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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Pensar en la guerra

Abel Josué Berbell García · Sala de Togas n.º 85, , página 13–16

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PENSAR EN LA GUERRA

Cada época tiene sus crisis y enfrentamientos violentos siguiendo un ciclo recurrente, en parte porque las grandes cuestiones de la vida, que se nos antojan eternas, se relativizan hasta convertirse en cuestiones coyunturales que desaparecen por sí solas con el tiempo. Todos los problemas que apasionaron a la humanidad y sin cuya solución parecía que no se podía vivir dejan de interesar, no porque se haya encontrado la solución, sino porque la vida se retira de ellos en cuanto dejan de ser urgentes, actuales o simplemente necesarios.

En las sociedades antiguas los hombres jóvenes eran educados por sus mayores en el valor de la disciplina y todas las épicas que escuchaban, los libros que leían y las canciones que cantaban tenían como finalidad la buena disposición para enfrentar la muerte. En la Esparta de la antigüedad mataban a los niños que nacían con alguna discapacidad y aquellos que sobrevivían eran apartados de sus familias a a los siete años para recibir formacion militar. Tucídides describe a los espartanos, durante la batalla de Mantinea en el año 418 a.C., avanzando con lentitud hacia los argivos mientras cantan sus canciones de guerra: “Esta costumbre suya no tiene nada de religioso; está pensada para hacerles mantener el paso y avanzar con constancia sin romper sus filas.”

Sabemos que el impacto de una guerra invierte de tal manera el orden natural y moral que lo que parece grotesco o deplorable para la sociedad civil en tiempos de paz –asesinar y herir a otros seres humanos, el olor a muerte, a cadáveres insepultos, la suciedad, los piojos, el agua estancada o los alimentos pútridos- se convierte de pronto en un aceptable parte de guerra, resultando correcto destruir edificios, puentes, ferrocarriles y toda infraestructura que mantenga vivas a las sociedades. Las posesiones, aparatos y ropas elegantes o deportivas de las que nos rodeamos pierden su valor y los sustituimos por otro macabro atrezzo de cascos de acero, cortaalambres, vendajes de compresión, repelente de mosquitos, raciones y agua. Se modifican y alteran los patrones de la vida diaria mientras la noche se torna segura y el día peligroso; la luna llena, lejos de despertar admiración, es un enemigo, y los fuegos artificiales en los cielos ya no son festivos, sino señales de muerte y destrucción. Los ríos y canales ya no sirven para transportar y regar los campos, ahora son defensas u obstáculos que atacar; montañas, bosques , colinas y valles pasan a formar parte de los planes de batalla. Cuando tratamos de imaginarla o recurrimos a la imaginación de otros nos damos de bruces con la cuestión eterna: ¿ puede aprehenderse la experiencia bélica a través de las páginas de un libro, de un lienzo o de un rollo de película?

En el mundo clásico, los romanos tenían una cultura de la guerra que veneraba la lucha y la capacidad de hacer frente a la muerte, los ciudadanos varones tenían que cumplir dieciséis años de servicio militar y no podían ostentar un cargo público hasta que no hubieran servido al menos diez, la administración pública se gestionaba de forma marcial y los funcionarios llevaban uniforme. Los antiguos griegos conocían los horrores de la batalla pero sus escritores los describían desapasionadamente, dejaban constancia de las heridas inflingidas llorando muy parcamente las vidas perdidas, y así la muerte era algo que sencillamente sucedía a los guerreros. En la Ilíada, lanzas y flechas traspasan entrañas, ojos, pechos y los soldados mueren en medio de una gran agonía. Como cuenta Homero: “el ánima ya exhalando, quedó espurrido en la tierra/ como una lombriz; y al manar negra sangre empapaba la arena”. Ningún cielo los espera como consuelo y parten sin más hacia las tinieblas. En la Edad Media, los trovadores y su pormenorizadas historias de héroes y proezas crearon una cultura de la caballería. Un cronista de un torneo recordaba que “No está preparado para la batalla quien no haya visto nunca correr su propia sangre, quien no ha sentido crujir sus dientes por el golpe de un rival, o aguantado el peso de su adversario sobre sí”. Más recientemente, en la Ruanda de nuestra era contemporánea antes de que las milicias hutu empezaran

La dificultad para verbalizar la guerra surge de su imposible experimentación como concepto para convertirse en puro hecho que se antepone a todo pensamiento y cualquier reflexión sólo puede asumir su incertidumbre y rellenar vacíos mediante hipótesis y suposiciones. Pensar que la guerra puede zanjar nuestros problemas, y conducirnos a días mas tranquilos en el futuro, no es más que una esperanza trágicamente vana: nunca habrá capacidad cognitiva ni justicia suficiente para las visiones terribles, el ruido atronador, la pestilencia y el miedo que lleva a levantarse 13 a masacrar a los tutsis, se importaron suficientes machetes para equipar a uno de cada tres hombres ruandeses con uno que no se usaba para la agricultura; el resultado fue el horror: entre ochocientos mil y un millón de ruandeses, mujeres y niños, asesinados.

Aunque se nos presenten claras y terribles, la mayoría de las visiones de guerra son oscuras y en el mejor de los casos vagas y pálidas como el crepúsculo. Goya , mientras pintaba en la Corte a generales británicos y franceses en tonos cromáticos, a escondidas abandona el color para aplicarse discretamente a su serie de grabados “Los desastres de la guerra” en los que mostraba los cuerpos destrozados y mutilados que representaban la crueldad gratuita de la que somos capaces. Picasso también trazó en riguroso blanco y negro su enorme lienzo con escenas de caos y horror. Se cuenta que un oficial de la Gestapo que le visitó en el París ocupado durante la Segunda Guerra Mundial, al ver una fotografía del Guernica, le preguntó: “¿Fue usted quién hizo ésto?” “No - respondió Picasso- “a decir verdad esto lo hicieron ustedes”. El coronel Louis de Grandmaison afirma que el corazón humano es el punto de partida de todas las cuestiones bélicas. En ocasiones la destrucción reinante puede despertar a la vez un entusiasmo curioso, pues la revulsión temblorosa que nos produce la muerte nos lleva instintivamente a una suerte de sensación amorosa que parece reafirmar la plenitud del ser. Como en una fotografía, cada instante resulta decisivo y el hallazgo del momento se vuelve necesariamente un episodio solemne, que envuelto en una extraña calma sobreviene en medio de la batalla. Emilio Lussu , soldado de la primera Guerra Mundial, recordaba bajando una colina junto con sus camaradas italianos, cuando las ametralladoras austriacas empezaron a disparar sobre ellos, como “por un momento, me vi presa de un entorpecimiento mental y todo mi cuerpo se me volvió lento y pesado, Tal vez estuviera herido, pensaba y sin embargo no lo estaba. Los cercanos disparos de las ametralladoras me despertaron. Recobré de súbito la conciencia de mi estado, No era rabia ni odio, como en una pelea, sino una calma completa, absoluta, una forma de cansancio infinito en torno al pensamiento lúcido. Después aquel cansancio desapareció y reanudé la carrera, veloz.” Otras voces nos llegan susurrándonos, desde la intensidad vital, la necesidad de seguir cumpliendo órdenes y la extraña euforia que puede sentirse en la batalla:

Un soldado de Nueva Yok esbozaba así lo que sentía en la batalla de Antietam que decidió la Guerra de Secesión estadounidense: “La verdad es que cuando las balas rebotan contra los troncos de los árboles y los disparon perforan cráneos como si fueran cáscaras de huevo, la principal pasión que consume el pecho del hombre medio es la de quitarse de en medio. Pese a todo, cuando recibí la orden, me levanté y avancé…”

El escritor y soldado Manning, en su experiencia en la batalla del Somme, una de las más largas y sangrientas de la Primera Guerra Mundial, escribía: “Lo más espantoso por supuesto es el primer combate. Simplemente porque aun no sabes nada… El cielo tronaba, la tierra tronaba, el corazón me estallaba, la piel parecía a punto de romperse. No sabía que la tierra pudiera crujir. Todo crujía, todo tronaba. En un segundo, el silbido de las balas y el estruendo de la metralla llenaba el aire. El esfuerzo mental era tal que en aquel momento vi ese efecto singular que creo que se menciona en la vida de Goethe en un momento similar: por un instante, todo el paisaje se tiñó de rojo.”

Tim O’ Brien, que combatió en Vietnam, confesaba: “Los hombres mataban y morían porque se avergonzaban de no hacerlo. Era eso lo que los había lllevado a la guerra, en primer lugar, nada positivo, ningún sueño de gloria, ni tampoco el honor, tan solo evitar el sonrojo del deshonor”. Incluso un soldado francés admitía ante su madre, después de su primera acción en la Segunda Guerra Mundial, que “Durante un rato hice como que me gustaba, pero no sirvió de nada; solo me hizo ser mas descuidado, estar poco atento y ensimismado. Pero en el momento en que se acepta que es algo sangriento, uno vuelve a sentirse bien y tranquilo; se aparta la mente como se aparta la mirada. La mente se tranquiliza después del primer grito desesperado: ¡Es a mí!... No, no es a mí. A mí no me pasará eso.”

Los desvelos de los artistas para transmitir lo inexplicable a lo largo de la historia son infinitos; Wilfred Owen, un poeta de la Primera Guerra Mundial, trató de describir en una carta a su madre “la extrañisima mirada” que había visto en los rostros de sus compañeros de armas británicos en Francia, “una mirada incomprensile que un hombre nunca verá en Inglaterra…No era desesperación ni terror, era más terrible que el terror porque era una mirada ciega, carente de expresión, como la de un conejo muerto. Nunca nadie la pintará , ni ningún actor tratará de imitarla. Y para describirla, creo que debería volver y estar con ellos.” La misma que, durante la Guerra de Corea, el fotógrafo estadounidense David Douglas intentaba plasmar denominándola “la mirada de mil yardas”.

En el cuarto acto del Enrique V de Shakespeare, Wiliams, un soldado ordinario es preguntado la noche antes de la batalla: “¿Acaso no están los soldados satisfechos de estar con su rey cuando la causa de este es tan justa? Bueno, puede ser –contesta- pero los que mueran lo harán maldiciendo, pidiendo auxilio a gritos o preocupados por las esposas e hijos que dejarán atrás; me temo –dice- que pocos de los que mueren en la batalla mueren bien”. Alejandro Magno, Julio César, Napoleón, el almirante Nelson o el General Patton no poseían ninguna misteriosa capacidad de motivar a sus hombres a matar y enfrentarse a la muerte con valentía, sólo manipulaban símbolos, presagios y auspicios de victoria con una teatralidad calculada. Se cuenta que tras la sangrienta batalla de Eylau contra el ejercito ruso, enterado Napoleón de que cerca de veinte mil cuerpos desperdigados sobre el terreno eran franceses, dijo: “Todo esto lo remedia una noche en Paris”, demostrando así que su amor a Francia sólo comportaba para él que los franceses no contasen mas que como sumandos en el censo, reduciéndolo todo a mantener el índice de productividad genética para suplir bajas y cubrir vacantes. En la actualidad, cuando el 24 de Febrero de 2022 Vladimir Putin ha enviado miles de soldados rusos hacia Ucrania lo hace con la misma perspectiva teatral y napoleónica de aspiraciones imperialistas (ahora llamadas geopolíticas) y sus objetivos de saqueo económico están dirigidos por sus agencias de espionaje, no por un gran maestro ajedrecista de mente genial que maneja las piezas desde una instancia superior y misteriosa.

Entender el significado de la guerra implica una auténtica moraleja como el hilo que forma la tela: no puedes tirar de él ni extraer el sentido sin deshacer el tejido de su significado mas profundo, igual que arrancar la sucesión de capas de una cebolla bajo las que no queda más que el hueco vacío y oscuro de la muerte, o menos grandilocuente, el núcleo de lo inconcebible. En el Decamerón de Boccaccio el mismo rumor de fondo que recorre su desolación por los sufrimientos y el horror del que ha sido testigo, a la misma vez espolea su narración en virtud de la necesidad de combatir el miedo y la angustia por las pérdidas irreparables de alguien que por puro azar se ha salvado y se siente con fuerzas para levantarse sobre tanto cadáver, para entender que vivir es seguir contándose y contándole la vida a alguien, transmitir y sobreponerse a esa deformación que han dejado en la mirada la acumulación de horror, dolor y tantas cosas indeseables como ha visto y sufrido desde la llaneza para captar la vida.

Aspirar a la coherencia sería como estar a cada momento narrándonos a nosotros mismos la historia de nuestras vidas, siguiendo el hilo del mismo relato: el amor olvidado, el tiempo que no volverá, las almas gemelas, las historias intrigantes (o chismosas), los derrumbes, los encuentros azarosos, los accidentes. Pero más allá del lenguaje que refleja una concepción del mundo y que supone relaciones humanas, no queda más que la realidad incontestable de la existencia.

Las tumbas anónimas de todos los soldados que confiaron en la razonable precisión de sus recuerdos y nos dejaron sus únicas e irrepetibles visiones se acabarán hundiendo en la tierra, deslizándose en el olvido hasta que apenas quede rastro, y aunque la guerra deje siempre vacía la casilla de la esperanza, sus sombras no descansarán mientras pervivan sus historias, porque la sutil cuestión de los cambios en las creencias y valores depende de contarlas. Vivimos y morimos por las historias y así lo que pensamos que un día fue correcto irá cambiando a través de las versiones que dejamos a nuestras familias y conocidos. Cambiamos en lo que ya no podemos aceptar porque las leyes sólo pueden cambiar lo que estamos obligados a hacer.

Durante el siglo XXI seguiremos sondeando los misterios de la guerra, seguiremos lidiando con su horror y su belleza, su bajeza y su esplendor, su aburrimiento y su emoción, su devastación y creatividad. Al entender la guerra y algo tan sencillo como que luchamos porque tenemos necesidades, porque queremos proteger lo que amamos o porque podemos imaginarnos creando mundos diferentes, podremos entender algo de la condición humana y saber así cómo ponerle fin y cómo evitarla. La guerra podría llegar algún día a su fin, no porque hayamos cambiado, sino porque la inteligencia artificial, las máquinas automatizadas y la ciberguerras disponen de armas nuevas y terroríficas que abren la posibilidad del fin mismo de la humanidad. Hoy mas que nunca tenemos que pensar en la guerra y no apartar la mirada de algo que aunque pueda parecernos abominable, no tendrá la deferencia con los civiles de darnos la posibilidad de elegir entre vernos involucrados o no. Y aunque la guerra sea un misterio, está bien que la guerra sea tan terrible, de lo contrario nos gustaría demasiado y se repetiría a menudo.

Por supuesto, en el campo de batalla se está concentrado en la superviviencia y demasiado ocupado, asustado o simplemente cansado. La situación, entonces, se convierte solo en espera y aburrimiento, en quejarse de la comida, de los piojos y las ratas, del mal tiempo o los superiores. Los soldados romanos enviaban sus cartas repletas de quejas , y si tenían la mala suerte de estar destinados en la Muralla de Adriano, en el norte de Inglaterra, también pedían que les mandaran ropa de abrigo. Dos milenios después, los soldados japoneses en China suplicaban a su familias que les enviaran calcetines y ropa interior. Un fragmento de papiro encontrado en Egipto nos transmite otra queja eterna por vía de la pluma de un soldado romano:“Pero nunca me escribes para hablarme de tu salud, de cómo estás. Me preocupo por ti, porque aunque has recibido con frecuencia cartas mías, nunca me escribes de vuelta para que pueda saber cómo estas”. En el ejército fránces, Robert Dorgelès, hojalatero de profesión, decía en una carta que se había quedado paralizado y superado al cambiar la vida civil por la militar “Me pareció que estaba emprendiendo el camino ignoto de un mundo en el que todo funcionaba del revés y el mismo día de mi partida me convertí en escritor de guerra”. El hogar queda lejos, se alteran las expectativas normales de la vida y también los conceptos de tiempo y espacio, el tiempo puede transcurrir de manera insoportablemente lenta antes de una batalla y acelerarse durante el combate de manera que los minutos parezcan segundos. Un soldado americano contaba que su primer enfrentamiento cara a cara con los japoneses, cerca de un pequeño templo, duró cosa de un minuto, aunque él recordaría vívidamente las diferentes escenas durante el resto de su vida, y también sus sentimientos: “Una excitación nerviosa continua con fogonazos de ira, terror, euforia, alivio y extrañeza.” Un soldado alemán que combatía en la Primera Guerra Mundial experimentó, mientras avanzaba, “un grito victorioso, un canto salvaje y sobrenatural surgía en mí, motivándome e inspirándome, colmando todos mis sentidos. Había superado el miedo, había conquistado mi propio cuerpo mortal.” En fecha 8 de Mayo de 2022, los confines del tiempo se hacen difusos para Irina Vereshchuk, viceprimera ministra ucraniana al mando de las negociaciones para establecer corredores humanitarios y evacuar a los civiles atrapados en la planta de acero de Azovstal (Mariupol), que desde su tiempo en la clandestinidad y durmiendo cada noche en una localización secreta, declararía: “No tengáis miedo, no os retiréis y nunca bajen los ojos; a estas alturas ya no puedo distinguir el día de la noche. Hasta altas horas de la noche recorro los corredores; los rusos y la Cruz Roja exigen muchos datos, nombres, números de teléfono, las matrículas de los vehículos que acompañan al convoy, el número de coches y autobuses, cada kilómetro de carretera debe ser probado, trabajo con toda la energía que tengo, durmiendo dos o tres horas..., cuando al final del día leo informes con 60.000 evacuaciones soy feliz. Vivo para eso, para salvar a mi gente)” El 25 de Marzo de 2022 los conceptos de tiempo y espacio desaparecieron para Oksana Baulina, reportera de guerra rusa enviada a Kiev y crítica con el Kremlin, que fue geolocalizada en su teléfono móvil y asesinada con un misil de precisión que alcanzó de lleno su coche, convertido en un montón de metal carbonizado.

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Cómo citar

Abel Josué Berbell García, «Pensar en la guerra», Sala de Togas, n.º 85, julio 2022, pp. 13-16.

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