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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

Abderraman III. José Juan Patón (Historietas de la Historia)

José Juan Patón Gutiérrez · Cuadernos Literarios n.º 22, , página 19–22

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DICIEMBRE 2024

Relatos Colegiales

El cuento:

En una patria que un día fue llamada “Hambreistán”, el pan dejó de ser pan, las verduras dejaron de ser verdura. Las mesas se cubrían de aire, y las ollas hervían con fuego de recuerdos.

Las hortalizas desaparecieron de los mercados de golpe. La gente despertó al sobresalto del hambre colectivo. Y no quedó en todo el país más que una única cebolla, reclinada como un soldado solitario… en la esquina de una tienda abandonada. Entonces empezó la desesperación…Ofrecieron oro, joyas, incluso las llaves de sus casas, solo por tocar su cáscara… o aspirar su aroma un instante. La encerraron en una urna de cristal, colgaron encima un cartel que decía: “Admire el mayor tesoro de Hambreistán”, y el rey quiso estampar su imagen en la nueva moneda.

En medio de esta tragicomedia absurda, se alzó un niño llamado Jimmy, con el rostro agotado por el dolor, pero aún limpio en su inocencia. Y con voz clara, preguntó:

"Pero si es solo una cebolla… ¡la comíamos con habas cada mañana!"

El silencio se hizo piedra. Como si el llanto del pan ahogara la risa.

Su abuela se acercó, la picó, la salteó con dos huevos sobre leña viva, y la sirvió en un pequeño plato… Entonces, por primera vez en años, todos probaron un sabor parecido a la patria. Y comprendieron que el problema no era la cebolla, sino el hambre que la volvió un sueño inalcanzable. Y volvieron a buscar, ya no vegetales… sino justicia. Nota final: Este cuento simbólico fue escrito en medio de la escalada desorbitada de precios en la ciudad de Gaza, que vive una tragedia ininterrumpida desde el estallido de la guerra el 7 de octubre de 2023 hasta junio de 2025. En el punto más crítico de la crisis, el kilo de cebolla llegó a costar 200 shékels (equivalente a 60 dólares), convirtiéndose en un símbolo de privación y en termómetro de una tragedia. Esta historia no es ficción…Es el eco real de una ciudad donde su gente se alimenta de paciencia, y sueña… con el olor de una cebolla.

Son relatos reales escritos por los propios padres, y yo solo os escribo para leerlo.

JOSÉ JUAN PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730

HISTORIETAS DE LA HISTORIA

ABDERRAMAN III1:

EL CALIFA LENDAKARI DE CÓRDOBA

Este personaje histórico (Córdoba, 7 de enero de 891Medina Azahara, 15 de octubre de 961), más hispano2 que los churros con chocolate, pese a quien lo cuestione, merece sin duda especial mención en cualquier colección de ilustres prohombres de la piel de toro. Os comento que el elemento hubo de ser más chulo que un ocho, porque hay que tener redaños para mandar al califa de turno a tomar viento y autoproclamarse, como quien no quiere la cosa, el primer "Príncipe de los Creyentes" autóctono de Al-Andalus, que constituía, por la época, un emirato independiente en lo político y administrativo, si bien subordinado primero al poder religioso islámico de los Omeya de Damasco y con posterioridad al de los califas Abasidas de Bagdag. Todo ello sin olvidar la aparición del incipiente califato de los Fatimíes del norte de Africa que pretendía extender su jurisdicción y dominio sobre el estado cordobés. Así pues de Emir (príncipe o caudillo árabe de un territorio con sometimiento al califa), cargo que ostentó a partir de los 21 años, tras la muerte de su abuelo que lo designó heredero, pasó a erigirse Califa en el año 929 de nuestra era. Con ello alcanzó la más alta dignidad religiosa y política, como sucesor directo del

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Relatos Colegiales mismísimo Mahoma, y ya os podéis imaginar lo que ocurre cuando poder político y religión se concentran en unas mismas manos. Tomó desde entonces el sobrenombre de Al Nasir li-Din Allah que significa «aquel que hace triunfar la religión de Dios». No obstante, parece ser no fue muy piadoso y asomaba poco por la Gran Mezquita cordobesa, pero eso es lo que te permite ser el líder espiritual de tu pueblo, ya que alguna ventaja debía tener ostentar la dignidad de Papa musulmán. Con Abderramán III se inicia el desarrollo de un auténtico y próspero estado musulmán en Occidente, marcando el comienzo de la época de mayor esplendor político, cultural y comercial que haya conocido el patio andalusí. Este señor, aunque no os lo creáis, resultó ser uno de los patriotas más significativos de la historia de España, dando origen a la nación más poderosa existente en la península ibérica, que se mantuvo desde principios del siglo X hasta su declive y desintegración, unos cien años más tarde, en los conocidos Reinos de Taifas.

A partir de aquí y antes de entrar en faena, conviene desterrar muchos de los tópicos que se han vertido durante siglos acerca de la pretendida distinción entre los reinos cristianos y musulmanes,que coexistieron por estos lares hispanos, basada en los supuestos diferentes orígenes étnicos de sus pobladores. A decir verdad, y más allá de la profesión de diversas fes (cuestión capital), en el siglo X casi todos éramos ibéricos, como el jamón de jabugo, pues los árabes no llegaron a la península (711) en manadas invadiendo todo el solar: fueron pocos en relación con la población existente. Lo que ocurrió fue un progresivo proceso de islamización de los habitantes de la España post visigótica que iban conquistando los hijos de Alá. Si me apuráis puedo asegurar que Abderramán III tenía bastante poco de árabe3. Cuentan las crónicas que era de piel clara, pelo rubio rojizo y ojos azul oscuro, hasta tal punto que se hacía oscurecer la barba con tinte negro para parecer más arábigo e imponer respeto entre la aristocracia musulmana. Del pelo de la cabeza no se preocupaba porque llevaba turbante y pasaba inadvertido, aunque a veces solía utilizar una txapela en homenaje a su origen vasco. El Califa no sólo consiguió aunar y someter todo el territorio andalusí bajo su única autoridad, fulminando a sangre y fuego a cuantos insurgentes caudillos, gobernadores y señores levantiscos precursores de las autonomías se encontraban en su emirato, sino que se lanzó a dar tortas a dos manos a los reinos cristianos del norte peninsular, extendiendo sus dominios hasta la línea del río Duero, a tiro de piedra de

Zamora y Toro; por el lado noreste de la península el estado musulmán incluía Zaragoza y Lérida y llegaba hasta la denominada Marca Hispánica (más o menos los actuales territorios de Huesca y Gerona). Mientras tanto, por el sur, iba explicándoles en árabe clásico a los seguidores de la dinastía famití -e islámica- del Magreb, lo mucho que le traía al pairo el dialecto bereber, los dátiles sin beicon y el cuero marroquí. A fin de asentar su poder, y harto de los vientos sur y levante que soplaban sus enemigos meridionales (aires que se han quedado por aquí para siempre), se le ocurrió la feliz idea de hacer algo que nos toca muy de cerca: la "fundación" de Almería en el año 955, a la que convirtió en la base naval y comercial más poderosa del Mediterráneo occidental. De tal modo se aseguró el control del Estrecho de Gibraltar que, junto con la conquista de Ceuta y Melilla, el inexpugnable castillo que levantó en Tarifa y la fortificación de la bahía de Algeciras, pretendían poner freno a la amenaza norteafricana del califato rival fatimí. De aquello nos ha quedado la impresionante Alcazaba y sus murallas, que constituyen la fortaleza islámica más importante de España y Europa.4 Sin embargo, los hispanos, muy dados a pasarnos por el forro a nuestros ilustres compatriotas, no nos hemos acordado de levantarle una estatua - ni siquiera un busto o un retrato al óleo- en nuestra ciudad a quien fuera su padre fundador5. La única escultura que se sitúa a los pies de la Alcazaba en una pequeña plaza, casi oculta, está dedicada al primer rey de la posterior taifa de Almería, Jayrán quien, con todos los respetos, no le llegaba a Abderramán III ni a la altura de la suela de sus babuchas.

Se trató de un hombre audaz, valiente y decidido, que comandaba en persona y al frente de sus tropas los distintos ejércitos de las innumerables campañas militares victoriosas que dirigió. Hasta que la fortuna le fue esquiva, sufriendo un estropicio en la batalla de Simancas, (939) combatiendo contra el rey Ramiro II de León, de la que salió malparado. Tampoco era de extrañar el resultado porque, según los relatores cristianos, durante la contienda se dejaron caer por la vanguardia de los cruzados, ni más ni menos que el Apóstol Santiago y San Millán. El primero de ellos montado en su caballo cuyo color de pelaje no recuerdo (¿de qué color es el caballo blanco de Santiago?), y el segundo a pie, pero portando un cayado de pastor, su antiguo oficio antes de ser santo varón, con el que repartía hostias de todos los colores, en latín y santificadas con agua bendita. En su retirada y perseguido de cerca por unos leoneses embravecidos y envalentonados, Abderramán III sufrió pocos días después otra derrota de padre y muy señor mío

Relatos Colegiales en la llamada jornada de Alhándega o del Barranco. En tal suceso estuvo a punto de perder la vida, escapando como pudo del desastre, pero teniendo que dejar atrás su estandarte, bagaje y demás enseres personales, (incluido el tinte del pelo anteriormente comentado), al huir sus soldados y ciertos mandos en desbandada general. Tal humillación no le salió gratis a algunos y cuando regresó a Córdoba con el turbante deshecho y de medio lado, ajustó cuentas6 y decidió no volver a pisar nunca más los campos de batalla, lo cual es normal cuando en mitad de la refriega te quedas más solo y desamparado que Custer en Little Bighorn, rodeado de energúmenos que quieren darte matarile. Ya sean éstos pieles rojas, vikingos, hunos o cristianos enfurecidos. Más allá de su innegable capacidad política y militar, decidió convertir el Califato de Córdoba en un referente de primer orden mundial. La ciudad llegó a alcanzar una población entre ciento cincuenta mil y doscientos mil habitantes, la más poblada e importante de Europa en su época, con un esplendor económico, cultural, artístico e intelectual nunca visto hasta entonces. Se le llamó el califa de los poetas (él mismo era culto y rapsoda), mandó edificar el suntuoso y espectacular recinto palatino y administrativo de Medina Azahara, realizó innovaciones en la Mezquita, construyendo un nuevo y soberbio alminar que sería pauta y ejemplo arquitectónico en posteriores como los de Sevilla, Marrakech y Rabat e incluso en diversas torres campanario de templos del Románico. Amplió el famoso Patio de los Naranjos, promovió innumerables obras públicas y dotó a la capital con cerca de setenta bibliotecas, una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores de hebreo y griego al árabe. Instauró una corte fastuosa, regida por una estricta y ceremonial etiqueta, de la que formó parte hasta el obispo cristiano de Ilíberis, Recemundo, que corrió mejor suerte que su hermano en la fe, San Pelagio (Pelayo)7. con una frialdad digna de un sádico con muy mala uva. Ordenó que lo degollaran en el salón del trono (otros apuntan que él mismo empuñó la daga), ante sus propios ojos y en presencia de todos los dignatarios de la corte, como ejemplo, escarmiento y advertencia general. En suma, se trató de un personaje complejo, figura temida y respetada pero escasamente querida, que logró no obstante convertirse en un gobernante como pocos habidos en la historia de nuestra vieja Hispania. Tras heredar un estado débil y dividido, cuyo poder efectivo no se extendía más allá de las murallas de Córdoba, consiguió unificar la España musulmana y plantar cara a los jóvenes, molestos y perseverantes reinos cristianos del norte. A mayor grandeza, era Califa, líder de los creyentes musulmanes y sus extraordinarias dotes le permitieron construir el estado más poderoso que había existido en la península ibérica desde los tiempos de la gloriosa Roma: el Califato Omeya de Al-Andalus. Sin embargo su importante legado se desvaneció, como azucarillo en agua, quedando abolido el califato en el año 1031, apenas una centuria después de su constitución, iniciándose la fragmentación del estado andalusí y el consiguiente e imparable avance de León, Castilla, Aragón y Navarra durante otros más de cuatrocientos años. Pero eso forma parte de otra historia. Murió como quiso, que para eso era de ascendencia vasca: en el lecho y por causas naturales tras cincuenta años de reinado, aquejado en los últimos tiempos de una depresión tardía, conocida en la actualidad como depresión involutiva, caracterizada por la tristeza, la melancolía y la falta de control sobre las emociones. Sirva como corolario el texto que se dice escribió el Califa, de su puño y letra, poco antes de su muerte y que resume sin duda la vida y perfil de Abderramán:

En Abderramán III confluyeron la eterna lucha y enfrentamiento entre el Bien y el Mal, el Yin y el Yang y la Coca Cola y la Pepsi. Tan implacable con sus enemigos como magnánimo con los vencidos; diplomático avezado y bestia parda cuando se le oscurecía el asunto. De condición cortés, inteligente y perspicaz, se inclinaba a la cólera y la brutalidad con extrema facilidad. Cruel como pocos, practicaba también la benevolencia. Quizás, su grave adicción al alcohol dada su intensa afición al txakolí (como veis, no fue Pepe Botella el primer monarca español que se ponía morado), hubo de influir en las marcadas contradicciones de su carácter y conducta. En fin, para culminar la faena escabechó sin inmutarse a uno de sus hijos, Abdalá, acusado de sublevarse contra el padre,

Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados.

"He reinado cincuenta años en Córdoba.

Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce, y no todos seguidos".

Lo mismo hasta exageró con el número de días felices. Que los andaluces, aún con sangre eusquérica, somos muy aficionados a la hipérbole.

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Relatos Colegiales

Notas

1 Nota del autor. Sujetaos a la silla. Su nombre completo era Abu ul-Mutárrif Abderrahmán ibn Muhámmad ibn Abd Allah ibn Muhámmad ibn Abderrahmán II ibn al-Hákam ibn Hisham ibn Abderrahmán I y no me voy a molestar en intentar traducirlo, entre otras cosas, porque de árabe estoy pez. Así que lo resumo como Abderramán III, ya que los editores de esta revista siempre me dan la vara y andan quejándose, sin cortarse un pelo, respecto de la excesiva extensión de mis relatos por lo que conviene, en consecuencia, economizar el número palabras empleadas en el texto y bla, bla, bla. 2 N. del a..No empecemos con elucubraciones y discusiones acerca de la nacionalidad del muchacho porque Córdoba es española por los cuatro puntos cardinales, que diría Manolo Escobar. Los primeros asentamientos humanos en la zona se sitúan en torno al III o II milenio a.C, aunque es cierto que en 1924 se descubrió por los alrededores de la ciudad califal el cráneo de un Neanderthal despistado, cuya data se especula en torno a la friolera de 32.000 años antes de nuestra era y que ha sido denominado como Homo fossilis cordubensis. Muy justitos de imaginación los antropólogos. Para qué vamos a complicarnos la vida con nomenclaturas rebuscadas cuando podemos echar mano de lo primero que se nos venga a la cabeza. Lo que no conocemos es si dicho ancestro humano vivía allí de forma permanente o simplemente fue a pescar truchas al Guadalquivir un domingo cualquiera. Pero estar, sí que estuvo, ya os lo digo yo. 3 N. del a. La sangre vascuence corría a borbotones por las venas del chico. Voy a intentar exponer el cuadro genealógico del califa sin perderme demasiado: Muhammad I, quinto emir de Córdoba y bisabuelo de Abderramán, tomó como esposa, o concubina, o lo que a él le apeteciera dentro de su abundante harén a Ushar, una vasca que por entonces ya hablaba en euskera, lanzaba troncos con una mano y se hinchaba de marmitako hasta reventar. El hijo de éstos, Abdalá I, siguiendo la tradición familiar, contrajo nupcias con Onecca Fortúnez (hija de Fortún Garcés, caudillo pamplonés que se ha considerado erróneamente el primer monarca del reino de Pamplona y que era hijo a su vez de una señora musulmana llamada Auria, nieta por línea paterna de Musa Ibn Musa gobernador de al-Tagr al-Ala o Marca Superior de Al-Ándalus. Todo mezclado, como el Dry Martini de James Bond). Tomo aliento y continúo: Abdalá I y Onecca tuvieron como feliz descendiente a otro Muhammad que se prendó de una concubina vascona, Muzna, y engendraron a Abderramán III. Ahí lo llevas. Por consiguiente, el Califa sólo tenía, como mucho, una cuarta parte de sangre árabe y tres partes euscaldunas, pero ya se sabe que los vascos, en especial los del Bilbao, nacen donde les da la gana y a Abderramán se le antojó Córdoba porque había oído hablar, durante su estancia en el seno materno, del afamado guiso de rabo de toro y de los sabrosos flamenquines.

4 N. del a. Que no se vengan arriba los granaínos con su magnífica Alhambra.

Esta construcción es, en esencia, un palacio amurallado, pero no una fortaleza militar en sentido estricto. Quizás sí pueda competir con la nuestra la Alcazaba de Badajoz, pero yo no la he visitado en persona por lo que me reservo de momento mi opinión al respecto. Además que quede claro que he dicho la más importante, no la más grande. 5 N. del a. Como consuelo, mejor ser desagradecido que retirar de una plaza el busto del califa y cambiar su emplazamiento a una ubicación interior para que se le viera poco, tal y como se efectuó en la localidad zaragozana de Cadrete a instancia del grupo municipal de Vox el pasado año 2019, La escultura, colocada en 2016 y regalo de su autor, el artista turolense Nando Ortiz, había provocado agrias controversias y disputas, teñidas de evidente islamofobia, en torno al reconocimiento público del personaje.

La polémica llegó a tal nivel que un simpatizante de dicho partido político, cuyo nombre no ha trascendido por fortuna para él, tuvo la genial ocurrencia de empotrar su vehículo 4x4 contra el monumento en cuestión para manifestar, de forma clara y tajante, su discrepancia con la exhibición pública de la imagen en tres dimensiones del monarca musulmán. Así se las gastan los maños de pura cepa cuando se les tuerce el hocico; dicho lo cual, y al margen de ideologías, que cada día me importan menos que un bledo, lo que me subleva es la ignorancia y la persistente reinterpretación sistemática, a la carta e ideológica de la historia. Les guste o no a algunos indocumentados, lo cierto es que Adbderramán III estuvo por allí dejándoles a los catedrinos, como recuerdo de su paso por esas tierras, un montón de piedras enormes ordenadas en forma de torres, murallas y almenas, que ya las hubiéramos querido en el "Exin Castillos" de nuestra infancia.

6 N. del a. A su llegada a la capital cordobesa Abderramán dispuso la ejecución de trescientos miembros de su caballería, acompañando la carnicería con la siguiente proclama: "Este es el castigo que corresponde a los que han traicionado al Islam, engañado a su pueblo y sembrado la confusión en las filas del ejército de la Guerra Santa". Y como quiera que el Califa no quedó satisfecho con semejante barbarie, mandó construir delante del alcázar una plataforma con diez cruces de madera sin indicar su finalidad. Días después, ordenó reunir a sus tropas frente a la fortaleza en una parada militar, comenzando un cadí a vocear los nombres de diez altos mandos del ejército que fueron apresados de inmediato, sacados a leches de la formación, despojados de sus armas, izados en las cruces y ejecutados, sin previo juicio ni zarandajas, bajo la acusación de grave e infame traición al califa durante la citada aciaga jornada. Antes de morir, algunos de los ajusticiados se encararon con el califa, dedicándole toda una serie de delicadas frases rimadas: "pelirrojo, capitán de los cojos"; "tu califato tiene peores andares que un pato"; "vasco que nos das asco"; "con turbante pareces un elefante"; "serás califa porque te tocó en la rifa" y otras lindezas por el estilo. Las graves injurias encolerizaron al monarca musulmán que, acto seguido, decretó cortar la lengua a sus ofensores para impedir que le siguieran insultando aunque éstos, bastante cabreados por cierto, continuaron con su perorata, pero de modo menos inteligible, semejante al graznido de una grulla.

7 N. del a. Mártir adolescente de 14 años cautivo en la capital califal, que fue ejecutado por decisión del propio Abderramán III en el año 925 al negarse a renegar de la fe cristiana y convertirse al Islam, aunque parece ser que también tuvo mucho que ver en ello su rechazo a las proposiciones sexuales que le realizaba el monarca. Vaya usted a saber. Tampoco os cuento los pormenores del nefando crimen porque fue muy desagradable, pero lo podéis sospechar: desmembramiento con tenazas de hierro y sin anestesia de todas las extremidades y apéndices; decapitado y después y sin constatar si estaba muerto o no, fue minuciosamente troceado a cachos no más grandes que una canica, arrojándose sus despojos al Guadalquivir, para que se ahogara si aún continuaba vivo. Una masacre y una guarrada para el río, que así de contaminado anda desde entonces. Ni que fuera el repugnante Ganges, repleto de cadáveres. Lamento la horrible descripción, pero se me ha escapado sin querer en el fragor de la escritura. Por cierto, San Pelayo es el patrón de Castro-Urdiales (Burgos) y Zarauz (Guipúzcoa), así que no hagáis chistes malos con su martirio cuando visitéis dichos municipios.

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Cómo citar

José Juan Patón Gutiérrez, «Abderraman III. José Juan Patón (Historietas de la Historia)», Cuadernos Literarios, n.º 22, julio 2025, pp. 19-22.

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