
Y aquel modelo extensivo y tradicional del aprovechamiento de la madera de los autóctonos se sustituyó por un modelo industrial, automatizado y salvaje. A cambio de esquilmar sus árboles, de ocasionar un impacto medioambiental terrible, de robarles su biodiversidad, los habitantes del contorno recibieron migajas: uso gratuito del servicio sanitario de la multinacional, acceso al comedor social y una antena para la señal de los móviles. Vamos, el timo de la estampita. Antes, la vida sostenible entre vecinos y entorno permitía a todo el pueblito vivir en armonía con su bosque. Pronto, cuando los recursos naturales se agoten y los engreídos invasores busquen otros paraísos que explotar, mis antiguos y ancianos pacientes comprenderán que han abusado de su confianza. Y de su inocencia. Entonces, tendré que regresar con mi maletín de enfermero.
ENTREVISTA
ENTREVISTA
José Ramón
Cantalejo Testa
ABOGADO
Director de la revista Sala de Togas Antonio Jesús Ruano Tapia ABOGADO Y PERIODISTA Col. 3092
“Si trabajamos bien, Sala de Togas podría ser una fuente de ingresos significativa para el colegio”
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Cómo citar
«Meditaciones de un enfermero rural», Sala de Togas, n.º 90, diciembre 2024, pp. 22-25.
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