‘La soledad, cuento de Navidad’
Mª Carmen López Saracho · Cuadernos Literarios n.º 9, , página 10
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‘LA SOLEDAD. CUENTO DE NAVIDAD’ _de M.C. LÓPEZ SARACHO levaba una semana viendo las noches estrelladas. Llenas de color, una invasión lumínica sobre un firmamento negro. Ni las nubes que a veces encapotaban el cielo, me impedían verlas.
La Sra.Alicia paseaba a su Soledad. Soledad era su perro. Un chucho con pelo de paja ojos caídos y bigotes de alambre, como las patas. A veces, también era la soledad la que paseaba a la Sra.Alicia. Nos saludábamos con un buenos días, porque aunque estuviera lloviendo, tronando, o inundada la ciudad de hojas, bolsas de plástico y polvo, siempre se procuraba tener o desear buen agüero a esa hora de la mañana. Daba igual que crujiera el estómago, la cabeza reventara, dolieran los huesos, el día debía invitarse para ser bueno. Luego, la vería cinco o seis veces más, que era las vueltas que daba la Sra.Alicia mientras Soledad marcaba toda la hilera de la Rambla. Meada aquí meada allá, una caca, nadie mira, ahí se queda, que me duele mucho la cadera.
Cada vez que bajaba, por la derecha, por- que al subir lo hacía por la izquierda, la Sra. Alicía se quejaba de su hijo, el que ponía tetas (así lo decía: estudiar seis años, más especialidad para poner tetas). Ya apenas sabía de él. La última vez dejó recado a su siliconada mujer, la madre de sus nietos rubios con ojos azules, perfectos, y ahí quedó la llamada. En la agenda a tres meses cita. Otras veces gruñía, porque la Sra.Alicia, era muy elegante, siempre con el pelo blanco como la cal, de peluquería, pero cuando ponía la cara de Listerine, no hablaba, graznaba. Y así a trompicones es- cupía que no le habían subido la pensión, que lo único que le subía era el azúcar y el colesterol, que el portero ya no le recogía la basura porque le habían hecho un despido objetivo, que este año no compraba polvorones porque le habían puesto la dentadura nueva y se le pegaba la arenilla, que ya no se hacían mantecados como los de antes, de almendra y solo almendra, que me regalaría la caja que le iban a dar en la caja, porque ella conocía al director. Mientras Soledad la miraba y se rascaba la oreja, yo advertía la resignación perruna del pobre animal, porque siempre me he identificado más con los que miran desde abajo, que de los que sujetan la correa. Me dijo, vaya con dios, y le respondí que mejor hoy me quedaba aquí y que mañana le daría los buenos días. Me quedé, porque esa noche vería otra vez los luceros, los cuerpos celestes, los astros y hasta los cometas en todo mi firmamento, entre las ramas de pvc verde y plateadas del árbol que el Sr.Alcalde había colocado a las puertas de mi banco.Aquí, soledad no meaba.
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Mª Carmen López Saracho, «‘La soledad, cuento de Navidad’», Cuadernos Literarios, n.º 9, diciembre 2018, p. 10.
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