El granito de maíz
Ginés Bonillo · Cuadernos Literarios n.º 23, , página 12–21
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EL GRANITO DE MAIZ
Para Juan Ramón Falcón
Los moradores del poblado campesino afirmaban que aquel niño sufrió de pequeño un conjuro por el cual no creció como los niños de los demás vecinos. El niño, además, creció acomplejado con la idea obsesiva de que era un grano de maíz. En la época de lluvias procuraba no mojarse por miedo a puyonear –decía él- o sea, a germinar en cualquier cuneta de camino donde lo arrastrasen las aguas. Cuando la sequía, se esforzaba por no tostarse al sol, no fuera alguien a confundirlo y molerlo para hacer tortillitas para el desayuno. Y sobre todo, a diario intentaba no encontrarse con la gallina, por temor a ser tragado por el ave, siempre buscando y rebuscando por acá y por allá qué picotear para llenar el buche: gusanitos, larvitas, escarabajitos, pulgoncitos, simientes y granos (en especial de maíz, que le gustaban mucho), brotes tiernos… De esta forma, el niño pasaba buena parte del día debajo de un arca, donde hallaba refugio contra sus fobias y consuelo a sus temores.
Los papás le hablaban e insistían con frecuencia con el fin de que superase sus aversiones infundadas. -Pero, hijo –le repetían-, tú no eres un grano de maíz. No temas nada, amor.
-Sí, soy un granito de maíz y con la lluvia puedo puyonear al borde de cualquier senda, o alguien puede molerme para tortillita… Soy tan pequeño que puede comerme la gallina.
Al cabo de los años, a falta de psicólogos en los contornos del poblado, sus papás decidieron llevarlo a un sabio eremita, con larga barba blanca y fama de santurrón, con la esperanza de que la influencia docta del asceta lo curase de tan disparatada creencia. ---
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Un día, bien de mañana, madrugaron y lo condujeron a la montaña donde vivía el ermitaño y allí lo dejaron, en el fondo de una cueva en la roca, sencilla y adiestradora morada del sabio.
Hasta que un día los padres vieron al niño, que regresaba de la escuela, entrar como un torbellino en la casa y ocultarse, como antaño, debajo del arca.
Cada tres meses los papás se acercaban a la montaña, que quedaba bien lejos, a comprobar los progresos del eremita con el niño, quien mostraba algunos avances. Tras varios viajes, un día los recibió el niño y los regaló con la buena tan esperada por los sufridos progenitores:
-Pero ¿qué ocurre, hijo, que vuelves a refugiarte bajo el arca? –preguntó el padre.
-Papi, mami, he descubierto que ya no soy un granito de maíz y quiero volver a vivir con vosotros y mis hermanitos.
Los tres le dieron las gracias al sabio asceta y regresaron felices a su hogar. El niño retomó la asistencia a la escuela. Todos sus amiguitos lo recibieron con alegría. Por fin, reinaba la dicha en el hogar de Granito de Maíz.
-¡Que me persigue la gallina! –respondió él azorado. -Pero, amorcito –replicó la madre-, tú ya sabes que no eres un grano de maíz. No tienes nada que temer de la gallina.
-Sí –arguyó él-, yo ya sé que no soy un granito de maíz; pero… ¿y si la gallina no lo sabe? -Ella ya lo sabe, hijo -dijo el padre-. Ya se lo dijimos. -Sí, pero ¿y si lo olvidó?
Notas para un anecdotario “LA TRISTE NOCHE DE SAN VALERIANO” JOSÉ RAMÓN CANTALEJO TESTA
Pese a que la sociedad en la que vivimos esté vacunada contra la violencia y olvide fácilmente sucesos como éste, que ocurrió aquella noche de san Valeriano en Almería, en la calle de la Alegría, con toda seguridad pasará a la más negra historia de la ciudad.
El día 14 de abril de aquel año del primer lustro del siglo XXI, sobre las nueve de la noche, en la barriada de Los Almendros, fallecía por cuatro impactos de bala un hombre de treinta y seis años, hijo primogénito de un conocido y respetado clan asentado en aquel microcosmos.
Apenas media hora después de que se oyeran las detonaciones, el Abogado que me relató la historia recibió una confusa llamada de auxilio envuelta en un fondo de gritos y sirenas realizada por un antiguo cliente perteneciente a otra extensa familia de la barriada, a uno de cuyos miembros acusaban de haber cometido el crimen, que se había quitado de en medio inmediatamente después y del que nunca se ha vuelto a saber nada. Se lo tragó la historia.
La reacción instintiva del sufrido Letrado fue la de marcar el 091 para informar de la petición de socorro que acababa de recibir y recabar la intervención de la policía que, como después se comprobó, resultó insuficiente, descoordinada y muy ineficaz, pues no fue capaz de evitar que muchas familias, amenazadas por una violencia de carácter ancestral y origen tribal, se vieran obligadas a huir de sus hogares en la oscuridad, en menos de lo que canta un gallo, abandonando a su suerte las pertenencias de toda una vida a la vista impúdica del primero que quisiera apropiarse de ellas, con las neveras y congeladores repletos de alimentos comprados al por mayor para sustentar a unidades numerosas compuestas de abuelos, padres, hijos, nietos y, en muchas ocasiones, biznietos.
Podemos imaginar a las mujeres cargadas de criaturas lactantes rodeadas de niños que intentaban, sin entender nada, escapar de las manos de sus madres para volver a la casa con ideas tan peregrinas como recoger el reloj de la primera comunión o el canelo que quedaba en el patio abandonado, que solo alcanzaban a percibir miedo y odio en el ambiente viendo a hombres provistos con los más insospechados y variados instrumentos cortantes y punzantes, alguna escopeta de caza e, incluso, alguna vieja pistola, con los que estaban decididos a proteger a los suyos, mirando que nadie quedara atrás, ayudando a sus ancianos y enfermos en los descampados que conducen, ladera abajo, campo a través, hacia la carretera de Granada.
Hoy, estos acontecimientos que relatamos no aparecen entre las numerosas reseñas de sucesos que se pueden encontrar glosados de mil maneras en los medios de comunicación, incluyendo los numerosos libros recopilatorios y remakes televisivos que apuestan por el formato conocido como true crime, dedicados con mayor o menor fortuna y gusto, a rememorar sucesos truculentos, casos y crímenes de todo pelaje y época. Pues: ¡quede constancia! Todo pasó en Almería, aquella triste noche de san Valeriano.
JOSÉ JUAN PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730
HISTORIETAS DE LA HISTORIA
AGUSTINA DE ARAGÓN:
PACO, DAME FUEGO Y APARTA
Si existe una heroína hispana por antonomasia, ésa es sin duda Agustina Raimunda María Saragossa Domènech, (Reus , 4 de marzo de 1786 Ceuta, 29 de mayo de 1857), conocida comúnmente como Agustina de Aragón. Nuestra protagonista no se anduvo con chiquitas cuando le tocó entrar por la página grande de la historia, decidiendo organizarla por todo lo alto cuando se le presentó la ocasión en el sitio de Zaragoza, repartiendo a los franchutes invasores obuses del tamaño de los afamados melocotones de Calanda. En el imaginario popular, ha quedado para siempre la expresión "Agustina de Aragón" que define a una mujer de armas tomar, arrojada, valerosa y con coraje, que refleja a la perfección el talante de esta señora, elevada a la categoría de mito nacional1 y por ello, merecedora del debido reconocimiento por nuestra parte. Nacida en el seno de una familia catalana, se desposó a la tierna edad -escribo tierna por mera li- cencia literaria, aunque el término no se concilie con su fuerte carácter- de diecisiete años con un militar profesional, Juan Roca Vilaseca, cabo segundo por entonces del Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería2, con acuartelamiento en Barcelona. Agustina acompañó a su marido a los diversos destinos que le fueron encomendados: primero Mahón y luego de vuelta a la ciudad condal. Mientras residía en esta ciudad, se produjo en Madrid el archiconocido glorioso alzamiento contra el francés del 2 de mayo de 1808, que provocó la movilización de su esposo como integrante de los ejércitos españoles y su partida de Barcelona. A partir de aquí se inicia la legendaria andadura de Agustina que decide marchar a Zaragoza en busca de su esposo, a quien suponía destinado en tal localidad. Allí llega al parecer a primeros de junio de 1808, justo en los prolegómenos del primer asedio de la ciudad del Ebro por parte del mariscal francés Lefebvre, en cuyo
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Arriba a la izquierda, la única fotografía existente de la imponente Agustina de Aragón. Como para no huir en estampida si te topabas con ella manejando un cañón. Y sin cañón también. No es de extañar que Goya la dibujara de espaldas, reservando el retrato frontal para las Majas. Ni siquiera Saturno devorando a su hijo le causó tanta impresión al insigne pintor de Fuendetodos. transcurso efectuó la hazaña3 que le valió desde entonces el sobrenombre con que ha sido conocida junto con otros como "La Artillera" o “La Heroína de Zaragoza". Aunque la realidad4 dista bastante de la crónica que ha llegado hasta nuestros días. No fue éste el único episodio bélico en que participó, ya que empezó a tomarle gusto a los fuegos artificiales y en el segundo sitio de Zaragoza, que tuvo lugar en diciembre de 1808, también se distinguió con valentía y honor en la batería española que custodiaba la Puerta del Carmen, recibiendo otra condecoración por sus méritos militares. Destacó del mismo modo en el desalojo de los franceses del convento de la Trinidad y otros actos insignes que, sin embargo, no lograron evitar la ocupación de la ciudad que, acosada además por una plaga de tifus y la creciente hambruna, hubo de capitular5 el 20 de febrero de 1809. Hecha prisionera, y aquejada de aquella enfermedad se vio forzada a llevar consigo a su pequeño hijo de cinco años (ni Convenio de Ginebra, ni gaitas) en la penosa caravana de cautivos que era trasladada a Francia, falleciendo el niño en el camino; sin embargo, logró escapar de sus captores, refugiándose en La Rioja. Una vez recuperada, se dirigió a Andalucía, donde la Junta Suprema Central le concedió el grado y sueldo de subteniente de Artillería. Más tarde se la sitúa en 1810 en la defensa de Tortosa, siendo nuevamen- te apresada y recluida en Zaragoza. Nada se sabe de ella hasta su reaparición en la decisiva batalla de Vitoria (1813), que se saldó con la victoria de los ejércitos conjuntos españoles y británicos. Tantos méritos acumuló Agustina que la convirtieron en una figura tremendamente popular: los ingleses le rindieron honores militares en Gibraltar; se entrevistó personalmente con personajes igualmente célebres como el general Castaños, el duque de Wellington e incluso el abominable Fernando VII que, aunque bastante cabroncete, la recompensó con un aumento de su asignación en otros cien reales de vellón al mes y le otorgó la Cruz de Distinción concedida “…a los Generales, jefes, oficiales y demás individuos que se hallaron en el primer sitio de la inmortal plaza de Zaragoza”. Fue tal su fama que hasta el mismísimo Goya la inmortalizó en su serie de grabados "Los Desastres de la Guerra", y el propio Lord Byron le dedicó un poema en su obra la “Peregrinación de Childe Harold” donde ensalzaba la proeza de Agustina. En fin, la vida pública y militar de Agustina de Aragón fue toda una odisea, pero su ámbito privado estuvo salpicado de algunas sombras. Y aquí comienza el salseo que no puede faltar en cualquier personaje con cierto pedigrí: Agustina pudo ser bígama y si no llegó a más es porque seguramen-
Relatos Colegiales te no le dio la gana. La gallardía de esta mujer se evidenció también en su vida sentimental, mostrando a las claras que los tenía bien puestos y le salían estrógenos por las orejas. No podía ser convencional una mujer que agarraba cañones a dos manos y se pasaba por el Arco del Triunfo napoleónico a cuanto franchute tuviera la osadía de asomar la cabeza. Cuentan los deslenguados que al poco tiempo de su llegada a Zaragoza en 1808 se le encontraba relacionada con un tal Luis de Talarbe, que resultó ser un antiguo pretendiente. Quizás fue el amor lo que la empujó a esa misteriosa y apresurada marcha desde Barcelona, pues no se tienen datos de que su marido se encontrara realmente en la capital de Aragón. Y parece que, dando por desaparecido a su esposo, del que no tenía noticias, se casó con el susodicho Talarbe. No obstante, tras la contienda el escurridizo Roca dio señales de vida y Agustina se reunió nuevamente con él, dejando al segundo cónyuge o pareja con dos palmos de narices. O tal vez no y simultaneara ambas relaciones. Lo que sí se conoce, y esto nos toca de cerca, es que tras fallecer Juan Roca, se casó nuevamente en 1824 con el almeriense Juan Eugenio Cobos y Mesperuza Peláez, médico militar y Barón de Cobos de Belchite, doce años menor que ella (tonta que era Agustina) y aunque no esté debidamente documentado parece ser que vivió en Almería durante un corto periodo de tiempo. Con eso debemos conformarnos. La Artillera falleció en Ceuta a los 71 años y allí fue enterrada hasta que sus restos son trasladados a la Basílica del Pilar en 1870 y, posteriormente, en 1908 al mausoleo de la Iglesia del Portillo, ubicada junto al lugar donde se originó su leyenda. Allí reposa en la Capilla de las Heroínas de los Sitios de Zaragoza junto con otras valientes mujeres , cuyos nombres quedaron en parte oscurecidos por la grandeza de Agustina. La heroica defensa de Zaragoza, donde brilló la protagonista, tiene difícil parangón en nuestra larga y trágica historia como nación. Por ese motivo, el gran novelista Benito Pérez Galdós dedicó un merecido homenaje a los sitios de Zaragoza, en uno de los ejemplares de sus “Episodios Nacionales”, que me permito resumir en siguientes líneas: “Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abrirase vomitando llamas; y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde”.
Notas
1 Nota del autor. La creación de este símbolo patriótico no fue causal y de hecho obedeció en parte a intereses personales y particulares de diversos personajes, entre los que destacó el oportunista José Rebolledo de Palafox, general y comandante en jefe de Zaragoza, donde aconteció el suceso que hizo famosa a Agustina. Palafox quiso dotar de extremo heroísmo la resistencia de la capital maña a mayor gloria de la gesta en su propio beneficio. En el mismo sentido, la hija de Agustina, Carolina Cobo elevó la grandiosidad de su madre, a través de importantes dosis de ficción, en la novela que publicó aquella “La Ilustre heroína de Zaragoza” en 1859. La exaltación del mito se va fomentando en la segunda mitad del siglo XIX, con clara influencia del Romanticismo imperante en la época, en la que determinados valores excelsos e incluso el concepto de la “Madre Patria” son representados a través de la figura de una mujer. Ejemplos claros de ello lo constituyen, entre otros, el cuadro “La Libertad guiando al pueblo” de Delacroix o, centrada en la figura de Agustina, la obra pictórica del escocés David Wilkie
“La doncella de Zaragoza”. Es evidente que si la heroína, como personaje real, no hubiera existido, habría que haberla inventado para simbolizar el nacionalismo español en la resistencia ante el invasor. En todo caso, todas estas circunstancias no desmerecen en absoluto la valía del personaje.
2 N. del a. Coincidencia o no, pero la artillería y los cañones estuvieron muy presentes a lo largo de la vida de Agustina. Dicho regimiento fue fundado el 29 de enero de 1762 por Decreto de Carlos III y constituye todo un hito en la modernización del ejército español hacia la consecución de dos objetivos fundamentales: de un lado unificar y racionalizar la artillería, hasta entonces bastante heterogénea en unidades dispersas; y de otro, potenciar dicha arma que había demostrado su importancia creciente en los conflictos bélicos del siglo XVIII. De hecho, durante la Guerra de Sucesión (1702-1715) que entronizó a los Borbones en España con la definitiva victoria de Felipe V -padre del precitado monarca- frente a los Austrias, se demostró claramente la eficacia del arma artillera.
Que se lo pregunten si no a los barceloneses, que fueron molidos a cañonazos en esta contienda (más de 6.000 bombas fueron arrojadas durante 1705 sobre la capital catalana), lo que se convirtió posteriormente en una tradición castrense-festivalera mantenida en el tiempo: bombardeo en 1842 por orden de Espartero a quien se le atribuye la frase "Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya"; nuevo asalto a cañonazos en 1843 por parte del general catalán Prim; en 1909 durante la Semana Trágica de Barcelona; del mismo modo en 1934 tras la declaración de la República independiente de Cataluña y por último durante los años 1938 y 1939, en el transcurso de la Guerra Civil, en la que se efectuaron la escandalosa cifra de 118 bombardeos, entre aéreos y navales. 3 N. del a. La épica hazaña fue relatada por la propia Agustina en un memorial que se encuentra actualmente incorporado en su expediente militar conservando en el Archivo General del Ejército en Toledo. Reconozco que no he accedido al mismo porque tiene toda la pinta
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Cómo citar
Ginés Bonillo, «El granito de maíz», Cuadernos Literarios, n.º 23, diciembre 2025, pp. 12-21.
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