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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

CARMEN DE BURGOS

LÍQUIDO AMNIÓTICO

Diego Álamo · Cuadernos Literarios n.º 7, , página 7

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DICIEMBRE 2017

RE L ATO S Por DIEGO ÁLAMO

LÍQUIDO AMNIÓTICO

Y todo verso está hecho para jugar al escondite con la vida (Leopoldo María Panero). lamé a su programa esta madrugada, gracias al móvil que encontré en el suelo cerca de la puerta de un colegio privado, quizás el niño no quiso Con la fugacidad propia de una aparición fantasmal, con la absoluta certeza de que estas cosas pasan en pocas horas al orfelinato del olvido, la crónica de sucesos de varios periódicos de tirada nacional, publicaron la noticia de la muerte, en una aparatoso accidente de tráfico, de un joven matrimonio y que gracias a la rápida intervención de una UCI móvil y a la valentía y decisión del médico de la misma, que le practicó una cesárea en mismo lugar del desastre a la mujer encinta sin vida, se pudo salvar a la criatura que se alojaba en sus entrañas.

El doctor, que arrebató al niño de separarse del mundo, cuando reconoció al prematuro sobre la camilla plegable que había utilizado como mesa de operaciones, supo que había adelantado la presencia de un pobre chico sin suerte.

Al niño lo adoptaron unos tíos maternos. Creció junto a dos primas de apariencia hermosa, que vestían de forma falsamente despreocupada, de estatura alta que deja a los ojos en posición de verlo todo y aunque eran amables, solo se preocupaban de sí mismas y en ocasiones, la una de la otra. Nunca le acariciaron la cabeza, ni le limpiaron las manchas de la merienda. Vivían en un dúplex adosado de las afueras, con el aspecto fatigado que ofrecen las viviendas construidas con materiales baratos. En ese lugar, el cielo estaba tan contaminado que no se divisaba jamás el brillo de ninguna estrella. Ni rastro del cosmos. La noche, demasiado oscura. Por los ventanales y las puertas mal ajustadas, el frío se presentaba como un argumento afilado. Los meses de otoño e invierno eran de enfermedad para el joven. Sentía un dolor intenso, por toda la extensión de la piel, que se quedaba seca y cuarteada, como el fondo de un lago tras una sequía prolongada. Los aullidos del muchacho al quejarse, que se quedaba yerto, soliviantaron a los tíos.

Tras visitar las consultas de varios médicos, lo incluyeron en un programa de investigación de enfermedades dermatológicas raras. Los investigadores encontraron que el paciente, sufría una enfermedad congénita, tan infrecuente del orden de uno en cada millón de nacidos vivos, una especie de imposibilidad del tejido cutáneo de soportar temperaturas bajas, originada por no haber estado antes de nacer, el suficiente tiempo inmerso y protegido, en el líquido amniótico del útero de la madre. Ese líquido salino como el agua marina. Le explicaron que una de las funciones de la piel es la regulación de la temperatura y que era un defecto carente de cualquier tipo de tratamiento farmacológico o quirúrgico. Le enseñaron a inundarse de calmantes la ruta de la sangre, para intentar resistir las agresiones del entorno y para poder pugnar por seguir manteniendo el tipo y le recomendaron que si no quería exponerse a tener ya, siendo joven, un aspecto de hombre envejecido, debería de residir continuamente en zonas de clima cálido, en lugares en los que el otoño y el invierno sean meras anotaciones en el calendario, a exiliarse en el trópico. El dolor como una daga. La sensación que no miente. La piel seca como una lija. Noches negras y eternas que no se pueden soportar, azuzaron al muchacho a la rebelión íntima contra la injusticia del destino, al ansia por revertirlo, a creer que se pueden girar los designios del azar. Es imposible que no haya nadie en el mundo, con el panorama científico actual, que no me pueda ayudar –pensó el joven. Obstinado con la posibilidad de reparar su desgracia biológica, sin heroísmo, por supervivencia, escribió implorando ayuda a laboratorios, a universidades, a estudiosos, que él creía que sabían cómo poder recombinar su ADN, para subvertir su programa biológico de base y nadie le contestó.

Pero como el dolor empuja a preguntar, a buscar, a no darse por vencido, a que la cabeza no deje de zumbar, bajando varios peldaños, se adentró en la deep web. En ese espacio de oscuridad, en donde no se cruzan las miradas, en donde todo tiene un punto de esotérico, llegó a contactar con un tal doctor Kolnikov. Se intercambiaron múltiples correos encriptados. El doctor le dejó un link en donde le explicaba con todo detalle, como podría funcionar un programa de reparación génica de su proceso dramático; pero para ello era completamente imprescindible, que le suministrase un material biológico: el líquido amniótico de una embarazada de no menos de veinticuatro semanas. -¡Dios mío! lo tengo a mano, exclamó el joven, convencido por la fórmula que podría cambiar el rumbo de su vida. Una de sus primas andaba por el séptimo mes de embarazo. El padre, un noviete que cuando le dijo que estaba en estado, no quiso hacerse cargo. Se pasaba las horas, mirando abstraída la calle, por detrás de las ventanas. Ya no escuchaba, ni bailaba las canciones de los Gipsy Kings que tanto le gustaban.

Aunque ella hablaba poco, aunque sus ojos oscuros estaban continuamente soñolientos, el chico necesitaba algo más. Que ella no se enterase de que él entraba en su habitación. Que tuviese un sueño narcótico con tal profundidad, que no pudiese advertir la presencia de ningún peligro. Avanzada la noche, con una linterna de potente luz blanca, como la que se usa en los quirófanos, le alumbraba nítidamente la parte más abultada del vientre. Le había volcado, unas horas antes, en un vaso de agua, varios potentes hipnóticos insípidos. Con la destreza que tenía por el uso constante de las agujas sobre su propio cuerpo, atravesó la pared del útero, que previamente había desinfectado y extrajo con algo de acelero, con el sudor inundándole el rostro, aún a pesar de la frialdad del ambiente, todo el líquido que pudo cargar en un recipiente isotérmico, para que lo mantuviese a la temperatura ideal para su perfecta conservación.

A primera hora de la mañana, el recipiente salió por paquetería urgente a la dirección que el doctor Kolnikov le había indicado. Tras realizar el envío, el joven rápidamente, intentó una y otra vez, ponerse en contacto con el doctor por el canal del submundo habitual. De asegurarse que había recibido el material biológico y cuando podía estar lista la técnica de reparación corporal. Pero de repente ni una sola señal. Todos los correos habían sido eliminados. Los enlaces desaparecidos. Con el sobresalto de la evidencia de saber que Kolnikov –o quien fuese- lo había engañado, de que se había apropiado de una sustancia altamente valiosa para la manipulación genética o para algún oscuro ritual, de que su prima estaba en una quietud muda prolongada, con un hilo de vida, los lugares de la casa se convirtieron en espacios de peligro. Había que abandonarla pronto, borrando el disco duro del ordenador, por el que se habían entrelazado los contactos. Cogiendo los ahorros que guardaba de trabajar en una pizzería los veranos, se encaminó a Algeciras para tomar un Ferry a Tánger y desde allí alcanzar Marrakech que –comentan- es un sitio barato, en donde no se siente el invierno. En donde nunca si interrumpe la calidez.

Durante unas horas, el tiempo que duran las noticias en Internet, circularon varías publicaciones de periódicos digitales, en las que se podía leer como una joven embarazada, salvó milagrosamente la vida, por la actuación del SAMUR, que la intervino en la propia ambulancia medicalizada, tras comprobar horrorizados, conteniendo la náusea, que le había sido extraído el líquido del saco amniótico del hijo que esperaba, que murió con la piel completamente arrugada, como el celofán de una cajetilla de tabaco.

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Diego Álamo, «LÍQUIDO AMNIÓTICO», Cuadernos Literarios, n.º 7, diciembre 2017, p. 7.

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