Un breve encuentro MICRORRELATOS: El Sofá
Cuadernos Literarios n.º 3, , página 8
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8S T d
AGOSTO 2015
UN BREVE ENCUENTRO _Por Agustín BELMONTE. 1999-2015 ecibo una visita como tantas, rutinaria, de consulta, de trámite, sin más importancia. La mujer ––cuarenta y ocho años, me dice en cierto momento de la conversación–– se sienta e invoca una antigua vecindad, una vieja amistad que ahora debe serle útil para su propósito.
Para mí, en cambio, fue mucho, mucho más.
Ahora sé que sólo tenía un año más que yo, y yo… Eran los tiempos míos de más vago recuerdo, esa edad de nadie en que se me mezclan las épocas y la infancia ya se ha ido, pero la adolescencia, época de amigos del alma y amores primerizos con la vida en el tiempo más presente posible, aún no ha comenzado. Pepe, mi vecino, era entonces mi mejor amigo. Él venía del campo. Sus padres habían comprado, junto a la mía, una casa muy hermosa, construida en los años 50 sobre otras muy antiguas, pequeñas, obreras, de esas tan típicas de arquito en dinteles de puertas y ventanas. Juntas hacían un solar enorme. La vivienda resultante era tan grande que la madre de mi amigo Pepe había instalado una tienda de fruta y verdura en la cochera, y alquilaba habitaciones a otras familias que venían del mismo pueblo que ellos a probar suerte en la capital: en aquella casa vivían más de veinte personas, a pensión completa y a media pensión ––habitación con derecho a cocina, se decía––. Recuerdo a algunas: las dos hermanas recoveras, un par de viejas ––o a mí me lo parecían–– enlutadas, con medias, mantón, pañuelo a la cabeza y calzadas siempre con alpargatas, que salían muy de mañana con sendos canastos de caña llenos de huevos al brazo y se pasaban todo el día por la calle, vendiéndolos, hasta la noche, en que volvían exhaustas; el hombre joven que no trabajaba porque tenía no sé qué enfermedad en los pies y se pasaba el día arriba y abajo por la acera, aburrido, apoyándose en dos bastones; la familia del campo de Níjar que traía otra niña preciosa, de la que se enamoraría al perder mi amigo Pepe… Y la de esta Carmela con quien hoy, brevemente, he vuelto a encontrarme. Carmela era una chavala que a mí me pareció escultural, bella, deslumbrante. Morenísima, lucía una gruesa trenza de pelo azabache hasta la cintura. Sus ojos eran tremendos, enormes, abanicados con languidez melosa por unas pestañas largas hasta lo increíble. Me llamaban la atención en especial sus brazos, tersos y suaves, y la angulosidad de sus finas manos. ¡Y cuánto, cuánto me dolía su indiferencia! Sentado en el tranco de mi casa merendando el pan con aceite y azúcar que mi madre me preparaba, la veía pasar, siempre acompañada por su padre o su hermano, flotando sobre sus piecitos de muñeca y dentro de su vestido blanco, que realzaba aún más lo moreno de sus brazos: me quedaba hipnotizado mirándola hasta que trasponía la esquina. Jamás giró la cabeza. Y la adolescencia avanzó. Y la amistad con mi vecino Pepe se acabó y comencé otras no menos sinceras, no menos intensas como aquella, con otros amigos del alma que ahora acompañaban mis salidas, mis canciones de amor y mis frustraciones. Y una tarde, la vi. Iba de la mano de su novio, y me miró. Maldije el día y la hora. Me reí de mí, idiota ilusionado sin razón por una ninfa inaccesible. Me sentí, primero, engañado; luego, decepcionado, y supe que aquel primer dolor lacerante ––y ahora pienso que necesario––, cuando me recobrara de mi estupor, me habría curtido. La vida siguió su curso. Cambié de amigos. Mis canciones se convirtieron en gritos de protesta. Se renovaron mis frustraciones. Y otra vez la vi. Me la encontré en una esquina, casi me topé con ella. Ella me esquivó graciosamente, evitó en lo posible mirarme, se rió y, con una carrerita alada, se metió en un portal de la calleja del casco antiguo en que habíamos coincidido después de tanto tiempo: ¡conque vivía allí…! Las tardes siguientes frecuenté aquella calleja, por si, otra vez, la veía. Pero eso no sucedió. Cuál no ha sido mi sorpresa cuando ella, en esta visita de ahora, me dice que me veía desde una ventana de su casa, celada tras los visillos. Que hubiera deseado bajar, hacerse ver… Pero que no tuvo valor. Me pide un puesto de trabajo para un hijo. No le prometo nada, pero le digo que haré lo que pueda.
Y me he acordado de Pepe. ¡Qué habrá sido de él! Al día siguiente, busco en la Guía de Teléfonos y le llamo. Lo coge Carmela, su voz es inconfundible. Tras el protocolo inicial, Pepe me dice que se hicieron novios enseguida, nada más conocerse. Que se habían casado tras muchos años de convivencia. Que lo de aquel segundo novio sólo fue por despecho, durante una de sus peleas de enamorados. Me sentí engañado.
Ahora su hijo trabaja para mí.
Espero verla.
MICRORRELATOS EL SOFÁ _Por Diego ALAMOS on el rostro amarillento, como un cartel que anuncia la muerte, mi vecino Jaime, se asomaba tosiendo al patio de luces. Lo que más me llamaba la atención de mi vecino, no era como alquitranaba sus pulmones, con los cigarrillos que encadenaba; sino que siempre dormía en un sofá. Ya tuviese cuarenta de fiebre, mi vecino Jaime, dormía en un sofá.
Siendo yo joven, pensaba que la noche era la repetición de un episodio: refugiarse en una cama. Creía que el hombre común, acababa el día, entregando el cuerpo al colchón y la cabeza a la almohada y que Jaime era un afectado por algún tipo de extraño desplazamiento.
Cuando de mayor dejé de conciliar el sueño, empecé a medir la duración de la noche, en la escala de la desesperación. Buscando un lugar en donde no intentar deshojar los minutos, recalé en el sofá de mi casa. Realmente en un sofá no se duerme. Como mucho se dormita. Sin la anestesia natural del sueño, hago hilo entre la noche y el día. Intento sedarme con la televisión en un volumen apenas audible y aprecio como del insomnio también se hace una industria. En horas de madrugada, a través de la pantalla, se venden objetos inútiles para la casa, actúan músicos en busca de compañía discográfica y falsos adivinos, a cara descubierta, timan a través de líneas telefónicas. Cuando la luz entra por los espacios diminutos, en el cuarto de baño, sin fuerza, acciono el cepillo eléctrico. Mientras minúsculas bolitas de pasta de dientes se revientan contra el espejo, me encuentro con mi rostro palidecido, con el contorno de los ojos negruzco, como un fotograma que preludia la enfermedad.
Y tengo el convencimiento de que todos los que dormitamos en el sofá, somos gente con la fatalidad ya decidida.
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«Un breve encuentro MICRORRELATOS: El Sofá», Cuadernos Literarios, n.º 3, agosto 2015, p. 8.
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