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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

’M. Bolea, abogado y sacerdote’, por JOSÉ RAMÓN CANTALEJO, miembro del Instituto de

Cuadernos Literarios n.º 6, , página 4–5

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JULIO 2017

UN FALSO DON JUAN DE AUSTRIA

Miguel Bolea y Sintas: abogado y sacerdote

_Por José Ramón Cantalejo Testa

Abogado y bibliófilo. Miembro del Instituto de Estudios Almerienses eproducimos por su interés un artículo de este prestigioso publicista almanzoreño en el semanario gráfico “La Revista” publicada en Almería en 1929. Bolea y Sintas aunó su condición de Jurista con la de Sacerdote, siendo su figura una de las mas señeras entre los ilustrados almerienses de la segunda mitad del siglo XIX.

Las fuentes biográficas que existen sobre el prócer contienen graves contradicciones que dificultan en ocasiones situarle cronológicamente con certeza. Ya en 1881/82, Plácido Langle y Moya hace una breve reseña de Bolea en su imprescindible obra “Escritores almerienses. Bocetos biográficos”, diciéndonos sobre el mismo: “D. Miguel Bolea Sintas, de Albox; presbítero y letrado; antiguo polemista del Ateneo…”, confundiendo su lugar de nacimiento que, como sabemos, se produjo en Cuevas de Almanzora.

Se recibe como Abogado ya maduro, pues había cumplido 40 años, el 27 de junio de 1877, con el número 126, siendo Decano Justo Tovar y Tovar, unos meses antes que Antonio Ledesma (Cdo.128) que lo hace con 22 años.

Enrique Fernández Bolea nos relata en la reseña contenida en el Diccionario Biográfico Almeriense que consiguió en 1872 una dispensa papal para poder incorporarse al Colegio de Abogados de Almería, lo que, según el mencionado autor, le permitió ejercer durante 4 años hasta que el Obispo Orberá le hiciera dejar el ejercicio y cerrar su Bufete por considerar; “inadecuado que un presbítero practicase la Carrera de Leyes”.

En cualquier caso no participó en ninguna Junta de Gobierno del Colegio aunque sigue apareciendo en la lista de Abogados de Almería para 1901, pocos años antes de su fallecimiento en 1908 a los 72 años, si bien como ausente, lo que nos indica que nunca abandonó la institución pese a su residencia en Málaga como Doctoral Catedralicio y su simultánea pertenencia al Colegio malagueño.

_Por MIGUEL BOLEA Y SINTAS Colegiado núm. 126 - ALM n día de los últimos años del siglo XVII, se presentó en mi pueblo un caballero tan apuesto como gentil, sin más acompañamiento que su espada, ni otro equipo que la ropa puesta, que por su riqueza denunciaba persona de casa grande.

Llegó ante el puente levadizo del Castillo, que allí tenían los Marqueses de los Vélez, que eran los Señores temporales de la villa. Preguntó por el Administrador de su Excelencia y cuando apareció en el rastrillo le entregó una carta. Era ésta del

Administrador que el Marqués de los Vélez tenía en VélezBlanco y escribía a un compañero, el de mi pueblo, que por encargo de su Excelencia, el señor Marqués, le recomendaba al portador de la carta, para que lo recibiese en su propia casa a mesa y mantel y lo atendiese y cuidase como a un príncipe, pues cuanto en su obsequio y agasajo gastase se le pasaría en cuentas. Añadía que lo presentase al Alcalde mayor, Letrado, y al del común de vecinos, a los caballeros y a los hidalgos que había en la villa, previniendo a todos que se abstuviesen de hacer averiguación para saber quien era; pues su nombre tenía que permanecer secreto por razón de Estado. Mandó el Administrador bajar el puente levadizo, introdujo respetuosamente a su huesped, lo aposentó en las mejores habitaciones del castillo y se dedicó a asistirlo y cuidarlo a cuerpo de rey. Poco después salió y fue a visitar a los principales de la villa (1), dándoles noticias del huésped que había llegado; y aquella tarde fueron todos en corporación a rendirle acatamiento y ofrecerle sus respetos; pero con palabras muy estudiadas, para que no se creyera que pretendían averiguar con quien hablaban.

No tuvieron que guardar mucho cuidado; porque a poco de comenzar a hablar, les dijo el huésped que él era D. Juan de Austria, el hijo del rey D. Felipe IV, que por negocios de gobierno, se había venido de ¿Madrid y quería permanecer alejado e ignorado de la corte; por lo que les encargaba el secreto. Satisfechos aquellos buenos señores por semejante prueba de confianza, le ofrecieron con la más espontánea sinceridad sus casas, sus haciendas y sus vidas. Magnífica fue la que desde entonces emprendió aquel D. Juan de Austria, Sacó los pies del plato y no fue parco en tomar dinero de la caja del Administrador. Pasaba los días visitando las casas principales del pueblo, comiendo en la que quería, bebiendo en las más, y requebrando a las mujeres en todas. Seguramente no pasó en su vida días tan alegres el hijo de la Calderona. Pero por mal de sus pecados, llegó al pueblo en aquellos días el Aventajado Juan Bravo, que pertenecía a las primeras familias, servía al Rey en los Tercios de Castilla y tenía fama de caballero cumplido y valiente. Cuando sus parientes le dijeron el huésped que había en el pueblo, se sorprendió mucho, porque a su salida de Madrid se encontraba en la Corte D. Juan de Austria, pero disimuló su sorpresa, deseando saber lo que ocurría.

Fué al siguiente día al Castillo a presentarse a D. Juan de Austria, y apenas éste lo vió, se dirigió a él muy afectuoso; le dijo que no le era desconocida su fisonomía, que quería fuese su ayudante y que desde aquel momento fe recogía bajo su protección. El Aventajado Juan Bravo miraba a aquel desconocido mudo de sorpresa y asombro y los que estaban presentes se decían los unos a los otros: —No sabe como expresar su gratitud: [buena suerte le ha caido]

Desde aquel instante fue Juan Bravo el acompañante de D. Juan de Austria en todas sus correrías y aventuras, que tenían poco de caballerescas. Pero, pasados tres días, vieron los vecinos a la caida de la tarde, a D. Juan de Austria y a Juan Bravo, que salían de paseo por el puente del Pilar y no los vieron volver. A poco, unos trabajadores que venían del campo, se dirigieron al Castillo, y llenos de espanto, dijeron al Administrador, que junto al puente del Pilar había un hombre muerto y que por las señas parecía el huésped que había en el Castillo. El Administrador lleno de ansiedad fue a participárselo al Alcalde mayor; éste llamó al punto al Escribano, el Escribano llamó a los alguaciles, al médico y al cura y todos reunidos se dirigieron al puente del Pilar; incorporándoseles muchos vecinos que oían la noticia con terror y espanto. Y efectivamente, más abajo del puente del Pilar encontraron tendido en la tierra con la espada en la mano derecha y la izquierda aplicada al pecho sobre una herida que debía atravesarle el corazón. No es posible expresar la consternación que se apoderó de todos. El Alcalde mayor mandó a los alguaciles que fueran a buscar al Aventajado Juan Bravo y lo trajeran allí; y como volvieran a poco diciendo que no se encontraba por parte alguna, frunció el entrecejo en señal de ira y levantando el bastón de mando con la mano derecha, gritó:—”Favor al Rey.”.Todos los que allí había que eran hidalgos pusieron mano a las espadas y dando un paso adelante, contestaron: —”Favorecido sea”. Entonces el Alcalde mayor, designó a cuatro de los más jóvenes y conocidos como valientes y les dijo: —”El Rey os manda y autoriza para que busquéis al Aventajado Juan Bravo y le traigais vivo o muerto a mi presencia”.

JULIO 2017

Los cuatro hidalgos inclinaron la cabeza y se ausentaron. El Alcalde mayor procedió al levantamiento del cadáver y practicadas escrupulosamente todas las diligencias, como se trataba de una persona distinguida, hizo entrega del muerto al Administrador del Marqués. Este dispuso trasladarlo al Castillo, y en la sala principal lo colocó en un lecho mortuorio y el duelo era general, aunque pudiera creerse que más que al difunto, se lloraba por el temor de la responsabilidad de los vivos. El Administrador aturdido y consternado se puso a escribir una carta al Administrador de Vélez, diciéndole que el Sr. D. Juan de Austria había sido muerto alevosamente, que se perseguirá a el asesino y que el Alcalde mayor había prometido ahorcarlo, en cuanto lo cogiera. Añadía en su carta, que puesto que él le recomendó tan ilustre huésped por encargo del Marqués, preparase el ánimo de Su Excelencia para tan infausta noticia; pues él no quería comunicarla hasta decir la justicia que se había hecho. Remitió esta carta con un propio, ganando horas. Llamó después al Sr. cura y le encargó preparase todo, para hacer un entierro digno de una persona real por su solemnidad y pompa. Que al efecto invitase a los frailes de San Francisco y que desde aquella hora hasta que se hiciese el entierro no cesasen de tocar con doble alto las campanas.

El Alcalde mayor, por su parte andaba invitando a todos los caballeros e hidalgos y al pueblo, y todos estaban tan ocupados y preocupados, que no se acostaron en toda la noche y al siguiente día les parecía que estaba todo sin hacer.

El Alcalde mayor estaba muy mal humorado por que los hidalgos no parecían, trayendo preso a Juan Bravo, al que quisiera ahorcar antes de enterrar a D. Juan de Austria- Pero cerca de la hora del mediodía llegó el Administrador de Vélez, que vino a uña de caballo, y el Alcalde mayor, el cura y el Administrador lo recibieron en la misma cámara mortuoria. Cuando entró el Administrador de Vélez, miró con respeto pero con indiferencia el cadáver y antes de decir nada, se sintió abrazado por el Administrador de mi pueblo, que le decía entre gemidos: — “Vea Vd. que desgracia: vea Vd. lo que ha hecho una mano infame con el muy alto y noble señor D. Juan de Austria”.

El Administrador de Vélez, muy sorprendido dió un paso atrás y con entereza contestó: —”Pero si ese no es D. Juan de Austria. Si a D. Juan de Austria lo he visto yo muchas veces”. —Él mismo nos lo dijo a todos— continuó el Administrador de mi pueblo— ese es el mismo caballero que Vd. me recomendó de orden del Sr. Marqués, en su carta de hace dos meses. —Pero si yo—replicó aquel—no he escrito a Vd. carta alguna, ni le he recomendado a nadie, ni he visto jamás a ese hombre que está muerto.

Aquí se aclarara todo, si a este tiempo no se oyera un gran ruido de voces y no entrara un alguacil anunciando que habían llegado los cuatro hidalgos que traían preso al Aventajado Juan Bravo. El Alcalde mayor puso al momento cara feroz y mandó traer al preso a su presencia. Entraron los cuatro hidalgos enmedio de ellos Juan Bravo, sin espada, pero tranquilo y sereno; apenas le vio el Alcalde mayor le interrogó con mucha energía, como si así se propusiera arrancarle la verdad. —¿Quién mató a ese hombre?

—Yo—contestó con mucha calma Juan Bravo.

—¿Y porqué lo mataste?—preguntó de nuevo el Alcalde mayor.

Entonces Juan Bravo contestó:

— “Porque ese hombre era un truhán que fingiéndose D. Juan de Austria traía engañado a mi pueblo”.

Quedó el Alcalde mayor muy pensativo y a poco levantó la cabeza y con la misma solemnidad que si pronunciara una sentencia, dijo a los cuatro didalgos: — “El Rey os dá las gracias por el servicio que le habéis prestado”. Y a Juan Bravo:

— “Vos, D. Juan, sois libre, y la más leve sospecha no mancha vuestra lealtad de caballero: y muerto.... bien muerto estás.”

Un momento después cesaban de tocar a muerto las campanas y dos alguaciles sacaban del Castillo el cadáver liado en una sábana y lo llevaron a la Iglesia. Allí el sepulturero cavó una fosa junto a la puerta y lo enterró, después que un sacerdote rezó un responso y lo asperjó con agua bendita. El pueblo se retiró haciendo mil comentarios y pronunciando en voz baja una palabra que desanimaba a todos.

— “No era D. Juan de Austria”. Durante muchos días solo se hablaba de este negocio: poco a poco fue olvidándose y el tiempo, que destruye hasta los peñascos, borró este suceso de la memoria de todos mis paisanos.

Sólo dejó aquellos autos que mandó formar y archivar el Alcalde mayor, y se conservan entre los papeles viejos del archivo municipal y la partida de sepelio que hay en los libros de la Parroquia que es muy lacónica, pero muy expresiva, pues dice así: “Hoy jueves (aquí la fecha) se enterró el cadáver del Sr. D. Juan de Austria, que se encontró atravesado de una estocada, más abajo del puente del Pilar. “Enterrósele por pobre”.Cuevas (Almería).

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«’M. Bolea, abogado y sacerdote’, por JOSÉ RAMÓN CANTALEJO, miembro del Instituto de», Cuadernos Literarios, n.º 6, julio 2017, pp. 4-5.

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