Basado en mentiras reales
Abel Josué Berbell García · Sala de Togas n.º 80, , página 8–10
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BASADO EN MENTIRAS REALES
David Wallace-Wells afirma en su libro “Planeta inhóspito” (Editorial Debate 2019) que dentro de treinta años en Oriente Próximo, en el África endrina y en el sur de Asia no se podrá salir a la calle en verano. La biosfera estará arrasada mientras sequías, inundaciones y la desaparición de zonas costeras no tardarán más de una década en intensificarse, produciéndose lo que el autor llama “el gran éxodo” de mil millones de refugiados climáticos que se instalarán en otros lugares para abandonar las tierras rasgadas, arañadas, abiertas a hachazos por un salvaje ardor solar.
¿Es esto verdad?
Para la modernidad occidental la respuesta casi no importa, más relevante parece nuestra dificultad para soportar demasiada realidad. No es que esta generación sea especialmente ignorante, hedonista o sencillamente estúpida, todas lo han sido, pero lo 8 cierto es que, a pesar de que las condiciones de vida actuales son infinitamente mejores, algún tipo de pasiva inconsciencia nos empuja hacia nuestra propia aniquilación. pliegue reivindicativo de aquel resentimiento se convierte en un sustituto barato de la reflexión en profundidad. Debatiéndonos entre el mundo físico y el digital, y viéndonos insuficientemente valorados o sopesados, entregamos inermes nuestra privacidad a los algoritmos hasta vernos inmersos en la inaudita situación de una mentira que parece casi real, difuminando la frontera entre los hechos constatados y las opiniones, propiciando una atmósfera en que la falsedad adquiere una aparente forma de realidad.
Desde la PlayStation, hasta Skype, Whatsapp, Twitter o Instagram, pasando por Airbnb, Uber, TripAdvirsor, Pinterest hasta Youporn, todas estas herramientas del nuevo mundo digital han cambiado nuestra relación con la realidad y nuestra propia concepción de ella provocando un extraño efecto de narcosis moral, abocándonos a una especie de individualidad sin mesura ni término que nos impide afrontar con credulidad las cuestiones verdaderamente preocupantes, provocando que seamos más proclives a creer aquello que confirma nuestros prejuicios, en base a una forma de entendimiento de nuestro entorno que desdeña el detalle y escoge atajos de pensamiento con resultados catastróficos, pues al final nos deja postrados en la incapacidad de poder emitir juicios sobre conceptos de la realidad como la desigualdad, las migraciones o la crisis climática porque no reconocemos sus patrones. La alexitimia se extendería no sólo a la incapacidad para sentir, sino a una indiferencia en el discernimiento que nos permite recibir una lista aséptica de hechos de objetiva importancia como si resultara algo ilusorio e inaprehensible.
Esta inconsciencia producida por la paradoja de la privacidad resulta fascinante: el móvil, con sus cámaras y micrófonos, se convierte en nuestro DNI ambulante, a la vez que sus entre 10 y 20 sensores van esparciendo por todas partes nuestra huella digital y el rastro de cada individuo, sin darnos cuenta que en realidad somos un polizón navegando en el trasatlántico de la automatización digital, y lo que antes parecía un logro libertario ahora se convierte en la pesadilla de una soterrada opresión. La geolocalización permite que en tu pantalla aparezca un anuncio de una empresa textil que casualmente tiene una tienda a 25 metros de distancia de tu casa, mientras el buscador de internet se autocompleta antes de que hayamos terminado de escribir en la búsqueda, anticipando o fomentando lo que vamos a hacer antes de que lo hayamos pensado conscientemente.
Esta laxa relación con los hechos factuales y la suspensión generalizada del pensamiento crítico nos coloca un velo para no ver aquello que intuimos pero que preferimos ignorar. Como recurso psicológico elegimos no saber cómo se producen los teléfonos y las ropas que compramos ya que atormentarnos de forma individual no sirve para nada. Como mucho, nos sentimos un poco mejor después de habernos atormentado, pues sabemos que ninguna solución podrá ser ya individual. Colectivamente hemos decidido no ser conscientes de lo que implica nuestro modo de vida y sus consecuencias, aunque conozcamos que nuestro estatus solo es posible aquí porque en otra parte del mundo hay otros estatus bien diferentes. Y resulta comprensible que la gente no quiera hacer cambios radicales en su vida y que aceptemos que las cosas sean como son, aferrándonos a la culpa de un sistema cuya estructura nos priva de la oportunidad de ser una persona decente, forzándonos a hacer daño a otros aunque no queramos solo por ser ciudadano de un país o de otro, pues pensamos que así es la lotería geopolítica del lugar de nacimiento.
Este monopolio tecnológico que controla la verdad, con su avidez vampírica de información, pretende sustituir al Estado y alcanza un estadio superior con el marketing que se adelanta a nuestros deseos antes de que los tengamos, y así ha habido intentos de negar ante los tribunales la existencia del libre albedrío, esta voluntad que los anglosajones llaman free will, hasta el punto que el Tribunal Supremo de EE. UU., antes incluso de la irrupción más avanzada de la inteligencia artificial, tuvo que salir en el año 2012 en su defensa, confirmando felizmente que existía como fundamento “universal y persistente” del sistema legal y del concepto de responsabilidad individual. No soy quien para juzgar las motivaciones individuales de cada uno, pero ante este reino del “click” que produce a cada instante una pequeña muerte de la verdad, sustituida por hechos alternativos que no son más que una manera elegante de decir mentiras, no parece que haya muchas rutas de escape. Habrá que tomar conciencia del peligro y desarrollar planes contra la mentira virtual organizada antes de que los algoritmos modelen nuestro comportamiento hasta acabar determinándolo para ser lo que los algoritmos digan que hemos de ser. En un mundo globalizado, observado a través de las imágenes de internet, corremos el riesgo de estar siempre envueltos en un pensamiento débil que fracasa por su relativismo y transversalidad, y que no resulta suficiente ni verosímil ante la debilidad humana y la angustia existencial hambrienta de certezas. No resulta alentador que los menores de 30 años que se movilizan en las calles y en las redes sociales con una intensidad sin precedentes sea a la misma vez la generación que a la hora de la verdad menos vota de la historia.
Sin embargo, hay algo que no funciona en un sistema que no te permite la oportunidad de ser una buena persona y que al mismo tiempo nos hace creer que tenemos el derecho ilimitado al resentimiento sobre la base de una pretendida identidad fundada en un yo interno intrínsecamente valioso y auténtico, mientras que la sociedad exterior se nos representa sistemáticamente errónea, como si no fuera el ser interior el que debe ajustarse a las normas, sino la sociedad la que tiene que cambiar y adaptarse al reconocimiento de nuestros agravios y sentimientos de humillación o a la presunta falta de respeto que nos dispensan, hasta el punto de que el motor de los asuntos humanos parece ser la irreal sensación de no ser tenido en cuenta.
La mentira presupone una intención, un previo conocimiento de lo cierto que se oculta a propósito. Quizá por eso la lucha contra esta situación de irrealidad deshumanizadora sea que todos nos pongamos un buen día a contar puñeteramente la verdad huyendo espantados de tanta neutralidad y equidistancia. Así, será únicamente nuestra disposición al tratar los asuntos y la perspectiva que adoptemos de manera consciente lo que
Lo paradójico es que tratándose de una sociedad que se entrega con devoción a la ciencia tecnológica padece sin embargo una seria dificultad para el ejercicio de un pensamiento realista, fiándonos más de Google que de las promesas de cambio que nos hace el gobierno de turno, suplantando el conocimiento genuino por la sabiduría de las masas, de modo que el inicial des9 haga que una noticia pueda considerarse relevante y no un mero chisme falsamente intrascendente. Pero, en cualquier caso, en el tramo que va de lo uno a lo otro hay que seguir incurriendo adrede en el ardid ontológico según el cual debe existir una verdad de las cosas, aunque la fusión de lo empírico y lo imaginario produzca insoportables disonancias, pues andado el tiempo siempre descubriremos que al conocimiento le rodea más el misterio que la claridad, que uno sabe tremendamente poco acerca de todo, de los demás y de uno mismo; y que lo terrorífico puede ser descubrir cuán indiferente resulta cómo se comporte uno, porque aunque nadie tiene un conocimiento exacto de la verdad, más descorazonador podrá resultar aproximarse a ella sabiendo que detrás aletea el abismo de lo moral. debemos revisar nuestros planteamientos y volver a explorar las conexiones entre lo bueno y lo real saliendo del letargo de un permanente estado de falseamiento que tiene sus mayores aliados en la frivolidad y el maniqueísmo, que solo se pueden vencer con la construcción del lenguaje y ordenación del pensamiento a base de ideas y metáforas que no dejen nada a medio hacer en la configuración de lo verdadero, presentando de una forma nueva historias que ya empiezan a resultarnos demasiado familiares y entendiendo por verdadero cuanto contribuye a reconocer la realidad tal cual es, sin el velo de las ilusiones personales, porque si en cierto modo todo puede suceder, entonces no hay imposibilidad para una épica de la verdad que se encadene como sea a los detalles que garanticen alguna ecuanimidad en la narración de la vida.
Y probablemente el encanto de una moral de la verdad sea que obra en contra de su propio prestigio, aunque sepamos que en última instancia también puede siempre repercutir en una mejora del mundo. Posiblemente por eso nuestra rampante indiferencia ante las noticias pésimas sea un mecanismo de defensa para soportar la posibilidad de que la conciencia de lo real y verdadero puedan convertirse de verdad en un fenómeno superficial.
Porque aunque seamos una raza sin esperanza subida a un barco que se hunde podremos aliviar el sufrimiento siendo todo lo decentes que podamos, pero decencia no desde la empatía tan de moda al estilo coaching, training u otras sandeces, sino desde la más profunda “compasión difícil” que no permita ni un ápice de tristeza en quien compadece, sino más bien una bondad en los detalles para que al devastado mundo que dejemos a las futuras generaciones solo le reste el silencio de enfrentarse a nosotros.
Frente a la desinformación que producen las mentiras reales y a la imposición de asuntos pretendidamente intrascendentes,
Gerardo M.Vazquez Col. 3097 Portavoz y asesor de AUAN
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Abel Josué Berbell García, «Basado en mentiras reales», Sala de Togas, n.º 80, diciembre 2019, pp. 8-10.
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