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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

CINEFILIA

Tribunales militares en el cine (Segunda parte)

Sala de Togas n.º 86, , página 128–131

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TRIBUNALES MILITARES EN EL CINE (Segunda parte) Por Francisco Luis Perales Palacios - Col. 2.222 y Rita María Sánchez Molina - Col. 1.740

Contextualización legislativa e histórica.- La progresiva “democratización” de la justicia militar en España culminó con la promulgación de la Ley Orgánica 14/2015 de 14 de octubre, del Código Penal Militar, que por fin extinguió la vigencia más que centenaria de su predecesor Código de Justicia Militar de 1890. La Ley Orgánica 4/1987 de competencia y organización de la Jurisdicción Militar creó la Sala Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo, constituyendo el punto de unión de la jurisdicción ordinaria y la militar. Con la Ley Orgánica 2/1989 de 13 de abril, Procesal Militar, se incrementaron las garantías del justiciable y de los perjudicados por el delito –siempre que no afecten a la disciplina militar-, se introdujeron novedosamente la asistencia letrada desde el primer momento y las figuras del acusador particular y el actor civil estableciéndose, aunque con matizaciones propias de las exigencias de la Jurisdicción castrense, el principio de igualdad de partes en el proceso penal militar. mente por la exaltación del heroísmo, del amor a la patria y de la abnegación que debía de caracterizar al impoluto ejército español; con una calidad fílmica ínfima en la mayoría de ellas, sus guiones fenecían sin remedio por las forzadas ínfulas propagandísticas a que sin piedad eran sometidos.

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El advenimiento de la democracia propició una especie de desquite de la anterior censura que cristalizó en varias cintas notables, algunas de gran calidad, que, a modo de revisión histórica, repasaron los grandes escándalos de diversos consejos de guerra. Este tema continúa siendo poco frecuentado por nuestros cineastas en el siglo XXI. Período franquista.- Aunque no es nada fácil encontrar filmes de esta época que retraten a militares que desafíen la legalidad, podemos intuir una cierta trama detectivesca en “A mí la legión” (Juan de Orduña, 1942). Vista con los ojos de la segunda década del tercer milenio, destila cierta subtrama de amistad varonil, más que íntima, entre el sempiterno Alfredo Mayo (El Grajo) y Luis Peña (Mauro), quien es acusado de un asesinato que no ha cometido y espera su ejecución hasta que es salvado por su esforzado camarada de farras y batallas.

El 2 de junio de 1899, mucho después de que España se hubiese rendido a los Estados Unidos, finalizó la numantina resistencia de los militares españoles del destacamento de Baler en la isla filipina de Luzón. Durante los 337 días que duró el asedio, el teniente Martin Cerezo se aferró al artículo 748 del Reglamento Militar de Campaña que impedía entregar la plaza sin cerciorarse de la veracidad de las órdenes que lo disponían y dos desertores fueron ejecutados. En su época, esta historia fue considerada heroica por españoles, estadounidenses y los propios asaltantes filipinos, que escol-

Nuestra cinematografía no se había interesado por este tema en sus inicios. No es hasta el franquismo cuando atisbamos las primeras producciones en torno a la Justicia militar, período que, por razones obvias, no fue en absoluto crítico con la crudeza y parcialidad de los juicios sumarísimos en periodo de guerra. Estas películas se decantaban obligada-

Afiche de la película “El primer cuartel”, de Ignacio F. Iquino, (1966).

Una revisitación del fraternal conflicto de Caín y Abel.

En la coproducción italo-española “Diez fusiles esperan” (José Luis Sáez de Heredia, 1959) un oficial carlista es sometido a un Consejo de Guerra y condenado a muerte por espía.

Mención más que destacada por sus valores artísticos, y también por la vergonzante anécdota que la acompañará siempre, merece “El crimen de Cuenca” (Pilar Miró, 1980). taron y rindieron honores a los supervivientes. Dos películas retratan este postrer capítulo del desastre del 98, y, cada una a su manera, reflejan mejor la época en la que se hacen que la que representan. La primera, “Los últimos de filipinas” (Antonio Román, 1945) pone de manifiesto el espíritu heroico del ejército, exaltando el nacional catolicismo militarista propio de la época de su rodaje, aunque la inevitable propaganda no consigue lastrar el resultado de esta bien documentada película de aventuras coloniales, de gran valor histórico y muy entretenida. La más reciente “1898. Los últimos de Filipinas” (Salvador Cano, 2016), con Luis Tosar como el teniente Martín Cerezo, Karra Elejalde y Eduard Fernández entre otros, obtuvo el Goya al mejor vestuario. Con un bastante inoportuno tono de denuncia relata las fatales consecuencias del empecinamiento por la aplicación estricta del Reglamento y la arbitraria ejecución de los dos desertores de una guerra que ya había acabado. Con pretensiones antibelicistas y abierto antimilitarismo, se centra en la inutilidad del sufrimiento de esos héroes rebajados a soldados asustados.

En “Asunto interno” (Carles Balagué, 1996), durante la dictadura, un soldado con escasa capacidad mental continuamente humillado por el resto de reclutas mientras hace la mili, comete un doble asesinato.

Con gran calidad, unas actuaciones convincentes y una buena ambientación “Embajadores en el infierno” (José María Forqué, 1956) lleva al delirio la exaltación propagandística de los valores franquistas con un guion panfletario basado en una serie de entrevistas hechas por Torcuato Luca de Tena al capitán Palacios, interpretado por el portugués António Vilar. Varios soldados de la División Azul son hechos prisioneros y enviados a campos de trabajos forzados en Siberia, donde se les ofrecen mejores condiciones de vida si renuncian a la nacionalidad española. Tan solo dos de ellos lo aceptan pero los otros españoles comienzan una lucha por mantener su fidelidad a sus valores patrióticos y, al más puro estilo cainita, señalan como traidores a todos los que ceden para intentar sobrevivir. Ambientada en la primera guerra carlista (1833–1840) y coprotagonizada por Paco Rabal y Ettore Manni en plenitud de virilidad treintañera, en la

“La noche más larga” (José Luis García Sánchez, 1991), rememora el juicio sumarísimo que condujo a los últimos fusilamientos decretados por el generalísimo. coproducción italo-española “Diez fusiles esperan” (José Luis Sáez de Heredia, 1959) un oficial carlista es sometido a un Consejo de Guerra y condenado a muerte por espía, aunque, bajo su palabra de honor, el oficial que preside el Tribunal le permite ir a conocer a su primer hijo, siempre que vuelva al amanecer para hacer frente al pelotón de fusilamiento. Presentada en la sección oficial del Festival de Berlín, a pesar de la solvente dirección del cineasta preferido del régimen (fue el director de “Raza”, cuyo guion escribió el mismísimo Franco), este engolado ensalzamiento de los valores castrenses del ejército vencedor no gustó y tuvo una mala taquilla. Sin abandonar ese marco histórico del carlismo y con apologética referencia a la creación de la Guardia Civil en 1844, “El primer cuartel” (Ignacio F. Iquino, 1966) es una revisitación del fraternal conflicto de Caín y Abel. Lo más destacable es que, por una vez, el protagonista es un perdedor del bando carlista al que la emergente benemérita da una segunda oportunidad dando caza a bandoleros, entre ellos, su hermano.

Transición y consolidación democrática.- Con cierta lógica histórica, las dos primeras películas de este período tratan sobre los dos conflictos nucleares del recién instaurado estado autonómico. El notable documental “El proceso de Burgos” (Imanol Uribe, 1979) trata sobre el consejo de guerra celebrado como consecuencia del asesinato de Melitón Manzanas, comisario de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, perpetrado por ETA en 1968 a consecuencia del que se proclamó el estado de excepción y fueron detenidas centenares de personas. Realizada a base de entrevistas a los condenados, cuyas penas de muerte fueron conmutadas por largas penas de prisión, obtuvo el Premio a la mejor película española en el festival de San Sebastián. Y “Companys. Proceso a Cataluña” (Company. Procés a Catalunya, Josep María Forn, 1979) rodada en catalán, narra la triste historia y trágico final del que fuera presidente del gobierno catalán, entregado por la Gestapo a Franco tras la invasión de Francia, con un tono distante. A destacar, la lectura de las actas del juicio real que son recreadas en escena y el enorme parecido físico del actor Luis Iriondo con el protagonista real. Mención más que destacada por sus valores artísticos, y también por la vergonzante anécdota que la acompañará siempre, merece “El crimen de Cuenca” (Pilar Miró, 1980). Dos desgraciados fueron acusados en 1913 de la muerte de un pastor y condenados a muerte tras confesar el crimen después de ser torturados. Sus penas fueron conmutadas por 18 años de prisión, lo que posibilitó su posterior liberación cuando apareció “el muerto”, vivito y coleando. Las torturas están rodadas con un implacable realismo que hace que el espectador sienta en sus carnes la desesperación de los cautivos, la escena en que reaparece el pastor gritando su nombre y diciendo a voces que está vivo, está marcada a fuego en la retina del imaginario colectivo. En plena transición, la jurisdicción militar abrió un proceso contra la directora por presunto delito de injurias contra la Guardia Civil, una vez entró en vigor la ley orgánica que reformaba el Código de Justicia Militar, la causa contra Pilar Miró pasó a los tribunales ordinarios y fue sobreseída por falta de pruebas. “El caso Almería” (Pedro Costa, 1984) recrea, en un tono documental desbaratado por la chirriante música de feria que empercude toda la cinta, el horrible crimen de tres pobres chavales cántabros que fueron detenidos por la Guardia Civil cuando se dirigían a una comunión; confundidos con etarras, fueron salvajemente torturados y asesinados. Agustín González interpreta al añorado Darío Fernández con gran autenticidad, Fernando Guillén le da una aterradora réplica en el papel del Teniente Coronel y los ahora consagradísimos actores Antonio Banderas, Juan Echanove e Iñaqui Miramón encarnan con credibilidad la fragilidad de los tres jóvenes masacrados.

Una pequeña joyita desconocida, de gran interés para los juristas, “La noche más larga” (José Luis García Sánchez, 1991), rememora el juicio sumarísimo que condujo a los últimos fusilamientos decretados por el generalísimo pocos meses antes de su muerte en 1975, desoyendo las peticiones de clemencia provenientes de todas partes del mundo inclui- dos Estados Unidos y el Papa de Roma. Aunque no es desde luego perfecta tiene grandes valores, Juan Echanove resulta entrañable en su papel de abogado defensor civil en medio de un proceso militar en el que todo está atado y bien atado de antemano.

En “Asunto interno” (Carles Balagué, 1996) durante la dictadura, un soldado con escasa capacidad mental continuamente humillado por el resto de reclutas mientras hace la mili, comete un doble asesinato y es condenado a muerte por un tribunal militar. Su abogada, interpretada por Silvia Munt, intenta lo posible y lo imposible para evitar su ejecución y Pepón Nieto borda su papel de discapacitado.

Siglo XXI.- El último ajusticiamiento por garrote vil es la trama, tratada con objetividad rayana en el documental, de “Salvador <Puig Antich>” (Manuel Huerga, 2006). El joven anarquista, militante del Movimiento Ibérico de Liberación fue ejecutado en marzo de 1974. Daniel Brüll realiza una inspirada interpretación en el papel protagonista muy bien secundada por un espléndido Leonardo Sbaraglia. Tristán Ulloa e Ingrid Rubio completan un acertado reparto. De fondo, la música inigualable de Lluis Llach remarca la notable intensidad del angustioso último tercio de la película. Conmovedora hasta las lágrimas resulta la epopeya de “Las 13 rosas” (Emilio Martínez Lázaro, 2007) gracias a sus soberbias interpretaciones; todas las actrices están sobresalientes, en especial la últimamente desaparecida Pilar López de Ayala. Los cines se inundaron de emoción y perdura en la memoria del espectador ese ambiente de solidaridad carcelaria entre jóvenes mujeres que, tras duros interrogatorios, pagaron con la vida su afán de tener un pensamiento libre. Fueron acusadas de un delito de rebelión contra el régimen y fusiladas en la madrugada del 5 de agosto de 1939. Otras muchas obras cinematográficas tratan de manera incidental esa implacable justicia militar que durante la eterna posguerra fue el ariete de un régimen cruel. Veámoslas con la perspectiva que nos brinda la pátina del tiempo. VIVA EL CINE.

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«Tribunales militares en el cine (Segunda parte)», Sala de Togas, n.º 86, enero 2023, pp. 128-131.

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