Mamá Estrella
Cuadernos Literarios n.º 14, , página 10
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10 S T d
JULIO 2021
DIEGO ÁLAMO
LA MARCHA DE CAROLA
Carolina lleva años, esforzándose en no mostrarse como verdaderamente es. En su cabeza anida un desastre. Un coágulo inextirpable. La imposibilidad de poder soportar el más mínimo reproche de los demás. Hastiada de aparentar ser amable, de disimular la dureza de su rostro, ha decidido no continuar con este viaje.
Con el mismo puntillismo con el que trabaja en un estudio de arquitectura, alineando edificios, diseñando entornos perfectos, anota en un cuaderno los agravios que recibe a diario. Como fotogramas de una película dramática, se suceden en sus anotaciones, los personajes que la hieren y la consumen. Sus compañeros de trabajo, alguien de la familia, un ex novio y su jefe. Particularmente su jefe. Un rastreador que se mueve sigiloso bajo las luces geométricas del estudio y que cada cierto tiempo, carga el aire, como un disparo de una escopeta de postas, utilizando un instrumento tan doloroso como es la lengua, diciendo … Carola, maja … Te has comido unos centímetros en esta escalera y un anciano se podría caer rodando y matarse… Ese tono no es apropiado para esa habitación y cualquiera se deprimiría dentro… Falta ventilación en ese cuarto y se asfixiaría hasta un bebé… Y así, jornada tras jornada, el jefe que le habla a ella, para que le escuchen todos, humillándola en voz alta, teniendo que deshacer el trabajo que realizaba hasta que la tarde se retiraba. En ocasiones, una oficina también puede tomar la forma de un abismo. Carolina está obstinada en que quien hace de su humillación una rutina, sufra. Ha pagado a un hacker, para que cada vez que su jefe encienda la pantalla de su ordenador, le escupa imágenes inquietantes. Una gota de plomo fundido, que cae lenta, demorándose agónicamente, hasta impactar certeramente en su ojo derecho, abrasando el globo ocular. Un francotirador en Sarajevo, abatiéndolo por la espalda, mientras cruza una calle al ir a buscar comida o un video en el que el Padre Amorth, lucha por liberarlo de una posesión diabólica, entre agitaciones y gritos, colocándole su estola morada en la frente.
Le hubiese gustado una navaja. De esas que se acciona un botón y sale la hoja. Pero optó por causarle daño, haciéndole un maleficio. Le pidió insistente y confiadamente al espíritu maligno al que invocó, que a su jefe se le quedase el hígado como el corcho. Pero el espíritu del infierno se quedó turbado por ella. Tan desolada. Tan dolida. Tan envuelta en su madeja. Y decidió asaltarla, devorarla, cruzarla al otro lado. Tras padecer unos meses una insuficiencia hepática aguda, Carolina murió. Y de su marcha se alegraron a ambos lados de la verja de su cripta mortuoria
JOSÉ RAMÓN PARRA BAUTISTA
MAMÁ ESTRELLA
Sé que eres tú quien me observa escondida detrás de sus ojos, esos ojos hondos, como lo son los tuyos, que aún habitan en retazos invisibles que sobrevuelan mi sueño impregnados de memoria y recuerdo.
Aunque a finales de setiembre una lluvia fina suele humedecer las frondosas hechuras de los olivos, encharcando un rimero inmemorial de caminos de albero y arcilla, por el contrario, el día que muestra la fotografía desde la que me miras delata una mañana calurosa de principios de otoño. En la misma se ve flotar al fondo un ramillete de nubes deslavazadas, un cielo despejado moteado con algún que otro nublo oscuro. Días azules de otro tiempo como los que luego me tocarían vivir a mi a esa edad temprana en la que aún estaba cosido a la tierra que vio nacer a tantos de los míos. Días de candidez y consuelo en los que, tumbado sobre la hierba crecida al amparo del Rumblar, veía las nubes moverse con una lentitud plástica, con esa cadencia rítmica con la que oscilaba el mercurio en las probetas del laboratorio del instituto de mi primera juventud. En la escena estampada en un viejo papel de albúmina con los bordes festoneados, mi familia luce resplandeciente incluso a través del blanco y negro desteñido de una fotografía que alguien hubo de llevar mucho tiempo en una cartera, acaso pegada al corazón, porque la huella de un doblez la atraviesa de lado a lado como una cicatriz. Detrás, en el fondo, puede verse un puente de ocho ojos, la torre rojiza de una ermita, una casa adosada al muro de servidumbre, bordeada por una larga verja de ladrillo cubierto de verdín y forja herrumbrosa, dividida por una puerta inútil anclada al suelo y clausurada por una gruesa cadena, y un huerto descuidado del que se levantan árboles asilvestrados, sin podar, abandonados a su suerte como los muros derruidos de las galerías de la segunda planta de la casa.
Es aún joven la mano de mi padre sobre el hombro de mi madre, apenas un roce, primeriza también la pose inquieta de mis tíos con las camisas arremangadas por encima de los codos, ambos en cuclillas, al igual que la sonrisa de una pareja de novios que apenas si se atreven a tocarse, pero ya por entonces ella, vestida de negro y sentada a lo turco sobre un suelo mullido por el musgo, ya era una anciana. Triste y ensombrecida por una vida desgastada y quizá un buen número de batallas perdidas.
Conforme envejece en las escasas fotos que conservo de ella, la mirada de mi abuela se va nublando hasta que, en la última que cayó en mis manos, una en la que acompaña a mi tía en el día de su boda, su cuello emerge del luto sepulcral que le esconde los tobillos para girarse y mirarme así de frente, atravesando la noche oscura, el tiempo inútil, dejándome ver que quien me mira ahora desde el otro lado del papel impreso realmente ya no es ella, que su mirada esconde la forma con que mi madre me viene observando desde que tengo uso de razón.
Yo no conocí a Mama Estrella, o si lo hice no fue con el tiempo suficiente como para recordarla, pero ahora sé que solo era cuestión de tiempo para que mi madre, ya convertida en eterna, la devolviera a mi recuerdo. Dos mujeres que me dieron la vida y que, con el tiempo, quizá con parecidas derrotas, como en una premonición, han acabado confluyendo en una sola.
Ahora sé con certeza que esa mirada familiar constituye el único lugar donde voy a ser capaz de refugiarme, quien sabe si para siempre. La mirada de donde vengo y la que me espera, la que ya posiblemente esté construyéndose en estos momentos en mis propios ojos, calando poco a poco sobre mis gestos, mi rostro, para convertirme en quien realmente siempre he sido. Como una lluvia fina de setiembre.
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Cómo citar
«Mamá Estrella», Cuadernos Literarios, n.º 14, julio 2021, p. 10.
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