“Nosce te ipsum”
Sala de Togas n.º 89, , página 115–118
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“NOSCE TE IPSUM”
NOTA INTRODUCTORIA:
Nuestro habitual colaborador, el profesor Antonio José López Cruces, al que algún día la Abogacía almeriense deberá reconocer su prolijo y documentado trabajo de investigación sobre Abogados almerienses, nos remite un artículo del compañero Francisco Pleguezuelo y Rojas, nacido en Almería en 1855, el del derribo de las murallas califales, cuya trayectoria profesional y literaria en Madrid glosamos en la revista colegial “Cuadernos Literarios”, (Nº 8, julio de 2018), que hemos considerado de interés reproducir en esta sección dado nuestro empeño por recuperar y conservar la memoria sobre la historia de la Justicia en Almería, sus instituciones y personajes. El artículo, original de la pluma de nuestro ilustre compañero, lo reproducimos tal y como apareció publicado en el diario El Radical en el verano de 1909. José Ramón Cantalejo Testa. Del IEA
EL RADICAL. Almería, 27 de agosto de 1909 sa y colectiva, la voz de mis mayores, de mis camaradas y maestros, de mis muertos y mis vivos, de mis árboles y piedras, de mi mar y de mi cielo, del pequeño mundo impermutable que me tocó en el divino reparto la que al cabo de los años con piadosa dulzura me pregunta: “¿Qué ha sido de tu vida?”
Ya sé yo que con cierto humorismo y una ingeniosidad cualquiera correspondería más o menos cumplidamente a la honrosa invitación que se me ha hecho para presentarme en este escenario a decir mi parlamento, toda vez que la invitación tiene más de deferencia personal, por hacerme figurar entre los actuales representantes de la antigua corte literaria musulmana, que de verdadero interés por conocer las ideas o los hechos, las virtudes o flaquezas de este humildísimo almeriense.
Y con esto metido en el corazón ¡cualquiera puede imaginarse cuál no será el borbotar de mis ideas y sentimientos, y con qué dificultad no pugnaré para abrirles cauces con la pluma! Así la he dejado veinte veces sin saber cómo empezar y así la retengo ahora sin saber cómo voy a proseguir.
Pero es el caso que en mí se sobrepone siempre a la fría y discreta reflexión el sentimiento poético; que soy un fantaseador de mil diablos; que el fondo de mi carácter es romántico, y que por esto, así como por encontrarme en edad en que bien puede hacerse el balance de la existencia, se me ha metido, no diré en la cabeza, pero sí en el corazón, que no es una voz particular la que inmerecida y cortésmente me invita, sino que es una voz misterio-
Lo primero debiera ser cantar un himno a esa mi pequeña íntima patria que ha venido a conmoverme con su acuerdo y su pregunta, a ese pedazo terrenal que llevé siempre en mi corazón como piedra de toque de todos los amores y de todas las hermosuras. Pero si yo empezara a contar sus alabanzas, ¿cuándo acabaría? 115
Reproducción de una portada de “El Radical”. BALJRC)
Reproducción de la portada de la revista colegial “Cuadernos Literarios”, publicada en julio de 2018 (Num 8), donde se glosa la figura del abogado almeriense. (BALJRC)
Debo, pues, empezar pidiéndole perdón por lo vacuo de mi vida; por no poder presentarle para su orgullo y alegría altos hechos de abnegación o de civismo, investigaciones científicas fecundas, obras de arte imperecederas, leyes benéficas que llevaran mi apellido, alguna labor social robusta y trascendente, cualquier maravilloso invento, una obra, en fin, moral o material de las que inmortalizan al autor y al pueblo en que ha nacido. no se había quedado tan abajo por falta de aptitudes, de voluntad o de suerte.
Pero, bien mirado, ese análisis sería tan interminable como inútil, pues aseguro que cien veces lo he intentado y jamás he conseguido esclarecer el punto, como tampoco he logrado clasificarme y definirme con toda precisión en muchos órdenes de la vida; de donde infiero que es cosa muy difícil el conocerse a sí mismo y que quien logre realizar la famosa máxima inscrita en el famoso templo merecerá sólo por ello el verdadero nombre de sabio. Yo estoy muy lejos de merecerlo. Preocupado con esto, anticipé, cuando me lo pidieron, como título de mi parlamento, el título que conservo, no porque sea el adecuado, sino por pura consecuencia y como mero distintivo.
Pero quizás, en vez de este anonadamiento que en cierto modo acusa loca ambición, lo procedente sería contarle ufano a la amorosa madre aquellas pequeñas cosas que uno pudo realizar y que le hicieron salir siquiera del montón enteramente anónimo, lo cual, como es sabido, constituye el grado más humilde en la escala de los méritos.
Inútil el análisis para llegar a la filosofía de mí mismo, sería cosa de lanzarse a la sencilla narración de los hechos de mi vida; mas porque hay que sofocar el sentimiento para ir poniendo en orden las ideas al paso que se escribe, me siento ya con menos impulso y calor para
Sin duda alguna, según voy discurriendo, esta ingenuidad sería lo más propio del caso; y con ello vendría también el examen de conciencia y el revolver y apuntar pormenores y detalles, a fin de poner en claro si este urcita116 entregarme a la infantil ingenuidad de relatar ufano pequeñeces, como quien habla fascinado por amorosos ojos maternales. No, para hablar así con Almería, tendría que hacerlo en verso, que es un lenguaje ideal que todo lo puede y todo lo embellece, o tendría que hacerlo en un modesto libro que fuera algo más recatado que la atrevida y voladora hoja de un periódico, la cual, aunque no la llamen, se introduce en todas partes y se posa en las manos de cualquiera. de estudio y de cultura. La gracia hubiera sido ponerse en algo a la cabeza.
Sólo en dos cosas podría figurar en primera línea: en las buenas intenciones y en el deseo de saber. Mas por el exceso de aquellas me he quedado en soñador, y por el exceso de estudio en estudiante. Pluribus intentus minor ad singula sensus. No contento con los estudios necesarios, me he metido siempre en los superfluos, y así, queriendo saber mucho, me he quedado sin saber nada. Como si no fuera bastante haber peleado con el griego y el latín, me he pasado la vida peleando con el francés, el italiano, el inglés y el alemán, por saborear en sus propias fuentes las obras del ingenio y por sentir mejor en todas partes la fraternidad universal. Esto tiene sin duda su germen almeriense, porque conservo un librito con palabras de caló que yo apuntaba cuando niño y que cambiaba por piezas de a dos cuartos con los gitanos de un aduar que se plantaba en las cercanías del cortijo adonde iba con mis padres algunas temporadas. No contento tampoco con haber recorrido España, he querido recorrer Europa, y mis veraneos han sido echar el alma trotando por ciudades y ciudades, siempre con el deseo de ver y de aprender; y esto tiene también su germen almeriense, porque no ha habido quien haya hecho más escapatorias que hice yo a esa vega, a esa playa, a la Alcazaba y a san Cristóbal. Como si hubiera tenido que escribir la crítica de todos los monumentos y museos que he visto, he devorado los libros de bellas artes, y hasta Arquitectura naval he estudiado, si bien esto por tener que defender como abogado los intereses de una empresa naviera; pero la he estudiado con gusto. Es decir, que en mí el estudio ha sido una especie de sibaritismo, por lo cual no me ha dado grandes frutos. Pero yo aseguro que moriré estudiando, si no me hace morir enseñando la pasión con que ahora tomo el educar a cinco sobrinitos huérfanos, pasión que sin duda tiene su precedente en aquel afán con que actué en el “Centro Popular de Enseñanza” hace la friolera de treinta y nueve años.
Quede, pues, para mejor ocasión el íntimo coloquio, aunque hay alguna pequeñez que ufano contaría urbi et orbe por referirse a tiempos juveniles en que aún no me apuntaba el bozo y apenas hacía tres años que había salido de Almería con el alma encendida en puras y nobilísimas ideas, tiempos que con el recuerdo de “La Urcitana” ha reavivado en mi mente nuestro benévolo don Antonio, o sea, González Garbín,* (?) D. Francisco Giner de los Ríos y el canónigo Manjón constituyen para mí la trinidad sagrada de nuestra patria grande, por no haber más alto sacerdocio que el de la educación y la enseñanza, ni obras redentoras comparables a las que representan esas tres vidas consagradas con intensísima pasión, aunque por diverso modo, a tan excelso fin. ¡Quién sabe! Acaso comencé yo por seguir la misma vocación que mis venerados maestros D. Antonio y D. Francisco, y erré luego el camino, porque precisamente la pequeñez de que vengo a envanecerme es el honor alcanzado por haber figurado en los tiempos de “La Urcitana” entre los fundadores del “Centro Popular de Enseñanza”, que asimismo se estableció en la Universidad Central, bajo los auspicios de aquel insigne Rector que se llamo D. Fernando de Castro. Íbamos allí por la noche a dar lecciones elementales a obreros encallecidos que gustosos acudían, después de sus trabajos, a recibirlas; en el segundo año, si no me es infiel la memoria, pronuncié yo el discurso inaugural de las tareas y, como premio y estímulo a mis puros entusiasmos, recibí el 15 de Noviembre de 1870 un laudatorio B.L.M. del bondadoso Rector con un número del Boletín Revista de la Universidad, en que había publicado mi discurso. Conservo como oro en paño el B.L.M., pero no el número de la Revista, y confieso que he de buscarlo ahora, por ver aquella mi proeza académica de mis diez y ocho años.
No hay que poner límites a la divina providencia, como decía León XIII, cuando se hablaba de la edad; y es posible que todavía me quede tiempo por delante para aumentar en algo el escaso activo de mi vida, de manera que resulte más justificada mi aparición entre tantos compatriotas beneméritos, doctos, inspirados, bajo la presencia del maestro de todos, del insigne D. Antonio. ¡Qué dolor que falten aquellos otros discípulos suyos, amados compañeros nuestros; aquel áureo, luminoso, diamantino escritor, Antonio Atienza*, y aquel ángel del saber y de la vida, Rafael Torres Campos!
En esa edad cualquier cosa es gallarda, y el más pequeño halago nos inunda de gozo, nos llena de ilusiones. A ella corresponde también la purísima gloria, la inmensa dicha mía de que Don Francisco Giner me confiara la redacción de explicaciones suyas de Psicología que empezaron a publicarse en la Revista del señor Labra. En mi adolescencia es donde yo coloco mis grandes honores y mis grandes vanidades. De hombre, no es ninguna gracia que haya concedido alguna estimación como abogado, como autor dramático, como escritor, como hombre
Dulce y triste es hablar contigo, queridísima Almería, y nunca acabaría dando rienda suelta al sentimiento. Pero hay que poner fin. Diga el silencio cuanto quisiera decir el corazón.
EL COLEGIO INFORMA
MARTA ORTIZ ELEGIDA VOCAL DEL COLEGIO DE ADMINISTRADORES DE FINCAS DE ALMERÍA
EL COLEGIO INFORMA ACUERDOS, Actualidad, acuerdos, convenios, participación, eventos jurídicos
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«“Nosce te ipsum”», Sala de Togas, n.º 89, agosto 2024, pp. 115-118.
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