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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

POESÍA

La corsaria de Pechina. Dactilologia aérea

Cuadernos Literarios n.º 18, , página 11–12

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JULIO 2023

RELATOS COLEGIALES FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ

JAQUE

-¿Eres Baruch Eisenstein?

Respondió que sí, apenas un hilo de voz. Luego, el silencio. Helmut Völler lo observaba con descaro, cartografiando las arrugas, líneas y ángulos de su cara, comparándolos con los de la fotografía que sostenía en la mano. En la otra, un cigarrillo emitía cabriolas de humo. Intermitentemente le daba una calada y un velo nicotínico apantallaba su rostro. El parecido con la fotografía era difuso, pero sí, era Eisenstein, mantenía la inteligencia en sus ojos. El resto era pellejo descarnado y pestilencia. -Que le den una ducha y ropa limpia –ordenó-. Traédmelo cuando esté listo. Baruch Eisenstein se percató del tablero de ajedrez antes de abandonar la habitación, las piezas colocadas con precisión milimétrica. Cuando regresó con la dignidad física recuperada, se lo encontró sentado junto al tablero. Enfrente, una silla vacía que le ofreció con un gesto.

-¿Sabes quién soy? –Negó con la cabeza-. Helmut Völler, campeón alemán. ¿Qué te parece un duelo entre el mejor ajedrecista alemán y el polaco?

-Me agradaría enormemente jugar una partida. Esa voz, cascada, partida, como si el sufrimiento se hubiera hecho lepra en las cuerdas vocales. Völler encendió con parsimonia otro cigarrillo, arrendijó los ojos. -Pero no una partida cualquiera, sino a vida o muerte. Ganas: vives. Pierdes: mueres. Quiero que estrujes hasta la última neurona de tu cerebro.

Baruch lo miró horrorizado. En las sienes se le marcaba el ritmo alocado de su corazón. Difícil pensar en esas condiciones, difícil pensar con el cuerpo desnutrido y maltratado, difícil todo, pero la vida le pendía de un hilo muy frágil y sólo restaba un invisible fleco para que no terminara de romperse. Se convertiría en araña para no desprenderse de él.

El sorteo le ofreció salir con blancas. Vamos, Baruch, aún eres capaz, tienes miles de jugadas memorizadas en los mapas de tu cerebro. Se decidió por una apertura vienesa que favorecía un juego pasivo, más acorde con su velocidad de pensamiento después de varios meses como inquilino del infierno. Völler no se inmutó, y cada movimiento lo acompañaba de una bocanada de humo, conforme las fichas iban ocupando posiciones en el campo de batalla donde ya se hacía sangre con alguna de las piezas. Iban cayendo como las vidas de tantos otros en aquel lugar, y Baruch Eisenstein con la mirada afilada, sudoroso, exprimiendo su capacidad intelectual como nunca lo había hecho, jugándose la propia existencia ante un rival poderoso. En el movimiento veintitrés, sin embargo, el alemán tomó una decisión inesperada con la dama. No, no podía ser, ¿sería acaso una celada, una trampa para que picara el anzuelo? Revisó las fichas con ojos sorprendidos, atentamente. Esa disposición... Era prácticamente la misma que con la que había logrado hacerse con el campeonato polaco, no había trampa posible y sabía lo que tenía que hacer. Levantó la mirada. Völler ya no fumaba. Por el contrario, una leve contracción de labios denotaba la consciencia de su error. Baruch jugó. En siete movimientos supo que tenía la partida ganada, que era araña que había conseguido reforzar el hilo para no despeñarse, ya sólo quedaba el paso definitivo para el jaque, para salvar su vida, volver al barracón, a los trabajos forzados, a la comida insuficiente y asquerosa, a los golpes e insultos, a la tabla donde dormía encogido por el frío, a las picaduras de piojos y chinches, a la desesperanza que vitrifica los ojos... Cambió de idea y desplazó la pieza indebida, la que precipitó brevemente el cataclismo de su derrota. -Has perdido, Eisenstein.

-Sí.

Contestó con el sonido de un cristal fragmentado. Helmut Völler sacó su pistola, apuntó a la cabeza de Baruch, tembloroso, los ojos fuertemente apretados, los segundos que se alargaban sin que se produjera la detonación... El oficial guardó el arma ante su extrañeza. -Vete.

Baruch comenzó a levantarse lentamente de la silla. Sus piernas apenas lo sostenían. Antes de abandonar la habitación, se giró. -¿Por qué me perdona?

El oficial de las SS mostró una sonrisa sucia. -Porque sé que me has dejado ganar, judío. Pero no te equivoques: en este campo de concentración tú ya estás muerto.

12 S T d

JULIO 2023

Relatos Colegiales

GINÉS BONILLO

LA FOTOGRAFÍA MÁS HERMOSA QUE TOME

Bajaba por una calle de San Juan de Oriente, una calle con una leve pendiente al principio, buscando una de las tiendas de artesanía de barro que conocía por allí, cuando apareció ante mi vista una escena mágica, irreal, como si hubiese sido preparada, pensable solo como fruto de la imaginación creativa.

Afloraron de inmediato en mi mente las características que el fotógrafo británico Michael Freeman establece para una buena fotografía. Y allí estaba, me topé con ella, por casualidad.

No necesitaba siquiera una composición inteligente, pues la imagen ya estaba compuesta, fruto de la combinación sublime de elementos. Solo debía buscar el ángulo más apropiado.

A pesar de su sencillez, de inmediato provocó en mí una reacción subyugante, estimulando mi atención como un imán, dejándome embelesado.

En la acera de enfrente, una niña de no más de ocho años, sentada sobre una cruz de cemento, mantenía un libro en las manos y leía despreocupada. La cruz recordaba, seguramente, algún caído en la lucha popular contra Somoza en los años setenta. Detrás, a unos cinco metros, se encontraba la hilera de casas sencillas, de adobe, con la pintura de las fachadas castigada por la intemperie, toda descascarillada. Un señor con uniforme de policía local, quizá el papá de la niñita, miraba con actitud serena desde el portal. La escena trascendía la simple contemplación. Englobaba todo un contexto histórico y cultural propio, porque contaba una historia compleja en un aquí y ahora que abarcaba un antes y un después. Podía leerse como en letras de molde. Tal era la riqueza de planos expresivos, superpuestos como capas de cebolla. Vi la simbología del futuro esperanzador armándose sobre el sacrificio del pasado. Vi las críticas destacando la fuerza de la imagen en que se había fijado el fotógrafo, la instantánea que había inmortalizado con la cámara.

El futuro, representado por la niña, formándose a través de la lectura, se forjaba sobre el cimiento de la entrega generosa de otros, cuya memoria guardaba el pueblo en forma de cruz.

El presente, simbolizado por el papá-policía, vigilaba el normal desarrollo de los acontecimientos. La fotografía contendría una variedad prodigiosa de ideas que invitarían al espectador a reflexionar y, por último, la acción del fotógrafo quedaría diluida al explorar por sí misma su propio medio. Vi mi fotografía ya impresa en las portadas de los periódicos de medio mundo (desde el Yomiuri Shimbun al USA Today, pasando por el Dainik Bhaskar). La vi reflejada en las pantallas de todas las cadenas de televisión (CNN, BBC…). Y vi su elección para los mejores premios de fotografía de todo el planeta (como el World Press Photo y el International Photography Awards). Porque sería única, excepcional, como la calificarían los jurados más prestigiosos. Éxito garantizado. Solo que no tomé, por pudor, la fotografía.

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Cómo citar

«La corsaria de Pechina. Dactilologia aérea», Cuadernos Literarios, n.º 18, julio 2023, pp. 11-12.

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DA  - 2023/07//
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