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Sala de Togas, revista del Ilustre Colegio de la Abogacía de Almería

RELATOS COLEGIALES

Elocuente silencio

Miguel Gila Puertas · Cuadernos Literarios n.º 14, , página 9

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JULIO 2021

RELATOS COLEGIALES GINÉS BONILLO Escritor Catedrático de Literatura

EL ÁRBITRO

Por el cuadrilátero se mueven, con las armas en alto como alacranes, tres hombres: los dos boxeadores, que intentan golpearse y evitar los puñetazos del rival, y el árbitro, que vela por la limpieza del combate, alerta para que se cumplan las reglas del deporte. Al finalizar el tercer asalto, uno de los combatientes está recibiendo una soberana paliza.

Apenas suena la campana, magullado y con las fuerzas al límite, se dirige al rincón donde le espera su entrenador con el banco donde sentarse, retomar aliento y recuperar fuerzas.

El entrenador, con la intención de espolearlo mientras le da aire con la toalla, lo anima.

-Resiste! ¡Resiste! Si él todavía no te ha tocado un pelo. ¡Aguanta! Espera tu oportunidad, que llegará… Siempre llega. ¿Me oyes?

-Resisto, resisto… Pero ¿dices que todavía no me ha tocado él? –responde el púgil, suspicaz, sin dar crédito a las pala- bras de ánimo que recibe.

-Nada! Si aún no ha llegado a ti. Si todavía no se te ha acercado. -¿Tú estás seguro? –insiste el pupilo receloso. -Segurísimo –contesta con determinación el entrenador-. ¡Si lo estás manteniendo a raya a la perfección! ¿O no confías en mí, campeón?

El extenuado combatiente mira hacia la esquina de su adversario, quien espera de pie e impaciente, dando saltitos (como las gacelas para mostrar a los depredadores su inagotable fortaleza física), la reanudación del combate. El desfallecido púgil, a continuación, todavía sentado en el banco examina con preocupación y detenimiento uno y otro lado del cuadrilátero, a izquierda y a derecha, antes de encargarle a su entrenador una importante misión: -Pues entonces –añade sin mucha convicción-, hazme el favor de vigilarme al árbitro… ¡porque a mí alguien me está pegando!

MIGUEL GILA PUERTAS Col. 802

ELOCUENTE SILENCIO

Te quise por tu comprensión, pero con mis miedos. Nunca estuve seguro si tu aceptación de mi discapacidad era fruto del amor o de la lástima. No pude oír los compases de la Marcha de Mendelshonn y, quizá, por eso, recorrí la larga alfombra roja de forma descompasada, casi arrastrando del brazo a mi madrina que se debatía entre la solemnidad del momento de mi entrega a ti, impaciente por esperarte al pie del altar, y la coordinación que mantuviera mi paso con prestancia regia. Tampoco pude escuchar aquellas sinfonías que mandaste componer a la Coral, expresamente para la ceremonia. Y cuando nos formularon la pregunta del íntimo compromiso, el silencio quedó roto por un solo "si quiero": el tuyo.

Pero sin decir una palabra, inexplicablemente, sin que dijera nada, me oíste, porque la verdad de mis ojos hablaba directo a tu corazón. Hubo una certeza en mis ojos que te prometió fidelidad más allá de lo bueno y lo malo, de las alegrías y las tristezas y, sin palabras, supiste comprender que nunca te dejaré. Al sentir tu mano en la mía, sobraron alianzas de oro porque me sentí tu eterno cautivo. Y al salir, los vítores de los invitados me fueron transmitidos por tu abrazo, que hizo oír chasquidos de fuegos artificiales en mi corazón.

Hoy he sabido que cuando abrazamos a nuestra pequeña Lucía, aunque nuestras almas sigan sin poder decir nada, porque la mía no pueda y la suya aún no sepa hablar, se susurran y acarician tiernamente con la tuya porque, como los niños pequeños, tienen un propio lenguaje… y que lo mejor que siempre me has dicho, lo dices cuando no dices nada.

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Cómo citar

Miguel Gila Puertas, «Elocuente silencio», Cuadernos Literarios, n.º 14, julio 2021, p. 9.

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