Derecho ~ Autor.
Sala de Togas n.º 16, , página 22–23
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SALA DE TOGAS
DERECHO YAUTOR Juan BLAS MARTINEZ
Era un poeta que jamás había escrito verso alguno. Era, pues, un poeta camuflado, mudo, oculto, absolutamente transparente. Grabadas las estrofas en su sola memoria y su obra literaria, reducida a su escasa retención mental era exigua, pasajera y sesgada en el olvido.
Sentía un miedo aterrador a escribir, que le imponía su modestia y su pudor extremo. Pensaba en la poesía como acto de la más completa desnudez. En las ocasiOnes en que decidido se sentaba ante su mesa con este propósito, le resultaba imposible articular algún trazo legible. Era tal el pánico que le aturdia que las manos se le humedecían y la pluma le resbalaba entre los dedos.
Hacía años que había desistido de tan engorroso empeño, pero sistemáticamente retornaba a su mente aquel deseo insatisfecho. Una madrugada de insomnio e intensa inspiración poética, decidió solem- nemente que al día siguiente adquiriría un cuaderno a estos exclusivos fines.
Todo fue en vano. Volvieron los sudores y la ausencia de pulso necesario. A modo de tratamiento terapéutico de tan exótica enfermedad, decidió recluirse por unos días en un lugar alejado de sus preocupaciones diarias, al objeto de conseguir el recogimiento adecuado. La llegada fue a media tarde. Aquella misma noche, con sorprendente eficacia se operó el remedio, y quedó sin efecto el hechizo.
Sobre una austera mesa de escritorio, con gesto decidido, escribió: «Estoy aquí, por fin 1 en deseado destierro, 1 voluntario m[nimo. 1 Hemos llegado al frío de mayo 1 tras agotador trayecto 1 de cientos y cientos de kilómetros. 1 Con síntomas de huida. 1 vengo buscando 1 en la paz y el silencio, 1 arropado por la ausencia, 1 el camino que lleva a la fuz. 1 Busco lo que tengo oculto 1 bajo el denso ropaje 1 de la cobarde duda».
Aquel paréntesis, la entrada en un mundo diferente, cargado de silencio y permanente plegaria, ofrecieron el ambiente propicio para la reflexión y la escritura.
Pronto, el retorno a la vorágine de la ciudad, a los irremediables plazos, a las jornadas de trabajo extenuantes, dejó dormido, aletargado, cualquier proyecto creativo. Forrnan.parte de sus reflexiones, temas como la MUERTE, que evoca así: «Esta mañana 1 ha nacido en mis ojos,
1 la primavera, 1 al recorrer 1 este camino de la muerte 1 preludio de un viaje 1 que algún día 1 inevitablemente 1 emprenderé. Y aquí 1 en este punto final 1 término de toda urgencia 1 siento 1 la presencia olvidada 1 de mis antecesores 1 y el eco perdido 1 de íntimos lamentos. Y me detengo y miro 1 estos muros de soledad 1 testigos mudos del silencio 1 que conforman 1 este modesto camposanto 1 orientado al sur. 1 Hay abierta una fosa 1 concreción de un deseo escatológico 1 que ha excavado 1 con previsión extrema 1 un próximo inquilino. 1 Adecuado lugar 1 para el momento 1 del último reposo 1 de las vanidades 1 y la nada. 1 Así lo ordenaré 1 en mi testamento».
La vuelta al pequeño PUEBLO de su infancia, sus travesuras de niño, la plaza de sus juegos, la iglesia de sus primeros rezos, y «He vuelto 1 a recorrer estos caminos 1 que hicieron paso a paso 1 mi padre y mis abuelos 1 y que yo he transitado 1 tantas veces 1 con el acarreo 1 de/trigo 1 las almendras 1 el riego de la tanda 1 las jornadas de siembra 1 y que ahora 1 ya no conducen a mis tierras 1 porque nuestra marcha 1 se pensó 1 sería sin retorno. 1 Y he vuelto a ver 1 tantos rostros amigos 1 aja- dos por el tiempo 1 las caras arrugadas 1 encorvados los cuerpos. 1 Y yo he vuelto nuevamente 1 tras prolongada ausencia 1 al punto de partida 1 a esta primera página 1 con sabia renovada 1 al modo de este almendro 1 que cada febrero 1 florece bajo mi ventana». EL AMOR, «Te veo porque te quiero 1 porque te miro 1 tras el cristal velado del amor 1 con el iris de esta tarde blanca. 1 Te veo 1 en la tibia sombra de los álamos 1 en la audaz sinfonía del aire en los tejados 1 en las premoniciones y deseos 1 de esta fuente centenaria 1 en el vuelo tímido y azul 1 de este jilgero fugitivo. 1 Te veo porque yo 1 en el corazón tengo pupilas 1 y por eso te quiero. 1 Te veo por que te quiero 1 y te quiero por que te veo».
SALA DE TOGAS
«Buscar un punto cierto 1 en la brumosa llama del deseo 1 donde sentir tu cuerpo. 1 Estar tan solo tú 1 anegado en tus brazos 1 en tu sola presencia 1 inundado en tus besos. 1 Soportar este tiempo detenido 1 bebiendo en el recuerdo que se escapa 1 y en la esperanza nunca más perdida 1 de repetir aquel primer momento».
DIOS, que un dia dijo: «Es justo y necesario 1 romper el maleficio, 1 del pobre, del humilde, 1 del enfermo, del apátrida, 1 del hombre. 1 Y viajó a la tierra 1 a un pueblo sin tierra 1 dominado y herrante 1 raza en exterminio 1 que había olvidado 1 el sabor de la paz. 1 Vivió levemente 1 porque su reino 1 no era de este mundo. 1 Alzó la voz 1 y resultó definitivamente 1 muerto y sepultado. 1 La sangre vertida en aquel monte 1 germinó 1 en un manantial de conversión 1 al eco vigoroso 1 de un canto de esperanza.
«Pasó la luz 1 y me cegó los ojos 1 sin apenas dar tiempo 1 a sujetarla. 1 Otra ocasión perdida 1 otra nueva llamada 1 en hora no prevista 1 ni claramente deseada 1 y, como tantas veces 1 desatendida. 1 Mi casa está cerrada 1 en la ceguera 1 y en la cobardía. 1 Hoy, en pleno abril, esta luz 1 me ha golpeado 1 con más intensidad 1 que en otras albas».
«Y el lector inició, atropeyado y sin tino, su ilegible discurso. Nublada la vista en todo su entorno, tan solo distinguía, a intervalos, las palabras con las que iba tropezando, en una dicción fragmentada y no inteligible. Por un momento pensó que no recordaría los signos, las silabas, las palabras más sim- pies. Súbitamente quedó definitivamente detenido en un descolocado triptongo. Había olvidado, como temía, su lectura. Cerró los ojos. Los frotó con sus sudorosas manos. Los volvió a abrir Todo fue inutil. Había quedado en la más completa oscuridad. Penosamente y como último remedio, tragó saliva. Solo entonces recordó estar de pie, delante de un atril de roble que evocaba un águila de alas abiertas y soportaba un pesado libro de no menos plomizos pensamientos. Al fondo, mirandole de frente, un público impasible, llenaba una sala de sordos, indóciles a cualquier 'persuasión y ajenos por completo a situación tan trágica. Debería estar pálido, se dijo, Pálido y frio, pensó. Carraspeó, tomó de nuevo aliento, y continuó en la representación de pronunciar palabras apocalípticas, sueltas al aire, sin contexto ni mensaje cierto.
La sala continuó fingiendo una atención no dispensada, a un lector incipiente que aparentaba deletrear un discurso incomprensible.
Julio '92
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Cómo citar
«Derecho ~ Autor.», Sala de Togas, n.º 16, septiembre 1992, pp. 22-23.
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