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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

La mudanza

José Ramón Parra Bautista · Cuadernos Literarios n.º 15, , página 12

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12 S T d

DICIEMBRE 2021

Relatos Colegiales

JOSÉ RAMÓN PARRA BAUTISTA Col. 2.203

LA MUDANZA

Hace tiempo que percibe cómo las tardes de domingo le empujan tierra adentro, al norte de los almendros, allí donde los olivos. Y es que a veces, sin llegar a saber muy bien por qué, Maxi persigue ese impulso cerrando los ojos y, con los párpados apretados, puede sentir que aún sigue atrapado en aquel pueblo de calles estrechas, tejados soleados a cuatro aguas y paredes desconchadas, como si nunca hubiera conseguido escapar de allí realmente, como si en verdad nada hubiese cambiado desde aquel primero de octubre de hace años en el que la carretera de Granada, deformada a lo lejos al adentrarse entre las lomas, encalló en los ojos arrasados en lágrimas de su madre, mientras su hermana mayor, al tiempo, le ordenaba a voces que corriese, que huyese de allí sin echar la vista atrás, advirtiéndole que no se podía permitir el más mínimo descuido porque su destino había sido escrito para intentar ajustarle las cuentas. No tardan en aflojársele los párpados y, no sin cierto esfuerzo, deja que se le abran los ojos, con los pulsos aún agitados retumbando debajo del pecho, para ver cómo la luz poniente se desborda estremecida por encima de los acantilados, tintando de limpio la estela de los barcos que se acercan por la bocana del puerto para recogerse. En ese instante, y así espanta sus miedos, se reconforta en la certeza de que a la vuelta de la esquina se encontrará de nuevo con la madrugada que vendrá a colocar todo en su justo sitio, incluso la mirada siempre presente de los suyos, la voz atiplada de su madre, intuida a través de los cristales a medio subir de aquel destartalado coche de punto, que se hace hueco entre los ruidos para recordarle que no debe volver nunca, la voz que tiene grabada de forma indeleble mientras le pide sollozando que no eche a su familia en el olvido, porque todo aquello que crece sin raíces está condenado a ser arrastrado por el viento y desvanecerse como un grito que se ahoga para siempre en mitad de la tormenta.

Cae la tarde deprisa y, con ella, el perfil de la ciudad se deforma hasta llegar a emborronar la silueta de la Alcazaba que, de repente, se queda colgando en mitad de la nada. Aunque, de momento, el encendido del alumbrado público la coloca de nuevo en el centro de la noche.

Maxi se gira, dando así la espalda a la calle, y dirige la mirada hacia el interior de la habitación donde se apilan, en un rincón, unas banastas vacías numeradas por los empleados de la mudanza y algunos muebles desarmados cuyas piezas se amontonan junto a la cama y una estantería de madera con baldas de cristal, en la que Maxi, tras cerca de una hora haciendo memoria, cree recuperada la composición que ella había dispuesto antes de dejar la casa definitivamente. Las fotos de las vacaciones, ordenadas a partir de aquel viaje a Paris del año ochenta y seis, luego el de Praga del año siguiente, y así el resto: la de los hijos, primero los Bautizos, después las Comuniones, el colegio, las fotos orladas de la Universidad…; y sus libros indispensables, a los pies de los estantes, ordenados por autores y años de publicación. Al observar el mueble de hito en hito, de repente descubre objetos que emergen de los entrepaños transparentes como la sombra de un aparecido. Otra vez se le cruzan con la intención de desordenar su ahora cuidada habitación, revolver las sabanas que aún se conservan tibias y, con toda probabilidad, no dejarlo dormir. Mientras se le espanta el sueño, se cubre la cara y reconoce que, por mucho tiempo que pase, aún hoy, ciertos recovecos de las palmas de sus manos conservan la memoria de lo que antes fue y ya se perdió, de una vida pasada de la que apenas le queda un puñado difuso de recuerdos que se disuelven como la sal en el agua del mar.

Quiere volverse de nuevo a la terraza, a coger aire, pero se detiene al descubrir abandonado, encima de la cama, sobre una manta de cuadros, el tomo de tapas duras de “La muerte de Artemio Cruz”, del que despunta un marcador con una fecha subrayada y un número de teléfono de nueve cifras anotado con tinta azul, bajo una nota que le recuerda que, en el amor, como en los negocios, hay que asociarse con gente dispuesta a perder. La firma Nines Marín, la que ha sido su esposa durante algo más de treinta años.

Ya afuera, bajo un dosel de estrellas, respira hondo, a bocanadas, con el cuerpo inclinado sobre sus rodillas, como si temiera que fuera a faltarle el aire, y se tranquiliza con la penumbra que proporciona el cielo constelado y el suave olor que desprende la larga vara de un jazminero que se descuelga por la pared desde la casa contigua. La llegada de agosto espesa las noches y hace que brillen con intensidad los millones de astros que cubren el cielo, resaltados por los habituales fallos de las farolas que

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Cómo citar

José Ramón Parra Bautista, «La mudanza», Cuadernos Literarios, n.º 15, diciembre 2021, p. 12.

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