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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

El Cid Campeador

José Juan Patón Gutiérrez · Cuadernos Literarios n.º 20, , página 18–20

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HISTORIETAS DE LA HISTORIA EL CID CAMPEADOR (I): ALFONSO, O LO JURAS O LA TENEMOS POR TODO LO ALTO

Rodrigo Díaz de Vivar es el clásico personaje de la historia en el que realidad y leyenda se confunden a partes iguales. Ni se sabe cuándo nació (la horquilla se sitúa entre los años 1041 a 1057 de nuestra era, aunque es más probable, en relación con otras datas, fijarlo entre 1043 a 1049), ni tampoco si en realidad se trataba de un tío noble y caballeroso o, por el contrario, un bravucón dado a la bulla y la gresca. Yo voy a intentar despejar con este relato las sempiternas dudas que gravitan sobre su figura, después de indicaros -lo confieso-, que se me atragantó el Cantar del mío Cid a los seis o siete primeros versos de iniciar su lectura, debiendo acudir a otras fuentes, tan poco fidedignas como aquella, para encontrar algunas respuestas.

Parece ser, lo que tampoco está claro, que nació en Vivar1, una pequeña pedanía situada a unos diez kilómetros de Burgos. De ser cierto, esto explicaría en parte la agria baba que gastaba el sujeto, puesto que en las tierras burgalesas y sus contornos hace un frío que pela durante los largos inviernos y resultaba muy eficaz, por aquellos tiempos, entrar en calor ejercitando los músculos a base de repartir golpes de espada a tutiplén. Fuera de donde fuese, el chaval debió tener un origen honorable (ciertos estudios apuntan que su padre era Diego Flaínez, miembro de una ilustre estirpe leonesa, y su madre una tal Rodríguez, perteneciente a uno de los linajes de la alta nobleza castellana) y en consecuencia noble vástago de la alta aristocracia, pues solo así se explicaría que, en el año de nuestro señor de 1058, pasara a formar parte de la corte castellana de Fernando I en condición de paje o doncel del infante Sancho, heredero al trono. Como miembro del séquito real el muchacho no solo aprendió a leer y escribir, en latín por supuesto, sino que inició su aprendizaje en el manejo de las armas con marcado aprovechamiento, lo que le sería muy útil para su posterior carrera profesional de avezado y sangriento matarife, dedicado a cercenar sin descanso cuantas cabezas de moros y cristianos le salían al paso, y pasar a la posteridad como un héroe legendario y mítico gracias a sus hazañas guerreras.

Comenzó sus andanzas bélicas en la batalla de Graus (1063) al servicio de Castilla, reino que acudió en ayuda y socorro del rey musulmán de la taifa de Zaragoza, cuya ciudadela estaba siendo sitiada por el monarca cristiano de Aragón, Ramiro I, lo que evidencia que los pactos políticos anti natura, son más antiguos que el Arca de Noé. Más tarde y siempre al servicio del rey Sancho II, participó como alférez en la guerra que éste sostuvo contra sus hermanos2 Alfonso VI, rey de León y García II, soberano de Galicia, poniendo sobre el tablero su enorme arrojo guerrero -y sus bemoles también- con una soberbia solfa de palos al gallego en 1071 y al leonés, un tanto de lo mismo, tras las batallas de Llantada (1068) y la definitiva de Golpejera (1072), resultando Alfonso derrotado y destronado de su reino. Cuentan que en dicha campaña militar el Cid se ganó a pulso, aunque seguro que a costa de alguna que otra carnicería y más de una barrabasada, el sobrenombre o título de Campeador3, merced a los éxitos alcanzados en los lances habidos contra sus enemigos.

Una vez que Sancho tomó posesión de los reinos de León y Galicia regidos antes por sus hermanos, le salió un nuevo grano en la nariz con su otra hermana, la infanta Doña Urraca, señora de Zamora, territorio que pertenecía por entonces al reino leonés. Su solo nombre de pila ofrece clara idea de lo pérfida y malvada que debía ser, para despejar cualquier duda al respecto añado que era conocida

Relatos Colegiales con el apodo de La Temeraria. La susodicha acordó, conjurada con el desterrado Alfonso VI, el traicionero asesinato de Sancho. Y así se dispuso, cayendo el rey castellano mortalmente herido bajo las murallas zamoranas a manos de un noble caballero leonés4, lo que provocó que Alfonso, antes defenestrado de su reino, terminara posando sus santos reales sobre los tronos de Castilla, León y Galicia. El Cid, una vez tuvo noticia de la triste felonía cometida sobre su rey y señor, no se tragó el cuento chino contado por Doña Urraca de que Sancho había fallecido por una indigestión de setas, sobre todo porque el cadáver fue hallado con una flecha atravesándole la espalda. A Rodrigo Díaz, un tipo muy perspicaz, no le convenció en absoluto tremendo embuste, hasta el punto que hizo jurar a Alfonso VI, antes de prestarle fidelidad y sumisión, que nada había tenido que ver en la infame muerte de Sancho5. Así lo narra Hernando Garcés de Alcalá en sus celebradas Crónicas por fascículos del Reino de Castilla:

"Y habiéndose hallado el noble Cid en presencia del rey, aquél le forzó a jurar que nada tuvo que ver en la muerte de Sancho. «¡Oh, mi buen rey y señor! -exclamó Rodrigo-, voto a Dios que antes de prestaros a vuesa cristiana majestad mi lealtad y vasallaje, deberéis realizar juramento sagrado y solemne que vuestro noble hermano murió por causas ajenas a vos». El monarca, enojado por la osadía del Cid, le espetó airado: «¿Acaso creéis que nos podemos jurar así como así?. Ni juro, ni prometo, ni empeño mi regia palabra, pues sólo respondo de mis actos ante el Divino Creador, la historia y mi amada reina, que es de armas tomar cuando se indispone con nos». Rodrigo no se dio por vencido y acercando sus labios al oído del monarca le susurró: «Alfonso, o lo juras o la tenemos por todo lo alto», al tiempo que su mano derecha agarraba con fuerza y de modo ostensible la empuñadura de su inseparable espada..." . El resto es bien conocido: vaya si terminó jurando el rey -aunque lo hiciera a regañadientes y en falso-, porque era célebre la mala hostia que gastaba el Cid y más famosa aún la eficacia mortal de su inseparable Tizona, un espadón de magnífico acero toledano de unos 993 mm. de longitud, una anchura de 43 mm., hoja de doble filo y un peso aproximado de un kilo y doscientos gramos. Semejante cacharro en manos de un energúmeno cabreado no era, desde luego, para andarse con muchas tonterías cuando le pedían juramento a uno. A todo aquello hay que añadir la presencia de Babieca, el legendario caballo del Cid, que además de insultar en primitiva lengua romance con refinado estilo, entre relincho y relincho, daba coces y dentelladas por doquier al menor signo de rebeldía frente a su amo. Y aunque es cierto que Alfonso VI se resistía a jurar, acabó doblegado finalmente a las exigencias de Rodrigo que, muy persuasivo, logró convencerlo. Ante ese atroz panorama ya me diréis que hubierais hecho vosotros de encontraros en la comprometida situación de Alfonso. Pero el monarca, una vez que le hicieron pasar el mal trago de jurar, o mejor dicho, perjurar, ante la nobleza y la plebe que allí se habían congregado, la tomó con Rodrigo y lo mandó allá por donde amargan los pepinos, lo que en aquellas épocas -mucho más caballerescas que éstas- equivalía a ser desterrado del reino. El desdichado Cid tomó camino del exilio, acompañado de sus más fieles hombres, mientras que los pobladores de las villas y pueblos que atravesaba camino de su fatal destino honraban su nobleza clamando aquello de ¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!, mítica frase que, de ser verídica, hubiera sido la leche. Lástima que no deje de ser otra fabulación de las miles que acompañan la leyenda del Cid.

Y por la abrasadora y reseca meseta castellana cabalgó Rodrigo Díaz de Vivar camino del extrañamiento, una vez perdido el favor de su rey, protagonizando una escena legendaria que el poeta y dramaturgo Manuel Machado retrató con estos versos:

El ciego sol se estrella en las duras aristas de las armas, llaga de luz los petos y espaldares y flamea en las puntas de las lanzas. El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos

—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga. Continuará...

20 S T d

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Notas

Nota del autor. La villa de Vivar fue señalada en el Cantar del Mío Cid como lugar de nacimiento de Rodrigo, aunque el texto no es, desde luego, como para fiarse mucho. No obstante, dicha localidad está citada en la Carta de Arras que concertó el Cid con Doña Jimena con ocasión de su casamiento en 1074, en la que se relacionan una serie de bienes ubicados en Vivar, lo que indica que allí mantenía propiedades, aun cuando de ello no pueda concluirse que fuera su lugar natal. El original de dicho manuscrito se conserva en los archivos de la Catedral de Burgos. 2

N. del a. Esto de llevarse mal entre hermanos no era nada nuevo y si no que se lo pregunten a Caín y Abel, a Rómulo y Remo o a los integrantes del dúo Pimpinela. El cronista castellano Rui Pérez de Villaseca expuso en su obra La madre que parió a estos niñatos, que las desavenencias entre los hermanos monarcas se remontaban a su más tierna infancia y al parecer estuvieron motivadas por alguna cuita relacionada con el reparto de regalos un aciago día de Reyes de mediados del siglo XI. 3

N. del a. El término Campeador significa "luchador", "batallador " o "vencedor" en batallas campales. Si bien determinados autores atribuyen la asignación de dicho apodo a las victorias del Cid en la referida guerra entre Castilla y León otros, por el contrario, señalan que le fue atribuido tras su triunfo, como adalid de Castilla, en un duelo personal a muerte en el que derrotó a Jimeno Garcés, un mozarrón de dos metros de espalda, alférez del reino de Navarra, allá por el año 1066. En dicha época los reinos de Castilla y Nájera-Pamplona (Navarra) andaban en disputas en torno a la propiedad del castillo riojano de Pazuengos. Era frecuente en aquellos tiem- pos, para evitar una sangría entre los ejércitos, que se ventilaran las querellas mediante un Juicio de Dios u ordalía en un reto personal entre dos caballeros o campeones, uno por cada parte, celebrado en terreno neutral ante cuantos espectadores ociosos quisiesen acudir —ya que por entonces no existían los toros, ni el fútbol, ni Telecinco— y en un terreno que recibía el nombre de liza, o lugar de la lid. Los pamploneses eligieron al citado gigantón que había despachado en este tipo de duelos a más de treinta competidores. Los castellanos estuvieron abanderados por Rodrigo Díaz de Vivar, alférez o armiger del rey. Las crónicas cuentan que la lucha duró más de una hora, primero a caballo y luego a pie, utilizando toda clase de terroríficas armas: lanzas, mazas (esas bolas de hierro con pinchos asidas con cadena a un mango de madera que asustan hasta de lejos), hachas de guerra y unas grandes espadas que había que sujetar con las dos manos y que por tal motivo reciben el nombre de mandobles. El Cid acabó derrotando a su rival con un golpe mortal de espada, de forma que Pazuengos pasó a propiedad de Castilla. También existe discusión sobre el origen etimológico del término Campeador. Según una tesis procede de las locuciones latinas "campi doctor" o "campi doctus" , mientras que otra teoría, mayoritaria, sostiene que se trata de un vocablo romance que fue reconvertido al latín por ser el lenguaje culto de la época. En ambos casos, la expresión hace referencia a la maestría del Cid en el campo de batalla.

N. de autor. Lo de noble y caballero vamos a dejarlo en suspenso porque lo de este muchacho fue de auténtica traca. Las crónicas cuentan que

Vellido Dolfos, como se llamaba el sujeto, se hizo pasar por desertor del bando de Doña Urraca y solicitó unirse a la causa de Sancho, convenciendo a éste para que lo acompañara a mostrarle un pasadizo o portón secreto de acceso a través de las murallas de Zamora que el monarca tenía sitiada y no había forma de asaltar. El rey, confiado, accedió a acudir a solas junto a Vellido hasta el lugar indicado, si bien tuvo la mala fortuna de entrarle un fuerte apretón de vientre, imposible de contener, por lo que hubo de aprovechar un discreto rincón bajo los muros de la ciudad para bajarse las calzas, agacharse en cuclillas y hacer sus necesidades, momento en el cual el villano le clavó un venablo por la espalda, asesinándolo. Os puedo asegurar que aunque esto parezca un invento mío no lo es y aparece recogido en diversas fuentes. Lo cierto es que Doña Urraca no faltó del todo a la verdad cuando comentó lo de la indigestión de setas sufrida por el monarca, pues el atracón de boletus zamoranos que se dio el rey para almorzar parece estar relacionado con el posterior cólico que sufrió, lo que en definitiva fue la causa mediata de su muerte. 5

N. del a. Dicho episodio se conoce como la jura de Santa Gadea (o Águeda) que, según la tradición, tuvo lugar en la iglesia burgalesa de dicho nombre en el año 1072. Reconozco que la historia es apasionante y con unos tintes épicos que no se han visto ni en las películas de Ridley Scott, pero al mismo tiempo os advierto que es una trola del copón. Bien al contrario, el Cid, una vez muerto Sancho y alcanzado el trono por Alfonso hizo de su capa un sayo y a la voz de "a rey muerto, rey puesto", se hizo íntimo del nuevo monarca.

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Cómo citar

José Juan Patón Gutiérrez, «El Cid Campeador», Cuadernos Literarios, n.º 20, agosto 2024, pp. 18-20.

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