José Juan Patón
Antonia Carmen Amate Ramírez · Cuadernos Literarios n.º 18, , página 13–17
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ANTONIA CARMEN AMATE RAMÍREZ Col. 1.073 ICA de Almería
LA PARADOJA
Abrumada por los plazos, y rodeada por los expedientes que se acumulaban sobre la mesa, como si de una historia interminable se tratase, se le perdía la mirada entre las dos ventanas abiertas en la pantalla del ordenador. ¡Qué lejos quedaban aquellos tiempos en los que buscaba jurisprudencia en los codiciados libros de Aranzadi, de letras doradas en sus lomos y portadas, pasando con parsimonia las finísimas páginas de papel cebolla, en busca de la Sentencia del Tribunal Supremo que le salvaría el pleito! En aquellos momentos, todos los jóvenes letrados envidiaban la experiencia y sabiduría de los mayores, cada año de ejercicio era un peldaño más en su ascenso profesional, ellos acumulaban esos conocimientos que les permitían hacer una demanda compleja en un abrir y cerrar de ojos, sin tener que buscar jurisprudencia, porque la tenían ya copiada en otro procedimiento anterior. A ella le había tocado la época de la “sociedad líquida”, todo se escurría entre los dedos de las manos con una rapidez impensable. El poder legislativo, durante los últimos años, había decidido mover los cimientos del ordenamiento jurídico modificando no solo las normas vigentes, sino también su lugar en él. Después de décadas de ejercicio, no se atrevía a presentar un escrito sin antes entrar en internet y consultar cada uno de los preceptos que invocaba, por si alguno había cambiado de sitio sin que ella lo hubiese percibido. Cualquier parecido entre la profesión que inició al acabar su carrera y la actualidad, era pura ficción, y la diferencia atentaba gravemente a su salud mental. Llegado hasta aquí, decidió levantarse y tomar un “gin tonic” bien cargadito. ¡Vamos, que lo que no había hecho de joven lo haría en la senectud! Antes trabajaba escuchando música clásica, Beethoven o Chopin al piano, la relajaba y ayudaba a concentrarse. Ahora ponía bachata, con el único propósito de cantar a voz en grito antes de estallar airada, perdida entre las páginas jurídicas que se sucedían en la pantalla de aquel ingenio infernal en el que se había convertido el ordenador para ella. Quizá sí, quizá era el momento de pedir cita en el sicólogo, si es que había una oportunidad de recobrar la cordura. Más relajada por los efectos del alcohol y la música que había puesto a un volumen alarmante, vino a su mente el recuerdo de sus años de bachillerato, en los que lo primero que pensó fue cursar arqueología. Esa idea la había acuñado tras la visión de documentales en los que se veía a unos personajes vestidos de safari, excavando tumbas entre las arenas del desierto, pero se esfumó con rapidez cuando cayó en la cuenta de que no era inglesa, ni rica, y no conocía filántropos desinteresa- dos que estuviesen dispuestos a invertir su capital en locas aventuras de resultados inciertos. Ya en COU pensó en estudiar sicología, pero tampoco conocía a nadie que visitase sus consultas, es más, su único referente era el que prestaba sus servicios en su colegio, y era el mismo para todos los demás, así que no tenía muchas esperanzas de poder vivir de esa profesión, por mucho que la subyugara la conducta y el cerebro humano. En ese curso fue cuando comenzó a acariciar la idea de estudiar derecho, la imagen romántica de la justicia para una adolescente era tentadora, pero las pocas películas en las que veía a estudiantes de esta carrera rodeados de gruesos tomos, intentado memorizar miles de artículos, la aterrorizaba. Se examinó de selectividad y mientras esperaba la nota, un verano más volvieron sus amigas madrileñas a pasar los calores propios de la época, entre los naranjos y las flores del jardín de su casa solariega. La mayor cursaba ya tercero de derecho y ante sus temores infundados, le explicó que no se estudiaban los artículos sino las instituciones del derecho, la historia, la filosofía, etc…, y aunque eso la tranquilizó bastante, no estaba convencida de lo que iba a hacer. Ya en Granada, llegó al Hospital Real con varias de las compañeras que habían decidido cursar psicología, y se situó en la misma cola que ellas. Al lado avanzaba la de derecho, unos alumnos de tercero comenzaron a charlar entre ellos, mirando de reojo a las “borregas” que esperaban su turno calladitas, y aún asombradas de haber llegado hasta allí, no en vano eran las primeras de su generación que pisaban una universidad. Pronto entablaron conversación, y entre chanzas y bromas, llegó al mostrador para formalizar la matrícula de derecho, sin que pudiese concretar cuándo, ni cómo, se cambió de la fila de sicología. Hasta hoy nunca se había arrepentido, a pesar de los encontronazos entre su idea de la justicia y la norma escrita, muchas veces sin sangre ni corazón, pero esa lucha la animaba cada día a seguir en la brecha. Miró el reloj y comprobó que se le estaba haciendo tarde, puso el vaso vacío sobre la mesa en la que se encontraba el ordenador encendido, los expedientes abiertos y decenas de folios dispersos. Dejando todo como estaba, se vistió, cogió su bolso, y se dirigió a la puerta con la cita de la sicóloga ente sus manos temblorosas, miró de nuevo su nombre, su amiga de toda la vida la esperaba, la que siguió en la fila de sicología en el Hospital Real, aquel aciago día en que ella no lo hizo. Pues no va a resultar que sicología sí tenía salida? Pensó entre dientes, mientras cerraba de un portazo para huir de aquel infierno, otrora su despacho de Abogada.
14 S T d
JUAN JOSÉ PATÓN GUTIÉRREZ Col. 1.730. Almería
HISTORIETAS DE LA HISTORIA. Waterloo: El canto del cisne de Napoleón Bonaparte
Que Napoleón Bonaparte fue un genio militar y un gran estadista no cabe duda alguna, aunque son orígenes no parecían presagiarle un futuro prometedor, puesto que el padre del pequeño corso -como lo tildaban, entre otras muchas calificaciones despectivas, sus enemigos- fue abogado, por lo que podéis suponer la negativa carga genética que padecía el sujeto. Pese a todo, el muchacho se labró un buen porvenir y acabó siendo lo que todos conocemos: Emperador de la Francia y dueño de media Europa, tras haber alcanzado el grado de general a la bisoña edad de veinticuatro años. Calculen ustedes la valía del personaje. De sus afamadas victorias y glorias militares poco se puede añadir y quedan en nuestra memoria los nombres de algunas célebres batallas, como lo fueron Marengo (1800) en Italia, donde trituró a los austriacos con la turmix de picar higadillos que fue La Grande Armée; Ulm (1805), en la actual Alemania, en la cual los perseverantes e ingenuos austriacos resultaron nuevamente pisoteados por altas y lustrosas botas francesas y mandados al mismo carajo; Austerlizt (1805), en Moravia (República Checa), en la que los ya avispados austriacos, a base de muchas tortas previamente recibidas, pidieron ayuda y se coaligaron con el Imperio ruso que, en plan chullillo y sobrado, se presentó en la batalla a poner en su sitio al enano francés. No os cuento el desarrollo, pero os podéis imaginar el final: el zar Alejandro I hubo de retirarse jubilado a su dacha de lujo junto al Mar Negro y los austriacos empezaron a pensar que era mala idea toparse con Bonaparte y no cederle el paso. Por su parte, los rusos comenzaron a sentir en sus propias carnes lo mucho que dolían los alfanjes de los mamelucos, enrolados como tropas de élite en el ejército imperial francés; Jena (1806), en Turingia (Prusia por aquel entonces), donde pese a la mítica marcialidad germana, los alemanes acabaron bailando la conga. A decir verdad, Napoleón se lo acabó creyendo y se vino arriba, despedazando de nuevo a los rusos en Friedland (1807), tras la cual el ya citado zar de todas las Rusias hubo de levantarse de su mecedora para firmar la paz humillante que le impuso Francia.
No obstante, la fortuna militar de Napoleón sufrió algún que otro revés. España se le puso bastante cuesta arriba desde 1808 y, frente a todo pronóstico, los desorganizados españoles se plantaron en jarras, empezaron a mos- trar dientes y a cagarse en los santos riles de Bonaparte, de sus elegantes mariscales y hasta del más insignificante recluta del ejército imperial. Tiraron de todo lo que tenían a mano: hisopos y crucifijos de madera de curas con las sotanas remangadas, tijeras de castizas modistillas madrileñas de Lavapiés, trabucos de bandoleros de Sierra Morena luciendo unas patillas tan crecidas que les daban dos vueltas a las orejas, navajas albaceteñas de siete muelles asidas por majos chulescos, cuyo seco ruido al abrirse se asemejaba al sonido habido en la apertura del sarcófago de Tutakamón, garrochas de tres metros de longitud portadas por bragados mayorales a caballo de los campos andaluces y algún que otro cañón que Agustina se empeñó en usar en Zaragoza, imitando a nuestros legendarios héroes Daoiz y Velarde en el Cuartel de Monteleón. Y para rematar faena y explicarle al francés que aquí no éramos únicamente unas bestias pardas cuando se nos torcía el hocico, sino que además disponíamos de marcado sentido ilustrado y hasta sabíamos elaborar constituciones, le endiñamos nuestra Carta Magna de 1812 que, para acojonar a los gabachos, apodamos sonoramente como La Pepa. Así, a lo bruto y sin tiritas.
No fue ello, sin embargo, suficiente para hacer decaer el ánimo del Emperador. Se repuso y repartió una somanta de tortas de calidad a los persistentes austriacos -una vez más- en Wagran (1809) y a los rusos -también un pelín pesados- en Borodino (1812), cuyo eterno zar Alejandro I, estaba hasta los mismísimos de que todo le saliera siempre torcido frente a Napoleón, aunque el gélido invierno ruso se encargó a posteriori de restablecer la dura derrota que sus tropas no pudieron evitar. Pero ni siquiera la trágica retirada napoleónica a través de las heladas estepas, consiguió doblegar a Bonaparte que decidió en Dresde (1813) despedir a la francesa a la coalición integrada por fuerzas conjuntas de Austria, Prusia y Rusia, adornando el adiós con hostias de todos los colores.
Algo después, los tozudos rusos, los rígidos alemanes y los machacones austriacos, restablecidos de tanta humillación -no se sabe muy bien cómo la superaron-, consiguieron invadir Francia y forzar la abdicación de Napoleón, si bien le concedieron la posibilidad de salir exiliado echando leches a un resort en la isla de Elba.
Menudo error cometieron porque, al poco tiempo, el depuesto emperador escapó de su dorado exilio, se plantó en Francia, reorganizó un ejército y se puso a hacer lo que mejor sabía: endosar guantazos a diestro y siniestro.
Lo cierto es que Napoleón llevaba demasiado tiempo tocando los cataplines y las narices a todo europeo que no fuera franchute. Y se acabó lo que se daba cuando el duque de Wellington, comandante general de los británicos que se encontraba por Bélgica en 1815, aparcó su célebre glotonería de zampar a todas horas gofres cubiertos de exquisito chocolate belga y se preparó a conciencia para hacer frente al león francés. Llamó a filas a cuanto neerlandés tuviera más de catorce años al objeto de reforzar a sus tropas y mandó aviso a los prusianos para que pusieran rumbo veloz hacia los Países Bajos, ya que Bonaparte se dirigía a su encuentro y, al parecer, con no muy buenas intenciones. Mientras llegaba el auxilio alemán, se fortificó en Waterloo pasándose los días posando como modelo para la escultura ecuestre que le estaban preparando en la esquina norte de los jardines londinenses de Hyde Park, que algunos de vosotros habréis visitado. Allí se acomodó, acompañando la espera con el té de las cinco y las chocolatinas de después de las ocho , hasta que una mañana de junio apareció en el horizonte el pequeño corso, tan bravucón como de costumbre, a comentarle, entre otras lindezas, lo que opinaba sobre la monarquía británica y la porquería del fish & chips. Ahí tocó hueso duro Napoleón, porque el Duke no se amilanó agarrándose al terreno como cerdo que busca trufas, al tiempo que Bonaparte lanzaba a sus soldados, en sucesivas oleadas de ataques, bajo todo tipo de arengas patrióticas: «¡Avant, avant alonsenfandelapatri! y ¡Vive la France et la mére qui nous a mis au monde!». Para colmo de males, finalmente asomaron los alemanes que le iban pillando el truquillo a eso de invadir Bélgica y Holanda -tantas veces después repetido- y se dispusieron a tomar justa revancha de los millones de palos con que los franceses les habían molido los huesos durante dos décadas.
El cabreo de Napoleón era mayúsculo al observar cómo eran rechazadas, una tras otra, las feroces embestidas de su infantería y caballería, lo que le provocó un ataque de acidez estomacal de órdago que no pudo paliar ni hartándose de bicarbonato. De ahí la famosa estampa de su mano derecha dentro de la casaca, a la altura de la barriga, con la que intentaba mitigar su indisposición. Ni siquiera la aguerrida Guardia Imperial, dirigida por el propio Bonaparte, fue capaz de abrir brecha en las férreas líneas defensivas anglo-prusianas, lo que fue seguido de una contraofensiva inglesa que consiguió quebrar el frente enemigo que se desmoronó y vino abajo como bizcocho sin levadura. La debacle era inevitable, iniciándose a continuación una retirada de las tropas francesas que culminó en una fuga descontrolada de gabachos corriendo por los campos de las tierras bajas como alma que lleva el diablo, mientras eran perseguidos por los prusianos que intentaban enseñarles el idioma germano con todos sus infinitivos, gerundios y participios: «te voy a crujir, te estoy crujiendo y date por crujido». Pero en alemán, que asusta muchísimo más. Napoleón, a la vista del desastre lo tuvo más que claro. Graznó su último cántico en el ocaso de su Imperio de los Cien Días, cual cisne al que le arrancaran las plumas en seco para fabricar un nórdico. Y diciendo aquello de «donde fueres haz lo que vieres», salió disparado como un rayo hacia París, antes de que cerraran la tienda de discos, para adquirir el famosísimo single del eurovisivo grupo musical sueco ABBA con que celebró su llegada a la remota Isla de Santa Elena, donde moriría seis años después agotado y exhausto de tanto bailar.
Nota del autor 1
Napoleón no era bajito pese a lo que se predicara con mucha mala baba por aquellos que le tenían inquina. Al parecer rondaba los 1,68 cm de estatura, lo que lo situaba por encima de la media de ciudadanos varones de la Francia de finales del siglo XVIII que se cifraba entre los 163-164 cm. Por tanto no se entiende el porqué del tan comentado complejo napoleónico que ha trascendido desde entonces y hasta nuestros días. Entre las diversas explicaciones que he podido encontrar -más allá de la sátira, bufa y sempiterna maliciosa propaganda que los británicos dirigían a sus enemigos y que también está en el origen de la leyenda negra española que los pelirrojos de la pérfida Albión se dedicaron a construir a lo largo de los siglos-, he localizado dos que me resultan bastantes plausibles. La primera se refiere a la altura que le era exigible a los miembros de la Guardia Imperial francesa: 178 cm para el cuerpo de cazadores y entre 178 y 183 cm, para los granaderos. Esto es, unos auténticos chicarrones del norte para aquella época. Como consecuencia de ello, cuando Bonaparte se encontraba rodeado de su fiel escolta parecía un auténtico enano al lado de aquellos. La segunda de ellas se basa en la enorme afición de Napoleón por las sobremesas, en las que se ponía morado de magnífico coñac francés de reserva pasión compartida por su hermano, nuestro conocido reyezuelo impuesto Pepe Botella-, en unión de soldados de bajo rango de o de baja estopa -la chusma del ejército, para entendernos-, licenciosa costumbre que acabó siendo aprovechada para considerarlo un militar de poca categoría, altura o, en definitiva, estatura.
Las clásicas After Eight de chocolate rellenas de un viscoso fluido mentolado, de dudosa composición , cuya sola mención causa auténticos escalofríos gastronómicos.
POESÍA
17 S T d
Poesía
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Cómo citar
Antonia Carmen Amate Ramírez, «José Juan Patón», Cuadernos Literarios, n.º 18, julio 2023, pp. 13-17.
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