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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

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Sala de Togas n.º 6, , página 2–3

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SALA DE TOGAS

. Silverio Martínez López

DIRIGE Jesús Ruiz Esteban

REDACCION Ramón Muñoz Sánchez. decano

Joaquín Monterreal Alemán. diputado 2.0 Gabriel Alcoba Salmerón. tesorero Jesús Rulz Esteban, colegiado Emilio Esteban Hanza. colegiado Fausto Romero·Miura Giménez. diputado 3.0

DISEÑO ESCUDO Jose María Molina

EDI TA Ilustre Colegio Provincial de Abogados de Almería Palacio de Justicia Telf . 23 7 1 0 4 0 4080 Almería FOTOCOMPOSICION E IMPRESION Artes Gráficas ALEO (Aimería de Ediciones. S.A.) Cl Mármoles. 25 04006 Almería DepóSito Legal: AL · 297 · 1988 El Consejo de Redacción no se responsabiliza de la opinión vertida en los artículos firmados por sus autores.

Hace unos días, me encontré en la calle, con el amigo y corr:pañe'ro Jesus Ruiz. Esteban, sorprendiéndome con la noticia de que me buscaba con interes para notificarme que el Colegio de Abog:tdos me había designado para que, en el próximo Boletín informativo de dicho Colegio, escribiera una especie de semblanza biográfica sobre mi mismo. La designación, al principio, lo creí una broma; pero ante su insistencia comprendí que tenía visos de verdad; lo que me sorprendió e inquietó. Me sorprendió porque es la primera vez que en mi vida me hacen el ofrecimiento de escribir en una revista profesional de la categoría y rango, que por su presentación y contenido, tiene la de nuestro Colegio de Abogados; y, en segundo lugar, me inquietó de verdad porque no encuentro nada en mi ejercicio de la abogacía, que por lo excepcional e interesante merezca ser destacado en una revista; aparte de que puedo correr el riesgo de que al exponer lo que yo soy o creo que soy, con lo que el lector cree que soy, haya tal diferencia al confrontar ambos criterios, que hubiera sido para mi conveniente guardar silencio. No obstante, como quiero ser ante todo obediente, y no responder con una indelicadeza a los que han tenido la deferencia de invitarme, he pensado escribir, más sobre hechos concretos de mi actividad profesional, sobre mis ilusiones y las circunstancias de mi vida, por si ésta fuera más interesante que hablar de mi propia realidad profesional. Y en este sentido, he de decir que nací en un pequeño y olvidado pueblo de nuestra Sierra de Filabres. Apartado de todo lo que suponía civilización y relaciones con otros pueblos, la vida se desarrollaba en un ambiente netamente rural, dedicados los vecinos exclusivamente a las faenas del campo. Solo había una escuela primaria a donde los padres mandaban algunos de sus hijos para que aprendieran a firmar, a escribir una carta y las cuatro reglas. A esto se reducía la formación de los hijos y las aspiraciones de los padres. Se trataba de un ambiente totalmente ajeno a todo lo que podía suponer formación y cultura. Frente a esto yo sentía la inquietud y la ilusión incontenida de salir de aquel medio; de llegar a la ciudad para poder estudiar y formarme.

Un buen día -y por circunstancias que no son del caso explicar-, me encontré como alumno becario, en el Seminario de Maestros del Ave-María, fundado por D. Andres Manjón, en Granada.

Allí hice con mucho entusiasmo mi carrera de Maestro; ésta me permitió seguidamente actuar como Maestro en las llamadas Escuelas de Valparaiso, del Ave-María, en Granada, que D. Andres Manjón creó a orillas del Darro, en un marco incomparable, entre la Alhambra y el Sacromontc y a las que asistían cientos de niños del Albaicín y de las Cuevas Sacromontanas.

Por cierto, que era entonces Director de las Escuelas el almeriense y Canónigo del Sacro Monte D. Diego Ventaja, nombrado despues Obispo de Almería, que en nuestra guerra civil aceptó el martirio de morir como buen Pastor, antes de abandonar sus ovejas. Aquel ambiente de estudio, de formación, de alegría de las Escuelas del AveMaría, permitió ver realizada mi primera ilusión.

Terminada nuestra guerra civil, tuve la oportunidad de ver realizada la segunda ilusión de mi vida: ir a la Universidad. A pesar de haber actuado como soldado en la guerra en los frentes de Granada y Teruel, tuve que incorporarme nuevamente al servicio, por proceder de la zona llamada roja, siendo destinado como soldado a artillería, en Granada. Con muchas dificultades para hacer posible compaginar el servicio militar, como soldado, con el estudio, me matriculé en la Universidad.

¡Qué recuerdos mas gratos tengo de aquellos tres años que necesité para hacer la · carrera! Profesores de la profundidad y elocuencia de D. Antonio Mesa Moles, de la precisión y claridad de conceptos de D. Juan Osorio Morales, de la sapiencia de D. Antonio Polo y tantos otros. ¡Y qué decir de algunos de aquellos que estudiaron conmigo, cuyos nombres llevo en mi memoria, y que escalaron brillantemente puestos como Catedráticos, publicistas, miembros de la carrera fiscal y judicial y destacados lugares de la Administración! . . ta en el Colegio de Abogados. No quiero hablar de mi vida profesional, porque si tú, amable lector, me conoces, tienes ya formado un criterio sobre mí; y si no me conoces, mi información no te va a servir de nada. Más, si quisiera decirte una cosa: nunca me he sentido más dignificado, ni con más sentido de la responsabilidad, que cuando he adornado mi pobre persona con la vestidura del jurista; la toga. Con este criterio, si bien es cierto que nunca se llega a ser perito en tan dificil profesión, si he pretendido, por lo menos, ser hombre integro en el sentido de ejercer con rectitud de conciencia, con visión moral profunda los problemas que se · me han encomendado.

SALA DE TOGAS

Y ahora, permíteme que te hable de otra ilusión, que llegó a ser realidad, dentro del ámbito familiar. Dios me premió con una esposa prudente, discreta, sacrificada y con una concepción cristiana de la vida tal, que aceptó como una bendición la existencia de nuestros ocho hijos, a los que dedicamos nuestros mejores afanes, hasta conseguir ver a los ocho, con sus respectivas licenciaturas universitarias; esto ha permitido y servido de base para que cada uno de ellos se desenvuelva debidamente en el quehacer de la vida; pero como no hay felicidad sin cruz, tuvimos el sentimiento de perder a uno de ellos, a los treinta añ.os, cuando ya había alcanzado un puesto destacado en el ejercicio de la abogacía, en esta ciudad.

Esta labor de entrega a la educación de los hijos, nos fué oficialmente reconocida por la Delegación Provincial del Instituto Nacional de Previsión, concediéndonos en el afio 1976, el Primer Premio de Promoción Familiar.

Con lo relatado ha pasado practicamente mi vida. Jubilado en el Ministerio de Hacienda y de hecho inactivo en la Abogacía, me acerco a los 77 años. Me encuentro en la recta final; pero espero con ilusión, con alegría, pidiendo al Señor que me enseñ.e a envejecer como cristiano. Yo quisiera como aquel Abogado, -que después fue San Alfonso María de Ligorio-, pedir al Padre bueno perdón, constancia en el amor, y sobre todo el consuelo de acabar mi vida con la confianza de pertenecer a Cristo. Y le repito, con frecuencia al Señ.or, a la manera de súplica, el terceto de Lope de Vega: «No sean tantas las desdichas nuestras, que a quien os tuvo en sus indignas manos, vos lo arrojeis de las divinas vuestras».

Aquí tienes amado lector, a grandes rasgos, la semblanza de una vida, que fue siempre vagando de ilusión en ilusión, venciendo enormes dificultades; que no hizo nada de particular, pero supo soñar; y que ahora, al final, lleva también en su alma una gran ilusión confiado en la misericordia divina: conseguir el perdón y la felicidad eterna.

Lo cierto es que fue realizada mi ilusión de licenciarme en Derecho.

Pero como los problemas no vienen solos, me encontré al incorporarme a la vida civil, con mi licenciatura y Maestro del Plan Profesional, destinando en un pobre anejo de un olvidado pueblo de la provincia, lo que me obligó para salir de momento de aquella situación, a preparar con intensidad unas oposiciones de Técnico de Administración Civil, a celebrar en Madrid; lo que me permitió, al obtener plaza, pasar del Ministerio de Educación al de Hacienda, siendo destinado a la Delegación de Hacienda de Al mería.

Y aquí es donde realmente empieza mi vida como Abogado. Quería ser Abogado; pero necesitaba un Maestro del Derecho que me enseñara a caminar por el laberíntico Derecho Procesal, y me orientara para saber enjuiciar recta y jurídicamente los casos de la vida real. Y tuve la enorme suerte de que me acogiera en su despacho el inolvidable D. Rogelio Pérez Burgos, que con su ciencia, simpatía y bondad, tratándome como a un hijo, hizo que se fuera haciendo realidad mi iniciación como profesional del Derecho.

Llevo más de cuarenta añ.os dado de al3

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Cómo citar

«Galería», Sala de Togas, n.º 6, enero 1990, pp. 2-3.

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