Fernando Martínez
Cuadernos Literarios n.º 17, , página 16–17
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16 S T d
DICIEMBRE 2022
Relatos Colegiales cosas”. Era la lápida que necesitaba colocar como final de nuestra relación. Pero no contestó a ninguno. No sabía la diferencia horaria que existía con México, hasta aquella llamada que me despertó a las 3:00 horas, como el rugido de una tormenta. Una voz lejana decía llamar de la Embajada de España en México D.F., preguntando por la esposa de Carlos Álvarez. Tras responder que era yo, me dijo: “Mire señora. Han encontrado a su marido en el cementerio del Distrito de Cuauhtémoc, tirado en el interior de una tumba con un bate de béisbol sobre su cuerpo. No se alarme. Está vivo. Lo han trasladado a un hospital cercano. Tiene las dos piernas rotas, los dientes destrozados, el bazo reventado y un tímpano estallado. Está grave pero no está crítico. En cuanto mejore habrá que repatriarlo a España y necesitará que usted lo acompañe en el viaje de regreso, pues no podrá valerse por sí mismo”.
¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido? –pregunté yo angustiada.
El funcionario de la Embajada me explicó que según pesquisas de la Policía Federal, Carlos andaba presentando un novedoso y revolucionario videojuego, por el que se ofrecían miles de dólares llamado 2Everyday is Halloween”, en el que lo que sucedía en el videojuego, se introducía en la realidad. Que hubo partidas de cartas en el juego, en las que los jugadores perdieron mucho dinero que fue a parar a la cuenta bancaria de Carlos y que en una fiesta del Día de Muertos que se celebraba en el videojuego, mi marido bailaba con una chica disfrazada de calaca. La joven, que tenía marca de besos en el cuello, como un rosario de cuentas moradas, es la novia de un peón sanguinario de la Mara 13. Milagrosamente su esposo sigue vivo –aseveró el funcionario.
Me quedé helada, llorando. Mordiéndome los labios. Con un zumbido en los oídos. No daba crédito a lo que había escuchado. Por mi cabeza pasaba la película fantasmagórica de Carlos, víctima de un ataque bárbaro, tirado en el fondo de una tumba macabra entre cipreses iluminados pálidamente por la luces de las chabolas cercanas. Y ya no sabía si tomar un avión a México D.F. y hacerme cargo de su dolor, entrelazándome con él o ahogarme yo sola definitivamente en el mío.
FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ
VIAJERO IMPENITENTE
A mi padre le dio por viajar a edad temprana. Con diecisiete años realizó su primer gran desplazamiento, de Málaga a Almería, a pie, desgastando suela de zapato y cargado como un mulo con lo poco que su familia pudo llevarse de casa, mientras los aviones italianos jugaban a los bolos con las miles de personas que iban en desbandá junto a ellos. Precipitaban desde las alturas buscando el deslumbramiento del sol, componían con los motores una melodía de muerte y tableteaban sus ametralladoras produ-
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Relatos Colegiales ciendo un efecto curioso, una erupción de sangre en los cráneos, torsos y extremidades mientras los cuerpos se doblaban con un estertor extraño, casi irreal, antes de caer fulminados al suelo. Esos sonidos, junto a los de los gritos y llantos, conformaron una amalgama desgarradora que durante toda su vida le arañó el cerebro.
Un año después prosiguió con su afán viajero, pues a él, que nunca había abandonado Andalucía, el ejército republicano decidió sufragarle un recorrido por tierras aragonesas y catalanas, el río Ebro de por medio. Allí, de una orilla a otra, se mataban hermanos entre sí, aunque mi padre, casi un niño aún, procuraba apuntar siempre un poco más alto, donde las balas de su fusil Mauser podían trazar un vuelo a ninguna parte, como mucho herir una nube, pues en el fondo sospechaba que la mayoría de los soldados contrarios eran viajeros ocasionales como él. Hubo mucha sangre, no solo a causa de las balas. Amanecían con los dedos enrojecidos después de rascarse la cabeza, cuando reventaban con las uñas los piojos engordados como granos de arroz tras una noche voraz. También hubo mucha sed y hambre, y miedo al tifus, al fusilamiento, a pisar y hundirse en la tumba de un compañero recién enterrado.
Por ese tiempo mi padre ya era un viajero experimentado e impenitente, tanto así que no se conformó con alcanzar Barcelona con el aliento de las tropas enemigas en el cogote, sino que dio un paso más allá lanzándose hacia la frontera con Francia en una nueva desbandada sometida a la inclemencia del invierno, acribillada por la nieve pirenaica, las carreteras y caminos abigarrados de coches, camiones, carros y gente a pie. Algunos llevaban la casa a cuestas; otros, apenas nada; todos, el miedo cincelado en cada uno de los pliegues del rostro, como una máscara trágica. Menos mal que los franceses, tras muchos tira y afloja, decidieron acogerlos con los brazos abiertos y les buscaron refugio a orillas del Mediterráneo, campamentos decorados con alambradas de púas, esas que arrancan la piel a tiras, no se les ocurriera escapar, hacinados sobre la arena, hambrientos, sedientos, enfermos, el latigazo del viento y la lluvia, sin carpas ni barracones, la playa adquiriendo paulatinamente los tintes nauseabundos de una cloaca.
Allí mi padre pasó una temporada hasta que le permitieron salir, y se dijo que, ya que estaba tan lejos de casa, por qué no continuar el periplo por el nuevo país, demostrando así un espíritu insaciable por conocer mundo. De esa manera decidió descubrir el atlas de Francia, y para ello nada mejor que hacerlo en compañía, enrolado en la Resistencia francesa, ese ejército de las sombras que desde la clandestinidad tomó cartas contra el ocupante nazi y el traidor régimen de Vichy. En una de sus múltiples escaramuzas, durante el sabotaje a un convoy alemán que intentaba cruzar un puente, fue cuando el mundo de mi padre cambió de tridimensional a la aburrida planitud de las dos dimensiones, pues una esquirla de roca mordida por un proyectil le destrozó su ojo derecho. Desde aquel día lo llamaron Julio, el Tuerto, y así lo conocí yo desde siempre, tan apuesto con su parche y su pinta de pirata, ese porte que años más tarde derritió los huesos de mi madre. Pronto Francia también se le quedó pequeña; existían tantos puntos en el mapa donde dejar impresas sus huellas... Ahí la Gestapo hizo un trabajo magnífico para ayudarlo en su itinerancia. Después de detenerlo y torturarlo, lo enviaron a Austria, en concreto a un emplazamiento peculiar de nombre Mauthausen. Allí le permitían sobrepasar el perímetro de sus muros y dar largas caminatas, sobre todo para ir a la cantera que había en las inmediaciones. En ella subía y bajaba los ciento ochenta y seis peldaños de la escalera de la muerte cargado con pesados bloques de granito, quebrándose músculos y costillas. A veces, una vez arriba, no hacía falta ni siquiera el esfuerzo de bajarla, pues los hombres de las SS, amablemente y con carcajadas que eran lepra, de un empujón los abismaban produciendo un efecto mariposa de choques y derribos. En aquel campo se instaló un ángel exterminador como en pocas ocasiones se ha visto, sustituida la espada por las cámaras de gas y el trabajo extenuante, pero con mi padre no pudo, aún tenía muchos lugares que visitar, y aguantó con los dientes apretados hasta que las tropas estadounidenses liberaron a los que pudieron sobrevivir al horror. Después de aquello e imposibilitado de regresar a España, se instaló en Montpellier. Allí conoció a mi madre y echó raíces, brotaron ramas que fuimos mis hermanos y yo, pero cada vez que el trabajo se lo permitía y hechizado por un insoslayable canto de sirena, salía del tiesto para viajar, al principio con nosotros, luego, cuando sus hijos entramos en el desapego de la adolescencia y la edad adulta, solo mi madre y él. Eran singladuras arriesgadas: un fin de semana en los Alpes, un crucero por los fiordos noruegos, una visita a Nueva York, unos días en
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«Fernando Martínez», Cuadernos Literarios, n.º 17, enero 2023, pp. 16-17.
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