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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

LA MUDANZA

Cuadernos Literarios n.º 2, , página 11

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ENERO 2015

SdT autores

La mudanza de José Ramón Parra Bautista Felicitamos a nuestro compañero José Ramón Parra bautista que ha resultado ganador en el XVIII CONCURSO DE NARRACIONES BREVES que organiza el Diario IEAL y El Cortes Inglés con el relato titulado “La Mudanza” que publicamos a continuación. El Autor presentó su primera novela titulada Udrí, que ha sido editada por El Quid. ace tiempo que percibe cómo las tardes de domingo le empujan tierra adentro, al norte de los almendros, allí donde los olivos. Y es que a veces, sin pensarlo, persigue ese impulso cerrando los ojos y, con los párpados apretados, nota que sigue atrapado en aquel pueblo de calles estrechas, tejados soleados a cuatro aguas y paredes desconchadas, como si nunca hubiera conseguido escapar de allí realmente, como si en verdad todo siguiese igual desde aquel primero de octubre en que la carretera de Granada, deformada a lo lejos al adentrarse entre las lomas, encalló en los ojos llorosos de su madre, mientras su hermana mayor, al tiempo, le ordenaba a voces que corriese, que huyese de allí sin echar la vista atrás, advirtiéndole que no se podía permitir el mínimo descuido porque su destino había sido escrito para intentar ajustarle las cuentas. Así lo había sido con todos los varones de su familia que le precedieron. Y lo cierto es que, cuando afloja los párpados y abre los ojos, con los pulsos aún agitados debajo del pecho, y ve cómo la luz poniente se desborda estremecida por encima de los acantilados, tintando de limpio la estela de los barcos que se acercan por la bocana del puerto, lejos de sentirse triste, le reconforta saber que a la vuelta de la esquina estará de nuevo la madrugada para colocar todo en su justo sitio, incluso la mirada siempre presente de los suyos, la voz atiplada de su madre intuida a través de los cristales subidos del coche, que le recuerda que no debe volver, y le pide sollozando que no eche a su familia en el olvido, porque todo aquello que crece sin raíces está condenado a ser arrastrado por el viento y desvanecerse como un grito que se ahoga en la tormenta. Cae la tarde deprisa y, con ella, el perfil de la ciudad se deforma hasta llegar a em-

(Cdo. 2.203) borronar la silueta de la Alcazaba que, de repente, se queda colgando en mitad de la nada. Aunque, de momento, el encendido del alumbrado público la coloca de nuevo en el centro de la noche.

Maxi se gira, dando así la espalda a la calle, y dirige la mirada hacia el interior de la habitación, donde se apilan, en un rincón, unas banastas vacías numeradas por los empleados de la mudanza, y algunos muebles desarmados, cuyas piezas se amontonan junto a la cama y una estantería de madera con baldas de cristal, en la que Maxi, tras cerca de una hora haciendo memoria, cree recuperada la composición que ella había dispuesto antes de dejar la casa definitivamente. Las fotos de las vacaciones, ordenadas a partir de aquel viaje a Paris del año ochenta y seis, luego el de Praga del año siguiente, y así el resto; la de los hijos, primero los Bautizos, después las Comuniones, el colegio, las fotos orladas de la Universidad…; y sus libros indispensables, a los pies de los estantes, ordenados por autores y años de publicación. Al observar el mueble de hito en hito, de repente descubre objetos que repentinamente emergen de los entrepaños transparentes como la sombra de un aparecido. Otra vez se le cruzan con la intención de desordenar su ahora cuidada habitación, revolver las sabanas que aún se conservan tibias y, con toda probabilidad, no dejarlo dormir. Mientras se le espanta el sueño, se cubre la cara y reconoce que, por mucho tiempo que pase, aún hoy, ciertos recovecos de las palmas de sus manos conservan la memoria de lo que antes fue y ya se perdió, de una vida pasada de la que apenas le queda un puñado difuso de recuerdos que se disuelven como la sal en el agua del mar. Al volverse de nuevo a la terraza a coger aire, encima de la cama, sobre una manta de cuadros, se queda abandonado “El Cadáver de Artemio Cruz”, del que despunta un marcador con una fecha subrayada y un número de teléfono de nueve cifras anotado con tinta azul, bajo una nota que le recuerda que, en el amor, como en los negocios, hay que asociarse con gente dispuesta a perder. La firma Nines Marín, la que ha sido su esposa durante algo más de treinta años. Ya afuera, bajo un dosel de estrellas, respira hondo, a bocanadas, con el cuerpo inclinado sobre sus rodillas, como si temiera que fuera a faltarle el aire, y se tranquiliza con la penumbra que proporciona el cielo constelado y el suave olor que desprende la larga vara de un galán de noche que se descuelga por la pared desde la casa contigua. La llegada de agosto espesa las noches y hace que brillen con intensidad los millones de astros que cubren el cielo, resaltados por los habituales fallos de las farolas que dejan a oscuras ese barrio bajo de la ciudad. Da unos pasos y, driblando cajas y otros bultos, se acuesta en la hamaca.

Piensa a menudo en ella, en el primer día que, tras su regreso, volvió a verla. La recuerda envuelta en gente, rodeada del bullicio que genera el medio día; andaba deprisa, sonriendo mientras se amoldaba la melena ondulada para separarla del teléfono que pegaba a su oído. En un instante torció la esquina y desapareció. Él simplemente la vio, pero aquello fue suficiente para darse cuenta que su temor era cierto, que, en lo que a ella se refería, le quedaba mucho menos futuro que pasado. Así se entiende por qué todo este tiempo se ha dedicado a conservar a toda costa las huellas que detrás de sí iba dejando su memoria: fotos, libros, cartas, notas… Todo tal y como ella lo había dispuesto en aquella estantería.

Y así, mientras piensa en Nines, se queda profundamente dormido, absorto en el penacho de humo que despide la chimenea de un barco que se pierde a lo lejos camino de África, mientras la luna arrepentida se queda escondida entre el celaje, pensando que mañana, probablemente, será otro día.

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Cómo citar

«LA MUDANZA», Cuadernos Literarios, n.º 2, enero 2015, p. 11.

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