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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RETAZOS DE HISTORIA

El censor del caudillo

Sala de Togas n.º 84, , página 92–94

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EL CENSOR DEL CAUDILLO

Francisco Franco vuelve a estar de plena actualidad. La dura verdad sobre la dictadura de Franco, una serie alemana emitida en Netflix, ha terminado por calar en buena parte del público. No deja de ser curioso el éxito que está obteniendo. En rigor, no cuenta nada serio que no se supiera, pero sin embargo olvida, o desconoce, algunos episodios bastante significativos de Franco, su gobierno y su tiempo. Al margen de eso, y a pesar de haber reclutado a historiadores y biógrafos reputados, lo que más ha sobresalido de la serie han sido sus cotilleos: si Franco era hijo de un juerguista, si fue un estudiante torpe, si no le dio la nota para ingresar en la armada y, sobre todo, el tema estrella, si Carmencita era o no hija carnal suya. Por supuesto que esto último se ha incorporado, de inmediato, a la prensa del corazón, lo que debe ser triste rédito para un documental que aspiraba a cierto rigor, con aire riguroso y exhaustivo. Que termine en boca de los Jorge Javier, Matamoros, Patiño y compañía no parece buena señal. El Caudillo tenía su vena literaria, por lo demás, conocida, aunque al parecer no en todos sus detalles. El documental en ese sentido aporta poco, o prácticamente nada, aparte de mencionar su intervención como guionista de Raza. Firmada con el pseudónimo de Jaime de Andrade, contó incluso con dos versiones, una en 1941 y la otra en 1950. La dirección de la obra quedó al mando de José Luis Sáenz de Heredia, primo hermano de José Antonio. Precisamente en la figura del director, aparece una de esas paradojas que, por una u otra razón, parecieron empecinarse en torno a la labor creativa de Franco. Sáenz de Heredia, el director por excelencia del cine franquista y falangista declarado, era discípulo di-

Ejemplar de “Raza” escrito por Franco bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade lecto de Luis Buñuel, comunista que le salvó la vida en el Madrid de la Guerra Civil. En todo caso, la primera veleidad literaria de Franco es casi dos décadas anterior. En 1922 aparece su Marruecos: diario de una bandera, obra en la que recoge su experiencia en la guerra de África. Esta obra también conoció una reedición, en 1939, con algunas sustituciones poco menos que obligadas. En la primera había incluso insultos explícitos hacia los moros, el enemigo al que se habían enfrentado. Pero en la segunda esos párrafos fueron suprimidos, como reconocimiento al apoyo prestado desde 1936 a la causa del Generalísimo. También tuvo su vena periodística, esta vez combinando varios pseudónimos, Jakim Boor, Macaulay o Hispanicus, siempre en el diario Arriba, como es natural. Arriba era el periódico del régimen, con poco aprecio entre la profesión. Aparte de su ideología, lo que más molestaba era la dudosa pro- fesionalidad de sus redactores, a quienes se acusaba veladamente de intrusismo profesional, y, sobre todo, la leyenda negra de que era deficitario y para financiarlo se gravaba al resto de la prensa. Originariamente, Arriba había sido un semanario fundado por el mismísimo José Antonio Primo de Rivera. Tuvo escaso éxito en ese tiempo, aunque su escueta difusión no impidió que las autoridades republicanas lo cerraran en 1936. Reaparece en marzo de 1939, ya con los falangistas en Madrid, que toman las instalaciones del diario El Sol. A partir de 1940 pasa a formar parte de la Cadena de Prensa del Movimiento y es, por supuesto, el órgano oficial del nuevo régimen. Ningún lugar más apropiado, pues, para que el Caudillo ejerciera sus inclinaciones periodísticas. Al hilo de ese nuevo protagonismo recobrado por la figura de Franco por uno u otro motivo, La Vanguardia ha publicado hace una semana un curioso artículo, en el que se hace eco de un suceso bastante particular. Finalizaba agosto de 1947 cuando el Generalísimo envía un texto titulado “Serenidad” al diario, según el procedimiento habitual. El Ministro de Educación avisaba a la dirección de la publicación, que a su vez ponía en marcha la recepción del texto por parte del único redactor que conocía la identidad real del autor. Este procedía a trasladarlo a composición, tal cual estaba con correcciones a mano incluidas, y aparecía sin más al día siguiente. Esa tarea estaba encargada a Enrique de Aguinaga, entonces en la plantilla de Arriba y más tarde catedrático de Periodismo en la Complutense. Sin embargo, el fatídico 26 de agosto algo falló estrepitosamente en el procedimiento habitual. En lugar de llegar a los talleres, “Serenidad” viajó hasta las oficinas madrileñas de Mon- te Esquinza, sede de la censura en la capital. La diligencia del funcionario encargado fue extrema. El texto en sí tenía mala apariencia. Apoyaba de manera bastante visible al gobierno británico, ni más ni menos. La pérfida Albión, que hollaba el suelo patrio en Gibraltar, era tratada con cierta complacencia por la pluma de Macaulay. El Caudillo había cambiado la política exterior con respecto a Gran Bretaña, sin previo aviso, como por otra parte correspondía a quien gobernaba con mando absoluto e indiscutido en plaza.

RETAZOS DE LA HISTORIA

El censor, desconocedor de ese detalle, se empleó a fondo. Tras esa mala primera impresión, procedió a ensañarse, tiñendo de rojo una buena porción de artículo. Enrique de Aguinaga conservó la galerada censurada, gracias a lo que es posible hoy ver a ciencia cierta que aquello sucedió.2 venían, autocensurándose sin mayores inconvenientes. En 1939 aparece una reedición de Marruecos: diario de una bandera, no tanto por un sonado éxito de ventas de la primera, como porque se había hecho necesario introducir algunas pequeñas modificaciones. Los insultos explícitos hacia los moros, el enemigo al que se habían enfrentado en 1922, de repente desaparecieron, como reconocimiento al apoyo prestado desde 1936 a la causa del Generalísimo. En la versión definitiva de Raza (1950) elimina los saludos fascistas, encuentra en el comunismo el nuevo enemigo y, sobre todo, elimina las alusiones denigratorias a la masonería. En ese momento, con la esperanza de abrir un período de relaciones con EE. UU., no convenía cargar las tintas contra una institución, la masónica, que había sido cantera fe-

Marilyn Monroe también fue objeto de la censura franquista. Aquí el retoque en el escote es más que evidente.

Naturalmente, cuando aquello volvió de la censura en el periódico hicieron caso omiso de la tinta roja y apareció, como no podía ser de otra forma, el texto tal y como lo había enviado el Caudillo. El suceso ha sido comentado como un ejemplo de las hilarantes paradojas que ocasionaba el mecanismo censor. Franco había sido la mano que directamente había edificado en 1938 la censura periodística en España, conforme a un patrón vigente hasta la Ley de Prensa de Manuel Fraga en 1966. De su escrupulosa diligencia no se libraba ni él mismo, cosa que tampoco le hubiera incomodado en exceso. De hecho, el propio Franco se encargaba de censurar sus propios textos para acomodar su producción artística a los vientos que mejor le con-

Cartel de cine de la película de la película “Raza”.

La noticia que incorpora La Vanguardia, en todo caso, tampoco es estrictamente original. El texto que conservaba Enrique de Aguinaga ya había visto la luz en 2016, e incluso está disponible en Internet. En ninguna de sus versiones, sin embargo, se aclara el auténtico meollo de ella. Queda un inquietante misterio no resuelto. ¿Qué fue del empeñado censor que incluso se atrevió con un texto del Caudillo? ¿Se enteró alguna vez de hasta dónde había llegado su diligencia? ¿Se lo preguntó alguna vez a la vista de que el 27 de agosto publicó Arriba la colaboración de Macaulay sin sus observaciones? ¿Se le cayó el cielo encima como temían los galos de Asterix? ¿O acaso descubrió la verdad de la vieja costumbre mongola de cambiar de residencia a partir del 28 de agosto, tan firme que incluso cumplía el mismísimo Kublay Khan? cunda de presidentes norteamericanos, empezando por el propio George Washington. De nuevo, la casualidad tejió una nueva carambola. Todo eso ha podido ser documentado porque se conservó una copia de la primera versión de Raza…en los archivos de la antigua RDA, quien sabe si por ser obra grata a la Stasy, o porque bajo el barniz de esta, en realidad, se mantuviera el Momento de la designación de don Juan Carlos como sucesor de Franco trasfondo de otra por las Cortes, el 22 de julio de 1969. (Foto: Diario El Norte de Castilla) ideología política.

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Cómo citar

«El censor del caudillo», Sala de Togas, n.º 84, diciembre 2021, pp. 92-94.

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