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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

TIEMPO LIBRE

Far West Justice

Sala de Togas n.º 84, , página 114–117

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FAR WEST JUSTICE

Pinceladas jurídicas en las películas del oeste Por Rita María Sánchez Molina Colegiada 1740

La palabra wéstern es un adjetivo derivado del inglés west (oeste) que se sustantivó, acentuó e incorporó al diccionario de la RAE para hacer referencia fundamentalmente a obras cinematográficas y literarias. En España, y especialmente en esta Almería nuestra que tanta relación tiene con el género, a estas producciones se las suele llamar películas del oeste o de vaqueros y su iconografía ha trascendido las pantallas de los cines incorporándose al imaginario colectivo.

Cinefilia

De hecho, en los años del baby boom era frecuente regalar a los niños (y regañar a las niñas si querían jugar con él) el Fuerte Comansi que, como he comprobado de primera mano, sigue disponible como “Fort-tin” en la web oficial de la empresa juguetera y con el que, según su publicidad, “tendrás el mejor cuerpo de federales, podrás cabalgar con los mejores vaqueros y ser uno de los indios más salvajes y temibles del lejano oeste”. Como vemos, lo políticamente correcto no ha conseguido infiltrarse en este juguete, reflejo de todo un firmamento de celuloide: los vaqueros siguen siendo los buenos y los indios continúan tan feroces y dan tanto miedo como antaño.

Aunque languidece y lleva agonizando desde los años 70 del siglo pasado, este género se resiste a la defunción y aún hoy se producen filmes incardinados en ese cosmos salvaje y violento, lleno de venganzas alimentadas a fuego lento y servidas bien frías, de pasiones de los fuertes, repleto de esos espacios abiertos con indio a caballo al fondo, escenarios comunes e imágenes icónicas que han quedado para siempre en la mente de los cinéfilos: el matojo arrastrado por el viento, las cabalgadas, los terneros cruzando los ríos ensogados por vaqueros que fuman Marlboro (y luego mueren de cáncer), la fiebre del oro, el Yukon helado con lobos acechantes, los indios y sus cementerios poblados de fantasmas, los bisontes…

Cartel original de COMETIERON DOS ERRORES, 1968, primera producción de Malpaso Productions, con su impronunciable título que podríamos traducir como "colgando desde lo alto". guionista estupefaciente. Nos referimos al ínclito “juez de la horca”, Phantly Roy Bean (1825-1903), que se hacía llamar a sí mismo “la ley al oeste del Pecos” e impartía justicia amparado en cualquier libro que tuviera a mano en el saloon de su propiedad situado al oeste de Texas, en un tramo desolado del desierto de Chihuahua.

Todo un mundo recientemente recreado en la serie mitad SyFy y mitad drama filosófico “Westworld” (HBO, en emisión, 1er episodio 2016) en la que los robots de un parque de diversiones futurista ambientado en el salvaje oeste enloquecen. Parece que, al igual que muchos de sus protagonistas, el wéstern es francamente difícil de matar.

El bueno de Roy se independizó a los 15 años marchándose con su hermano Sam a Chihuahua donde demostró precozmente sus habilidades asesinando a un lugareño, lo que le obligó a huir a California en compañía de su hermano Joshua, que llegaría a ser el primer alcalde de San Diego. Fue arrestado tras herir en un duelo a un tal Collins, fugándose poco después y regresando a Nuevo México para hacerse cargo del saloon de su asesinado hermano Sam y dedicarse simultáneamente al contrabando de armas. En 1866 se casó y hasta 1882 mantuvo a su familia (tuvo cinco hijos) vendiendo de puerta en puerta madera y leche aguada hasta que abandonó su matrimonio y sus negocios ilegales marchándose a Vinegaroon, una ciudad dormitorio al final de la línea

Algunas de estas películas del oeste tienen al frente grandísimos directores del cine yanqui que -por razones históricas- en realidad abarca todas las nacionalidades. Y pocas de ellas contienen conceptos jurídicos ya que en general lo que importa es que los tiros den donde y cuando corresponda. De este escaso puñado de filmes llama la atención que, al menos cuatro, se centran más o menos a las claras en un personaje histórico cuyas increíbles “hazañas” judiciales resultan tan novelescas que se diría que su propia persona sólo puede ser producto de la calenturienta imaginación de un

TIEMPO LIBRE férrea San Antonio-El paso, para trabajar nuevamente sirviendo whisky a los obreros del ferrocarril.

Latinoamérica, narra con pulso firme el enfrentamiento entre un vaquero y un antiguo forajido convertido en guardián de la ley.

A pesar de ser un fuera de la ley, en 1884 fue

El film es sólido, absornombrado juez de paz bente y entretenido desdel condado de Pecos tacando sobremanera la mudándose a Langtry, encarnación del juez Roy pequeña ciudad de idénBean a cargo de Walter tico nombre a la bella

Brenan, que obtuvo el actriz británica Lillie merecidísimo primer ÓsLangtry, de la que Roy car de los tres que consiestuvo toda su vida perguió a lo largo de su cadida y platónicamente rrera, compone un perenamorado, a la que essonaje de entrañable cacribió innumerables carnalla capaz de emocioFotograma de EL FORASTERO, 1940. A la izquierda Walter Brenan tas pero a quien nunca narse ante su artista facaracterizado como el juez Roy Bean en pleno "juicio". llegó a conocer. En su vorita y, al mismo tiemhonor, nuestro hombre po, de ahorcar cruel e inconstruyó el Jersey Lily saloon, en donde, sin solución de discriminadamente al primero que pasa por la puerta. continuidad, despachaba licor y justicia y ejercía de contador El hombre que mató a Liberty Valance (“The man who shot de historias. Fue reelegido muchas veces. Liberty Valance”. 119’. John Ford, USA 1962). Considerada El equipamiento del juzgado/saloon consistía en un revólver, un libro de leyes (u otro que tuviese a mano) y su oso mascota adicto a la cerveza. Ignoraba plenamente el derecho y las leyes. Según dicen, pensaba que el habeas corpus era un paganismo. el mejor western de la historia del cine, ocupa los puestos 25 y 32 como mejor película estadounidense de todos los tiempos y mejor película de la historia del cine y, ciertamente, es todo un peliculón a la altura de su genial director que cuenta en su filmografía con grandes cimas del género y que ya había mezclado el viejo oeste con la trama jurídica de un consejo de guerra por violación en El sargento negro (“John Ford's Sergeant Rutledge”, 118’, USA 1960).

Sus métodos para impartir justicia eran arbitrarios y cómicos, generando un nutrido anecdotario como la imposición de una multa de 40$ por llevar un arma oculta al cadáver de un hombre que halló ya fallecido portando una pistola y 40$ en el bolsillo. En otra ocasión, un viajero pagó su cerveza de 30 centavos con un billete de 20$. Viendo que no le devolvían el cambio, se impacientó y trató a Bean de ladrón, el cual igualó las cuentas imponiéndole una multa de 19,70$ por insultos a la autoridad. Al celebrar ceremonias de boda, siempre terminaba la celebración diciendo "y que Dios se apiade de vuestra alma".

Con un reparto de campanillas encabezado por James Stewart y John Wayne y nombres tan relevantes como Vera Miles (arteramente apuñalada en los 47 magistrales planos de la ducha en Psicosis, Alfred Hitchcock, USA 1960), Lee Marvin (protagonista entre otras muchas de la rodada en Almería Tres forajidos y un pistolero, Richard Fleisher, USA 1974) o el mismísimo papá del Pequeño Saltamontes, John Carradine, “esta obra maestra expone más matices que ningún otro western, y sin duda el más relevante es que define con hábil precisión un momento significativo de los Estados Unidos:

La leyenda retrata al juez Roy Bean como a un justiciero sin piedad, muchas veces llamado "el juez de la horca". Pero este título parece corresponderle mejor a Isaac Parker, de Fort Smith, Arkansas, quien entre 1875 y 1896 sentenció a la horca a 160 personas (156 hombres y 4 mujeres). En contraste, aunque el juez Roy Bean amenazaba con ahorcar a cientos, no hay indicios sólidos de que llegara a ahorcar a alguien. Murió pacíficamente en su cama tras una borrachera, si bien la leyenda posterior asegura que fue asesinado en el porche de su saloon por un forajido mexicano. Reseñándolas en orden cronológico encontramos las siguientes cintas inspiradas en Roy o en la figura de “juez de la horca”, todas ellas merecen un visionado: El forastero (“The Westerner”, 100’. William Wyler, USA 1940). Con música del extraordinario Dimitri Tiomkin y un reparto encabezado por un algo adusto y envarado Gary Cooper como “EL CABALLERO DEL DESIERTO” a que alude el título de esta película para

Pausa en el rodaje de EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE, 1962. El tuerto director John Ford flanqueado por James Stewart y John Wayne.

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Cartel original de EL FORASTERO. Compárese la foto de Brenan abajo a la izquierda con su aspecto durante el rodaje, no es de extrañar que consiguiera el Óscar por esta interpretación.

Cartel original de EL JUEZ DE LA HORCA, 1972. Ava Gadner y Paul Newman favorecidos por el rotulista, como si les hiciera falta. aquel en el que el salvaje oeste comenzó a perder su condición de territorio sin ley y la civilización entró de la mano de los abogados, decididos a imponer las leyes sobre las pistolas. La clave es que Stewart rehúsa llevar revólver, hasta entonces único consuelo de sheriffs y espectadores ante la injusticia y el mal.” (Cfr. Pablo Kurt.-Filmaffinity).

Cometieron dos errores (“Hang ‘Em High”, 114’. Ted Post, USA 1968). Primera película de la recién creada Malpaso Productions, con un encumbrado internacionalmente por el espagueti wéstern europeo Clint Eastwood en el papel de Jed Cooper, un (más que improbable) ex abogado reconvertido en vaquero que es acusado erróneamente e inmediatamente linchado por ahorcamiento por un grupo de nueve “ciudadanos respetables” que le dan por muerto. En su último aliento es descolgado por un comisario que trabaja para el juez Fenton (interpretado con maestría por Pat Hingle) ante quien es presentado y, una vez aclarado el entuerto, liberado y transformado en comisario cuya misión es capturar a sus victimarios y llevarlos con vida ante el juez para ser juzgados.

Al margen de la ensalada de sub-tramas deficientemente desarrolladas o incluso de la planicie de los personajes principales, para el jurista que visiona este wéstern a la europea pero sin la violencia en primer plano del mejor Leone, se exponen varios asuntos de interés, destacando la descripción del incipiente sistema judicial, del que Fenton se queja amargamente pues ha de abarcar un inmenso territorio como único juez y con muy pocos alguaciles, y la extrema dureza de la ley, con la pena de muerte como prácticamente única. La tesis encubierta de la película es la que pena de muerte es necesaria, ya que si no lo hacen los jueces se hará en otra parte tomándose la gente la justicia por su mano. Y aunque se asuma que habrá personas que serán ajusticiadas de forma errónea, lo individual no puede parar lo estructural, que es el sistema judicial. Los ajusticiamientos son baratos y fomentan el comercio, además, son ejemplarizan- tes. Lo mejor son los ácidos y cínicos diálogos sobre la justicia entre Fenton y Cooper, las escenas de las ejecuciones en la horca y los vistazos al sistema carcelario. El juez de la horca (“The life and times of Judge Roy Bean” 120’. John Huston, USA 1972). Con guion de John Milius y música de Maurice Jarre, encabeza el reparto el Bello Paul Newman en plena madurez, secundado por un impresionante plantel de actrices como Jaqueline Bisset y Victoria Principal, con la breve intervención de una Ava Gadner arrebatadoramente bella a sus 51 años en el papel de Lily Langtry. Aunque puede en cierto modo considerarse un remake de la película de Wyler, tiene una descarada vocación desmitificadora y cínica a la vez que pretende ser prácticamente un biopic. Newman es el centro y epicentro de la trama con una notable interpretación en sutil tono cómico por momentos un tanto histriónica y exagerada. La fotografía y encuadres son genuinos productos setenteros, al estilo visual y tono semi comediante que hacía furor por entonces. El resultado es irregular, con altibajos y paréntesis más bien tediosos. En las 2 horas de proyección hay no obstante momentos con escenas y parlamentos sublimes, por ejemplo, tras abatir a tiros a un pistolero que había disparado sobre el póster de la señorita Lily, el juez afirma que es “un homicidio plenamente justificado”; mientras rompe la hoja del libro de leyes dice solemnemente “esta ley queda abolida”; y sin ningún reparo afirma totalmente convencido “aquí los linchamientos se producen al amparo de la ley”.

Todas estas películas retratan, cada una a su manera, la precariedad institucional y administrativa que regía en amplias zonas del Oeste fronterizo, los simulacros de justicia a cargo de personas desaprensivas y deshonestas, el imperio de la ley del más fuerte, las tropelías contra los derechos más elementales, las decisiones unipersonales sectarias y partidistas, la defensa de los intereses particulares y las lesiones del bien común.

COSTILLAS AL HORNO. PARA CHUPARSE LOS DEDOS Por: Josefa Sánchez Montoya Cda. 4153

Recetas colegiales

Las costillas de cerdo se pueden elaborar de muchas maneras, ya se sabe el dicho, “del cerdo se come hasta los andares”.

En mi familia se ha venido haciendo esta receta en las reuniones familiares, y si se acompaña con un buen vino tinto y al solecito, uno se relaja mucho mejor, así como la sensación después de haber terminado ese juicio que pensabas no terminaría nunca. INGREDIENTES:

- 1 Kilo de Costillas de Cerdo (puede ser en trozo o a tiras)

- 1 Limón

- Sal

- Pimienta negra

- Pimienta negra en grano - Aceite de Oliva Virgen Extra - Vino Blanco o Sidra - Ajo (2-3 dientes de ajo) - Perejil

- Patatas (5-6 patatas) ELABORACIÓN

Primero ponemos el horno a calentar de 150 a 180 grados. Salpimentamos al gusto las costillas y las dejamos reposar mientras preparamos las demás elaboraciones. Si salpimentáis unas horas antes la carne cogerá más sabor. Pelamos las patatas y las cortamos en rodajas, las salpimentamos al gusto y las colocamos en la bandeja del horno. Una vez colocadas las patatas, colocamos las costillas encima, rociaremos todo con un chorrito de aceite de oliva virgen extra, con el jugo de medio limón, y medio vaso de vino blanco o sidra (a mi me gusta más con sidra), le añadimos pimienta en grano (como unos 10 granos) y el ajo y perejil machacado previamente (también se puede añadir una pastilla de Avecrem de Ajo y Perejil).

El medio limón restante, lo haremos en rodajas y lo repartiremos por la bandeja encima de las patatas y la carne.

Una vez preparada la bandeja, la meteremos al horno y en unos 30 minutos aproximadamente tendremos unas deliciosas costillas con patatas panaderas, ¡para chuparse los dedos!

Consejo: Si veis que se os va quedando seco y no ha terminado la cocción de las costillas ni las patatas, podéis añadir dos dedos de agua y un poco más de vino.

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Cómo citar

«Far West Justice», Sala de Togas, n.º 84, diciembre 2021, pp. 114-117.

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