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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

Psicoanálisis

Fernando Martínez · Cuadernos Literarios n.º 23, , página 12–21

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Texto de las páginas 12–21 del PDF, extraído automáticamente. No se ha podido acotar al artículo, así que puede empezar en el anterior o seguir en el siguiente, y traer cortes de palabra y erratas de lectura; el PDF es el original y es lo que se cita.

12 S T d

RELATOS COLEGIALES DIEGO ÁLAMO FELICES Col. 1.774

NON DRACO SIT MIHI DUX

En todo el tiempo que llevo viviendo en Roma, jamás he visto que alguien moleste a uno tan solo de los muchos curas que utilizan el transporte público. Pero en mi caso, tantas veces me subía en el metro o en el autobús, me veía abordado, durante el trayecto, por una reata de desgraciados. Unos me pedían dinero, porque decían tener hambre o necesitarlo para medicamentos. Otros -los más repelentes- después de cantar o tocar un instrumento de manera infame, pretendían sacarme algunas monedas. Incluso han llegado a pedirme confesión individuos farsantes, a los que me faltó tiempo para largarlos y maldecirlos por su condición hipócrita.

Si algo me revienta en esta vida es tener notoriedad, no poder pasar desapercibido, que me puedan robar, aunque sea un palmo, de mi tranquilidad. A la tertia hora noctis (la hora opuesta a la que murió Jesús) las luces de mi habitación se encienden y se apagan con inconcebible rapidez, la radio que tengo sobre la mesa de noche, sin que yo la haya puesto, transmite música de réquiem y tengo visiones de escenas en las que soy torturado por la Inquisición italiana con la cuna de Judas. Esos y otros horrores que padezco, como tener arcadas cada vez que como cualquier forma de pan o bebo vino y que me ponen en una situación humanamente insoportable, son obra de una venganza de la más alta jerarquía de los demonios: Satanás. El Padre Roberto Maccetti y yo fuimos compañeros de clase, estudiando Teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Allí nos hicimos buenos amigos y pude comprobar que estaba dotado de valiosos dones para el mundo sobrenatural, pero no se desenvolvía bien entre tanta gracia recibida, por tener una obsesión permanente en tratar de combatir y derrotar al mal, allá por donde asomase la cabeza. Gran estudioso de Tratados de demonología, de manuales para exorcistas y de obras de contenido escatológico, tras realizar una brillante tesis doctoral sobre La negación e influencia del demonio en el mundo actual, el Obispo de Roma (el mismísimo Papa) lo nombró exorcista de la Diócesis. Era tal su interés sobre el mundo angélico caído, su erudición sobre los misterios de la oscuridad, que terminé participando de su atracción por las batallas contra los seres espirituales condenados eternamente. Siempre me he sentido orgulloso de haber nacido en Florencia, de ser florentino como Botticelli, Miguel Ángel o Dante. Mientras preparaba la maleta para asistir a la Fiesta Palio del Baluarte, Roberto me llamó por teléfono. Me pidió que le prestase ayuda, pues no conseguía liberar a una joven posesa a la que se habían metido varios demonios en el cuerpo, al haber participado en una ceremonia de santería en un viaje a Cuba. Me dijo también que la posesa llevaba varios días en trance, que él ya se encontraba agotado y que temía que los espíritus malignos -que se manifestaban con virulencia- la terminasen matando. Así que deshice la maleta, cancelé los billetes del tren de alta velocidad Roma-Florencia y en una hora ya me encontraba delante de los moradores del infierno. Cuando entré en la habitación en donde el P. Maccetti estaba realizando el exorcismo, los demonios que estaban dentro del cuerpo de la posesa, me insultaron y me amenazaron con rabia y odio, llamándome por mi nombre. No me impresionó que supiesen que me llamo Piero di Felice, pues carecen de dotes adivinatorias y lo habrían escuchado en alguna conversación telefónica. Pero los insultos y las amenazas elevaban su tono contra el P. Maccetti, pues según pude percatarme, se había empleado para que los espíritus inmundos sufriesen, haciendo besar a la posesa una y otra vez imágenes de la Virgen, escapularios, la medalla de San Benito, cruces, rociando su cuerpo incesantemente con agua bendita, llevado por su designio de castigar al mal y había descuidado la liberación

Relatos Colegiales de la joven lo antes posible. Tras bastantes horas de oración conjunta invocando a San Miguel y de dar el P. Maccetti las órdenes precisas a los demonios, fueron saliendo del cuerpo, siendo el último Satanás, que lo hizo con gran paroxismo de las convulsiones y gritos y con duras maldiciones a los dos en latín, siendo la última << Cum Iuda partem habeat>>. Proclamando así el deseo de nuestras muertes, teniendo en cuenta el final que tuvo el discípulo que traicionó a Jesús. Tras quedar liberada, la joven se recuperó en pocos días. Pero para nuestra absoluta desdicha, resultó que era una influencer con miles de seguidores y publicó en una red social la experiencia que había vivido con su posesión y posterior liberación, causando gran impacto y revelando nuestros nombres, que aparecieron escritos en prensa y aireados en televisión. Si hay un grupo obstinado en el mundo, es el de los adoradores de Satanás, que le han entregado el alma con tal de intentar conseguir algo o a alguien en la vida. Conocedores de la derrota de su líder, sabía que perseguirían por todos los poderosos medios a su alcance matar al P. Macetti, entregando su cadáver a los perros, para que su muerte se convirtiera en un sacrificio agradable a su maestro. Para protegerlo, los Carabinieri lo llevaron a un lugar secreto y supuestamente seguro, cercado por pájaros de alambre, no siendo posible ningún tipo de comunicación con él.

Se podía presagiar lo que estaba por pasar, pues los satanistas manejan dinero más que suficiente para poder comprar al precio que fuese la información del lugar en donde se encontraba. Si ya la situación de Roberto me llevaba destrozado, tenía que añadir que algunos medios estaban empeñados en hacerme una entrevista y me perseguían periodistas cámara en mano. Fama no deseada que me irritaba sobremanera. Pero otro dolor profundo que me tocó padecer, provenía de la actitud de hermanos sacerdotes, que nos consideraban locos, visionarios, peligrosos para la fama y el buen nombre de la Iglesia, persiguiéndonos, bramando contra los dos, seguramente por haber sido nosotros y no ellos los que fuimos capaces de enfrentarnos al maligno y derrotarlo, revelando una detestable envidia impropia de ordenados in sacris. Persecución movida por fuerzas de Satanás dentro de la propia Iglesia.

Aquella noche de viernes, como brotada de las tinieblas, mi habitación permaneció en todo momento a oscuras, la radio en silencio y no tuve ningún tipo de visión. Eran signos que anunciaban que habían dado muerte al P. Macetti y de que Satanás, lleno de orgullo, se encontraba saciado, embriagado de sangre y ya no necesitaba toda esa parafernalia circense de luces, sonidos y visiones para joderme, pues aunque vivo me había dejado aniquilado.

FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ Col. 1.730

PSICOANÁLISIS Nunca hubiera esperado que aquella mujer acudiese a mi consulta. La reconocí en el mismo instante en que abrí la puerta y, a pesar de su extraordinaria belleza, me produjo una inquietante mezcla de aversión y miedo similar al roce de una cuchilla por las venas. Aun así, como médico no podía desatender los requerimientos de una paciente.

14 S T d

Eva Günther se tendió en el diván cuando se lo indiqué. Su expresión era fría, me calaba el hielo de sus ojos. Deduje que no le habría resultado fácil recurrir a los servicios de un psiquiatra judío. -Tengo muy buenas referencias de usted –me dijo-, que es discípulo aventajado de Freud. Yo asentí sin decir nada, aguardando a que ella continuara. Cerró los ojos y el frío desapareció tras los párpados. Fue entonces cuando percibí el sutil olor a perfume. Sus rasgos se fueron destensando como la cuerda de un reloj. Básicamente, me narró un sueño que se repetía cada noche en su subconsciente con la precisión con que rota el planeta, un sueño que comenzaba como una promesa de lujuria y cuyo desenlace le infligía una angustia profunda, que la despertaba en medio de la oscuridad con el corazón palpitando y un baño de sudor. Me describía en estos sueños el encuentro con un desconocido al que era incapaz de ponerle rostro; sólo podía detallar su elevada estatura. El hombre comenzaba a desvestirla pausadamente dejando que sus ropas gravitaran en un susurro. Luego la acariciaba entre los muslos con una suave pluma de ave mientras le lamía unos pezones endurecidos encendiéndole hasta tal punto el deseo que ella, arrebatada, lo desnudaba exigiéndole con la mirada que la amara con urgencia, tomando posesivamente su pene con la mano. A partir de ese momento el sueño se oscurecía como si hubieran echado el telón en el escenario de un teatro, impidiéndole adivinar nada más allá salvo esa angustia grumosa que la embadurnaba y la certeza de alguna tragedia aún por descubrir. Eva Günther abrió los ojos. El hielo se había derretido en un reguerillo de súplica. -¿Qué significado puede tener, doctor? Estoy preocupada. -Desde cuándo tiene este sueño.

-Hace aproximadamente un mes, noche tras noche. Una vez que despierto me resulta imposible dormir.

Desentrañar el significado de un sueño es como arrancar las capas de una cebolla, desnudar la mente hasta alcanzar las vivencias enterradas en el subconsciente. Estaba claro que con una sola sesión no podía diagnosticar la causa de su inquietud, así que la cité para la semana siguiente. Recuerdo que mi cabeza rozó levemente el dintel de la puerta cuando la despedí. Aquella fue una época amarga. Eran tiempos de ceniza y tristeza, de nazis y traidores. Austria había sido anexionada por Alemania con la connivencia de nuestros gobernantes y ahora sus tropas trillaban las calles de Viena con botas impregnadas de sangre. Malos vientos para los judíos. Sopesaba la posibilidad de abandonar la ciudad antes de que fuera tarde, como ya había hecho mi mentor Sigmund Freud. Fue caminando por la Ringstrasse cuando me topé de frente con un uniforme de las SS con distintivo de teniente coronel. Agarrada al brazo de Erik Günther, su esposa Eva esquivó mi mirada cuando nos cruzamos. Aquel hijo de puta ya había alcanzado triste fama en la ciudad. Si yo no hubiese sido un cobarde lo habría estrangulado allí mismo. Los días siguientes rememoré con frecuencia las bellas facciones arias de Eva Günther. Sin tener claro el motivo aguardé con cierta impaciencia la fecha de su próxima cita, dudando que regresara a mi consulta. Me equivoqué. Apareció con puntualidad teutónica dejando tras de sí el rastro inconfundible de su perfume. No tuve que indicarle nada, con actitud arrogante ocupó el diván y volvió a cerrar los ojos para repetirme el mismo sueño, el que la visitaba insolentemente cada noche lubricándole la vagina y abocándola después a un final incierto y tenebroso. Como detalle, añadió que la noche anterior comprobó que su amante desconocido presentaba una herida en la mano izquierda. -¿Ha sido infiel alguna vez a su marido? –le pregunté a la búsqueda de algún oculto sentimiento de culpa.

-¿Cómo se atreve?

-Soy su psiquiatra, debo conocerla a fondo para desvelar el origen de su sueño.

Eva relajó su actitud indignada. Luego, contestó con un hilo de voz.

-Jamás le he engañado. No me atrevería. Antes de finalizar la sesión, me acerqué al escritorio y le receté con mi pluma unas pastillas para conciliar el sueño.

-¿La espero la semana que viene?

No contestó. Dejó resbalar su mirada por mi rostro y se marchó con su porte altanero. Dos días después, mientras abría la correspondencia con la mente vagabundeando por los contornos seductores de Eva Günther, el abrecartas escapó clavándose profundamente en mi mano, una herida que requirió varios puntos de sutura. Ahora recuerdo aquellos años como cubiertos de una nieve sucia y pestilente. Tuve que haberme marchado a tiempo, como Freud, pero aquella mujer enigmática se convirtió en imán y fui incapaz de eludir su atracción. En las siguientes sesiones intenté indagar en su infancia, en sus más retorcidos pensamientos, sin encontrar mucha colaboración por su parte ya que prefería recrearse en las escenas eróticas de su sueño y en la interrogación de su desenlace, soslayando los detalles de su vida. Progresivamente iba incorporando elementos del extraño individuo que la seducía, aparecían como cuentagotas en sus noches terribles en la cama que compartía con el monstruo de las SS, como si fuese construyendo un puzzle que poco a poco revela la imagen. En la penúltima cita comentó que vestía un traje verde de lana y que, al desnudarlo, descubrió en su pecho una mancha de nacimiento ovalada. Yo la miré asombrado y me removí inquieto. El último día con Eva Günther manché mi traje gris con un manotazo torpe a la taza de café. Tuve que cambiarme y recurrir al traje verde de lana que nunca usaba. Cuando ella entró en la consulta no se dirigió al diván, se plantó a un palmo de mí. Yo sabía lo que iba a decirme.

-Anoche pude ver el rostro de mi amante. Era mi paciente, no debí hacerlo, maldita sea, no debí, pero lo hice, hipnotizado o predestinado a formar parte de una locura onírica. La desvestí pausadamente dejando que sus ropas cayeran en un susurro, la acaricié entre los muslos con la pluma de ave de mi escritorio, lamí sus pezones enhiestos mientras ella me despojaba de mis ro- pas y palpaba la mancha ovalada sobre mi pecho. “Tómame”, me dijo atrapando mi pene con una de sus manos y recostándose sobre el diván. Entonces sentí el terror hincando sus uñas en mi estómago. Habíamos representado el sueño y ahí finalizaba, sólo restaba su oculta resolución, la que atemorizaba a Eva cada noche. En mi interior se activó un mecanismo que pareció programado con antelación y que anuló por completo mi voluntad. Ya sentía el calor vaginal de Eva, sus jadeos, cuando comprendí que estaba haciéndole el amor a la esposa de un criminal de las SS, el que había comenzado a asolar la población judía de Viena. No era yo, puedo asegurarlo, era como si el sueño estuviera desplegándose en su totalidad sin que pudiera resistirme. Cerqué con mis manos el cuello de cisne de Eva Günther, y apreté, apreté con desesperación arrancándole el último hálito de vida a sus ojos horrorizados. Cuando recuperé el control de mis actos, la bella yacía desnuda y muerta en el diván de una sórdida consulta de psiquiatra. Hoy rememoro aquellos hechos con una mezcla de asombro y pavor, también arrepentimiento, aunque fuera el destino el que impuso su voluntad. Tuve fortuna, pude huir de Viena a punto de que el reloj de arena agotara sus últimos granos y me establecí en Londres a tiempo de abrazar a mi querido mentor antes de que el cáncer se lo llevara. Cuando le conté lo sucedido, Freud sonrió con tristeza y me dijo: “Son los riesgos del psicoanálisis. Yo también descubrí que a veces lo oculto en el subconsciente puede ser más real que lo que percibimos con los sentidos”. Sigo dedicado en cuerpo y alma a mi profesión, establecido en esta ciudad de nieblas que se ha convertido en mi hogar, inapetente por regresar a una Viena que tantos recuerdos ásperos almacena. Eso sí, cuando algún paciente me consulta el significado de algún sueño que se vuelve reiterativo en las noches, me excuso diciéndole que esos casos no son mi especialidad y lo remito a algún colega de renombrado prestigio.

16 S T d

JUAN ANTONIO NÚÑEZ

COSMOGRAFÍA DE CILINDRO CHATO

Comenzó en el olor, se internó en el sabor y, finalmente, alteró su estructura.

Apocalipsis apócrifo de Lesdhros 5:2

Los amantes del queso estamos de luto y ni siquiera disponemos de una placa conmemorativa a la que ir a presentar nuestros respetos. Poco se ha comentado acerca del cierre de la quesería insigne de Almería; la noticia no apareció en televisión ni en las emisoras de radio locales y tampoco se mencionó en La Voz de Almería. Las redes, en cambio, sí se hicieron eco de la tragedia y guerrearon un par de semanas. Youtube se llenó con decenas de vídeos que revelaban la «verdadera» historia del cierre de la quesería, los hilos de X ofrecieron también sus teorías y propusieron alternativas queseras –sin olvidar su bandera patriótica ondeando al zasca y emoticando– y no voy a realizar ningún comentario de los vídeos subidos a Tiktok. La familia no ofreció una postura oficial que justificara el cierre de la quesería. Ante este silencio público, yutuberos de toda España –y Latinoamérica– comenzaron a «investigar» y desvelaron en sus vídeos: los secretos e intimidades de la familia –pues mantenía un estilo empresarial hermético basado en la tradición familiar que contaba ya con tres generaciones queseras–, la deuda inabarcable de una de las hijas, irregularidades relacionadas con las inspecciones de sanidad, las continuas denuncias realizadas por el Colegio Oficial de Veterinarios referentes a la alimentación de las cabras y un larguísimo etcétera. La cuestión es que algunos miembros de la familia entraban al trapo y reaccionaban ante estas acusaciones, pero de manera contradictoria enlodando aún más todo el asunto y alejando de una forma consciente y muy estudiada las razones reales del cierre de la quesería. Una mañana, los trabajadores de la quesería repararon en un inusual y nuevo olor. Hablaron con los dueños y trabajadores de los invernaderos colindantes a la finca, por si habían cambiado de pesticidas, pero, aunque las respuestas resultaran irrelevantes, tampoco le dieron demasiada importancia.

Unas semanas más tarde, ese mismo olor acabó impregnando la leche cruda durante el proceso de maduración y alteró el sabor de unos de los tipos de queso, concretamente, el de servilleta. Alegando ciertos problemas logísticos, la empresa (la familia) decidió suprimir la categoría «queso de servilleta» y continuar con el resto, no sin antes volver a indagar qué provocaba el olor y cómo se estaba adhiriendo en el procesado. Es más fácil describir el sabor de los quesos contaminados que su olor: era un sabor alcaloide, entre salino y metálico, parecido al de una pila sulfatada. A los pocos meses llegó la inestabilidad estructural, y a partir de este momento la historia se vuelve insólita. El queso, ya envasado y etiquetado, se desbarataba al entrar en contacto con el aire. Tras abrir el plástico del envasado al vacío, el queso perdía su estructura de cilindro chato. No es que se volviera viscoso o se derramara convertido en una pasta, no: se rompía de forma geométrica; se dividía en poliedros más pequeños. Sucedía, por ejemplo que, antes de cortar una cuña del cilindro de queso, una sección elíptica se deslizaba precediendo al corte. También, de la misma forma que en esas porciones torcidas en las que perdemos la vertical y nos desviamos del ángulo recto, el propio queso perdía su estructura inicial y se abría a sí mismo de esta incómoda forma hiperbólica. Los quesos se separaban en perfectas secciones poliédricas, como puzles tridimensionales. Si se colocaba sobre una tabla, recién sacado del plástico y le permitías evolucionar unas horas, el cilindro seguía seccionándose y las propias porciones también continuaban dividiéndose en poliedros más pequeños. Es cierto que la temperatura y la humedad del lugar alteraban la escultura resultante, pero el tamaño y el número de piezas divididas era bastante similar. Hubo quien intentó reconstruir su queso como si de un tángram tridimensional se tratara. La empresa grabó algunos vídeos para una posterior campaña de márquetin: ¡Quesos que se cortan solos! Asustaba al principio, pero un queso que se «auto corta» no es cosa baladí y, aunque incómodo, podía tener cabida económica.

La quesería ya ha cerrado, pero demos gracias a esas personas curiosas e incansables que siguen investigando en el terreno de la ciencia –o de la pseudociencia, cuando la primera no es capaz de brindar respuestas–. Ahora coexisten diferentes hipótesis que intentan ofrecer una explicación al fenómeno. No se encuentran enfrentadas ni terminan de contradecirse del todo, pues unas se centran en las causas que provocan la anormalidad mientras que otras focalizan sus investigaciones en la búsqueda de un posible o posibles significados: • Hipótesis primera o de la Bacteria Hexagonus Hipótesis desechada que buscaba la confirmación de la existencia de una bacteria con forma de hexágono semirregular equilátero (tipo celdilla) con reproducción asexual en plano. Aunque se encuentra desestimada, hay quien sigue reflexionando en torno a esta hipótesis.

• Hipótesis segunda o del Principio Rúnico Esta hipótesis defiende que la silueta de cada sección última del cilindro (hasta que finaliza el proceso de apertura del queso) forma una runa, símbolo o conjunto que configuran un alfabeto desconocido por la humanidad, pero plausible en la naturaleza y sus tejidos microscópicos.

• Hipótesis tercera o Teoría Cosmográfica de Cilindro Chato Parece ser la más aceptada por la comunidad científica. Esta teoría postula que el mapa resultante de la suma de todas las secciones que suceden en el cuerpo cilíndrico del queso conforma un sistema de nuevas cartografías del universo, el cual, propone: por un lado, una nueva ubicación de nuestro sistema solar en el cosmos y, por otro, un cambio de paradigma (a nivel estructural) del modelo esférico de la tierra al de cilindro chato.

GINES BONILLO

EL GRANITO DE MAIZ

Para Juan Ramón Falcón

Los moradores del poblado campesino afirmaban que aquel niño sufrió de pequeño un conjuro por el cual no creció como los niños de los demás vecinos. El niño, además, creció acomplejado con la idea obsesiva de que era un grano de maíz. En la época de lluvias procuraba no mojarse por miedo a puyonear –decía él- o sea, a germinar en cualquier cuneta de camino donde lo arrastrasen las aguas. Cuando la sequía, se esforzaba por no tostarse al sol, no fuera alguien a confundirlo y molerlo para hacer tortillitas para el desayuno. Y sobre todo, a diario intentaba no encontrarse con la gallina, por temor a ser tragado por el ave, siempre buscando y rebuscando por acá y por allá qué picotear para llenar el buche: gusanitos, larvitas, escarabajitos, pulgoncitos, simientes y granos (en especial de maíz, que le gustaban mucho), brotes tiernos… De esta forma, el niño pasaba buena parte del día debajo de un arca, donde hallaba refugio contra sus fobias y consuelo a sus temores.

Los papás le hablaban e insistían con frecuencia con el fin de que superase sus aversiones infundadas. -Pero, hijo –le repetían-, tú no eres un grano de maíz. No temas nada, amor.

-Sí, soy un granito de maíz y con la lluvia puedo puyonear al borde de cualquier senda, o alguien puede molerme para tortillita… Soy tan pequeño que puede comerme la gallina.

Al cabo de los años, a falta de psicólogos en los contornos del poblado, sus papás decidieron llevarlo a un sabio eremita, con larga barba blanca y fama de santurrón, con la esperanza de que la influencia docta del asceta lo curase de tan disparatada creencia. ---

18 S T d

Un día, bien de mañana, madrugaron y lo condujeron a la montaña donde vivía el ermitaño y allí lo dejaron, en el fondo de una cueva en la roca, sencilla y adiestradora morada del sabio.

Hasta que un día los padres vieron al niño, que regresaba de la escuela, entrar como un torbellino en la casa y ocultarse, como antaño, debajo del arca.

Cada tres meses los papás se acercaban a la montaña, que quedaba bien lejos, a comprobar los progresos del eremita con el niño, quien mostraba algunos avances. Tras varios viajes, un día los recibió el niño y los regaló con la buena tan esperada por los sufridos progenitores:

-Pero ¿qué ocurre, hijo, que vuelves a refugiarte bajo el arca? –preguntó el padre.

-Papi, mami, he descubierto que ya no soy un granito de maíz y quiero volver a vivir con vosotros y mis hermanitos.

Los tres le dieron las gracias al sabio asceta y regresaron felices a su hogar. El niño retomó la asistencia a la escuela. Todos sus amiguitos lo recibieron con alegría. Por fin, reinaba la dicha en el hogar de Granito de Maíz.

-¡Que me persigue la gallina! –respondió él azorado. -Pero, amorcito –replicó la madre-, tú ya sabes que no eres un grano de maíz. No tienes nada que temer de la gallina.

-Sí –arguyó él-, yo ya sé que no soy un granito de maíz; pero… ¿y si la gallina no lo sabe? -Ella ya lo sabe, hijo -dijo el padre-. Ya se lo dijimos. -Sí, pero ¿y si lo olvidó?

Notas para un anecdotario “LA TRISTE NOCHE DE SAN VALERIANO” JOSÉ RAMÓN CANTALEJO TESTA

Pese a que la sociedad en la que vivimos esté vacunada contra la violencia y olvide fácilmente sucesos como éste, que ocurrió aquella noche de san Valeriano en Almería, en la calle de la Alegría, con toda seguridad pasará a la más negra historia de la ciudad.

El día 14 de abril de aquel año del primer lustro del siglo XXI, sobre las nueve de la noche, en la barriada de Los Almendros, fallecía por cuatro impactos de bala un hombre de treinta y seis años, hijo primogénito de un conocido y respetado clan asentado en aquel microcosmos.

Apenas media hora después de que se oyeran las detonaciones, el Abogado que me relató la historia recibió una confusa llamada de auxilio envuelta en un fondo de gritos y sirenas realizada por un antiguo cliente perteneciente a otra extensa familia de la barriada, a uno de cuyos miembros acusaban de haber cometido el crimen, que se había quitado de en medio inmediatamente después y del que nunca se ha vuelto a saber nada. Se lo tragó la historia.

La reacción instintiva del sufrido Letrado fue la de marcar el 091 para informar de la petición de socorro que acababa de recibir y recabar la intervención de la policía que, como después se comprobó, resultó insuficiente, descoordinada y muy ineficaz, pues no fue capaz de evitar que muchas familias, amenazadas por una violencia de carácter ancestral y origen tribal, se vieran obligadas a huir de sus hogares en la oscuridad, en menos de lo que canta un gallo, abandonando a su suerte las pertenencias de toda una vida a la vista impúdica del primero que quisiera apropiarse de ellas, con las neveras y congeladores repletos de alimentos comprados al por mayor para sustentar a unidades numerosas compuestas de abuelos, padres, hijos, nietos y, en muchas ocasiones, biznietos.

Podemos imaginar a las mujeres cargadas de criaturas lactantes rodeadas de niños que intentaban, sin entender nada, escapar de las manos de sus madres para volver a la casa con ideas tan peregrinas como recoger el reloj de la primera comunión o el canelo que quedaba en el patio abandonado, que solo alcanzaban a percibir miedo y odio en el ambiente viendo a hombres provistos con los más insospechados y variados instrumentos cortantes y punzantes, alguna escopeta de caza e, incluso, alguna vieja pistola, con los que estaban decididos a proteger a los suyos, mirando que nadie quedara atrás, ayudando a sus ancianos y enfermos en los descampados que conducen, ladera abajo, campo a través, hacia la carretera de Granada.

Hoy, estos acontecimientos que relatamos no aparecen entre las numerosas reseñas de sucesos que se pueden encontrar glosados de mil maneras en los medios de comunicación, incluyendo los numerosos libros recopilatorios y remakes televisivos que apuestan por el formato conocido como true crime, dedicados con mayor o menor fortuna y gusto, a rememorar sucesos truculentos, casos y crímenes de todo pelaje y época. Pues: ¡quede constancia! Todo pasó en Almería, aquella triste noche de san Valeriano.

JOSÉ JUAN PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730

HISTORIETAS DE LA HISTORIA

AGUSTINA DE ARAGÓN:

PACO, DAME FUEGO Y APARTA

Si existe una heroína hispana por antonomasia, ésa es sin duda Agustina Raimunda María Saragossa Domènech, (Reus , 4 de marzo de 1786 Ceuta, 29 de mayo de 1857), conocida comúnmente como Agustina de Aragón. Nuestra protagonista no se anduvo con chiquitas cuando le tocó entrar por la página grande de la historia, decidiendo organizarla por todo lo alto cuando se le presentó la ocasión en el sitio de Zaragoza, repartiendo a los franchutes invasores obuses del tamaño de los afamados melocotones de Calanda. En el imaginario popular, ha quedado para siempre la expresión "Agustina de Aragón" que define a una mujer de armas tomar, arrojada, valerosa y con coraje, que refleja a la perfección el talante de esta señora, elevada a la categoría de mito nacional1 y por ello, merecedora del debido reconocimiento por nuestra parte. Nacida en el seno de una familia catalana, se desposó a la tierna edad -escribo tierna por mera li- cencia literaria, aunque el término no se concilie con su fuerte carácter- de diecisiete años con un militar profesional, Juan Roca Vilaseca, cabo segundo por entonces del Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería2, con acuartelamiento en Barcelona. Agustina acompañó a su marido a los diversos destinos que le fueron encomendados: primero Mahón y luego de vuelta a la ciudad condal. Mientras residía en esta ciudad, se produjo en Madrid el archiconocido glorioso alzamiento contra el francés del 2 de mayo de 1808, que provocó la movilización de su esposo como integrante de los ejércitos españoles y su partida de Barcelona. A partir de aquí se inicia la legendaria andadura de Agustina que decide marchar a Zaragoza en busca de su esposo, a quien suponía destinado en tal localidad. Allí llega al parecer a primeros de junio de 1808, justo en los prolegómenos del primer asedio de la ciudad del Ebro por parte del mariscal francés Lefebvre, en cuyo

20 S T d

Arriba a la izquierda, la única fotografía existente de la imponente Agustina de Aragón. Como para no huir en estampida si te topabas con ella manejando un cañón. Y sin cañón también. No es de extañar que Goya la dibujara de espaldas, reservando el retrato frontal para las Majas. Ni siquiera Saturno devorando a su hijo le causó tanta impresión al insigne pintor de Fuendetodos. transcurso efectuó la hazaña3 que le valió desde entonces el sobrenombre con que ha sido conocida junto con otros como "La Artillera" o “La Heroína de Zaragoza". Aunque la realidad4 dista bastante de la crónica que ha llegado hasta nuestros días. No fue éste el único episodio bélico en que participó, ya que empezó a tomarle gusto a los fuegos artificiales y en el segundo sitio de Zaragoza, que tuvo lugar en diciembre de 1808, también se distinguió con valentía y honor en la batería española que custodiaba la Puerta del Carmen, recibiendo otra condecoración por sus méritos militares. Destacó del mismo modo en el desalojo de los franceses del convento de la Trinidad y otros actos insignes que, sin embargo, no lograron evitar la ocupación de la ciudad que, acosada además por una plaga de tifus y la creciente hambruna, hubo de capitular5 el 20 de febrero de 1809. Hecha prisionera, y aquejada de aquella enfermedad se vio forzada a llevar consigo a su pequeño hijo de cinco años (ni Convenio de Ginebra, ni gaitas) en la penosa caravana de cautivos que era trasladada a Francia, falleciendo el niño en el camino; sin embargo, logró escapar de sus captores, refugiándose en La Rioja. Una vez recuperada, se dirigió a Andalucía, donde la Junta Suprema Central le concedió el grado y sueldo de subteniente de Artillería. Más tarde se la sitúa en 1810 en la defensa de Tortosa, siendo nuevamen- te apresada y recluida en Zaragoza. Nada se sabe de ella hasta su reaparición en la decisiva batalla de Vitoria (1813), que se saldó con la victoria de los ejércitos conjuntos españoles y británicos. Tantos méritos acumuló Agustina que la convirtieron en una figura tremendamente popular: los ingleses le rindieron honores militares en Gibraltar; se entrevistó personalmente con personajes igualmente célebres como el general Castaños, el duque de Wellington e incluso el abominable Fernando VII que, aunque bastante cabroncete, la recompensó con un aumento de su asignación en otros cien reales de vellón al mes y le otorgó la Cruz de Distinción concedida “…a los Generales, jefes, oficiales y demás individuos que se hallaron en el primer sitio de la inmortal plaza de Zaragoza”. Fue tal su fama que hasta el mismísimo Goya la inmortalizó en su serie de grabados "Los Desastres de la Guerra", y el propio Lord Byron le dedicó un poema en su obra la “Peregrinación de Childe Harold” donde ensalzaba la proeza de Agustina. En fin, la vida pública y militar de Agustina de Aragón fue toda una odisea, pero su ámbito privado estuvo salpicado de algunas sombras. Y aquí comienza el salseo que no puede faltar en cualquier personaje con cierto pedigrí: Agustina pudo ser bígama y si no llegó a más es porque seguramen-

Relatos Colegiales te no le dio la gana. La gallardía de esta mujer se evidenció también en su vida sentimental, mostrando a las claras que los tenía bien puestos y le salían estrógenos por las orejas. No podía ser convencional una mujer que agarraba cañones a dos manos y se pasaba por el Arco del Triunfo napoleónico a cuanto franchute tuviera la osadía de asomar la cabeza. Cuentan los deslenguados que al poco tiempo de su llegada a Zaragoza en 1808 se le encontraba relacionada con un tal Luis de Talarbe, que resultó ser un antiguo pretendiente. Quizás fue el amor lo que la empujó a esa misteriosa y apresurada marcha desde Barcelona, pues no se tienen datos de que su marido se encontrara realmente en la capital de Aragón. Y parece que, dando por desaparecido a su esposo, del que no tenía noticias, se casó con el susodicho Talarbe. No obstante, tras la contienda el escurridizo Roca dio señales de vida y Agustina se reunió nuevamente con él, dejando al segundo cónyuge o pareja con dos palmos de narices. O tal vez no y simultaneara ambas relaciones. Lo que sí se conoce, y esto nos toca de cerca, es que tras fallecer Juan Roca, se casó nuevamente en 1824 con el almeriense Juan Eugenio Cobos y Mesperuza Peláez, médico militar y Barón de Cobos de Belchite, doce años menor que ella (tonta que era Agustina) y aunque no esté debidamente documentado parece ser que vivió en Almería durante un corto periodo de tiempo. Con eso debemos conformarnos. La Artillera falleció en Ceuta a los 71 años y allí fue enterrada hasta que sus restos son trasladados a la Basílica del Pilar en 1870 y, posteriormente, en 1908 al mausoleo de la Iglesia del Portillo, ubicada junto al lugar donde se originó su leyenda. Allí reposa en la Capilla de las Heroínas de los Sitios de Zaragoza junto con otras valientes mujeres , cuyos nombres quedaron en parte oscurecidos por la grandeza de Agustina. La heroica defensa de Zaragoza, donde brilló la protagonista, tiene difícil parangón en nuestra larga y trágica historia como nación. Por ese motivo, el gran novelista Benito Pérez Galdós dedicó un merecido homenaje a los sitios de Zaragoza, en uno de los ejemplares de sus “Episodios Nacionales”, que me permito resumir en siguientes líneas: “Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abrirase vomitando llamas; y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde”.

Notas

1 Nota del autor. La creación de este símbolo patriótico no fue causal y de hecho obedeció en parte a intereses personales y particulares de diversos personajes, entre los que destacó el oportunista José Rebolledo de Palafox, general y comandante en jefe de Zaragoza, donde aconteció el suceso que hizo famosa a Agustina. Palafox quiso dotar de extremo heroísmo la resistencia de la capital maña a mayor gloria de la gesta en su propio beneficio. En el mismo sentido, la hija de Agustina, Carolina Cobo elevó la grandiosidad de su madre, a través de importantes dosis de ficción, en la novela que publicó aquella “La Ilustre heroína de Zaragoza” en 1859. La exaltación del mito se va fomentando en la segunda mitad del siglo XIX, con clara influencia del Romanticismo imperante en la época, en la que determinados valores excelsos e incluso el concepto de la “Madre Patria” son representados a través de la figura de una mujer. Ejemplos claros de ello lo constituyen, entre otros, el cuadro “La Libertad guiando al pueblo” de Delacroix o, centrada en la figura de Agustina, la obra pictórica del escocés David Wilkie

“La doncella de Zaragoza”. Es evidente que si la heroína, como personaje real, no hubiera existido, habría que haberla inventado para simbolizar el nacionalismo español en la resistencia ante el invasor. En todo caso, todas estas circunstancias no desmerecen en absoluto la valía del personaje.

2 N. del a. Coincidencia o no, pero la artillería y los cañones estuvieron muy presentes a lo largo de la vida de Agustina. Dicho regimiento fue fundado el 29 de enero de 1762 por Decreto de Carlos III y constituye todo un hito en la modernización del ejército español hacia la consecución de dos objetivos fundamentales: de un lado unificar y racionalizar la artillería, hasta entonces bastante heterogénea en unidades dispersas; y de otro, potenciar dicha arma que había demostrado su importancia creciente en los conflictos bélicos del siglo XVIII. De hecho, durante la Guerra de Sucesión (1702-1715) que entronizó a los Borbones en España con la definitiva victoria de Felipe V -padre del precitado monarca- frente a los Austrias, se demostró claramente la eficacia del arma artillera.

Que se lo pregunten si no a los barceloneses, que fueron molidos a cañonazos en esta contienda (más de 6.000 bombas fueron arrojadas durante 1705 sobre la capital catalana), lo que se convirtió posteriormente en una tradición castrense-festivalera mantenida en el tiempo: bombardeo en 1842 por orden de Espartero a quien se le atribuye la frase "Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya"; nuevo asalto a cañonazos en 1843 por parte del general catalán Prim; en 1909 durante la Semana Trágica de Barcelona; del mismo modo en 1934 tras la declaración de la República independiente de Cataluña y por último durante los años 1938 y 1939, en el transcurso de la Guerra Civil, en la que se efectuaron la escandalosa cifra de 118 bombardeos, entre aéreos y navales. 3 N. del a. La épica hazaña fue relatada por la propia Agustina en un memorial que se encuentra actualmente incorporado en su expediente militar conservando en el Archivo General del Ejército en Toledo. Reconozco que no he accedido al mismo porque tiene toda la pinta

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Fernando Martínez, «Psicoanálisis», Cuadernos Literarios, n.º 23, diciembre 2025, pp. 12-21.

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