La cabeza del delito
Cuadernos Literarios n.º 15, , página 13–16
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LA CABEZA DEL DELITO
Mediaba septiembre perpetuando el ígneo calor de agosto cuando recibí el aviso para una asistencia en Las Falklans, la especie de casitas de pinypon que, todavía hoy, sirven de acuartelamiento al puesto de la benemérita en Rajynÿa. Por más que me di prisa, llegué a destino pasadas las doce del tórrido medio día. Casi me desmayo al bajar del coche, azotada inclementemente por el levante abrasador. Al entrar en el puesto comprobé que seguían sin aire acondicionado, un vetusto ventilador de pie, renqueante y ruidoso, era la única mísera defensa contra la espesa fiebre que flotaba en el aire. Hechas las presentaciones, el sargento en funciones de instructor y secretario, un descomunal corpachón embutido en el uniforme con una palmera roja en uno de sus ojos azules ligeramente estrábicos, me aclara que en realidad son cinco las personas que tiene detenidas pendientes de mi asistencia, con lo que calculo que no lograré salir del angosto cuartucho en varias horas. El calor arrecia y empiezo a sudar discretamente.
El sargento me pone en antecedentes, según sus propias palabras, un vecino de la zona viene denunciando repetidos robos con escalo en el corral de sus cabras y, tras una ardua investigación, han conseguido dar con uno de los animales sustraídos justo en el momento en que tres de los detenidos, de religión musulmana, se disponían a hincarle el diente tras varias horas de asado con motivo de la fiesta del cordero.
En amigables conversaciones previas -sin la molesta presencia de ningún abogado- los frustrados comensales fueron dando todo lujo de detalles sobre los dos gitanos que les vendieron la res, que por supuesto ellos compraron de buena fe y sin sospecha alguna de ilícita procedencia. Las fieles descripciones y sobre todo la legendaria perspicacia de los hombres de verde culminaron con la detención de los roba cabras reincidentes, viejos conocidos del cuartelillo, ellos y sus familias, desde tiempo inmemorial, estando perfectamente identificada la ajena pertenencia del animal por los marchamos que lucía en las orejas.
14 S T d
- Pues empecemos cuanto antes mi sargento- le espeto al de la palmera.
- Pues verá Sra. Letrada, es que tenemos un problemilla. Los tres moros no hablan cristiano y no hay intérprete. - Pues sí que es un problema.
- En el mismo cortijo donde los hemos trincado había otro morube que sí habla algo, uno que también vive allí. ¿A usted le importa que nos haga de intérprete? - Siempre que así se haga constar... Los datos y que no es intérprete... Por mí adelante, no le veo inconveniente. - Así lo hacemos pues.
En el minúsculo habitáculo apenas cabíamos el tricornio palmera y yo misma, el ventilador oscilaba sin descanso moviendo el aire interior, casi más caliente que el ardiente exterior. Otro número trae al ocasional intérprete que se une a la apretada reunión incorporando al pesado ambiente un recóndito aunque penetrante aroma mezcla de sudor y estiércol. Observo una mosca que se pasea acrobáticamente en torno al ventilador mientras me perla la frente la primera gota de sudor. Cuando entran en la habitación los dos guardias con el detenido engrilletado parece que las paredes se encogen, me pregunto cómo cabemos todos allí. Por pura física los custodios esperan con expresión alerta a unos dos metros de la puerta. La irrupción del detenido incrementa en varios olfes el efluvio preexistente. Pobre hombre, me digo, detenido en una infravivienda sin agua y sin ducha a su alcance y en un calabozo insalubre desde hace casi dos días.
Aunque el trámite es sencillo, se alarga absurdamente, el falso intérprete tarda en entender al sargento a la vez que se extiende en prolijos parlamentos con el detenido que también habla sin parar. No hay forma de concluir, las preguntas de sí o no requieren varios minutos de circunloquios y lo que parecen discusiones entre el detenido y su compañero de cortijo. Por fin, el sargento se impone y el detenido se toma su tiempo para dibujar una temblorosa cruz en el papel a modo de firma. ¡¡Que suban al siguiente!!
La secuencia se repite con los otros dos magrebíes, lo único que cambia es la cada vez más insoportable emanación odorífera con categoría ya de peste severa. Paciencia, me digo para mí misma, el ser humano sin higiene huele así, pero desde luego nunca hasta entonces había percibido tales niveles de hediondez. La mosca ha llamado a varias congéneres que forman un alegre escuadrón en torno al ventilador. Alguna hasta se me abalanza.
Por fin terminamos las letanías cruzadas en árabe y, como me dice el sargento, ahora vienen “los malos”. Los
Relatos Colegiales llamaremos Epy y Blas. En la confianza que me ha cogido el instructor, derivada de compartir durante ya hora y media la intensa pestilencia, me confiesa su estrategia: - Dejamos al Blas para eel final que es la cabeza pensante. - Lo que usted disponga sargento.
- Es que con el Epy tenemos otro problemilla. - ¡Nooo! Qué pasa ahora.
- Pues mire usted Sra. Letrada es que el muchacho es sordomudo y no sabe el lenguaje de signos. - Eso parece un obstáculo serio.
- Sí, pero está aquí su madre, que es la única que lo entiende y, si usted no pone inconveniente, está dispuesta a hacernos de intérprete.
Intento no soltar la carcajada y que no se me note lo súper conforme que estoy con la propuesta, de hecho, me tomo unos segundos para reflexionar:
- Bueno, si no hay más remedio. Pero por favor tiene que constar todo tal cual.
- Estupendo, le digo que pase.
Camelabata era una mujer de unos cuarenta y cinco años que había tenido a Epy, su primer hijo, a los 15. El talludo muchacho había crecido con evidentes carencias en su desarrollo mental derivadas de su grave discapacidad aunque emocionalmente feliz, integrado perfectamente en su extensa familia y clan y sobreprotegido por la matriarca. La matrona compareció bien arregladica y literalmente bañada en un perfume barato que sólo consiguió incrementar la aborrecible fetidez previa que inundaba el túrbido cuchitril. A continuación, se desarrolló uno de los interrogatorios más surrealistas que he visto en mi vida, el sargento lanzaba una y otra sibilina y meditada pregunta con ánimo totalmente incriminatorio del tipo
- la noche x a la hora xx saltasteis la valla de Paco el Lanas, entrasteis en el corral y os llevasteis una cabra; le vendisteis la cabra a los moros; la voz cantante la llevaba el Blas... En realidad, daba igual la entidad y/o el contenido de la pregunta. La secuencia se repetía indefectiblemente idéntica del siguiente modo: La madre “traducía” la pregunta con una suerte de pases mesméricos parecidos a un baile flamenco básico, el Epy entonces se deshacía en “explicaciones” mascullando sin parar una sucesión de sonidos guturales con tal énfasis que parecía que le iban a estallar las venas del cuello. Sus respuestas eran largas y apasionadas. Cuando por finn se callaba, Camelabata traducía, siempre la misma inmutable respuesta: “Que dice mi hijo que él no ha hecho ná”. Aunque parezca increíble, el sargento consignó en el acta casi veinte preguntas con su invariable respuesta.
Eran cerca de las dos de la tarde y en lugar de hambre sentía verdaderas náuseas, tras cuatro detenidos y casi dos horas de permanencia en el ínfimo chiribitil el tufo era un genuino hedor, el fuego de las postrimerías del verano arreciaba y cada vez había más moscas. Y por fin subieron al Blas, la cabeza pensante, azote de cabreros y timador impenitente de inocentes musulmanes cumplidores de la sharia, hábil manipulador de sordomudos saltimbanquis, usuario habitual del cuartelillo y cliente frecuente del hotel de las rejas, en definitiva, todo un personaje de lo más interesante.
El sargento fue implacable en su tenaz interrogatorio, pero el Blas se las sabía todas y para todo tenía respuesta o evasiva. A esas alturas el instructor, más que recalentado, parecía al borde de la combustión espontánea, la palmera le crecía tapándola ya casi todo el ojo, la tez tornó rúbea tirando a cárdena, las venas del cuello también se le hinchaban, casi tanto como le ardían la testa y los testes. Le decía una y otra vez: - Blas, que nos conocemos. ¿Me vas a decir que no has sido tú?
- Se lo juro por mi madre mi sargento.
Hasta que en un momento dado el sargento me pide disculpas mientras coge una bolsa de debajo de la silla en la que yo desfallecía al borde del colapso y le espeta: Y esto que tengo aquí, ¿qué? Al mismo tiempo abrió la bolsa poniéndosela al Blas debajo de las napias y de repente todas las moscas se agruparon en formación de combate y el estallido pestífero fue descomunal. Pero al menos ya sabía por qué apestaba de esa forma, lo que atesoraba el sargento a temperatura ambiente debajo de mis posaderas en una simple bolsa de plástico era ¡¡¡LA CABEZA DEL DELITO!!!
Como un resorte me levanté de la silla a la vez que jadeando y a punto de vomitar le dije al sargento que cortara el interrogatorio ya que me encontraba mal y mis clientes ya habían declarado bastante. Por fortuna terminamos y pude salir de la inmundicia. Al día siguiente, cuando me disponía a entrar en el juzgado de guardia, escucho que me llaman a voces, era el sargento con la misma palmera y rostro desencajado.
- Sra. Letrada, en el coche llevo la cabeza del delito. ¿Qué hago con ella?
- Sargento, no sé cómo no se la ha entregado aún al juez de guardia, todos sabemos el mal carácter de D. Nicolás Duffo que no le pasa a nadie ni una. Yo que usted se la entregaba ya personalmente.
Tengo grabados en la memoria los gritos de Su Señoría. Composición e Ilustraciones: Loles Velasco
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Relatos Colegiales
MANUEL HEMPE Cdo. 4.907
LA NOCHE
Una explosión me había desvelado de un profundo sueño. Mire el reloj y eran las cuatro de la mañana, tras la cual ya me era imposible dormir. Odiaba profundamente estas situaciones, en este caso, era una cuestión totalmente sorpresiva. ¿Qué habrá pasado?, me preguntaba mí mismo. Cuando uno está durmiendo no le gusta que le despierten, pues después de tantos años intentando conciliar el sueño, es muy fácil volver a las noches de insomnio cuya única compañía es el silencio de la noche. Encendí un cigarro y me asomé al balcón. A lo lejos se veía un edificio ardiendo en llamas, aún no había llegado ningún servicio de emergencia, supongo que estarían en camino. La calma siempre va precedida de la tempestad y la noche seguía a su ritmo, como si nada hubiera ocurrido. Cuantas desgracias estarían sucediendo esta misma noche en distintos lugares del mundo, pensé. No volví a dormir, como les digo, una vez despierto, me es imposible volver a dormir, así que cogí lo primero que tuve a mi alcance: unos vaqueros, una camiseta negra y una chupa de cuero, y sin olvidarme, por supuesto, de la mascarilla. ¡Ay!, que tiempos cuando la vida era normal…Era primavera, por lo que refrescaba un poquito. Bajé las escaleras de mi bloque. Me acordé de una novela magnífica de mi admirado Buero Vallejo: Historia de una escalera. ¿Qué pensarían los vecinos al verme bajar a estas horas? Está mal visto salir de madrugada, como si la noche no tuviera lugar para el ser humano. Cucarachas, ratones, gatos…es la única compañía que te encuentras de madrugada. Había luna llena, por lo que hacía una gran función lumínica. Tomaba muy en serio las opiniones de los demás, y era una cosa que me angustiaba por dentro, en ocasiones me producía muchísima ansiedad. Vivía justo al lado de la Catedral de Almería, era un lugar maravilloso, lleno de historia e imponía a primera vista. No había nadie, pasear a estas horas era algo absolutamente maravilloso. Caminé unos cuantos minutos por toda la ciudad hasta que me senté en un banco situado en la antigua estación de tren de la ciudad, que también era de una arquitectura deslumbrante. ¿Dónde habían quedado todos los diseños arquitectónicos del siglo VXIII y XIX? La belleza es algo relativo, se puede percibir de distintas maneras, como un cuadro de Jackson Pollock, que está en los umbrales del: o te gusta demasiado o no te gusta en absoluto. Corría una leve brisa de viento, apenas perceptible. Hola, ¿qué haces aquí? –me dijo una voz femenina. Me sobresalté en cuanto escuché el sonido, no esperaba ni vi a nadie alrededor. Paseando,
¿cómo te llamas? –contesté. Era una chica con el pelo ondulado, color oscuro, de un metro sesenta de altura y se llamaba Soledad. Bonito nombre -dije. Según me contó, se había despedido de su chico con un último beso, de esos que recuerdas por la intensidad del mismo. Las despedidas siempre van precedidas de un beso, pero en estos tiempos de pandemia saben un poco amargas. No había podido besar a su abuela, ni a su madre…eran lo que llaman “población de riesgo”. ¡Maldito virus! -exclamé. Habían desaparecido el calor de los abrazos, de los besos, todo se había convertido en una especie de superficialidad. ¿Y cuándo fue la última vez que besaste? -me preguntó. Hacía casi un año que di el último beso, era un poco triste, sí. Por no dar explicaciones respondí que no lo recordaba. Soledad se levantó, me dio un beso y se marchó. Tenía una manera de andar que transmitía elegancia y algún recuerdo de una chica que paso por mi vida como un tren.
El reloj de la estación marcaba las siete en punto de la mañana. Amanecía y empezaban a verse las primeras personas en la calle. La rutina del trabajo comenzaba a activarse. No recordaba madrugar tanto desde hace años. Estoy en paro y la percepción por desempleo a penas me da para vivir, por eso gasto lo justo y necesario. A veces tenía algún gasto literario, pero siempre pedía algunos libros prestados o los adquiría en la biblioteca municipal. Me encontré con un famoso grafiti que habían plasmado en unos muros de la ciudad para una exposición del arte callejero. Hablo del famoso beso del muro de Berlín, que representa un momento tan histórico como el que se vivió en su día entre las dos “Alemanias”. ¿Cuál era el poder de besar? Un beso podría arreglar muchísimas situaciones que vivimos a día de hoy, como las guerras o los conflictos externos que suceden a menudo. Nuestros políticos deberían darse más besos pese a las dificultades. Entré una cafetería que ponían el mejor de la ciudad. El telediario abría las noticias con el suceso de incendio de un edificio en el centro de la ciudad. De fondo una imagen que dejó a todo el local boquiabierto: dos ancianos dándose un último beso antes de lanzarse al vacío. Habían decidido poner fin a su vida. Qué bonito -dijo el camarero. Era bonito y aterrador a la vez. La vida da muchas vueltas, y nunca sabes dónde vas a acabar o que te deparará el destino. Por eso hay que besar todo lo posible, vivir sin miedo, amar infinitamente, querer y nunca odiar, dar todo de ti y deslumbrar. Terminé el café y me fui a casa. Me encontraba agotado.
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Cómo citar
«La cabeza del delito», Cuadernos Literarios, n.º 15, diciembre 2021, pp. 13-16.
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