Cinefilia. Divorcio y cine, un matrimonio bien avenido (II), por Rita María Sánchez
Sala de Togas n.º 74, , página 126–128
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C I N E F I L I A
Divorcio y CINE un matrimonio bien avenido
Por Rita María Sánchez. bordaremos ahora otros acentos cinematográficos con el divorcio, sus causas y/o consecuencias como excusa narrativa, en ocasiones como auténticos dramones lacrimógenos o como pretexto para reflejar la vida, bien en clave de soterrada denuncia social o con un afán más simplemente denotativo. La lucha por la custodia de los hijos: Es el nudo argumental de numerosas producciones, algunas en tono de comedia como Sra. Doubtfire, papá de por vida (Mrs. Doubtfire, Chris Columbus, USA
1993) en la que un infamemente travestido Robin Williams, demuestra sin lugar a dudas que la más fea y tonta de las mujeres es más empática con otra mujer que cualquier hombre, especialmente su propio marido, o, con no excesivamente buen desarrollo pero con un arranque salvaje que es un punto de vista completamente novedoso Papá o mamá (Papa ou maman, Martin Bourboulon, Francia 2015) que plantea el afán de hacer daño al otro cónyuge no quitándole a los hijos sino haciendo todo lo posible porque se los quede el otro progenitor, pues sobrellevar esa carga le perjudicará en su carrera profesional y en su futura vida, amorosa y en general.
Pero el tono general de esta temática es el drama sin paliativos, como demuestran, entre otras: Los hijos del divorcio (Mauricio de la Serna, Méjico 1957) en la que una españolísima y más que sufridora Amparo Rivelles, soporta lo indecible y se sacrifica hasta el martirio para intentar ganarse a los hijos de la primera mujer del que fuera su amante, que la odian, en un guión del barcelonés Fernando Galiana. Hija del Divorcio (Child of Divorce, Richard Fleisher, USA 1946), película sometida a la censura del Código Hayes en una época de estigmatización, severa reglamentación y exigencia de culpabilidad por parte de uno de los cónyuges, presenta el divorcio como una fuente de males para los hijos a los que concibe como víctimas inocentes de una situación inconveniente. La obra aporta un interesante documento sobre la concepción imperativa del divorcio en los primeros años de la Posguerra y su rigurosa reglamentación legal. Se muestra la inferioridad de la mujer en el hogar, sometida a violencia doméstica impune a quien sin embargo se la culpa sin ambages de la ruptura, con un tono abiertamente misógino que es recuperado 33 años después por la archifamosa –y tramposa- Kramer contra Kramer (Kramer vs. Kramer, Robert Benton, USA 1979), ganadora de 5 Óscar -que debieron ser 6 pues es el personaje del niño (Justin Henry) el que da verdadera profundidad a la película-, en la que Joanna (Meryl Streep) que tiene la valentía de romper el círculo de roles predeterminados que la asfixian y avanzar en busca de su identidad, es mostrada como una mala madre a la que se critica ferozmente por haber abandonado a su marido sin más “razón” que desear ser mujer antes que esposa, madre, hija o abuela, lo que para la pacata sociedad americana resulta, aún hoy, imperdonable.
El cine como retrato social: Como auténtica rareza que he descubierto al documentarme para el artículo, el mediometraje titulado, como otros muchos filmes, Le divorce (Manouchka Kelly Labouba, Gabón 2008) refleja la realidad de este país africano en el que la familia ha de aprobar, y consentir en sentido jurídico-civil, tanto el Enero 2017 matrimonio como el divorcio, vestigios de la antigua sociedad tribal que organizaba rígidamente todas las relaciones personales. Y en Gett, el divorcio de Viviane Amsalem (Gett, The Trial of Viviane Amsalem, Ronit y Shlomi Elkabetz, Israel 2014) comprobamos atónitos cómo en Israel no existe la posibilidad de contraer matrimonio por lo civil, por lo que el divorcio también depende de las llamadas cortes rabínicas y está sometido a la halajá, la legislación religiosa judía, que dicta que es el marido quien tiene la última palabra a la hora de concedérselo o no a la mujer. La película cuenta el angustioso y “eterno” proceso de la protagonista (encarnada por la codirectora Ronit Elkabetz, uno de los rostros más internacionales del cine israelí) para conseguir la separación de su marido. Cine de denuncia de impecable ejecución dentro de las dinámicas del film judicial, en general, este divorcio es más apasionante que muchos juicios de asesinato, aunque la puesta en escena, por su realismo, puede resultar agobiante y demasiado lenta ya que es fiel reflejo del kafkiano laberinto procesal.
El cine patrio y su particular aportación: Caspa versus genialidad cómica de una generación de actores que capeó la censura sin más pretensiones que entretener a unos españolitos tan catetos y aislados como los personajes que con tanto desparpajo y ninguna vergüenza encarnaban; Actores con Mayúsculas que, con ligeras variaciones en su combinación, aparecen en casi todas las cintas de la época del destape y la tímida pero imparable apertura al mundo, como el colosal Paco Martínez Soria, el abuelo de España, Rafaela Aparicio, la chacha de todas las casas junto con su versión rejuvenecida y con voz de pito Gracita Morales, el extenso clan Ozores, el revistero y feriante ocasional Juanito Navarro, el cantante frustrado, autor de la indeleble “La Ramona”, Fernando
Esteso, el más chusco de los infinitos
Andrés Pajares antes de su declive y peregrinar por los más sanguinarios platós del corazón, o los monstruos sagrados irrepetibles e imprescindibles Don José Luis López Vázquez y Don Alfredo Landa. Un cine plagado de clichés y personajes prototípicos que, sin embargo, esconde en sus desquiciadas payasadas una crítica feroz de la sociedad que retrata y de ese momento agridulce de la transición de una España en blanco y negro, triste y sombría, al estallido de colores que supuso el advenimiento y consolidación de la democracia, con las libertades ciudadanas y restitución de derechos como el divorcio. Enero 2017
Sin ánimo de exhaustividad dejamos cumplida cita de las siguientes películas:
Divorcio a la andaluza (José
María Zabalza, 1968), farsa rayana en lo patético a costa de una todavía inexistente Ley del Divorcio. Ambientada en la Andalucía rural, la crisis de este matrimonio de ganaderos destila un tono folclórico de lo más paleto. El alegre divorciado (Pedro Lazaga,
1976) para algunos el mejor trabajo de Paco Martínez Soria (a mí me gusta más en “Don erre que erre”). El “argumento” trata de un señor bastante simple que descubre cómo, separándose de su señora, podrá cumplir su sueño de poder ensuciarse la ropa impunemente, a ser posible con manchas de huevos fritos… La película tiene el aliciente de que se puede ver el México de los años 70, un país bastante parecido a España, aunque con la “modernidad” de que ahí la gente podía divorciarse. Yo la vi hace poco y no sufrí ningún trauma, así que la recomiendo, aunque exclusivamente a quien no busque silencios infinitos, fotografías increíbles o guiones rebuscados que nos lleven a un estado de consciencia superior. El divorcio que viene (Pedro Masó, 1981), vertiginosa sucesión de enredos amorosos porque todos están descontentos con sus respectivos matrimonios y sueñan con la inminente aprobación del divorcio en España. Qué gozada de divorcio (1981) y El primer divorcio (1982), ambas del prolífico Maríano Ozores, galardonado con el Goya de honor 2016, en las que, además de la familia Ozores en pleno, se suman al engendro humoristas como Chumy Chúmez, vedetes de revista como África Pratt y hasta el Marty Feldman español Francisco Javier
Martín, Blaki. Caray con el divorcio
(Juan Bosch, 1982), paradigma del cine de destape con enredo zafio de tintes machistas en el que paradójicamente lo que finalmente se ensalza es el matrimonio.
Tras esa fiebre absolutamente coyuntural, el tema del divorcio prácticamente desaparece de nuestra filmografía hasta muy recientes fechas y de modo incidental con Séptimo (Patxi Amezcua,
España 2013) que hibrida con cierta soltura el cine negro, el suspense y el retrato psicológico con virtuosa escasez de medios pues aprovecha el escenario único en el que se desarrolla toda la trama para acentuar la claustrofóbica angustia de un Ricardo Darín tan resolutivo como siempre. Y, lógicamente, existen cientos de títulos más que exceden con mucho el limitado espacio del que disponemos pero que, por fortuna para todos, están a un solo click y muchos de ellos pueden visionarse, a lo que os invito. Viva el cine… y el divorcio, que es el pan del abogado.
Ilustre Colegio Provincial de Abogados de Almería · Sala de Togas
M U S I C O L A N D I A
The Black Swing
Por: Mª del Mar García Membrive. Cda. 4098 otados de aires de grandeza y de protagonismo tras la Primera Guerra Mundial y con la vestimenta arraigada de los felices años 20, los hombres de finanzas se pasean de manera notoria, pública y manifiesta por la Calle del Muro, una calle neoyorquina, situada en el bajo Manhattan, más conocida como Wall Street, el corazón financiero ya no de EE.UU, sino del mundo.
Ese corazón bombeaba más rápido de lo que debía y cubierto por la cavidad torácica en forma de Bolsa de Valores, que parecía indestructible, en cuestión de horas estalló sin avisar a modo de infarto, desplomándose el valor de las acciones un 24 de Octubre de 1.929, pasando a denominarse entre sus familiares el “Jueves Negro”, haciéndose así pedazos las ganancias financieras de la gran tendencia de mercado en una sola noche.
Pero dicho sobresalto no quedó ahí, entrando en parada cardiorrespiratoria al lunes siguiente, sería bautizado como su antecesor, el “Lunes Negro”, afortunadamente la agonía duró poco y entró en sueño profundo veinticuatro horas después, el coloquialmente llamado “Martes Negro”, finalmente fue diagnosticado por los economistas, por lo que conocemos hoy en día como el Crac del 29 o La Gran Depresión, los precios de las acciones cayeron ese día y continuaron cayendo a una tasa sin precedentes durante un mes entero. Miles de trabajadores estadounidenses perdieron su empleo en esos tres días, la sociedad entró en pánico comunitario y como si del Apocalipsis se tratase, se agolpaban a las puertas de los bancos miles de depositantes pugnando por retirar sus ahorros a la mayor brevedad. Las consecuencias sociales de la crisis golpearon en particular a los asalariados que, perdieron sus empleos, sus ahorros y muchos, también sus viviendas, llegando a convertirse como escena habitual de la primera década de 1.930, las largas colas de desocupados en busca de alimento, o incluso durmiendo en las calles. Pero los tentáculos de la Gran Depresión también afectaron a los productores agrarios, que asistieron como testigos directos e impotentes a la caída de los precios de su producción y fueron incapaces de afrontar las deudas contraídas, dicha situación llevo a la quiebra a numerosos bancos de alcance local y, por efecto de arrastre, a los más grandes. A la cabeza de todo este maremágnum económico se encontraba el “suertudo” trigésimo primer Presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover (1929-1933) y con el lastre de por vida, del desprestigio de haber dejado caer supuestamente al país en la recesión, y por ende, gobernar sin éxito durante la crisis. Tal fue su papel en la época, que el jefe de publicidad del Comité Nacional Demócrata, Charles Michelson, tuvo la deferencia de acuñar, a los refugios precarios donde vivían los homeless, con el nombre “Hoovervilles” (pueblos). Para intentar mitigar los efectos de la Gran Depresión, se aprobó el 17 de Junio de 1.930, la “Tarrif Act of 1.930” (Ley de Aranceles de 128
Sala de Togas · Ilustre Colegio Provincial de Abogados de Almería
1.930), conocida como la “Ley Hawley-Smoot”, (nombre que provenía de sus creadores los senadores Reed Smoot y Willis C. Hawley), caracterizada por el aumento de los aranceles estadounidenses a los productos importados, y destinada a proteger a los agricultores y trabajadores de EE.UU contra la competencia foránea, tal fue el incremento de las tasas de aranceles, que provocó una recesión, siendo peor el remedio que la enfermedad.
En el momento del Crac, la ciudad de Nueva York había crecido hasta convertirse en la mayor metrópolis de Estados Unidos y en su distrito de Wall Street, eran muchos los que creyeron que el mercado podía sostener niveles altos de precio pero la economía no pudo aguantar esa sobreproducción, creada por las grandes industrias, produjeron tal cantidad de bienes que se quedaron sin compradores, el mercado no estaba en condiciones de consumir más. Los músicos, no iban a ser menos y desgraciadamente, también sintieron los efectos del retroceso económico, viéndose obligados a alejarse de los estudios de grabación y de los escenarios. Esto dio lugar a un desplazamiento a Europa de músicos norteamericanos en busca de trabajo, importando con ellos esa fuente inagotable de creatividad que los caracterizaba, empezando así a dar forma a su propia cultura y a la creación de diferentes estilos musicales.
Al principio sus actuaciones estaban limitadas a los salones de grandes hoteles, que buscaban ser también parte de esa modernidad que el jazz tenía en aquella época y que se podía apreciar en los “Hot Clubs” pero muy pronto las salas de conciertos comenzaron a llenarse de un público consciente de que estaba viendo a los creadores de un nuevo género musical, con un ritmo y estilo característico nunca antes visto, a lo que se bautizó con el nombre de Swing.
La aparición del Swing, se convirtió en el “Mainstream de Nueva York”, esa corriente de pensamiento, consiguió propiciar el primer gran cambio conceptual en la historia del jazz, llegando a convertirse en aquellos años como la música mayoritaria, la preferida por el público y la que gozaba de mayor popularidad.
Y es que, a pesar de la crisis que sufría el país, la sociedad seguía reclamando espectáculos, las orquestas ya existentes pronto empezaron a crecer como la espuma, y con ello la rivalidad entre los músicos blancos y los negros, para contrarrestar el predomino negro, aparecen las “Big Band”, caracterizadas como su propio nombre indica, por ser grandes orquestas que desarrollan el swing, consiguiendo así dotarlo de alegría y vivacidad, llevándolo a su máximo esplendor. Era el Adonis de lo que buscaba la sociedad blanca americana, crear una imagen conforme a la normalidad musical occidental, y desbancar (aunque sin mucho éxito) a los músicos afroamericanos de jazz que pisaban con fuerza, pues la sociedad se encontraba en un momento de dominación económica del jazz, y con la creación de las big band, se garantizaban la perpetuación de todos los beneficios que produciría, lanzando a músicos blancos apadrinados por músicos neEnero 2017
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«Cinefilia. Divorcio y cine, un matrimonio bien avenido (II), por Rita María Sánchez», Sala de Togas, n.º 74, enero 2017, pp. 126-128.
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