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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

CUADERNOS BIBLIOFÍLICOS

Michel Houellebecq, “un poeta que escribe novelas”, dejó

Cuadernos Literarios n.º 21, , página 6–8

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MICHEL HOUELLEBECQ, “UN POETA QUE ESCRIBE NOVELAS”, DEJÓ SU HUELLA EN ANTAS

Hacía algunos años que Michel Houellebecq pasaba largas temporadas en su casa de la urbanización naturista de Vera. La compró con parte del adelanto que su editorial le dio para escribir lo que después fue ‘La posibilidad de una isla’. Era fácil coincidir con él en la papelería Baraza, donde le guardaban los periódicos franceses, La Vinacoteca o la librería Espacio Lector Nobel. Incluso en El Ejido, desde donde una noche volvió en taxi, dejando allí el coche, después de correrse una juerga en compañía de su amigo Fernando Arrabal.

Estamos en 2010, y otro Antonio, García Soler, filólogo antuso y compañero en Argaria, y yo determinamos pedir a Michel que presentara en Antas ‘La posibilidad de una isla’. Lo hicimos y aceptó, pero no para hablar de esa novela, sino de ‘El mapa y el territorio’, que saldría en España en cuestión de días. Estábamos pendientes de fijar la fecha, en función de su vuelta a España, cuando recibimos un mensaje: “acaban de otorgarme el premio Goncourt y mi agenda se ha complicado demasiado. Cuando amaine, hablaremos de la presentación en Antas”.

Aunque su gran amigo español, casi un padre, es el filósofo murciano Antonio Muñoz. Y, hablando de genealogías, Fox, el perro de Antonio, es hijo de Clément, el can del escritor francés.

Dos años más tarde ya habíamos olvidado la posibilidad, no de una isla, sino de contar con Michel Antas, cuando recibí un mensaje de Michel: “estoy más tranquilo, ¿os viene bien el 13 de octubre?” Evidentemen-

Houellebecq prende el cigarro de la profesor de la Universidad de Almería Isabel Giménez Caro. te, le respondí que por supuesto, y cerramos la fecha. Pero no para presentar ‘El mapa y el territorio’, sino ‘Poesía’, un compendio bilingüe de su hasta entonces obra en verso. Después nos dijo que se consideraba “un poeta que escribe novelas porque de algo hay que vivir”. Si ya era insólito uno de los novelistas contemporáneos más importantes del mundo acudiera a la llamada de una asociación cultural de un pueblo de 3.000 habitantes, que lo hiciera para presentar un libro de versos publicado en la colección de narrativa de su editorial española, cerraba el círculo de la extravagancia. Por cierto, la edición se agotó en menos de una semana.

Y el día señalado –cumpleaños de mi hija Laura-, acompañado por Antonio Muñoz, Houellebecq llegó hasta la terraza del Mi Casa, un restaurante de El Real de Antas, donde le esperábamos Antonio García Soler, Ricardo Alba y yo. Evidenciaba fatiga, sueño y frío. No en vano, esa mañana se había despertado a las tres de la madrugada en Reikjavik y a las ocho menos diez de la noche, tras atravesar Europa, acudió a nuestra cita en Antas sin haber probado bocado. La cocina aún no estaba abierta, pero Antonio Carretero le preparó un plato de jamón y queso que el poeta devoró doblando y preparando cada loncha, con una meticulosidad casi científica, entre pellizcos de pan antuso al tiempo que conveníamos los últimos detalles concernientes al desarrollo del acto. Pidió otro plato y, tras dar cuenta de él, nos dirigimos al lugar del acto.

De izquierda a derecha, Antonio García Soler, Antonio Muñoz, Michel Houellebecq y Javier Irigaray.

Hasta las nueve menos cuarto (los habituales problemas de aparcamiento naturales en nuestro tiempo en toda concentración urbana hacen humanos, también, a los grandes escritores) no apareció en el salón en que había de suceder la presentación. Yo llegué un par de minutos antes, justo en el momento en que alguien afirmó a voz en grito, en medio de la multitud que aguardaba en la puerta con rostros de evidente entusiasmo, que “ya sabía que no iba a venir”. Pero llegó, llegamos, aunque con más de media hora de retraso sobre la hora fijada.

Dos jóvenes de la tierra, Cristian Artero Lledó y Mari Carmen Portela, abrieron el acto interpretando magistralmente un delicioso lied de Haydn y, a continuación, declamé el primer poema, que debió haber leído mi amigo Pedro García, entonces en el exilio sentimental en México DF, y Michel Houellebecq comenzó a transgredir el desarrollo del evento, acordado hacía menos de una hora, al interrumpirme para recitar, con los ojos entornados, ese mismo poema en su idioma.

La velada continuó, tras el obligado capítulo de agradecimientos al público que llenó la sala y entre el que cabría destacar la presencia de representantes del mundo de la poesía, como Ginés Reche y Beatriz Torres, el filólogo Antonio García -el Curri de Los Banderines-, el novelista Carlos Maleno, gente del mundo del periodismo -Carmen López y Ricardo Alba-, del arte, -Pedro Soler Valero, Uli Schwander o Juan

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Cano-, de la docencia, como Gabriel

Martínez Guerrero, José Fernández

Invernón, Miguel Ángel Álvarez,

Manola Rodríguez, el catedrático de la sevillana universidad Pablo de Olavide Fernando García Lara, los de la almeriense Isabel Giménez Caro y

Miguel Gallego, o Jacinto Soriano, que durante cuatro décadas diera a conocer la literatura española desde su cátedra en la prestigiosa Universidad de La Sorbona, en París. Otros, como el novelista Juan Manuel Gil, se enteraron al día siguiente al leer la reseña y ver las fotos en la prensa. Antonio García Soler y Antonio Muñoz situaron al autor y a su obra en las coordenadas del mundo de la literatura contemporánea en medio de una selección de poemas del autor leídos por él mismo, en francés, y por parte de los asistentes en castellano, y Houellebecq convirtió el acto en una amena e interesante entrevista en la que la concurrencia preguntaba y él respondía con una naturalidad y sinceridad tal que, inmediatamente, todos comprendimos que a Antas no llegó el personaje. En Antas estuvieron el hombre frágil, y el poeta que reflexiona sobre el tiempo que le ha tocado vivir y, además, escribe novelas.

Él mismo explicó que el personaje que le precede, y que, incluso, aparece en alguna de sus novelas, y él son completamente diferentes. Negó el pesimismo que se le atribuye y dijo que únicamente se limita a describir la realidad, pero no se considera responsable de ella. Negó, también, ser un poeta maldito -“gano mucho dinero con mis novelas”-, aunque se reconoce, en cierto modo, heredero de Baudelaire y Verlaine. Confesó no conocer suficientemente la poesía española y que sí leía con agrado a Muñoz Molina, momento que aprovechó Antonio García Soler para recomendarle a los poetas españoles del 27, “la NBA –sostuvo el filólogo antuso- de la poesía universal de todos los tiempos”. Llegados a este momento, el autor se había ya despojado de cualquier atisbo de timidez y enlazaba un cigarro con otro, fumando y agarrando el tabaco, también,

El escritor francés y Antonio García ‘Curri’. de una manera singular, tras un primer periodo durante el cual, como si se tratara de algún rito, había extraído un pitillo de la cajetilla, lo había acariciado largo tiempo con sus dedos hasta que, finalmente, se decidió a encenderlo y a abandonarse del todo en su adicción. “Afortunadamente –le dije- la policía no suele acudir a eventos de poesía”.

“Almería –observó Houellebecq- es un paisaje de ciencia ficción”. Michel Houellebecq, en Antas, fue real, un ser humano más que firmó todos los libros que le ofrecieron, se fotografió con aquél que lo quiso, se dejó querer y tocar y, finalmente, se vino al bar de la plaza del pueblo a tomar unas cervezas con sus correspondientes tapas y a conversar distendidamente con quienes quisimos acompañarle. Eso sí, sentados en la terraza para poder fumar dentro de un orden. De regreso al coche, confesaba haber estado muy a gusto, que le había encantado esa noche antusa. Se paró frente a un cartel que, junto a la puerta del centro médico, anunciaba la presentación de su libro. Lo miró detenidamente, sonrió, lo despegó de la pared, dobló con sumo cuidado y guardó en un bolsillo interior de su chaqueta. Minutos después, un hombre tan frágil como lúcido, uno de los escritores más importantes del momento abandonaba Antas con un recuerdo guardado cerca de su corazón, dejando en los nuestros su huella imperecedera.

Aldoux Huxley maduro. (Fuente: S/A. IDEAL)

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«Michel Houellebecq, “un poeta que escribe novelas”, dejó», Cuadernos Literarios, n.º 21, diciembre 2024, pp. 6-8.

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