Ginés Bonillo
Cuadernos Literarios n.º 19, , página 14–17
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14 S T d
GINÉS BONILLO
DE NEGOCIOS EN MADRID
A Curro Rubio.
Aún recuerdo la abnegación con la que, siendo yo niño, mi padre defendía a diario su negocio. Al fallecer mi abuelo, él había heredado, como hijo único, la empresa familiar, una tienda de telas y retales; y, junto a la dirección del establecimiento, también heredó la costumbre de leer a diario el periódico y de acudir a Madrid una vez al año a proveerse de buen género para mantener viento en popa la tienda.
Sostenía mi abuelo que en Madrid se le tomaba el pulso a la vida; y así debía de ser, a tenor del vigor y vitalidad con la que regresaba a principios de julio con las nuevas partidas para la nueva temporada. Esta sabiduría se la transmitió en el lecho de muerte a su hijo: -Lorenzo, lee el periódico a diario y no dejes de acudir a Madrid una vez al año a por género. No te anquiloses en el pueblo. Estate informado, y sal y tómale el pulso a la vida si quieres tener éxito. Ve a Madrid con el compadre Silverio y déjate aconsejar por él, que sabe mucho de esto.
Así que mi padre, siguiendo el ejemplo de mi abuelo, mantuvo la suscripción a ABC y el primer junio que llevó las riendas del comercio se marchó a por género a la capital con el compadre Silverio, que tenía una ferretería desde hacía treinta años junto a nuestra tienda.
Realizaron sus viajes, solos e impertérritos, durante cinco años; hasta que a la vuelta a Surena del sexto y después de tomarle el pulso a la vida… bien tomado al parecer, ambos decidieron ampliar los respectivos negocios: el compadre Silverio construyó una pequeña nave junto a la ferretería para exponer electrodomésticos, y mi padre dedicó uno de los tres mostradores a lencería fina de «La última moda de París» (según su eslogan).
España empezaba a desarrollarse y los negocios encumbraron a algunas familias en pocos años. Era el caso de mi padre y del compadre Silverio, que a la menor ocasión sostenían en cualquier lugar que el secreto de su éxito radicaba en estar bien informados, leyendo el periódico a diario y yendo a Madrid una vez al año a tomarle el pulso a la vida.
-Esa semana en Madrid, pasamos la vida tan intensa estudiando todo tipo de géneros que ni leemos los periódicos. Faltamos al undécimo, que es leer el ABC. ¿Para qué, si ya estamos al día en carne propia? -manifestaban con frecuencia y sonreían, con cómplices movimientos de cabeza.
Silverio y mi padre, fieles a sus recetas, siguieron acudiendo a Madrid la última semana de junio y leyendo el periódico las restantes cincuenta y una del año; hasta un verano en que a su vuelta a principios de julio se encontraron con los escaparates de las dos tiendas forrados con portadas de ABC del día anterior con una crónica sobre una ¡EXTRAORDINARIA CORRIDA EN LA FERIA DE HOGUERAS DE ALICANTE!, y entre los cuernos del toro y detrás del burladero se distinguían a la perfección en primera fila a los dos amigos, rezando al pie de la foto: «Dos compadres, acompañados de sus jóvenes y agraciadas esposas, exultantes ante la perspectiva de una inolvidable y magistral corrida».
DIEGO ÁLAMO Col. 1.073 ICA de Almería
LICHI PAN MON AMOUR
Comprendo -desde su forma de pensar- la importancia que le daban mis amigos a mis catástrofes amorosas. Aunque ellos no reparaban mucho en sus causas, sino que ahondaban más bien en sus consecuencias. Me decían, que estaba dejando pasar la oportunidad de llevar una vida feliz, tras romper dos relaciones consecutivas con mujeres que otros quisieran y que me pesaría, vislumbrando para mí toda una suerte de situaciones desgarradas en lo afectivo. No me conmovió ninguna de esas rupturas. Por el contrario, me invadió una sensación de entusiasmo, casi maníaco, cuando una y otra desfilaron acribillándome con sus locuciones. Yo no estaba dispuesto a disimular más, que para mí el amor, solo era posible al lado de una mujer con rasgos marcadamente orientales. Decididamente iba a abandonar esa ciudad subterránea en la que había escondido mis verdaderos sentimientos, mis auténticas pulsiones. Y junto a la liberación que eso me producía, me aterraba el tener que convivir con el conflicto de diván que me desencadenaba la certeza de que para mí el amor se colmase con el entusiasmo por unos determinados rasgos físicos, con el cerrojo puesto a otras consideraciones.
En el karaoke de la calle San Remo, los fumadores se amontonan en la puerta de entrada, junto a una especie de pilones rellenos de tierra. Allí comparten el ritual del apagado de los cigarrillos, su aplastamiento ya apurados y quemados, de la misma manera a como la vida le proporciona su final al ser humano.
No sé por qué a las caritas de porcelana les disloca cantar en el karaoke, dejando su aparente impenetrabilidad, su lado mojigato aparcado, durante los tres minutos que suele durar una canción. Como esos establecimientos son también territorio para el encuentro y la aproximación, decidí sentarme en una butaca a la derecha de una asiática en toda regla, que aunque nunca cantaba, aplaudía con ímpetu las penosas interpretaciones de sus congéneres. Giró sus ojos, su cara, su cuerpo con parsimonia. Me miró. Me sonrió. Me saludó con una reverencia propia de la corte imperial japonesa y yo atravesado por la mirada distinta de sus ojos rasgados, me vi envuelto en ensoñaciones con ella.
¿Cómo te llamas? ¿De qué país eres?, le pregunté. Li Chi Pan. Soy de Vietnam, de Saigón, me contestó. Y tras presentarme, iniciamos una entretenida conversación, que fue posible gracias a su aceptable dominio del español. Li -así me dijo que le llamase- lucía un pantalón negro holgado y una camiseta a juego, pegada al torso, que dejaba sus anacarados hombros al aire y marcaba el tamaño perfecto de sus pechos. Al no ser excesivamente delgada, como otras orientales, unido a un pelo muy bien cuidado, resultaba ser una mujer verdaderamente atractiva. Pero la razón principal por la que enlazamos pronto, fue porque ella me contó que era violinista de profesión, siendo yo bastante aficionado a la música clásica. Cuando le dije que teníamos un amor compartido por la música me sonrió de nuevo y recibí su sonrisa como el niño que recibe un cromo.
Li me invitó a presenciar un ensayo de la orquesta de cámara en la que tocaba. Me bastaron escuchar unos pocos acordes de su Guarneri, para comprobar que era una excelente instrumentista. Tocaba con gran destreza y sensibilidad, sin aspavientos, dándole mucha vida a la pieza que interpretaba. Pero la noté en algunos pasajes tensa, incluso con cierta congestión en el rostro. Tras el ensayo, la felicité largamente y para traerla a mi querencia, la adulé -con cierto grado de impostura- diciéndole que podría llegar a ser la Anne Sophie Mutter del Sudeste Asiático. Le propuse cenar en un restaurante italiano y le pareció bien. En el transcurso de la cena, hablamos de esa tensión excesiva y me confesó que ella se exigía el máximo en cada actuación y que para tener más calma y control, llegaba a ingerir un blíster de tranquilizantes en tres días. A veces -añadió- machacaba las pastillas y el polvo fino resultante lo esnifaba, lo que le producía un efecto sedante inmediato. Le dije que meterse ese polvo le podía volar el cerebro en no mucho tiempo y me aseguró que lo superaría, que pertenecía a una estirpe de supervivientes, pues su abuelo sobrevivió tras combatir durante toda la guerra del Vietnam con el Viet Cong.
A Li le encantó la cena en el italiano. Tanto que le pareció sensacional mi propuesta de repetir otra noche. En esta ocasión me habló del sacrifico de las horas de práctica de un músico, de la sobrecogedora belleza de los arrozales de Vietnam, en donde se escuchan los aullidos de las almas de los muertos achicharrados por las bombas de napalm. Al salir del restaurante llovía con fuerza. Nada para una persona que ha visto el monzón en la bahía de Ha-Long Bay invadida por la niebla. Un taxi nos acercó al portal de su edificio. Mientras el parpadeo del pulsador del ascensor anunciaba su inminente llegada, Li me besó. Intensamente. Enrocada a mi cuello. Muy adentro. Nunca imaginé que la boca de una vietnamita supiese a canelones con bechamel y no a mil rollitos de primavera. Mi deseo hacía ella crecía y crecía. Le dije de subir a su casa y acostarnos. Me dijo que vivía con una chica. Bueno, ella estará en su habitación y nosotros en la tuya -exclamé. No. Ella y yo compartimos habitación. Somos pareja -dijo. Pues lo hacemos los tres -sugerí.
No ella solo lo hace conmigo y aunque tu eres el hombre que más me gusta del mundo, no puedo defraudarla. Además la prefiero a ella -sentenció.
Mientras Li se montaba en el ascensor me decía adiós con la mano y me sonreía. Enfilé la salida del portal a la calle bajo la lluvia intensa y todo lo que veía por delante era Beirut arrasado.
16 S T d
JOSÉ JUAN PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730. Almería
HISTORIETAS DE LA HISTORIA.
Julio César: Bruto, ¿dónde vas, alma de cántaro? Cayo Julio César es, con toda certeza, uno de los más insignes y conocidos personajes de la historia. Quien más, quien menos, puede aportar o recordar algún dato o extremo relacionado con el mismo, siendo numerosísimos los episodios que protagonizó y jalonaron su existencia y que han sido narrados tanto por él mismo -vid. Comentarios a La Guerra de las Galias o Comentarios a la Guerra Civil- como por multitud de escritores e historiadores. La única pega que cabe reprocharle es que inició su carrera pública como abogado -por lo que empiezo a sospechar, de manera fundada, que dicha profesión es, desde antaño, un virus muy contagioso y pernicioso- pero la abandonó en cuanto tuvo ocasión, ya que comprendió que repartir estopa de calidad suponía un ejercicio saludable y mucho más eficaz para alcanzar, de forma rápida y veloz, las más altas cotas de la magistratura romana. A nadie se le escapa que uno de los más exitosos logros militares de César se produjo durante la campaña de las Galias. En su transcurso, el caudillo de las tribus locales llamado Vercingétorix, un chaval valeroso pero poco espabilado, recibió una soberana paliza a base de romanus pepperoni -salami romano para entendernos- en la batalla de Alesia, llevándose consigo una derrota de padre y muy señor mío hasta entonces nunca vista por aquellas tierras. A la vista del desaguisado, el líder galo se vio obligado a parlamentar con Julio al que ofreció su vida a cambio de que respetara la de los 53.000 combatientes de su ejército que habían sobrevivido al encontronazo, lo que demuestra sin género de dudas la gallardía y coraje del sujeto. Por ahí todo le fue bien a nuestro personaje, si bien se las tuvo que ver de frente con otro pueblo galo, totalmente irreductible, que lo sacó de quicio. Me refiero obviamente a la famosa "aldea" de Astérix y Obelix que, con poción mágica por aquí y poción mágica por allá unida a las insoportables y soporíferas odas y cantos del bardo Asurancetúrix, estuvieron espantando romanos hasta que éstos se dieron por vencidos y tiraron la toalla.
A lo largo de su particular cursus honorum1, Julio fue de todo: flamen Dialis (un cargo religioso que no le vino nada mal para obtener el favor de los dioses), legatus legionis (general de una legión romana), pontifex (etimológicamente constructor de puentes2, aunque en realidad era otro cargo religioso, ya que el chico nos salió algo beato), cuestor (magistrado de bajo rango) en la Hispania Ulte- rior, edil curul en Roma, pretor urbano de la capital del Imperio, pontifex maximus (no podía evitar su tendenciosa religiosidad), propretor, esto es, gobernador de una provincia, de nuevo en Hispania y por último en el año 59 a.C. accedió a la dignidad de cónsul, el más alto cargo de la República romana, momento a partir del cual perdió cualquier atisbo de bondad religiosa que pudiera tener -si es que la tuvo alguna vez- y se dedicó a lo que más les gustaba a todos los patricios latinos: la política en mayúsculas, pasando a formar parte del conocido como Primer Triunvirato junto con otros dos elementos de armas tomar, Pompeyo y Craso, con los que acabó tarifando3, porque "César no hay más que uno y a ti te encontré en la calle".
Al primero de ellos, el gran Julio, una vez cruzado el Rubicón, donde pronunció su famosa frase4, le estuvo dando capones a cascoporro sin cesar desde Hispania hasta Grecia, pasando por la Galia e Italia, durante la denominada Segunda Guerra Civil. César aplastó definitivamente a Pompeyo en Farsalia, si bien éste consiguió huir a Egipto, donde su cabeza le fue entregada a Julio César en bandeja -en sentido literal- como regalo de bienvenida por parte del faraón Ptolomeo XIII que, pese a su corta edad con tan solo doce años, gastaba bastante mala leche como puede advertirse a tenor de sus actos. Y todo eso pese a que Pompeyo era yerno de Julio al haber contraído matrimonio con la hija de este último, por lo que os podéis imaginar lo entrañables que debían ser las cenas navideñas en dicha familia. Instalado en Egipto, Julio mantuvo un intenso romance hollywodiense con Elizabeth Taylor que, antes de ser actriz, se llamaba Cleopatra y era faraona, alta dignidad que consiguió tras obsequiar a su hermano menor Ptolomeo -el cortabezas de antes- con un pasaporte directo al Más Allá egipcio. Sobre el amor entre ambos personajes no me entretengo, que es suficientemente conocido y tan solo resalto el celebrado fruto de tal unión en forma de hijo: Cesarión. Reconozco que hay que tener bastante guasa e ir muy sobrado para llamar a un hijo con tal nombre, pero ya se sabe que los grandes e ilustres personajes de la historia solían ser muy extravagantes con sus cosas. De lo contrario no hubieran sido tan célebres. Respecto del segundo miembro del triunvirato, Marco Licinio Craso5, los feroces guerreros partos se encargaron de hacerle el trabajo sucio a César y quitárselo de encima en la gran derrota de Roma acontecida en Carras, donde escabe-
Relatos Colegiales charon al propio cónsul junto con siete legiones romanas, nada más y nada menos. Liquidado el trío, César lo tuvo claro. Se plantó ante el Senado y les expuso a sus miembros, con todo lujo de detalles, lo que solía sucederle a sus enemigos cuando no se plegaban a sus exigencias. Aquellos, encantados por el relato, se rindieron a su elocuente oratoria y le concedieron el título de dictador perpetuo a fin de de no cabrearlo más de la cuenta, pues resultaba notorio que Julio no se andaba con chiquitas en los asuntos de Estado y que la paciencia no era uno de sus puntos fuertes. Eso explica en parte su mítica calvicie, ya que Julio procedía a rascarse con ansía y furor la cabeza cuando no le salían las cosas a su antojo, fea costumbre que le acompañó toda la vida.
Gracias a su buen hacer, sus grandes dotes y su sagaz ingenio, logró acumular todos los poderes de Roma, como si se tratara de un monarca, aun cuando sin corona regia -salvo la de laurel, que esa solo la utilizaba para cocinar en casa siguiendo los programas televisivos de Arguiñano-. Ocioso es señalar que una República gobernada por un pseudo rey como que chirriaba un poco, lo que motivó que Julio acabara aburriendo a muchos y espantando a todos, en especial a Marco Junio Bruto, favorito y protegido de César que, pese a ello, era más republicano que Robespierre. Todo ello dio lugar a que se urdiera un complot en el seno del Senado para despacharlo al estilo romano, que consistía básicamente en clavarles dagas y espadas a quienes fueran tus enemigos o todos aquellos que terminasen resultando incómodos o molestos. Con tan malvado objetivo, el grupo de conspiradores encabezados por Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto convocaron a Julio César en el Foro de Roma en los idus6 de Marzo del año 44 a.C., con la excusa de presentarle una serie de reivindicaciones del Senado. César, aceptando la invitación de los senadores, acudió todo confiado a escuchar las pretensiones de aquellos. Una vez en el lugar de la cita, los traidores, en torno a sesenta padres conscriptos, interceptaron al dictador a la altura del Teatro de Pompeyo, donde lo invitaron a acceder a un habitación anexa al pórtico, entregándole un manuscrito con sus peticiones y aprovechando la magnífica ocasión -un César solo, desarmado y rodeado de muchos cabroncetes- para darle matarile. El primer paso lo dio Lucio Tulio Cimbro que agarró a Julio por la túnica para inmovilizarlo a fin de que Publio Servilio Casta le asestara un corte en el cuello. Julio, airado y enojado por el ultraje, reaccionó a la agresión clavándole al citado Casca su estilete de escribir en el brazo, momento en que el esbirro exclamó voz en grito: ¡Socorro, hermanos!. Tal expresión de alarma provocó que el grupo se abalanzara sobre César para asestarle la nada despreciable cifra de veintitrés puñaladas, según constató en la autopsia posterior el célebre forense Anatómikas de Atenas. Realmente, la cuchillada que más le dolió a César fue la proferida por Bruto, a quien espetó: ¿Tu quoque, Brute, fili mi? (¿Tú también, Bruto, hijo mío?), o bien ¿Et tu, Brute? (¿También tú, Bruto?), que se recoge en la obra de William Shakespeare Julio César. Otros autores, como Suetonio, señalan que César expresó: ¿Incluso tú, hijo mío?. Sin embargo, testigos presenciales del trágico suceso relataron más tarde al biógrafo e historiador Publio Relatus que Julio se dirigió a Bruto indicándole: "Bruto, ¿dónde vas, alma de cántaro?7, con el fin de reprocharle lo ingenuo que había sido, uniéndose a la macabra embocada y augurándole el fatal destino que le esperaba. Bruto acabó sus días suicidándose un par de años después, clavándose su propia espada en mitad del pecho una vez vencido y acorralado por Marco Antonio, lugarteniente de Julio César, quien había jurado solemnemente, ante el cadáver del dictador, tomar cumplida venganza contra todos aquellos que habían participado en la conjura homicida.
Notas
Nota del autor. Venía a ser la sucesión de honores y cargos políticos que los ciudadanos romanos de rango iban acumulando a lo largo de su vida pública, lo que evidencia que esto de la carrera política, que nuestros gobernantes siguen a pie juntillas, es tan antiguo como el fósil más veterano de Atapuerca: integración en organizaciones políticas juveniles, alguna que otra concejalía, paso por la diputación provincial, miembro de parlamento autonómico, senador o diputado a Cortes, secretario de Estado, miembro del gobierno, parlamentario europeo e integrante vitalicio del Consejo de Estado a modo de retiro dorado.
Nota del autor. De pons (puente) y facere (hacer), cuyo significado literal es "constructor de puentes" aunque también se sostiene que la etimología del el término procede de la idea de ser considerado el pontífice un "constructor de puentes entre los humanos y las divinidades". No obstante, debo hacer mención a la circunstancia de que los pontifex tenían atribuido en Roma el cuidado y atención del río sagrado Tíber y por tanto todas las cuestiones relacionadas con las veneradas aguas, puentes incluidos, quedaban dentro del ámbito de sus competencias.
N. del autor. Tarifar en argot coloquial y jocoso es sinónimo de reñir o pelearse.
N. del a. "Alea iacta est" o lo que es lo mismo "los dados están echados", aunque los historiadores, para darle mayor épica y relumbrón a la expresión, la tradujeron como "la suerte está echada", que venía a representar que César se la estaba jugando al cruzar el río armado hasta los dientes en unión de sus legiones en dirección a Roma, algo absolutamente prohibido durante los tiempos de la República donde los generales tenían vetado entrar con sus tropas en la capital.
N. del a. Una narración más completa y detallada sobre Craso y la batalla de Carras puede leerse en la novela Un abogado en Machu Picchu, del autor de este relato. Lo mismo cabe decir sobre Cleopatra, otro de los personajes a los que se les dedica un apartado en dicha obra.
N. del a. Los idus se corresponden con los días quince de los meses de marzo, mayo, julio y octubre y eran consideradas por los romanos fechas de buenos augurios. Los restantes meses del año los idus caían en los días trece. Si me preguntáis el porqué, ya os digo que no tengo ni la más remota idea.
N. del a. En latín original: "Brutus ¿quo vadis, anima cadi?". La expresión "alma de cántaro" viene a definir a una persona que es ingenua, pasmada y por tanto fácil de manejar o manipulable. Su origen se sitúa en el término alma que denomina la parte interna del tubo del cañón de un arma de fuego y que como bien sabéis es hueca, porque ya me diréis de qué otra forma podría salir disparada la munición al exterior. Así mismo el interior de un cántaro es también hueco. De ahí el símil que ha dado lugar a la citada expresión. 1
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«Ginés Bonillo», Cuadernos Literarios, n.º 19, diciembre 2023, pp. 14-17.
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