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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

Alba está fuerte

Juan Antonio Núñez · Cuadernos Literarios n.º 21, , página 13–19

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ALBA ESTÁ FUERTE. MEMORIAL DE LA PLAYA DE LA BAJADILLA

Parece que fue ayer cuando, entrando en mi portal, coincidí con el vecino jubilado de Linares. Justo empezaba mis vacaciones de julio y, mientras revisaba el buzón, me contó, como si yo viviera en otra localidad y no él, que durante los meses de mayo y junio el pueblo había sufrido varias alertas por causa del viento de levante. Aquí, en Roquetas de Mar, el levante sopla desde el horizonte marino y arrastra, además de las diferentes representaciones del plástico, entre otras porquerías, kilos y kilos de posidonia, que, por cierto, no es un alga, sino una planta marina. Cada mañana venía una pala cargadora a la Playa de la Bajadilla y recogía toda esa masa húmeda que la posidonia iba generando sobre la orilla. El cucharón de la pala la depositaba en grandes montones cerca del paseo marítimo y no era de extrañar que algún milénico nostálgico recordara aquella frase: «Menudo montón de mierda», con la que Jeff Goldblum hiciera referencia a las montañas de popó de dinosaurio que rodeaban a una tricerátops enferma. A veces tardaban en llevarse definitivamente estas montañas de «poposidonia» que, con la fuerza del calor, se maceraban lentamente e impregnaban de un olor entre pútrido y salado el paseo. Es curioso que ahora eche de menos la mezcla de aquel característico olor con el del salitre del mar. Por mucho que la pala hundiera el cucharón, un remanente de posidonia plastosa permanecía bajo la arena y cada vez costaba más hincar el pincho de la sombrilla. Sí, Alba está fuerte. Podría parecer, por el detalle casual de ser su marido, que mi discurso atente contra la verdad y deje paso a grandes dosis de subjetividad, pero los hechos están ahí y a ellos me remito. Alba se había apuntado al gimnasio hacía ya un par de años, después de madurar la idea durante, tal vez, otro par. Le costó decidirse, es cierto, pero desde entonces no perdona un día de entrenamiento. Así es Alba, persistente y tenaz. Intentó arrastrarme a mí también y, de hecho, sigue intentando convencerme de que me sume a este nuevo rollo del crossfit: flexiones, mancuernas, dominadas, fortalecimiento del core –que no sé qué cojones es–, y de que suba las escaleras hasta el ático. Sí, será muy sano y todo eso, pero yo llevo ya una década con el yoga –decisión que no tardé dos años en tomar– y, la verdad, no necesito más ejercicio. Recuerdo cuando realizaba alguna sesión en la arena de la playa, al amanecer… ¡Qué evocación! Nos gustaba mucho la playa, sobre todo a Alba. Pero todo eso ya se acabó. Hacía unos días que había empezado septiembre y, como una nueva costumbre, el tiempo atmosférico prefería adelantar el otoño y olvidar que el verano llegaba hasta el día veintiuno. Hacía mucho viento, todo el levante que no nos ha-

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Relatos Colegiales bía visitado en los meses de julio y agosto decidió llegar de sopetón. Intentábamos sobreponernos y, aunque las rachas rebasaran los cuarenta kilómetros por hora, bajamos a la playa con silla y sombrilla. En los días de levante, era normal que las sombrillas levitaran e hiciesen graciosas piruetas, si es que no interfería en su improvisada coreografía la cabeza de un humano cualquiera que, plácidamente leyendo a Piñeiro, no escuchara los gritos y advertencias de los bañistas vecinos sobre la trayectoria de una sombrilla con aires de Tamara Rojo. En ocasiones, cuando una sombrilla realizaba el primer salto o la primera voltereta, otras se sumaban y ofrecían a los turistas un espontáneo espectáculo improvisado e imprevisible. El último día que fuimos a la playa, de hecho, el último día que todos los vecinos y turistas del barrio pudieron ir a esa playa, fue un día de levante con alerta naranja. Entre el incómodo viento y el magma subterráneo de posidonia, me estaba costando hincar la sombrilla. «Déjame hincarla a mí, que estoy fuerte» me dijo Alba y sí que la clavó, la clavó muy bien. Al rato, se un produjo un vacío de aire de esos que preceden a una ráfaga de las fuertes. Su llegada liberó a varias sombrillas, volcó algunas sillas, hizo volar una buena congregación de toallas y empujó al suelo a alguna que otra septuagenaria jienense de las que frecuentan esta playa. Cuando la ráfaga llegó a nuestro sector e intentó liberar a nuestra sombrilla, el suelo empezó a temblar y a resquebrajarse. La ráfaga, en lugar de continuar su recorrido, decidió insistir en la libertad de nuestra sombrilla y se arremolinó alrededor nuestro. La tierra zozobraba. El azote del viento comenzó a doblar y elevar los aproximados cuatro metros cuadrados que nos circundaban. La fuerza del levante estaba arrancando el trozo de playa sobre el que estábamos y el caos, finalmente, se desató. La playa seguía agrietándose, inmensos bloques de arena eran arrancados y bamboleados, las olas del mar rompían de forma equívoca e inundaban las fisuras creando así el surgimiento de nuevos socavones y oquedades. Unas horas después la tormenta de arena cesó, el mar quedó en calma y el desastre fue revelado. Se perdieron muchas vidas, el Hospital de Poniente quedó saturado durante los meses siguientes y los bienes arrasados sobrepasaron los millones de euros. Los Edificios Faro, el propio faro y el anfiteatro quedaron soterrados y apenas podía atisbarse la torre oesudoeste del Castillo de Santa Ana que hizo de pantalla protectora y resguardó al puerto de la tormenta de arena. Parte de los edificios de viviendas de la segunda línea de playa también quedaron sepultados y se tardaron semanas en rescatar a los vecinos que, por causa de la alerta, decidieron quedarse en casa. No sé cómo sobrevivimos. Hoy día no existe la Playa de la Bajadilla, queda un inmenso foso sin playa bastante hondo que es muy peligroso y la zona está totalmente acordonada. Se han intentado realizar varios llenados con diferentes tipos de arena, pero el mar los arrastra o acaba absorbiendo. El sector turístico de Roquetas de Mar ha caído en picado. Los vecinos ansiosos de Guadix y Jaén ya no vienen a sus pisos de verano a pasar sus quince días de vacaciones y el barrio se ha vuelto mucho más tranquilo. Tal vez, demasiado. Alba sigue sin perder un día de gimnasio y cada vez está más fuerte.

GINÉS BONILLO

LA RAYA DE PORTUGAL

A Pepe López Muñoz: ¡Cave canem!

Aquel año, entre la remesa de nuevos en el instituto, llegó Emilio, un profesor de Química que decía proceder de Albacete; aunque ninguno de nosotros hubiera puesto la mano en el fuego (ni siquiera a final de curso) por si era de Albacete o de dónde.

A mediados de septiembre, los primeros días se sucedían las presentaciones entre los compañeros y el tender puentes a los nuevos por parte de los veteranos. Así que, apenas se presentó la ocasión, entablé conversación con él. -¡Hola! ¿De dónde vienes? –le pregunté, dejando sentado que yo era antiguo en el centro. -¿Qué tal? -contestó-. Soy de Albacete, pero vengo del fin del mundo. -¿Y eso? ¿Dónde has estado? Traerás nuevas.

-A fala, así le dicen ellos; un dialecto que ni es portugués ni castellano, una cosa rara. -¡Ah! Eso será en Extremadura –me atreví a aventurar.

-Allí mismo, en el fin del mundo. -Porque la fala será algún dialecto histórico procedente del astur-leonés o del gallego. Una reminiscencia de la repoblación cristiana medieval que ha quedado anclada en el tiempo y en el espacio en un par de pueblos fronterizos. -Pero es que tampoco hablan muy bien que digamos el español. Figúrate -afirmó- que a los caminos, ¡que son caminos como los de aquí!, les llaman «senderos».

-¡Vaya!

-Y a las baldosas -añadió-, que se ve claramente que son baldosas, sin más historias, les dicen «aceras».

-¡Y tan nuevas! Fíjate que el curso pasado estuve destinado todo el año en la raya –dijo con naturalidad.

-¡Qué cosas tienen por ahí! –exclamé sorprendido no sé de qué más, si de la supervivencia de la fala o del compañero.

-¿En La Raya? –inquirí extrañado de no recordar ningún destino con esa denominación en el concurso de traslados.

-Y a los perros, ¡a los chuchos, vamos!, que se ve que son perros normales y corrientes… a los perros ¡les llaman «canes»! Pero ¡todo el mundo, hasta los zagales pequeños apenas principian a hablar!

-En la raya de Portugal. -¡Ah! Claro, en la raya…

-¡No puede ser! -repuse por ver su reacción.

-Que aquello –agregó- ya casi no es España. Parece otro planeta, muchacho.

-Como te digo. Si yo todavía no me lo creo y eso que lo he visto.

-¡Ah! –respondí-. Y ¿cómo es eso, si todavía forma parte de la península Ibérica? ¿O no?

-Pues sí que es raro, sí. ¡Mira que llamarle «can» a lo que a simple vista cualquiera ve que es un escueto perro! ¡Con lo fácil que es decirle «chucho»! -comentó Pepe, un compañero de Historia con porte de serio, pero bastante socarrón-. ¡A ver si hablan todavía tartesio clásico!

-Porque allí hablan a fala, pero ¡hasta los críos, que parece un misterio! -¿Qué hablan?

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JOSÉ RAMÓN CANTALEJO TESTA Col. 1.057

NOTAS PARA UN ANECDOTARIO.

“LA FAMILIA, UNIDA ANTE SU SEÑORÍA”

No queremos pasar por alto la tendencia de algunas familias a la congregación de sus miembros ante la detención y puesta a disposición judicial de cualquiera de sus individuos. Y cuando digo familias me refiero a un conjunto variopinto de personas, un grupo humano vivo, compacto, con su propio y singular lenguaje, en el que se podrían identificar, sin problema alguno, patriarcas con la vara y matriarcas de amplia buchaca al estilo de las impagables descripciones que nos presenta Rita María Sánchez en su relato “Los Lebreles” que, entre otras cosas ya dichas, nos ofrece un meritorio ejercicio de esperpento naturalista. Las hay tan numerosas y peculiares que, desde el encierro en un calabozo de cualquiera de sus vástagos, se reparten la guardia de seguimiento y empeño pro-reo entre la comisaría o cuartelillo, el Juzgado y/o la propia Prisión, siempre con el comodín, a modo de punto de encuentro, del despacho profesional del Abogado interviniente. La querencia de la reunión tribal suele terminar siempre en el portal del inmueble y su sala de espera, incluyendo los hijos lactantes, que maman donde pille y siempre a la hora más conveniente para el buen desarrollo del bebé, que se turnan sin solución de continuidad con hermosos niños, por lo rebolondo, entre los dos y los cinco años. Ha sido práctica del foro, al menos en Almería, cuando los operadores y muchos ciudadanos conocían a sus jueces, que el Abogado aconsejara una acampada grupal en la puerta y pasillos del Juzgado “para ablandar a Su Señoría”, de acuerdo con el viejo dicho popular: “El que no llora no mama”. Algunas pocas, poquísimas veces, puede salir bien.

Y si no, a contrario sensu, que se lo digan a un compañero que no consideró acertado sugerir la triquiñuela y, tras entrevistarse personalmente en su despacho con un Juez instructor muy controvertido, con fama de excéntrico, supo que Su Señoría no tenía la más mínima intención de soltar al niño de marras, miembro del clan, pillado con más de diez kilos de hierba, que estaba en libertad provisional con una condena de cuatro años por un asunto idéntico, recurrido en la Sala y pendiente de sentencia firme.

En definitiva, el Letrado fue informado de forma in- equívoca de que no se excarcelaría al investigado en una buena temporada, con la advertencia expresa de que no cambiaría de opinión sobre su cliente por mucho que le tocaran los huitos (sic). Tras la noticia, faltaba el trago de comunicar a la expectante familia, siempre esperando en la calle a las puertas del Juzgado, que no habría auto de libertad y que, por tanto, no valdría de nada insistir en el Juzgado y que solo quedaba recurrir a la Sala. Sin hacer el más mínimo caso al Letrado, a las 9 de la mañana del día siguiente, se plantaron al completo en pleno pasillo, junto al despacho de Su Señoría, situado en la planta baja del edificio que hubo en la calle Gerona, junto a la sede de la Procuraduría. La estampa, que incluía a dos bebés mamando a la vez en los bancos de madera que se disputaban los transeúntes por aquellos estrechos pasadizos, resultaría digna de una foto de Pérez Siquier o Rodrigo Valero. El caso es que, antes del cambio al turno de noche de ese mismo día, recogían a su prenda en “El Acebuche”. ¡En libertad y sin fianza! Todavía le echan en cara al sufrido Letrado el convencimiento de que los engañó, que eran ellos, la familia unida ante Su Señoría, quienes habían conseguido la anhelada libertad. Incluso pretendieron, con malas caras, que se les reintegrara la corta provisión efectuada. No se privó el Letrado, durante varios años y sin testigos, cada vez que se cruzaba por los pasillos con su ínclita Señoría, de hacerle disimuladamente una gloriosa peineta. El Juez, aunque seguro que siempre se acordará, no pudo nunca decir ni pio. Luego, a lo largo de varios años, hasta que el Juez no tuvo más remedio que emigrar a otras latitudes, el Letrado repetía la peineta cada vez que se cruzaba con Su Señoría en donde fuera y no había moros en la costa. Su Señoría se las tuvo que tragar todas, seguro que más de cien.

Conste que la historia me la contó muy aliviado el compañero, que llegó a dominar el arriesgado deporte del alzamiento del dedo índice, realizándolo con mucha elegancia y suma maestría.

JOSÉ JUAN PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730

HISTORIETAS DE LA HISTORIA JUANA DE CASTILLA: VOY A PERDER LA CABEZA POR TU AMOR*

Nuestra querida Juana, injustamente apodada "la Loca" (Toledo, 6 de noviembre de 1479-Tordesillas, 12 de abril de 1555), no fue ciertamente muy afortunada, pero no por su infundada pérdida del oremus, sino porque le salió todo bastante torcido, si bien constituye un ejemplo de mujer audaz, decidida y adelantada a su tiempo, aunque la broma le saliese bastante cara como tendré ocasión de contar. Para comenzar, debo recordar que fue la tercera hija de sus católicas majestades Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Con padres de tal calibre, uno puede imaginarse de inmediato que la carga genética de la infanta hubo de ser de tomo y lomo ibérico. La desdichada tuvo que transitar por el mundo durante cerca de ochenta años, de los cuales cuarenta y seis (1509 a 1555) los pasó injustamente encerrada. Primero por orden de su padre y más tarde por decisión de su hijo, nuestro conocido Carlos I1, aun cuando mantuviera nominalmente el título de reina de Castilla Aragón y Navarra hasta su muerte. Así pues, Juana mantuvo y cargó sobre sus espaldas la tradición maldita de la dinastía Trastámara2. Refieren que su educación y formación se encaminó a lo que, por entonces, le correspondía a una infanta destinada a casarse con algún monarca extranjero —en ese juego de alianzas políticas y estrategias dinásticas a que se dedicaban los soberanos reinantes en sus ratos libres cuando se aburrían del ajedrez—, pues nada presagiaba en aquel momento que acabaría siendo reina soberana por toda una sucesión de fallecimientos previos de los llamados a ser herederos de la Corona. Con todo y ello, Juana es la primera reina que aunó en sí tres coronas: Castilla, Aragón y Navarra, que constituyeron el germen de un invento que luego se llamó España. No fue poca cosa aquella, puesto que tras la reunificación de los dispersos reinos medievales hispanos y el ascenso al trono de su hijo Carlos I, que añadió a su vez Alemania, Austria, Flandes, Borgoña y gran parte de los territorios italianos (Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Córcega), nos convertimos en Imperio de primer apellido y español de segundo, pese a quien le pese. Al parecer Juana era un bellezón de la época: rostro ovalado, nariz fina y delicada, piel clara y cabello rubio, además de inteligente, formada y culta, por lo que no es de extrañar que se desposara con un bello príncipe, similar al Kent de Barbie, Felipe de Habsburgo, heredero al trono de su augusto padre Maximiliano I, a la sazón emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Casi nada. Fue Felipe, desde muy joven, un tipo sumamente agraciado, haciéndose merecedor del reconocido sobrenombre de "el Hermoso" que, aunque ahora suene un pelín cursi, estoy convencido que le era útil para tener acceso libre e ilimitado a todas las zonas vip de las tabernas y tugurios de la época. También para colarse, sin grandes esfuerzos, en las alcobas de las damas, cortesanas y fulanas que se le antojase, con el lujurioso objetivo de ponerlas "mirando a Cuenca"3, si bien la historia, casi siempre injusta con las mujeres, reservara el agradable alias para el príncipe y otorgara el despectivo "la Loca" para Juana, pese a su reconocida belleza y dotes. Por ello pienso qué hubieran contado los anales y cronistas si Juana hubiera sido apodada "la Bella" o "la Hermosa", en atención a sus innegables cualidades, pero reconozcamos que éste es un país poblado desde sus orígenes por individuos envidiosos y cainitas a los que nos gusta despedazarnos a la menor ocasión.

La supuesta locura de Juana fue ni más ni menos que un rastrero ardid ideado por su padre para apartarla del trono4, pues eso de que una mujer reinara como que no era del gusto del macho alfa de Fernando, quien toleró a Isabel la Católica como soberana por la sencilla y única razón de que apor-

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Relatos Colegiales taba al matrimonio un reino que empezaba a hacerle sombra al propio Aragón. «Si no puedes con ellos únete», fue al parecer la frase que pronunció el monarca aragonés cuando decidió contraer nupcias con su esposa. Bien al contrario, durante su juventud, nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. Sus arranques temperamentales eran del dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de su imponente y augusta madre —lo que viene siendo en sentido vulgar un par de ovarios—. Tanto es así que en 1501 el obispo de Córdoba, enviado por los Reyes Católicos como embajador a Flandes, informaba que Juana era «habida por muy cuerda y por muy asentada», llegando a decir que «en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura». Y ya se sabe que los obispos de Córdoba jamás han faltado a la verdad, hasta donde yo conozco.

Cierto es que su madre Isabel, en el último testamento que dispuso tres días antes de su muerte, parece dar muestras de dudas en torno a la salud mental de nuestra protagonista, al señalar que si la reina Juana, heredera de sus reinos «estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación de ellos», sería su esposo Fernando quien ejercería la regencia en nombre de su hija. Sin embargo, para algunos historiadores la anunciada tutela de Fernando sobre el reinado de su hija no fue sino un intento de impedir que el trono de Castilla pudiera caer en manos extranjeras —las de Felipe, esposo de Juana—. Para mí que Isabel confiaba más en la capacidad de su marido que en la de su hija, pero de ahí no cabe extrapolar que Juana estuviera como las maracas de Machín, ni pasara el tiempo chupando bombillas o peinando ranas calvas. Que su conducta era algo extravagante5, pues parece que así fue, aunque ciertos analistas lo consideran un rasgo de personalidad y carácter, así como un intento de Juana de reafirmarse y hacer valer su condición de mujer en un mundo dominado por hombres. Lo que sí resulta verosímil es que sus particularidades se exageraron a conciencia y torticero interés para inhabilitarla como soberana. Si así hubiera sido —yo no soy psiquiatra pero me inclino a pensar que fue tal cual—, es justo considerar que Juana constituye un claro exponente de mujer reivindicativa, injustamente apartada del poder y borrada del mapa, como tantas y tantas veces a lo largo de la historia.

Sólo resta referirme a la trágica, repentina y prematura muerte de Felipe, fallecido a la temprana edad de 28 años, lo que es de agradecer por cuanto que el número de hijos bastardos con que fue sembrando el suelo hispano podría haber sido innumerable de haber vivido muchos más años. Y que queréis que os diga: a mí los apellidos Sánchez o Martínez me resultan más patrios, cercanos y entrañables que el majestuoso Habsburgo. El triste suceso conmovió y sacudió la estabilidad emocional de Juana, lo que por otra parte resulta normal para cualquier viudo o viuda que se precie. A eso cabe añadir que en aquellos momentos no se practicaban autopsias, con lo cual era imposible encontrarle explicación plausible a que un hombre joven, sano, vigoroso y robusto acabara embarcado camino del Hades, o del Cielo o donde sea que fuera. Además corrió el rumor —¿fundado?— de que el príncipe había sido envenenado por el propio rey Fernando que, de tal forma, se libraba de un contendiente a sus aspiraciones de gobernar Castilla. En esas circunstancias, nadie en su sano juicio conservaría la cabeza en su sitio. El interés de Juana por pasear el cadáver de su difunto esposo por las tierras castellanas y que, cada dos por tres, se empeñara en abrir el féretro y sacar el cuerpo embalsamado para comprobar si alguien lo había robado y cambiado por otro fiambre —ahí lo dejo por no resultar demasiado macabro—, constituye un detalle sin importancia nada revelador de su estado psíquico. Pero ni loca ni gaitas, sino amor absoluto e incondicional por su marido y la muerte del ser amado causa de su grave trastorno. Me complace saber que Juana mantenía sentimientos afectivos hacia su esposo, algo poco común entre cónyuges de tan alta cuna, y me causa sincera simpatía y estimación por la que considero una gran mujer de los pies a la cabeza. Que tan fatídico acontecimiento le provocara honda tristeza no es de extrañar, entre otras cosas, porque desde siempre las princesas que se tengan por tales, han padecido de melancolía. Lo que trae a mi memoria aquella primera estrofa de la "Sonatina" de Rubén Darío que versaba así: La princesa está triste...¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa que ha perdido la risa, que ha perdido el color La princesa está pálida en su silla de oro está mudo el teclado de su clave sonoro; y en un vaso olvidado se desmaya una flor. * El cantante y actor venezolano José Luis Rodríguez "el Puma" popularizó este tema cuyo título me viene al pelo —nunca mejor dicho—, aunque mi melena no pueda rivalizar, ni de lejos, con la suya.

Notas

1 Nota del autor. No me atrevo a calificar ni aventurar nada sobre las relaciones paterno filiales entre Juana y su padre ni las que hubo de mantener con su hijo, si bien debo afirmar que no parece que resultaran muy afectivas y cariñosas; como igualmente afirmo que ambos monarcas varones eran un poco cabroncetes, por decirlo de una manera suave. Juana alcanzó el trono de Castilla en 1504 tras la muerte de su madre al haber premuerto el hijo primogénito y heredero, el infante Don Juan, y algo después su hermana mayor Isabel, casada con el rey Manuel I de Portugal, así como el hijo de esto últimos, Miguel de la Paz a quienes, por orden dinástico, les hubiera correspondido la corona de Castilla de no haber fallecido con anterioridad a Isabel la Católica. En cualquier caso, y aunque fuera por pura carambola, a Juana le tocó la dudosa dicha de sentarse en el trono de Castilla, aunque menudo premio de tómbola le regalaron en la rifa. Y digo esto porque desde 1506 no se le permitió ejercer poder efectivo alguno, encargándose su padre Fernando de Aragón de asumir la regencia, alegando una supuesta enfermedad mental de la legítima reina de Castilla. No olvidemos que las andanzas de Fernando el Católico inspiraron precisamente el famoso personaje del "Príncipe" de Nicolás Maquiavelo, en el que filósofo renacentista retrató a un gobernante astuto y engañoso, cruel, ausente de ética, que ignoraba cualquier atisbo de moralidad en la toma de sus decisiones y que consideraba que el fin justifica siempre y en todo caso los medios. Creo, no obstante, analizando a Fernando, que Maquiavelo se quedó algo corto con la comparación, porque al susodicho monarca no le dolían prendas cuando se trataba de imponer su soberana voluntad, algo bastante frecuente, por cierto. Sea como fuese, una vez apartada del trono y por si acaso se revolvía, su padre la mandó a pasar un verano a Tordesillas, como quien manda a sus hijos a Irlanda en época estival, en régimen de alojamiento y pensión completa. Y lo que en principio iban a ser un par de meses se convirtieron en un interminable cautiverio, no superado por el de "El Lute" en sus mejores tiempos. Posteriormente, su hijo Carlos, heredero de la mala hostia y crueldad que gastaba su abuelo, ordenó en 1516, año en que asumió la regencia, mantener a su madre acomodada en el lujoso loft medieval donde se hallaba prisionera, mandándole flores y bombones en el Día de la Madre. Todo un detalle del chaval. 2 N. del a. Las mujeres de la estirpe

Trastámara fueron tocadas por la varita mágica de un hada madrina, pero es evidente que le asignaron a la bruja más torpe de la promoción de la academia de ninfas, puesto que el infortunio en materia de cautiverios de sus féminas fue de órdago. Recordemos que la propia Isabel la Católica fue confinada en su juventud —"en custodia" se le llamaba eufemísticamente por entonces—, por decisión de su hermano Enrique IV que no se fiaba un pelo de ella. Juana es otro ejemplo de ello. Aquí no queda la cosa, porque su hermana Catalina tuvo la mala fortuna de cruzarse en el camino con nada más y nada menos que el impresentable Enrique VIII de Inglaterra que, como todo el mundo sabe, era un personaje enamoradizo y tuvo más mujeres que perros bulldog. Para ser exactos seis mujeres y cuatro canes de esa raza. El caso es que a Catalina, tras enviudar de Arturo Tudor, príncipe y heredero al trono británico, la desposaron en 1509 con el hermano menor, Enrique, que estaba soltero y no daba muestras en aquel momento del mamarracho esperpéntico que acabó siendo después. Lo cierto es que el monarca inglés, harto de las paellas que preparaba Catalina los domingos, se encaprichó de Ana Bolena, dama de la corte, y se casó con ella previo divorcio de Catalina, ocasionando un cisma con el Vaticano que se oponía a la nulidad del primer matrimonio. Tal conflicto provocó el origen de la Iglesia anglicana, situándose el soberano como cabeza de dicha confesión para que no lo importunaran nunca más con tonterías sobre el carácter indisoluble de la unión conyugal ni bobadas por el estilo. Como quiera que Catalina (Cathy en la corte inglesa) seguía por palacio dando la lata y cocinando recetas españolas abusando del ajo, que era detestado por los ingleses, Enrique la mandó cautiva de por vida al Castillo de Morex y más tarde al de Kimbolton, donde falleció a principios de 1536. Aunque parezca que tuvo mala suerte, la verdad es que a otras esposas de Enrique les fue muchísimo peor: Ana Bolena acabó sus días decapitada por orden del soberano, tras acusarla de traición, adulterio e incesto. Otra de las esposas, Catalina Howard, que ocupó el quinto lugar, también fue ejecutada por mandato de Enrique— que le iba pillando el truquillo a eso de la poligamia—, bajo la imputación de serle infiel. 3 N. del a. Pues sí, la citada expresión tiene su origen en las hazañas sexuales de este latin lover centroeuropeo. Felipe el Hermoso, conocido por su vida libertina —lo que vendría a ser un golfo del quince en la actualidad—, instaló un observatorio astronómico en una de las torres del Alcázar de Toledo desde el que se podía observar las estrellas, la luna e incluso la distante localidad de Cuenca en el límite del horizonte. Cuando el desenfrenado Felipe llevaba a algunas mozas jóvenes al lugar para apaciguar su libido, les indicaba a sus guardias que iba a mostrarles a sus acompañantes dónde se encontraba la ciudad conquense y de ahí surgió la locución jocosa de que las ponía "mirando a Cuenca". 4 N. del a. Gustav Adolf Bergenroth, historiador alemán, fue el primero que en el siglo XIX, tras analizar documentos del Archivo General de Simancas y del Archivo General de la Corona de Aragón, llegó a tal conclusión. Como dato curioso añado que el director del primero de los archivos mencionados estuvo obstaculizando continuamente su labor, teniendo que recurrir en diversas ocasiones el investigador a las autoridades gubernamentales para poder proseguir con su actividad sin impedimentos. En una ocasión, el secretario de la Real Academia de la Historia le comentó que el Gobierno sólo trataba de evitar que se aireasen las «miserias de España». 5 N. del a. Se narró, por la propia Isabel la Católica una anécdota reveladora del carácter de su hija. Juana, en los meses posteriores al regreso de su esposo Felipe a los Países Bajos, mostró un ferviente deseo de reunirse con él, lo que era incompatible con la intención de Isabel de mantenerla a su lado para enseñarle a gobernar en su condición de heredera al trono. Las discusiones entre madre e hija eran continuas y de elevado tono, pues Juana quería marcharse e Isabel no le dejaba partir hacia Flandes. En mitad de las trifulcas y viendo Juana que su madre no cedía a sus súplicas, no tuvo otra ocurrencia que salir una noche al exterior del castillo de La Mota en el que se alojaba, descalza y sin ropa de abrigo, donde se mantuvo a la intemperie hasta las dos de la madrugada en una de las noches más frías del año. Más allá de arriesgarse a pillar una pulmonía, Juana consiguió que su madre le concediera audiencia en la que logró convencerla que le permitiese trasladarse a Flandes. ¿Loca o astuta?. ¿Perdió la chaveta o fue ingeniosa?. Yo no estaba allí para preguntarle a Juana, pero todos podemos reconocer sin rubor, que alguna que otra una rabieta o pataleta que protagonizáramos de pequeños seguro que consiguió que nuestros padres accedieran a infantiles caprichos.

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Cómo citar

Juan Antonio Núñez, «Alba está fuerte», Cuadernos Literarios, n.º 21, diciembre 2024, pp. 13-19.

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